Editorial 160: GENOCIDIO Destacado

Más de trescientos mil muertos de la violencia bipartidista de los años 50, casi cien mil desaparecidos, más de ocho millones de desplazados, más de tres mil sindicalistas asesinados, casi diez mil asesinados y presentados como guerrilleros muertos en combate por las fuerzas militares, miles de presos y detenidas políticas hacinados en las cárceles, mil líderes y defensoras de derechos humanos asesinados, 225 excombatientes firmantes de la paz asesinados, más de 105 masacres en territorios militarizados, pero abandonados socialmente por el Estado.

La tragedia humanitaria que cubre con su manto de muerte a Colombia desde hace dos siglos, se recoge en un concepto: genocidio. Una avalancha de la cual no se conoce su origen y tampoco su final, pero se sabe que su objetivo es el exterminio de todo lo que huela a renacimiento, cambio, revolución, transformación, humanismo. Una gigantesca ola de lodo manejada por poderosos criminales que lanzan escombros y esquirlas mortales, que despojan, torturan, desplazan, masacran, desaparecen, encierran, matan, señalan, estigmatizan, espían, producen miedo. Una tecnología de poder que combina, de manera refinada, todas las modalidades de violencia para reorganizar el Estado y adaptar una hegemonía a la medida de sus intereses egoístas y neofascistas.

Las prácticas genocidas han sido diseñadas en el Palacio de Nariño, en los batallones y escuelas militares, en los organismos de inteligencia y “seguridad”, en las oficinas de los entes de investigación y judicialización, en los escritorios de los jueces y las cortes, en los campamentos paramilitares, en las escuelas de sicarios y de militares del comando sur de los Estados Unidos. Todos los que ven amenazados sus privilegios, conseguidos gracias al despojo, la corrupción y la muerte, desatan toda su imaginación para perseguir y exterminar por cualquier medio al que pone en riesgo esos privilegios.

Lo peor del genocidio, de esta tecnología de poder, y del refinamiento de las prácticas genocidas, es que se naturalizan en la sociedad, la cual termina justificando la violencia y el proceder de los poderosos. Es tal el andamiaje ideológico, político, jurídico, mediático y militar, que los genocidas terminan siendo héroes y mesías de sus pueblos.

El negacionismo y la banalización de los graves hechos genocidas por parte de los representantes éticos y morales de la sociedad, bastan para ocultar la magnitud de la realidad y crear una paralela donde los crímenes pasan desapercibidos e impunes. La burla a las víctimas destroza su moral y aspiraciones de justicia. El negacionismo, el engaño y las mentiras de los gobernantes son reproducidas por los medios de comunicación corporativos que posicionan narrativas y relatos afines a su ideología racista, segregadora, violenta, y clasista. Los genocidas se cuidan y apoyan entre ellos.
De nada sirve señalar la torpeza e incapacidad de los gobernantes que han pasado por la casa de Nariño, unos más lúcidos que otros, más o menos brillantes, pero casi todos perversos ante sus compatriotas, débiles ante las provocaciones del dinero, y sumisos ante el poder del imperio yanqui y las transnacionales. Duque no es un tonto como parece, tampoco lo han sido los demás presidentes y sus equipos de gobierno. Todos y cada uno de ellos fueron puestos allí con un propósito. Han entregado el país a pedazos, lo han destrozado culturalmente, no han permitido la construcción de una Nación con referentes éticos y valores humanistas, ni se inmutan ante la muerte o la depredación de la biodiversidad, por el contrario, la justifican.

Las colombianas y los colombianos no podemos seguir dejándonos embaucar por las jugaditas de los que han tomado el poder a la fuerza. Es fundamental empezar a llamar las cosas por su nombre, no son homicidios colectivos, ni falsos positivos, ni líos de faldas, son prácticas genocidas, son masacres. No es un gobierno, es un régimen dictatorial. No luchan contra el narcotráfico, llegan al poder gracias a él. No son águilas negras, son las fuerzas militares encubiertas. Es un gobierno ilegítimo.

Es necesario retomar la calle y darle continuidad a la rebeldía popular que la pandemia enfrió. Hay que denunciar de todas las formas el genocidio. Apoyar masivamente las denuncias internacionales y nacionales que diferentes grupos y procesos han emprendido. Adelantar nuevas denuncias ante la Corte Penal Internacional, y participar con convicción y fuerza en el Tribunal Permanente de los Pueblos que sesionará en febrero de 2021 en Colombia. Apoyar a la Corte Suprema de Justicia y exigirle respeto a los que de manera oportunista la descalifican. Defender la memoria histórica y la verdad de las víctimas del genocidio. Juntarnos, a pesar de las diferencias, para que en 2022 llegue a la Casa de Nariño un gobierno de transición hacia la democracia, esa que no hemos podido saborear jamás. Además, es un deber ético pedir la renuncia de un gobierno traqueto y cómplice del genocidio.

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