“Una herida, un paraje montañoso que sangra”

“Desde hacía años se tiraban allí restos de ladrillo y cemento, tejas de asbesto, variadas estructuras de madera, tuberías de agua y gas, fieltros para techos, pedazos de acero, cobre y aluminio, cartones, papeles, y vidrios, y plásticos, y accesorios eléctricos; era como una pirámide de diferentes niveles moldeada sobre la ladera de la montaña, si se le miraba desde la distancia parecía camuflarse con una fábrica de arena; de hecho, su área se abrazaba con lo que eran varias canteras, de estas se extraía material para la edificación de casas y edificios en la ciudad, era una fuerza que hacía crecer la urbe, y resultaba curioso —por no decir paradigmático— que las canteras se abrazaran con los botaderos de escombros.

A Pedro Cadavid, esta doble circunstancia le parecía el cara y sello del verdadero Medellín: sobre una misma montaña, al occidente del Valle de Aburrá, el Estado y la empresa privada habían levantado un paraje donde confluían la destrucción y el nacimiento; al divisar La Escombrera, Pedro pensaba en una herida, un paraje montañoso que sangraba, un resquebrajamiento de la tierra, la naturaleza vilipendiada por el crecimiento desaforado de una urbe”.

Acabamos de leer un fragmento de La Escombrera, la nueva novela del escritor colombiano Pablo Montoya; lo leyó antes de terminar una entrevista en la que también habló de Pedro Cadavid, ese hombre que nos ofrece esta mirada del “verdadero Medellín”, un personaje ficticio creado por Pablo para proyectar muchas de sus ideas en la novela.

“En la medida que me fui acercando a este sitio geográfico que hay en la Comuna 13, me fui dando cuenta que era un territorio apto para la literatura, porque es un lugar simbólico de algún modo, es una especie de metáfora también de la violencia colombiana. Por un lado fue un acercamiento muy vivo, muy vivencial a este lugar de la Escombrera; pero al mismo tiempo fue un acercamiento literario, y un acercamiento donde mi imaginación, como escritor siempre estuvo como manejando este tipo de emociones, fue lo que yo quise imprimirle a la novela misma”, explica Pablo.

Ese lugar “apto para la literatura” tiene una historia que para los habitantes de la comuna antecede las seis operaciones militares del año 2002— y otras tantas que no tuvieron resonancia mediática, solo se quedaron en los relatos de quienes las vivieron—, se dice que allí hubo antes una especie de laguna, y después comenzaron los relatos de personas que aseguraban haber visto cómo camiones subían con personas que nunca más volvían a aparecer.

Luego sucedió la Operación Orión: en las primeras horas de la madrugada del 16 de octubre de 2002, se hizo el descargue de la tropa y se acordonó la zona —para impedir que los habitantes del lugar pudieran salir—. Esta operación no solo es recordada por el cubrimiento mediático que tuvo, por todas las investigaciones académicas, periodísticas y procesos artísticos y colectivos territoriales que generó, también es recordada porque más de 1.000 uniformados del Ejército, Policía, DAS, CTI, Fiscalía, Personería y Procuraduría General de la Nación, helicópteros arpía de las FAC (Fuerza Aérea Colombiana) llegaron con la consigna de pacificar la comuna y arrebatarle de las manos el control a los grupos guerrilleros asentados allí; y por aquella imagen de un encapuchado sin insignias militares que señalaba casas. Fue la entrada del paramilitarismo a la Comuna 13 de Medellín.

¿Pero qué relación tienen la Operación Orión y La Escombrera? Según informes del Tribunal de Justicia y Paz, en La Escombrera hay alrededor de 300 cuerpos, no solo de la Comuna 13, también de otros municipios.
Al respecto, Pablo dice: “Yo soy de los que cree que allí hay muchos cuerpos, y que encontrarlos va a ser muy difícil por lo que ha pasado allí, y porque ha habido remoción de escombros, porque eso pertenece a territorios de empresas privadas que se han negado rotundamente a detener sus labores. El Estado que ha tenido una presencia mínima allí, que muestra su gran vacío y su gran irresponsabilidad frente a este lugar”.

Pablo habla de una herida en la montaña, pero ese lugar no es el único con heridas; por eso mirar la dimensión espiritual y la condición humana de los habitantes de la Comuna 13 fue tan valioso:

“Lo que yo sentí es que: primero, hay una gran resistencia en ellas, en el sentido que son personas con una gran dosis de dignidad humana. Esa dimensión espiritual puede verse cuando yo conocí a estas señoras [Mujeres caminando por la verdad], yo dije: pero estas son las señoras que han logrado visibilizar el asunto de la desaparición forzada en la Comuna; son señoras humildes, sencillas, muchas de ellas no tienen una formación escolar, son amas de casa, son abuelas, son madres. Muchas de ellas escriben o están intentando escribir sus testimonios, muchas de ellas tejen, hacen trabajos con el arte, con la cultura para poder de alguna manera aligerar ese peso terrible que significa tener familiares desaparecidos hace años. Esa fortaleza la encontré particularmente en las mujeres, es un ejemplo de resistencia femenina.

Las excavaciones que se hicieron en 2015 obedecieron al trabajo de protesta del colectivo Mujeres Caminando por la verdad, si esas señoras no salen a denunciar lo que sucedió en la Escombrera jamás la Alcaldía de Medellín hubiera atendido estas reclamaciones, que terminaron durante la alcaldía de Aníbal Gaviria.

Pero por otro lado, hay un gran resentimiento, porque uno se da cuenta que el Estado no ha hecho nada, el Estado no ha reparado a esas víctimas; entonces hay una sensación de orfandad que desemboca inevitablemente en una especie de resentimiento sobre todo hacia las élites que han gobernado este país y sobre todo hacia esas élites que son las que han fundado eso que llamamos Estado colombiano, que es una cosa completamente anómala. Y eso está presente en la novela, el estado en La Escombrera es una entidad a la que se le fustiga constantemente”.

Cómo fue posible que un escritor colombiano radicado en la comuna francesa de Saint-Nazaire por una beca para escribir otra novela, la Escuela de música, sintiera el deseo de escribir sobre la Escombrera y la Operación Orión, ¿Cómo llegó a esa historia? ¿Qué fue lo que lo inquietó?

“Te lo voy a decir sinceramente: yo sentí que los fantasmas de los desaparecidos tocaban a mi casa, tocaban la puerta de mi casa. La primera llamada fue de esa índole, fue una llamada metafísica. Fue una llamada que obedece al mundo de los sueños, no sé, al mundo onírico; porque me despertaba a toda hora, ¡No me dejaban dormir!

Entonces ahí surgió el primer deseo de escribir esta novela, en el 2015, pero yo desde antes estaba pensando en ella continuamente, pensando en la ciudad de Medellín, pensando en ese enredo social que siempre hemos tenido, y que particularmente se ha agudizado desde los años 70´s que continúa hasta nuestros días. Viene del deseo de dar una especie de espacio en la literatura a esos desaparecidos que pertenecen especialmente a los sectores más bajos, más humildes, más desfavorecidos de la sociedad colombiana, particularmente de la sociedad de Medellín”.

Pablo termina su novela con un hecho muy importante para las Mujeres caminando por la verdad: el inicio de las excavaciones en La Escombrera.

“Entonces se cuenta un poco la historia de estas comunas desde los años cuarenta del siglo 20, y la novela termina cronológicamente hablando de las primeras excavaciones que se hacen ahí en la Escombrera, excavaciones que se hicieron en 2015, y que fueron completamente fallidas porque excavaron donde no era. Hubo un gasto inoficioso, porque se basaron en unos testimonios de un solo líder paramilitar que es 'Móvil 8', y con base en esos testimonios de este señor pues decidieron excavar en unos lugares donde evidentemente no iban a encontrar absolutamente nada”.

Esa inoperancia y errores a la hora de realizar las búsquedas por parte del Estado es algo que las víctimas de la desaparición forzada en la comuna llevan años demostrando. En un conversatorio que fue parte de la conmemoración Orión Nunca Más en el año 2015, una integrante del Grupo interdisciplinario de Derechos Humanos contó que “las organizaciones sociales comenzaron a decirle a la Fiscalía: hay que parar de tirar escombros, hay que hacer una buena investigación antes de que empiecen a cavar, pero ellos no lo hacen”.

Uno de los jóvenes asistentes habló de un foro en el que convocaron a la Alcaldía de Medellín, y le cuestionaron “por qué estaban buscando justamente allí, donde 'Móvil 8' les dijo que estaban, si 'Móvil 8' llegó mucho después de las grandes operaciones militares, ese pedazo de la escombrera era más nuevo que esas operaciones”.

Por su parte, Luz Elena Galeano, integrante de Mujeres caminando por la verdad, agregó: “Desde que se construyó el Plan Integral de Búsqueda nosotros sabíamos que no era específicamente para encontrar los desaparecidos de Comuna 13, precisamente se creó para buscar también a desaparecidos de otras comunas o veredas o subregiones. Para nosotros el solo hecho de encontrar un cuerpo, así no fuera los de nosotros, era una luz de que sí había personas enterradas ahí, y como poderle mostrar al Estado que había sido negligente por tanto tiempo; no teníamos certeza de que hubiera cuerpos ahí, pero como acá le creen más a los desmovilizados que a las propias víctimas. Nosotros sí sabíamos que ahí en la laguna hay personas enterradas”.

A la fecha no han iniciado las excavaciones en el segundo de los tres polígonos y a La Escombrera se siguen arrojando escombros. La continuidad de las excavaciones quedó perdida entre la poca claridad en cuanto al presupuesto y la ruta para continuar.

En muchas entrevistas, conversatorios y textos, he visto la fe de Pablo por la palabra, por tal motivo le pregunté ¿Con qué conjunto de palabras y símbolos salió de la Comuna 13?

“Yo como escritor creo en el poder de la palabra, pero también siento que antes las dimensiones de la crueldad y la violencia humana la palabra a veces se queda cortica. Eso está muy presente en la novela, el escritor, el protagonista, siente que se llega a un límite, la palabra de la literatura —Pablo sonríe perplejo, como si nunca hubiese esperado que algo pudiera superar la capacidad de la palabra— no puede llegar al meollo de la crueldad humana, y sobre todo no puede resarcirla. Entonces en mi novela hay una sensación ambigua: es un escritor que está tratando de nombrar todo esto a través de la palabra literaria, y al mismo tiempo siente que no logra, que no logra exorcizar la violencia”.

Así sale Pablo Montoya de este territorio y de esta historia, pero hay otro ser del cual es importante saber cómo salió de esta historia. Después de contarme que Pedro Cadavid comienza a conocer la historia de la comuna, las operaciones militares, habla con las víctimas de la desaparición forzada; después de eso hizo una reflexión que podría ser un poema, una metáfora de este país, de usted que me lee, del que no está leyendo, del que murió, de esta tierra nuestra: “Entonces Pedro Cadavid termina enfermándose de violencia, se vuelve una especie de fosa común en sí mismo”.

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