Carta a la madre que me vio nacer y crecer

Oíme María, no sé si te conté que luego de la crisis asmática, y el mes en terapia de cuidados intensivos, salí del hospital San Vicente y lo primero que recordé es que estaba como dormida, sin poderme mover, ni hablar, ni nada. No recuerdo si te conté, pero era real lo que había visto con ese infatigable fastidio del respirador y los tubos que desde la boca hasta mis entrañas me habían puesto.

Era muy raro ver temblar a mi lado un ataúd entre tantos aparatos hospitalarios. Sí, un ataúd abriendo y cerrándose solo. Madre, ¿te acuerdas que fue a mediados de ese mayo de 2004 cuando te tocó volver a San Carlos a ver por última vez a mi hermano Jesús Antonio? Tu hijo menor, Susito, de cariño.

Ahora que esculco en el paladar de la memoria, evocando las colinas y planes de la vereda Cañaveral, me veo con la panela recién hecha, derretida en la hojota en que la echaban en la estancia donde trabajaba mi apá Israel. Recuerdo que al contrario de mis hermanas, yo no cargaba leña; que en la cosecha se quedó Susito con su compañera de vida, que se balanceaban a lomo de mula o bestia como muchos cafeteros y arrieros, loma arriba por esos culebreantes caminos y canalones. ¿Fue por esos espesos caminos y cañaverales que la terapia de la “lucha antisubversiva” irrumpió? Solo sé que acusándolo de llevar mercado a la guerrilla, a susito le cayeron esos paracos, esos que década antes conocíamos como “macetos” (MAS), ¿cierto Má?

A muchos les acusan de colaboradores de los paras o de los militares, y a muchos como a él, de llevar mercado a la guerrilla. Tremenda y trillada justificación para matar a quien labra cada amanecer un nuevo día para su familia y su región. Me contaste que lo vigilaban cuando llevaba el café a la federación de cafeteros en el parque, y que a tus vecinos les preguntaban que quién era y qué hacía. El tal paraco ese, años después, durante el proceso de desmovilización, disque arrepentido de haberse equivocado, ¡demasiado tiempo ya!

¿Hay alguna justificación para que una persona tan honrada termine así? Quizás por dormir cerca de la piedra El Tabor y por sus cosechas en la finca de bahareque y de nutridos cafetales, arrullada por conciertos de grillos, chicharras y monos aulladores, custodiada por gallinas trepadas en los naranjos. Les parecieron “subversivas” las pupilas que desde magistral vista se estremecían contemplando las bombillas que, hundidas en esa cadena de montañas que descuelgan a Arli (Vocablo de origen Tahami, que significa “Río del pez” o “Río del Bocachico”), se reflejan en sus aguas.

Dedicado al café para el sustento económico, ¿lo recuerdas? Hasta entonces a la guerrilla la había visto en retenes en la vía, tumbando comandos de policía, torres de la energía que ISAGEN y EPM cobran y nos niegan día a día, torres de antemano facturadas a sus usuarios.

En fincas familiares llenas de “piña castilla” y frutos de esta atractiva tierra. Hace varias décadas bajo los embalses de la Central Hidroeléctrica Playas, en límites con San Rafael, ¿quién iba imaginar que hasta en el Magdalena Medio iban a vivir parecido a Israel? No Israel tu difunto amado, sino el Estado de Oriente Medio y el Golfo Pérsico al que, entre humo de tabaco envuelto en hoja, Israel veía por TV mandar terapias de tanques y bombardeos a la población.

Ahora tras el “turismo para la paz”, y reconocimientos como el “municipio piloto en desminado de minas antipersona”, una espiral de dudas convulsiona mi cabeza. No hay duda de que el Estado elimina lo que le contradiga o subvierta, así hizo con esa generosidad de tantos campesinos, ese respeto que no tienen las fuerzas armadas, esos rezagos de valores fraternos que se construyen en muchos lugares “abandonados”.

Viste cómo se multiplican los megaproyectos de desarrollo económico gracias al control que “ilegales” armados impusieron junto a una Fuerza Pública que protege las instalaciones policiales, hidroeléctricas y viales, pero no la vida.

Hoy dudo que con programas de resocialización o castigo a los combatientes, y con terapias psicosociales en la población, alivien un dolor ejecutado desde la cabeza del Estado con esqueleto de chupachupa y dinero. Dudo que los paras y algunas guerrillas estén “al margen de la ley”. Es más, me han dicho que están, no sé cómo, bien adentro de este orden mercantil y mental que necesita de épocas convulsas y terapias de seguridad para mantenerse. Dentro de este juego de lenguaje que tilda de “enemigo interno” a quien no aguanta ya más desigualdad y falta de dignidad, que etiqueta de “ejecuciones extrajudiciales” asesinatos cometidos por “héroes de la patria”, y pretende sumir en el perdón y el olvido del progreso material y energético los crímenes cometidos por Héroes de Granada, Bloque Metro o Cacique Nutibara, quienes se equivocaron con los “presuntos guerrilleros”, como dicen en las noticias, porque la mayoría eran más presuntos que “guerrilleros”.

Si me dedico a morir, que por lo menos la enfermedad de la madre tierra convulsione las conciencias de las empresas. Como ves, sigo en la ciudad dando tumbos por medicamentos y convulsiones heredadas del mal cuidado intensivo. Pero aún sé que me sentiré alentada cuando recupere toda la memoria, encontraremos solución más allá del negocio de las industrias de la salud, las armas, y la industria energética.

Aún conservo la memoria de manos de hermanos, padres, abuelos que quisieron sembrar felicidad, de hermanas que, “desplazadas” en el casco urbano, no ven como única posibilidad romperse las manos como empleadas en una empresa, lejos de ese municipio del Oriente Antioqueño.

Cuando volvas, tráeme fresca la memoria de esos escondidos lugares vaciados a punta de armas y embalses, de líderes de movimientos cívicos y de proyectos agropecuarios alternativos decapitados y arrojados a represas. La memoria de pequeños productores de café y panela sumidos en el olvido pero aferrados a sus proyectos, al aroma cafetal, naranja y cañaveral, a esas chorreras de agua. Tráeme esos aromas que hacen sentir las cosechas, los frijoles todos los días al amparo de tempranas lluvias de estrellas, la memoria de las columnas de caballos maltratados moliendo caña.

Oí a alguien decir: “si no hay memoria ¿sería que nada pasó?". Ahora entiendo tanto medicamento intentándola atrofiar. Hoy busco el cantar de los pájaros. Las voces que gritan “no hay perdón ni olvido” se replican y flotan hasta en alucinaciones. Hoy la lengua me arde por dentro, por fuera no se ve nada, si hay una herida sin cerrar se debe volver digna, saludable y fuerte allá donde quisiste que te sembraran.
Hasta pronto, Madre querida. Dicen que se puede reír, llorar, sentir en silencio, ¡claro, escribiendo!

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John Jairo Duque

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