El pueblo que decidió vivir en paz Destacado

Allá, en el occidente de Boyacá, donde emergen con imponente belleza las peñas de Fura y Tena. Cuenta la leyenda que allá se encuentran las más preciosas y valiosas esmeraldas formadas por la madre tierra, custodiadas por serpientes, y decoradas con una de las mariposas más hermosas de la fauna silvestre: la mariposa australiana azul. Allá mismo donde al ocultarse el sol se contempla una mezcla de colores que contrastan con la memoria de los pueblos ubicados en esta provincia boyacense. Allá, antes del río minero que cruza por medio de Fura y Tena, se encuentra una población, cuya experiencia de vida se levanta con “tenacidad” y ánimo de vivir lo que muchos pueblos colombianos desean: la paz.

Pauna se levanta hoy en medio en la provincia llamada “la puerta verde de Colombia”. Sus habitantes afirman que se debe a la naturaleza esplendorosa del municipio, y porque allí nace el camino que lleva a las esmeraldas más hermosas del mundo.

Algunos habitantes del municipio afirman que la población vivió tres ambientes de guerra, algunas más tormentosas que otras, pero finalmente fue violencia que dejó mucho dolor, miedo, zozobra, viudas, padres sin hijos e hijos sin padres, atraso social, individualismo, pobreza y desolación. Hoy la sabiduría popular de los pobladores dice que “es otro cuento”.

La primera guerra que vivió Pauna se desarrolló casi que alterna a la guerra del occidente, la “guerra política”, también conocida como guerra bipartidista, la cual tuvo lugar entre los años 70's y 80's. En Pauna los conservadores se pelearon y se disputaron a muerte los triunfos en las urnas. Esto agudizó y empeoró la vida pueblerina. Generó muertes entre las familias de Pauna. Eran enemigos de los demás pueblos de la provincia, y enemigos entre vecinos que convivían todos los días.

La guerra política vivida en las calles del pueblo se confundió, o se mezcló, con la guerra de los esmeralderos. Muchas muertes ocurridas en Pauna se justificaron por una supuesta diferencia política. Las familias influyentes se enemistaron por razones políticas y por el poder minero. A parte de recibir los muertos que llegaban de la zona esmeraldera, llegaban muertos al casco urbano desde las diferentes veredas. Hubo un momento de violencia sin límite, había muertos casi todos los días, las campanas de la iglesia sonaban para sepelios y no para celebraciones especiales.

Tan agudizada estaba la violencia en los 70´s y los 80´s, que tenían mecanismos para llevar a cabo sus cruentas masacres, y, una vez perpetuada la hazaña, comenzaba a planearse la venganza. Pueden imaginarse como fue esa mezcla de esmeralderos e ideología partidista. Pauna fue el escenario donde se mezcló perfectamente esta maquinaria para la muerte. El léxico de la gente estaba basado en la muerte.

La segunda guerra que envolvió a Pauna, fue una guerra que recibió muchos nombres a nivel nacional: “guerra verde”, “guerra del occidente”, “guerra de la esmeralda”, entre otros. Según cuentan los habitantes, quienes son hoy los más fervientes historiadores, hacia finales de los años 60´s inició una guerra sin cuartel que acaparó los once pueblos que hacen parte del occidente de Boyaca, y que dejó un número de muertos incalculables, muchos cuerpos fueron arrojados al río minero. El inicio de tal guerra tiene varias versiones e historias que han sido transmitidas oralmente, perdiendo así un poco de credibilidad o asertividad. Lo cierto es que la guerra del occidente se convirtió en “una guerra de venganzas”, por ello su crueldad y deseo de exterminar todo aquel que le haya hecho daño al paisano, al amigo y al familiar.

Como fue una guerra de venganzas, los once pueblos se enemistaron entre sí, cuando “mataban” a alguien de un pueblo, los demás culpaban al pueblo enemigo y emprendían la venganza. En el caso particular de Pauna, los habitantes “no se podían ver” con los pueblos vecinos de San Pablo de Borbur, Muzo, Quípama, ni Otanche, solamente tenían amistad con los habitantes de Briceño y Tununguá. Al igual que Pauna, las demás poblaciones también tenían sus oleadas internas de violencia. No había las más mínima posibilidad de dialogo ni amistad entre habitantes de las poblaciones, había que cuidar el terruño de los posibles invasores y espías.

Pauna participó activamente en tal guerra. Cada mañana los hombres mineros se alistaban con sus armas en la cintura para poder salir a las calles a negociar esmeraldas, realizar trueques, o mercar. Los mineros eran quienes custodiaban la soberanía de la pequeña patria y eran quienes se debatían a bala con los enemigos del pueblo.

En esta época, el corazón del paunense se endureció debido a la violencia, la dominancia y el machismo de los mineros. Circulaban armas de todo tipo por las calles del pueblo. Inclusive las mujeres, sobre todo las esposas de los mineros, llevaban su arma como elemento de protección, y estaban dispuestas a enfrentarse a bala con quien tocara.

Finalizando la década de los ochenta, los patrones (señores de mucho dinero y prestigio) se convirtieron en líderes gracias al llamado a la reflexión de Monseñor Álvaro Raúl Jarro Tobos, obispo de la diócesis de Chiquinquirá, quien los invitó a contemplar la posibilidad de hacer un alto en el camino, de finalizar aquella matazón que no tenía justificación alguna. La del obispo era una invitación a construir la anhelada paz.

Los líderes aceptaron la invitación y en medio de la cruenta guerra se programaron reuniones clandestinas en las montañas de los diferentes municipios, sobre todo las de Pauna y San Pablo de Borbur. Por primera vez algunos líderes se miraban cara a cara y se estrechaban las manos en son de paz, sin pensar en armas y en cómo se podían matar. Ellos sabían que en sus manos también estaba la posibilidad de terminar con tal violencia que tantas víctimas había dejado. Ellos tenían el poder de decirle a sus paisanos que ya era hora de finalizar la guerra del occidente.

Monseñor los convenció y ellos mismos sabían que era lo mejor. Así, un 12 de julio de 1990, se firmó la paz en el occidente de Boyacá. Se silenciaron las armas, el río minero ya no volvió a arrastrar cuerpos sin vida, mermaron las viudas y los huérfanos, los pueblos se estrecharon la mano, la gente podía ir de un municipio a otro, se pasó de un lenguaje de muerte a un lenguaje de paz y de armonía. La guerra verde había terminado.

Sin embargo, Pauna estaba destinada a vivir otro capítulo de violencia. Una tercera guerra que, aunque menos cruenta que las anteriores, dejó dolor, miedo y un número significativo de muertes. Se cree que son imperfectos de la paz, erradicar la cultura de la violencia de la noche a la mañana no era una tarea fácil, heridas de años de guerra toman tiempo en ser sanadas.

Esta guerra se dio entre “los mineros dominantes”, aquellos mineros “disidentes” de la paz, los demás habitantes del pueblo y los miembros de la policía. Querían imponer su voluntad, mataban sin razón alguna, amenazaban y humillaban a la gente, incluso llegaron a organizar bandas para hacer asaltos, todas las noches se escuchaban las balas sonar, las casas amanecían con señales de haber sido baleadas, las calles eran tenebrosas, realmente daba miedo transitar por allí.

En Pauna habían algunas normas: quien estuviera fuera de casa un domingo después de las 5 de la tarde, era porque se buscaba “una muerte pendeja; de hecho existió una calle que bautizaron “la calle por donde la vida no vale nada”. Ir a la plaza de mercado era toda una odisea y en las cantinas se cumplía el dicho popular “el licor cumple con su deber”.

Pero también llegó el momento de hacer un alto y comenzar a desarrollar procesos para conciliar opiniones y transformar la cultura de muerte. La Alcaldía y la parroquia se dieron a la tarea de hacer un llamado a la conciencia y a protestar masivamente en contra de la violencia. Se hicieron marchas, se comenzaron a señalar a los culpables, llegó la Fiscalía al municipio y además se trajo a la memoria aquel acuerdo de paz firmado para todo el occidente. Fue un proceso que no demoró demasiado, pues la gente estaba cansada de tanta violencia y tanto dolor.

La paz para el occidente de Boyacá, y para Pauna en específico, no era ya una utopía, era una realidad, era una decisión tomada. No se puede decir que fue un acuerdo con grandes garantías, y que pretendía reparar a las víctimas, no, el objetivo fue simplemente la paz. Hoy Pauna es un terruño y un ejemplo de paz para Colombia y el mundo. Se sanearon aquellas rencillas que quedaron de la guerra, es un ambiente de paz donde se puede disfrutar de un bonito fin de semana, disfrutar de las festividades, compartir con amigos. Familias enteras que habían huido del pueblo por temor a morir, regresaron por amor a la patria chica y para abrazar a sus coterráneos.

La paz no es una mera utopía, la paz es una decisión, la paz es una realidad, la paz es un deber y un derecho. Hoy aquella provincia tan temida es una de las más deseadas por turistas y boyacenses debido al encanto de sus paisajes, la amabilidad de su gente, el clima, y porque se puede degustar un alimento cultivado con el mejor abono del mundo, el abono de la paz y el amor por estos pueblos que vieron nacer y crecer a grandes hombres y mujeres de bien, que pueden decirle al mundo que si es posible vivir en paz.

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