Masacre en El Cañaduzal ¿Por qué y para qué los matan? Destacado

Si Dios hubiese nacido aquí,
Sentiría en carne propia
[…]
La falta de equidad,
por ser negro,
por ser pobre
y por ser del litoral.

Mary Grueso, poetiza de Buenaventura, Pacifico


“Eran las 7:30 de la noche, un niño llega y pregunta: ¿doña Ruby dónde está Jaircito?, unas mamás andan buscando a los otro niños, porque nosotros íbamos para el cañal y yo me devolví, ellos están en el cañal. Nos fuimos con linternas. Los llamábamos: Jair Andrés… Alvarito… Íbamos caminando, al fondo hay una caseta, allí mantienen los vigilantes del cañaduzal, cuando ya íbamos a llegar a la caseta, tenían las luces prendidas, nos escucharon y apagaron las luces. ¿Por qué las apagaron? Porque tienen el pecado. Pasaron cinco minutos, diez minutos, quince, veinte, y nosotros gritábamos: por favor, estamos buscando unos niños; ellos no nos contestaban.

A los 20 minutos dijimos, vamos a llamar a la policía, y aparece un señor como por arte de magia, el señor que cuida, y los perros ladrando. A los perros los tenían entonces con bozal, por qué no ladraron durante los 20 minutos que estuvimos allí clamando que nos dijeran algo sobre nuestros hijos. El señor que cuida el cañal dijo que él no sabía nada, se entró y dejó los perros sueltos. Vemos una moto que vienen… y yo digo eso está raro. Las motos llegaron hasta la casa blanca, de ahí se devolvieron.

Cuando se devolvieron, nosotros empezamos a grita; eran dos motos con policías. Les expusimos el caso. Uno de los policías dijo vamos, el otro dijo no, espere, este no es el caso por el que nos llamaron, a nosotros nos llamaron por una desaparición; otras mamás habían ido al CAI a exponer el caso y a reportar la desaparición, y la policía dijo que tenían que esperar 24 horas. Los policías nos dicen listo, vamos, vamos.

Fuimos a la caseta y nos dijo esperen que nos han dicho que hay unos extraviados, nosotros no esperamos y avanzamos en la búsqueda de los niños, íbamos unos atrás y otros adelante, y nos adentramos al cañaduzal, llegamos a la parte donde no está podado y empezamos a llamar, Jair Andrés… y escuchamos una voz que dice ama, aquí estoy. Cuando nosotros llegamos al sitio donde estaban los niños, había dos policías y dos señores que trabajan en el cañaduzal, con peinillas y la cara llena de sangre. ¿Por qué no los detuvieron? Cuando llegamos, a los niños los tenían en la fosa, los iban a quemar en la noche y en la mañana, cuando llegara la maquinaria, los tapaban. Era una distancia supe larga, pero llegamos, nuestros hijos nos guiaron porque ellos quieren justicia”.

El martes 11 de agosto, casi al medio día, cinco niños afrodescendientes de 14 y 15 años salieron de sus casas a elevar cometas en un cañaduzal aledaño al barrio Llano Verde. Después de casi ocho horas de desaparecidos, Juan Manuel Montaño, Jean Paul Perlaza, Alvaro José Caicedo, Jair Andrés Cortez, Leyder Cárdenas fueron encontrados masacrados en el cañaduzal cercano al basureo de Navarro. Las familias y los niños reasentados en el Barrio Llano Verde, comuna 15 del distrito de Agua Blanca, fueron desplazados del Jarillón del río Cauca por la construcción del megaproyecto Plan Jarillón de Cali, un gran ecoparque turístico que atravesará todo el oriente de la ciudad.

El jueves 13 de Agosto, en el mismo barrio, en la dolorosa despedida a los adolescentes, se registró otro hecho violento: una granada explotó en una vivienda del sector, una persona murió y otras 15 quedaron gravemente heridas, entre ellas un niño de 10 meses de vida. Aunque el alcalde de Cali ha manifestado que la granada iba dirigida al CAI de la policía del sector, y que por casualidad chocó con la rama de un árbol que la desvió hacia una vivienda ubicada al frente del CAI, también es posible que la granada haga parte de una estrategia de intimidación colectiva para contrarrestar la indignación comunitaria que provoca este hecho violento, el que se suma a otros asesinatos en fincas y cañaduzales aledaños a Llano Verde, como el del pasado 11 de marzo:

Ese día encontraron sin vida a un hombre de 24 años, quien, en hechos aún no determinados, fue asesinado en una finca del corregimiento de Navarro, colindante con Llano Verde, a manos del mayordomo de la propiedad, según datos de los diarios locales. Al este se le suman los asesinatos sin resolver de otros dos jóvenes, también en esos sembrados, hace cinco años.

Por qué el Llano Verde se tiñe de rojo
Fruto de la reparación integral a víctimas de la violencia, una de las urbanizaciones de Llano Verde fue construida en el gobierno del expresidente Juan Manuel Santos para garantizarle el derecho a la vivienda y al territorio a miles de familias victimas del proceso de desterritorialización forzada, provenientes del Pacifico colombiano. Este proyecto también acogió a personas reinsertadas de las dinámicas paramilitares y, posteriormente, a personas reasentadas por la construcción del Plan Jarillón de Cali. Se construyeron y entregaron más de cuatro mil casas a personas oriundas de Chocó, Nariño, Valle, Putumayo, entre otros. El barrio tiene aproximadamente siete años de construido. El número de habitantes, en su mayoría afrodescendientes, pueden estar por encima de las 9.000 familias.

Aunque las viviendas son pequeñas, como todas las casas de interés social, las familias que culturalmente son extensas y extendidas viven en hacinamiento. A pesar del poco espacio vital, se acomodan para poder vivir la vida. Esta comunidad ha tratado de rehacer sus proyectos individuales y colectivos de vida, simulando los espacios territoriales que perdieron tras el despojo de sus tierras ancestrales. Casi todas las familias poseen azoteas en el andén están frente a sus casas, allí siembran plantas ornamentales, medicinales y alimenticias. Así han ido consolidando, poco a poco el barrio, le han dado vida. Sembraron allí sus esperanzas de un nuevo presente libre de violencias, tal como lo promete la ley de víctimas.

Además, en el marco de este legitimo propósito, conformaron negocios para activar sus economías (tiendas de barrio, venta de comidas rápidas, mariscos y frutas, misceláneas, entre otras). Poco a poco han hecho comunidad. Se conocen y se cuidan unos a otros. Las calles de las manzanas centrales están adornadas con murales que llevan mensajes de reconciliación, perdón y paz. Hay muchos niños y el olor a eucalipto y tierra mojada impregna el ambiente, si no fuera por la abundancia de pavimento, el tamaño de las casas y el ruido de los carros que pasan por la autopista de al lado, se podría creer que es una vereda y no una ciudadela construida en una de las zonas más excluidas de la capital del Valle del Cauca.

En poco tiempo, la armonía, la calma y la vecindad fue interrumpida: líderes y lideresas empezaron a recibir amenazas de grupos armados que se instalaron en la dinámica vital comunitaria, y hoy tienen el control del territorio y de la vida de los habitantes de este sector. Con su llegada, nuevamente se activan las lógicas violentas, así como sucede en los sectores periféricos de las ciudades del pacifico colombiano: Buenaventura, Quibdó, Tumaco. Violencia que incrementa al mismo tiempo que se expande y consolida el megaproyecto turístico Plan Jarillón, el cual, una vez hecho realidad, valorizará significativamente el precio de la tierra de Llano verde, pues la ciudadela es colindante con la obra que se proyecta como el parque ecológico urbano más grande del suroccidente colombiano.

Porque lo vivimos, sabemos que las violencias criminales son funcionales a los megaproyectos. Estas acostumbran a entretejer y fabricar guerras para expropiar territorios cuya ubicación es estratégica. Nos preocupa que la violencia exacerbada y sistemática a la que están siendo sometida la comunidad de Llano Verde esté relacionada con una estrategia racista y clasista para “regentizar” el sector por medio de la violencia extrema. El incremento del valor económico de la tierra de Llano Verde es inevitable. Y el orden político neoliberal y el Estado empresarial, racistas y clasistas, avisaran en un marginal barrio del oriente de Cali un nuevo latifundio que no puede estar en manos de “negras y negros desplazados y reasentadas”. Así se repite la macabra historia del pueblo negro de Colombia en la metrópoli vallecaucana, sintetizada por Carlos Alfonzo Rocero, uno de los líderes más significativos del movimiento social afrocolombiano, quien dice:

“La gente negra de Colombia hace vivible lo invivible y luego es sometida al despojo y la desposesión”.

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