Tierra en disputa Destacado

“Si tenemos que escoger entre caminos, siempre escogeremos el de la dignidad”
Pueblo Nasa, Norte del Cauca

La tenencia y el uso de la tierra ha sido una historia de largo aliento que hasta el día de hoy representa uno de los mayores problemas estructurales de equidad, justicia e igualdad en los territorios colombianos.

Las reformas agrarias o políticas de tierras propuestas han resultado fallidas, ya que no solucionan el problema de la concentración en pocas manos. La presencia del Estado social de derecho representado en sus instituciones es ínfima y termina siendo un victimario más de los indígenas, afros y campesinos que habitan el territorio.

La tierra y la propiedad son importantes para entender el conflicto armado, pues para aquellos que la poseen es concebida como fuente de ingresos a través del pastoreo, las rentas o los cultivos. Entre más tierra se posea más ingresos se obtienen, y se consigue una mayor participación en las actividades económicas y políticas, además de proveer empleo y tener la capacidad de influir en quienes trabajan la tierra, configurando así una relación directa entre la tierra y el poder.

Relación que se materializa en una repartición desproporcionadamente desigual de la tierra, generando conflictos entre los terratenientes y las comunidades ancestrales. La adjudicación de los terrenos solía –y en la actualidad se repite la dinámica– darse por medio de dinámicas violentas o fraudulentas. Quienes han trabajado la tierra o han sido sus habitantes nativos acaban por abandonar sus hogares por temor a perder la vida, sufren desplazamientos en repetidas ocasiones y violaciones directas a su dignidad. Una vez abandonada la tierra, los actores en disputa como los terratenientes, los grupos armados o narcotraficantes, se adueñan de ésta y de su uso.

Cauca: una historia de lucha
El Cauca es uno de los departamentos más disputados por los diferentes actores debido a su ubicación geográfica, su riqueza natural y la fertilidad de sus suelos para el desarrollo de procesos agrícolas e industriales.

Las dinámicas propias del Cauca versan en tres grandes luchas. La primera está ligada a las empresas privadas de grandes terratenientes y agroindustrias que promueven el monocultivo, los cuales se traducen en tierras no cultivables debido a que erosionan la tierra y restringen la variedad de cultivos necesarios para la subsistencia, además de ser una fuente de empleo representativa para las comunidades. La mayor parte de las tierras del Cauca está en manos privadas. El 28% pertenece a ingenios azucareros y el 60% a pequeños y medianos propietarios. En el norte caucano no hay ni un centímetro de tierra baldía.

La segunda disputa gira en torno al narcotráfico. El Cauca es un territorio en el cual se cultiva la coca para producir clorhidrato y exportarlo. Además está en un punto estratégico para sacar la droga por el Océano Pacífico o moverla hacia el río Magdalena. La cadena productiva del narcotráfico necesita del control territorial en su sentido más amplio: desde tener poder de las rutas, hasta el dominio de las personas que lo habitan. Resulta importante resaltar que en este departamento ha habido procesos de sustitución voluntaria de cultivos ilícitos y sus promotores se han visto amenazados y desplazados. Por otro lado aparecen grupos armados como las disidencias de las FARC, divididas en tres frentes asentados al norte del departamento, la guerrilla del ELN ubicada hacia el sur, las Guerrillas Unidas del Pacifico localizadas en el suroccidente, y reductos paramilitares a lo largo del territorio. Todos estos operan en una lógica belicista para la consecución de objetivos económicos valiéndose de diferentes modalidades como las masacres, los asesinatos selectivos, la desaparición forzada y el confinamiento.

El tercer factor a tener en cuenta es la carga y la fuerza de las organizaciones sociales presentes. Allí la presencia del Consejo Regional Indígena del Cauca, el Movimiento de Liberación de la Madre Tierra, los Consejos Comunitarios afros, entre otros, han labrado una lucha perpetua por la defensa de sus territorios, territorios que para ellos son la misma vida. Proveedores además de un espacio para habitar, de alimento, y, en especial, de una morada para sus ancestros y deidades.

En cuanto a las formas de repensar la propiedad y el uso de la tierra, tenemos la resistencia combativa que generan diferentes grupos indígenas. La identidad del ser Nasa está determinada por la tierra y la naturaleza. Se ha caracterizado por su fuerza milenaria, defensora del Uma Kiwe (la Madre Tierra) de la explotación de los intereses privados. ¨Los Nasa sin tierra no somos nada. Se derrama sangre pero la tierra algún día tiene que ser de nosotros¨.

Su lucha es paulatina, tardía, pero nunca vencida. Recuperar la tierra es un componente fundamental para recobrar su componente identitario. Para tener la soberanía comunitaria sobre sus semillas y sus suelos. Para decidir su sistema de producción, comercialización y consumo, es decir, para materializar una economía y una organización comunitaria propia. La defensa de la Uma Kiwe es una contrarespuesta al neoliberalismo depredador que poco a poco nos va llevando a un punto de no retorno.

Vale la pena señalar que los conflictos por la tenencia de la tierra y la posesión de los predios en disputa también sucede entre las mismas comunidades ancestrales y minoritarias, es decir entre grupos indígenas de distintas comunidades; entre afros e indígenas; entre indígenas y campesinos. La problemática se agudiza puesto que la zona debe ser repartida entre varias colectividades, y el Estado, mediante acuerdos inconclusos y obviando las particularidades sociales, cede tierras en lugares donde previamente ya había un resguardo de cierta comunidad o cuya tenencia ya había sido dada a otros. Cuando el Estado hace presencia en el territorio cumple dos roles. El de mediador entre los conflictos de las comunidades, desconociendo muchas veces su relación con el territorio que ocupan, e incitando al conflicto entre ellas y por lo tanto entre sus prácticas y sus fines colectivos. Y el de expresión policial y militar, mas no como Estado democrático, pues su presencia se ciñe al despliegue de fuerza pública, pasando por alto la concertación comunitaria.

¿Qué ha estado pasando?
La realidad en el Cauca ha llegado a tal punto que es el departamento con más líderes sociales asesinados en lo corrido de este año. También escenario de la masacre sucedida el 21 de agosto en El Tambo, donde seis campesinos fueron torturados y después asesinados. Meses atrás se habían presentado hostigamientos a la comunidad, junto con asesinatos selectivos de líderes que promueven o trabajan en mesas de sustitución de cultivos de uso ilícito.

En el Cauca viene sucediendo un proceso de des-territorialización y destrucción de los saberes ancestrales mediante la igualación y la estandarización de las relaciones económicas con el territorio. El modelo neoliberal de propiedad rural predominante reduce la tierra a una situación de mercancía, desagregando a la comunidad —en este caso indígena— en individualidades separadas, tanto de su vínculo cultural como económico. Así, a pesar de las reivindicaciones del ideal ancestral de propiedad colectiva de la tierra, la relación real sobre el modo de supervivencia y producción hegemónico viene destruyendo el patrimonio cultural al rebajar a la naturaleza a un simple medio para la explotación.

El desarrollo rural guiado por el lenguaje simplista del dinero no reconoce lo sagrado ni lo colectivo, además que trata de igualar, por la ley o por la fuerza, las formas de vida cuyo valor no tienen precio. Paradójicamente, al igualar todo, sometiéndose a la ley de oferta y demanda, la desigualdad aumenta ya que se empieza a concebir a los demás y a la naturaleza como un medio para conseguir el beneficio individual mas no el colectivo.

El territorio es visto como un botín al cual se le debe extraer su ganancia, y no como el lugar donde reposa la tradición. Tanto el Estado como los grupos armados al margen de la ley son miopes al sentir de las comunidades ancestrales. Mientras que el Estado, incapaz de administrar y garantizar el disfrute de los derechos, ve en la tierra colectiva un espacio carente de sentido, los grupos armados ven en estos un escondite, una ruta para el comercio o un medio para extraer su dinero y financiar la guerra.

A pesar de que las condiciones posicionan a las comunidades en desventaja frente a los abusos de los grupos armados, y ante la indiferencia y abandono del Estado, aún persiste el anhelo de justicia social y el derecho a ser libres en la diferencia.

 

La dignidad será horizonte, los pueblos persisten, el Cauca resiste

 

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