Manual para contar horas: testimonio de una estudiante que participó en una huelga de hambre

Por María Gallego - Huelguista de la Universidad de Antioquia

En medio de una situación no contemplada llamada covid-19, la desigualdad social, la precarización laboral, la violación a los derechos humanos y la represión encontraron camino para agudizarse; el hambre, la angustia y la muerte alimentan con mayor intensidad ese modo de producción que prioriza el capital incluso cuando la vida de quienes lo sostienen está en riesgo. Sobre todo en un país como Colombia, donde el gobierno de turno había “ejercido” la mitad de su mandato en medio de constantes protestas de todos los sectores sociales debido al impulso de políticas neoliberales y la violencia paramilitar.

La pandemia llegó a Colombia tiempo después de las manifestaciones que se presentaron en el país desde lo que se conoció como “El 21N”, protesta  que desbordó cualquier tipo de expectativa y permitió levantar banderas de lucha y exigencias que inundaron las calles de indignación; sin embargo, las medidas, necesarias de bioseguridad  y distanciamiento no permitieron continuar con la movilización  popular. El convocar y participar de acciones en la calle fue algo que no se contempló por los 3 primeros meses del confinamiento, a pesar de los trapos rojos en cada territorio, las herramientas digitales y los debates virtuales que ocuparon la agenda de los procesos sociales. Mientras tanto las políticas implementadas por el Estado, además de ser insuficientes, han priorizado el sector privado y la corrupción imprime su firma en cada mediocre intento por alivianar cargas económicas en los hogares, que no significan soluciones reales mientras no se asegure una renta básica.

El movimiento social tuvo que replantearse los mecanismos para reactivar la  movilización, era indispensable buscar las formas para protestar y la virtualidad, a pesar de su potencial viral, no lo era. Por lo tanto se comenzaron a desarrollar ejercicios de movilización que en lo posible se ajustarán a las condiciones de salubridad para poder denunciar, convocar y manifestarse, mientras nos cuidábamos.

Así es como la Marcha por la Dignidad arrancó desde Popayán, Barranca y Arauca por la vida de nuestros líderes y lideresas sociales;  trabajadores de Ecopetrol se encadenaron en lo que proclamaron el “Machín de la Resistencia” por la defensa de sus derechos laborales; y  estudiantes de la Universidad Industrial de Santander, Universidad del Valle y Universidad de los Llanos instalaron huelgas de hambre exigiendo medidas para evitar la deserción y garantizar el derecho a la educación, también garantías académicas, herramientas de conexión y sobre un coste cero en la matricula.

Las noticias sobre las victorias de estas huelgas inundaron los espacios nacionales, y un movimiento estudiantil que históricamente se ha movilizado por la educación pública y gratuita comenzó lentamente a presionar y pedir al gobierno nacional recursos que permitiera garantizar la gratuidad de la matrícula en todas las Instituciones de Educación Superior (IES) del país. Es en ese contexto que se instala también la huelga de hambre en la Universidad de Antioquia, a la cuál decidí unirme y con la cual logramos la matricula cero para nuestra Alma Mater. Esta protesta se replica en la Universidad del Tolima, el Politécnico Jaime Isaza Cadavid, la Universidad Surcolombiana, Universidad Nacional  y  actualmente se mantiene en la Universidad Pedagógica Nacional y la Universidad del Quindio. Sin importar los resultados en las demás IES, demostramos que era una reivindicación en la cual teníamos la capacidad de unidad de acción en todo el territorio nacional.

Mi cronometro inicio en cero el día 8 de julio del 2020, las horas comenzaron a pasar, y claro, yo las comencé a contar.

En mi experiencia pude reflexionar que la mayoría de nosotras a diario realizamos varias acciones que tenemos muy naturalizadas,  esas que no tienen la necesidad de atravesar por un pensamiento o una decisión para hacerse, básicamente están tan incorporadas que son mecánicas; lo paradójico es que son estas acciones las que nos permiten mantenernos con “vida”, si así podemos llamar el hecho de respirar, comer y dormir en un mundo donde hay que defender lo obvio, luchar por lo que nos pertenece, un mundo donde comer para muchos no es tan habitual y por lo mismo dormir no es un descanso.

En este mundo, algunos y algunas estamos eligiendo no comer para exigir nuestros derechos; de manera irónica ponemos nuestro mayor derecho, el derecho a la vida, a disposición y voluntad política de los poderosos para presionarlos a garantizar otros derechos, en mi caso, el de la educación. Por absurdo que suene, no es lo más lamentable, hay personas que ni siquiera pueden elegir y el hambre es su única opción. Este era el pensamiento que me daba vueltas, yo lo estaba eligiendo de forma voluntaria, no me estaba alimentando en un mundo donde hay tantos y tantas tan familiarizados con la sensación de hambre que yo sentía. Nada más me rondaban en la cabeza esas primeras horas de ese miércoles que será imposible de olvidar.

Respirar.
Comer.
Dormir.

Cómo subvaloramos estas acciones, a pesar de ser vitales y necesarias, por el simple hecho de ser tan rutinarias. Notar que precisas hacerlas parte sobre todo de lo que sientes cuando no las realizas por un corto tiempo, quedas sin aire, tienes hambre y estas agotada. Pasadas las 72 horas, no es lo único que reconoces, te das cuenta que para ti pesan más las horas que para el indiferente que solo significa un fin de semana más.  

Cerca de 100 horas pasaron para que sintiera realmente afectada mi salud, se inflamaron algunos cartílagos del pecho; el dolor era intolerable, la incertidumbre insoportable y la preocupación innegable, mi vida estaba en riesgo en el país donde no se asigna dinero para la educación superior, pero si para carros blindados,  publicidad de los mandatarios y para garantizar la represión cuando se eligen otras formas de lucha. 100 horas y el tiempo lo contaba ya también en minutos.

Cada hora me obligaba a no llevar la cuenta en mi cabeza que tenía tan clara en mi estómago; y aun así: 130, 154,181… no podía dejar de hacer cuentas porque estaba contando números vitales para mi salud. Una hora más resistiendo, era una hora menos que podría resistir. “El tiempo es oro” podría resumir la esencia de nuestra relación con el dinero, pero para mí el tiempo era vida.

Fue una situación que no contemplé hasta que fue una realidad. Completé 202 horas de huelga de hambre, fue la forma de protesta más radical en la que he participado, y en la que hoy participan mis compañeros y compañeras en otras universidades.  Fue una forma de gritarle a este mundo que no nos conformamos con respirar, comer y dormir, que lucharemos hasta que nadie se tenga que enfrentar al hambre, que estamos dispuestas a hacerlo desde todas las formas de lucha y que ahora contamos las horas para volver a las calles.   

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