¡Despatriarcalizar la vida para la emancipación y la liberación!

“Las revoluciones en este continente requieren de cuerpos que buscan rehacerse en libertad, para poder enfrentar las opresiones de todos los sistemas de dominación: el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado”
Claudia Korol

Hace unos meses en el mundo se hizo eco el himno de las compañeras chilenas un violador en tu camino, el cual, desde diferentes idiomas, denunciaba la responsabilidad del Estado frente a las violencias que sufrimos las mujeres, desmentía por completo que son hechos aislados, asunto de faldas o casos esporádicos, y revelaba que las violencias son la respuesta y consecuencia de un estado incapaz de garantizar la vida de las mujeres. Para hablar de violencias hay lana pa' hilar, pero uno de los aprendizajes del aislamiento es que aquello que vivimos a diario no es una cuestión echada a la suerte, sino que da cuenta de los sistemas opresores que recaen sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos.

Hablar de des-pa-triar-ca-li-zar-nos –una palabra hasta compleja en su pronunciación– es una cuestión que no da espera, pues el patriarcado ha cobrado la vida de millones de mujeres y disidencias de género, y con ello no me refiero únicamente al feminicidio, sino a todas las expresiones y formas de violencia que vivimos a diario, que nos mantienen subordinadas e invisibilizadas, y que están ligadas al sexo, la clase, raza y orientación sexual.

¿Cómo hacer para empezar ese proceso de deconstrucción patriarcal?, siendo fundamental para responder esta pregunta hablar de las violencias como un asunto estructural, reconocer que las paredes que sostienen nuestra realidad como sociedad están soportadas en la violencia, y nosotras nos vemos obligadas a habitar allí. La emancipación significa para nosotras tumbar esos cimientos patriarcales que naturalizan, legitiman y promueven la misoginia, el racismo, el clasismo, la transfobia, la homofobia, y construir junto al pueblo un nuevo lugar donde vivir dignamente, tan amplio y libre como lo imaginemos.

Seguramente, o eso anhelo, hemos visto como en las últimas semanas se han hecho públicos algunos casos de violencias por parte de la fuerza pública, la institucionalidad o al interior de los hogares. ¡Vamos a traer a la memoria algunas compañeras!, –porque como aprendí de una amiga, si para el Estado somos cifras, para nosotras nombrarnos es una apuesta política–.

Hace unas semanas, mientras nos encontrábamos con un nudo en la garganta y el corazón en la mano por el feminicidio de Heidy y su hija Celeste en la localidad de Kennedy, Bogotá, a manos de su compañero sentimental, la comunidad indígena Embera de Risaralda denunciaba el abuso sexual a una niña de 13 años por parte de siete militares. Luego estalló la noticia de que se encontraban en investigación más de 100 casos de violencia sexual por parte de las fuerzas militares.

Esa misma semana salíamos a las calles a exigir justicia por Alejandra, una trabajadora sexual trans que dejó morir este sistema de salud por ser prostituta, tener VIH y ser trans. En las horas posteriores a esta movilización, asesinaron a Salomé en Garzón, Huila, una niña de cuatro años que antes de morir fue abusada sexualmente. Con la devastadora realidad que nos trajo el mes de junio, es más que evidente y necesario decir que ¡no son hechos aislados, es toda una estructura la que tenemos en contra! En todas estas historias hay algo en común: el estado no hizo nada por garantizar sus vidas sino que fue el causante de sus muertes.

Muchas feministas decimos, ¡el patriarcado no se va a caer, lo vamos a tumbar! pues en esta larga lucha por la defensa de los Derechos Humanos algo tenemos claro: ninguna estructura se caerá por sí sola por más grietas que tenga, y menos si se sostiene la una de la otra; como engranajes, uno funciona al ritmo del otro, así se conectan el patriarcado, el colonialismo y el capitalismo.

Al inicio surgió esa palabra larguísima: DES-PA-TRIAR-CA-LI-ZA-CIÓN, que, siendo sincera, me cuesta muchísimo pronunciar, pero es necesario interiorizar. Esa palabra me arroja una pregunta, ¿en nuestros proyectos por la emancipación y liberación de los pueblos, actuamos como engranajes?, es decir, ¿hemos logrado pensarnos la transformación reconociendo que el anticapitalismo no va sin el antirracismo, antipatriarcado, anticolonialismo?, o, ¿seguimos viendo estás últimas como una adición, una alianza, o como lo que trabajaremos una vez hagamos la “revolución”?

Este “carreto” no fue escrito sólo para decir que la responsabilidad única de las violencias y opresiones la tiene el Estado, sino también para asumir la responsabilidad de quienes nos enunciamos desde un proyecto que tiene como consigna la vida digna, la liberación de los pueblos y nuestros cuerpos, la emancipación de todas las formas de opresión. La liberación de las mujeres y disidencias de género no es un asunto netamente personal y privado, sino que pasa por tumbar esas vigas y barrotes que nos han sometido a estar bajo las estructuras de este sistema de muerte.

Despatriarcalizar la vida requiere, necesariamente, comprendernos desde una lucha integral, un proyecto político transformador en todas sus estructuras, nada a medias, y así poder hacer frente a un Estado que odia nuestras vidas. Nuestro triunfo será mantenernos vivas, al calor de la manada y la colectividad, porque el Estado no nos cuida, nos cuidamos entre nosotras.

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Karen Sicua Bogotá

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