Defensoras: Tejido vital de esperanzas y territorios en la piel

¿De dónde viene tanta fuerza cuando un sinnúmero de violencias se ciernen sobre una sola vida, un solo cuerpo y una historia? Mujeres que hacen territorio con heridas abiertas y cicatrices fuertes. Caminantes de la convicción de seguir existiendo, llena de tal tenacidad que se ha convertido en una forma de resistir al desprecio con que han sido criadas desde niñas. Y seguir existiendo después de haber atravesado el muro rugoso de la historia de la guerra, esa que no logra encontrar la calma de la paz en esta historia convulsionada de una Colombia ensangrentada.

Esa forma ineludible de aparecer a través de su cuerpo, simplemente siendo presencia, como aprendieron, como les tocó, aquí en este rincón, lleno de montañas, paisajes llanos y mares, donde la riqueza de ellas ha sido el cielo azul, el sol, los pájaros, los ríos, las iguanas, los gatos, las gallinas y los perros, el agua por todas partes, los árboles y el revuelto… toda la naturaleza exuberante y conviviente en esa ruralidad colombiana históricamente negada y despreciada por tantos que ni se nombra, esa que se lleva en el cuerpo de las mujeres racializadas, campesinas, indígenas, afrocolombianas, transexuales, pobres, que habitan los llanos, las playas, y las montañas de Antioquia, y que resisten con todo su ser a la muerte y el despojo.

Las mujeres rurales se definen como defensoras del territorio y la vida, de los derechos de la naturaleza y de las personas. Las defensoras del territorio invocan la fuerza del sol y la luna, leen los arcoíris del cielo y se comunican con el viento y el agua, cosechan alimentos y tejen esperanzas, porque, como dice el refrán, ya vendrán tiempos mejores, y, como lo nombran ellas, “resistimos trabajando, cultivando la tierra, cosechando alimentos, cuidando la vida”.

Ellas en estas tierras donde el progreso y el desarrollo se asimilan con venderlo todo, expoliarlo todo, traficarlo todo… ellas, las defensoras del territorio, saben muy bien, porque su experiencia se los enseña, que 500 años después de la invasión Europea se sigue intercambiando oro por espejos en estos territorios; situación histórica que les enseñó la desconfianza en el foráneo, el inversionista, la multinacional, el mega proyecto. Su historia les ha demostrado que cuando les venden ese oro, ellas llevan la peor parte como mujeres rurales porque tienen más posibilidad de quedar sin nada, sin agua, sin bosques, sin cielo, sin pájaros, ni flores, ni esposos, ni hijos/as, sin comunidad… sin territorio, sin lugar. Y pese a ese inmenso riesgo en sus vidas, nadie escuchó su opinión y su palabra antes de tomar cualquier decisión sobre sus territorios y su existir, quedando como queda siempre la madre tierra: como paisaje explotado, cosa u objeto propiedad de otro.

Sí, en medio de esas formas directas de violencia, se fueron volviendo lideresas y defensoras. A la fuerza y por instinto de sobrevivencia, ellas llegaron a ser lo que hoy son.

En este instante de la historia, el pos-acuerdo no ha logrado la añorada y esquiva paz estable y duradera, esa que se desvanece en el horizonte otra vez, como si estuviera Colombia condenada a cien años de soledad. Otra vez la guerra cambia de máscaras, de nombres, personas y actores, pero el continuum de violencias sobre los territorios y las vidas de las mujeres rurales permanece. ¿Cuál paz si la violencia está en los campos y las casas? Si la pobreza y la falta de oportunidades las persiguen y vulneran cada día.

Las mujeres rurales y las defensoras del territorio son vulneradas, porque la violencia que se cierne contra ellas es tan estructural como la cultura y tan normal como el paisaje, tan pública, abierta y avalada, que ni siquiera se logran observar.

Las defensoras del territorio han nacido, crecido, y vivido con esa historia de la Colombia tranzada por el conflicto armado, sus historias están llenas de tragedias grandes, medianas y pequeñas, todas ellas han sido víctimas indirectas. Otras, no pocas, víctimas directas de crímenes terribles, con impactos que van de grandes a gigantes… pero de ahí no bajan.

La condición humana de las mujeres ha sido profanada por la violencia en su contra, ejercida con tal impunidad que ni siquiera cuando logran llegar a estrados judiciales logran tener voz, su versión de la historia difícilmente cuenta en la memoria colectiva y/o en la oficial, designando un lugar histórico de eterna subordinación.

Las historias de las mujeres están llenas de dolores generados por el despojo de sus territorios a manos de intereses económicos de una empresa, el político de turno, o el negocio de unos pocos.

En un encuentro con defensoras del territorio ellas contaban como fueron desplazadas, como asesinaron sus maridos, como secaron los ríos en los que barequeaban. Ellas contaban que tenían casas livianas para echárselas al hombro porque vivían en las playas del río Cauca, y cuando una playita se deterioraba, se pasaban para otra, y así vivía una comunidad de nómadas barequeros cuya cultura fue secada cuando les quitaron el Cauca para construir el proyecto Hidroituango. En esa ocasión una defensora indígena de la etnia Zinú decía que el espíritu del agua y el viento ya no hablaban, que sus almas no lograban comunicarse con la tierra, que el río se había muerto.

El sufrimiento de la tierra entera se lleva en el cuerpo de las mujeres, la falta de alimento y agua por la contaminación de los pesticidas, las fumigaciones con glifosato y la guerra, crearon un paisaje de destrucción en lo que era su hábitat, llevándolas a la mendicidad o a la prostitución como fórmula de sobrevivencia. Así lo narró otra lideresa del municipio de Tarazá, Antioquia, quien a sus 25 años fue despojada de su esposo, su tienda, su casa y su negocio por un grupo armado. Ella se vio en la obligación de hacer un cambuche de plástico a la orilla de la carretera, allí vivía con sus 4 hijos y salía a mendigar. Ellos/as sobrevivieron, pero el daño y las pérdidas fueron profundas, las heridas en el alma sin reparar infancias rotas por la degradación de la guerra. Ella superó esa situación porque logró levantar de nuevo su tienda y un restaurante a la orilla de la carretera. Gracias a su persistencia y su pedido de ayuda terminó ayudando a otros/as, eso la hizo lideresa, su comunidad la reconoció.

La guerra ha dejado marcas por toda la geografía de la ruralidad femenina en los territorios, cuerpos y vidas que lo habitan. Las defensoras del territorio no pocas veces han perdido todo por el desplazamiento forzado y las fumigaciones de cultivos de coca. Esta geografía tiene cicatrices por los crímenes vividos de generación en generación, por la violencia de todos los órdenes, esa que arrebató la condición humana de las mujeres al despojarles de su territorio y con él de sus medios vitales de subsistencia, sus redes afectivas y de apoyo, su comunidad.

La guerra en Colombia no sólo ha dejado profundas heridas sino también terribles clasificaciones geográficas, paisajes del desprecio y el terror. Ese desdén urbano por la ruralidad, señalada de atraso, ha impedido ver a las personas. La ruralidad se ha configurado como un espacio para sacarle provecho, plata y recursos, todo medido en dividendos económicos, haciendo como si los bosques, ríos, playas y montañas no estuvieran habitados por seres vivos como animales, plantas y árboles, los cuales en el mejor de los casos se observan como cosas que deben ser estudiadas para mitigar el daño.

Ese desprecio citadino por el territorio rural, ha llevado al desprecio por las personas que hacen parte de él. En los mapas no aparecen las personas, ni sus casas, ni sus historias, esta sociedad urbana no logra reconocerse en el rostro de la diversidad rural que nos da de comer.

Las defensoras de los territorios rurales de Antioquia, incluso urbano-periféricos, están llenas de propuestas de vida, proyectos productivos de apicultura o viveros en el Nordeste; de alimentos en el Suroeste; de minería ancestral y barequeo como en el Norte y Bajo Cauca; o del cuidado y la defensa del agua en el Oriente.

Sus propuestas intergeneracionales de resistencia siguen estando llenas de revuelto y comida, cuidado del agua y la vida, esa geografía de la ruralidad femenina tiene el anverso de la resistencia y la esperanza. Tejen redes, hacen actividades, producen en comunidad, se conocen las historias y comparten su dolor.

Las defensoras caminan el territorio, trabajan muchas en silencio, otras hablan bajito, para que el marido no se enoje “porque salgo mucho”. Otras hablan duro y les dicen marimachos o brujas, cuando no locas e histéricas… Tienen en común que tejen a fuego lento la resistencia vital, cuidando de la vida misma, de la tierra, del agua, de las flores y las abejas, haciendo la panela, ordeñando la vaca, haciendo la comida, cuidando los niños y las niñas, juntando la familia, juntando la comunidad, haciendo economía productiva que las hace sentirse en su territorio. Esa es la estética de su resistencia.

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Lina María Mejía Correa

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