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Editorial 162: Primero la vida

Los periódicos y noticieros colombianos vuelven a ser un espectáculo sangriento. Volvió la horrible noche. Los días y los años en los que nos dedicamos a tabular asesinatos. Vuelve el miedo a gobernar en esos rincones que nunca quiso copar el “Estado”.

La muerte y la violencia volvieron a ser nuestro pan de cada día. Llevamos 71 masacres en 45 semanas. Los miles de líderes sociales y defensoras de derechos humanos asesinados ya no nos caben en las páginas. Y aunque los excombatientes de las FARC no firmaron la paz para que los asesinaran, van 237 farianos y farianas asesinadas violentamente.

Una representativa porción de la sociedad colombiana está cansada de este guión macabro. En los primeros meses del año, cientos de personas peregrinaron desde varios rincones del país para denunciar la crisis de seguridad que se avecinaba. Y hace unas semanas, la Caravana Humanitaria al Cañón del Micay y la Minga indígena, afro, campesina, y popular, nos recordaron que no se deben estimar esfuerzos para reinvindicar la esperanza y el valor sagrado de la vida.

Hoy más que nunca está vigente eso de que solo el pueblo salva –cuida y protege– al pueblo. Somos una nación acéfala, huérfana. El (des)gobierno sigue negándonos la posibilidad de caminar por la calle tranquilas y tranquilos. Pasan los años y el discurso bélico que se publicita desde la Casa de Nariño sigue siendo el mismo. Hay razones de sobra para decir que el derramamiento de sangre es sistemático y vilmente planeado.

Sabemos que se seguirá criminalizando y atacando a quien defienda la vida. Pero ante la muerte y el discurso del odio instaurado en nuestra sociedad por medio de los canales de comunicación “masivos”, no sigue quedando la alternativa de recurrir a la resistencia, palabra dulce y dadora de vida. Atender y escuchar el llamado de nuestros hermanos indígenas, negros y campesinos que durante años han intentado mostrarnos hasta el cansancio que es posible caminar de otras formas más armónicas, más sentidas y profundas, por medio de la autonomía y los planes de vida colectivos. Más al sur lo chilenos también nos demostraron que es posible enterrar el legado sangriento de cualquier dictadura.

En el 2022, tendremos la oportunidad de escoger un gobierno y un Congreso que se parezca a lo que en realidad somos: un pueblo capaz, festivo, diverso, solidario, fraterno, que respeta la vida y recursivo. Mientras llega ese día, tenemos que perseverar en nuestras pequeñas acciones. Hablar y denunciar todo aquello que desde chiquitos nos dijeron que no se podía llevar a la mesa, y ser conscientes del poder político y transformador del voto.

Los procesos sociales y la ciudadanía organizada no retroceden porque primero siempre está la vida.

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