La lección Nasa

El punto
Papita no le pone silla ni freno al caballo. Solo le hace unos nudos en la trompa, pone un tapete o una cobija, y a cabalgar. Los maldadosos de Papita y Stiven dejaban que me les adelantara para fustigar a la talladora yegua. Gozaban viéndome sufrir cuando ´Manchita´ aumentaba el galope. Los adultos son igual de maldadosos y burleteros.

Papita es uno de los niños de la flora y fauna humana del punto 9 de la Liberación. Antes de “liberar”, los indígenas Nasa del Cauca “recuperan”: entran a fincas que pertenecen a Incauca u otros ingenios azucareros, queman la caña de azúcar, ocupan esa tierra que estaba sembrada de caña, siembran comida y soportan –una, dos, tres, cinco, quince, quién sabe dios cuántas veces– las embestidas del Esmad, el Ejército y la Fuerza Pública. Los Nasa argumentan que ancestralmente eso era suyo y fue quitado a sangre y fuego; y que para ellos vivir –trabajar y hacerse a lo suyo, a lo propio– necesitan tierra –y que hay algunos que tienen más tierra de la que necesitan o pueden subutilizar. Vista Hermosa, el punto 9 de la Liberación de la Madre Tierra es un punto liberado desde hace cuatro años: la comunidad vive en la tierra que trabaja –aunque cada tanto la Fuerza Pública intenta sacarlos de ahí: arrestados, heridos, muertos, a las buenas, a los tiros… como sea, pero que se larguen de ahí.

Este fin de semana están celebrando 4 años de haber liberado el punto. A metros de la carretera, varios jóvenes y adultos están montando una carpa en la parte más plana de la colina que nos separa de la cocina. La discoteca artesanal es tan grande como las carpas que arman en la Feria de Las Flores de Medellín, la Feria de Cali, o el Carnaval de Barranquilla. Y la cocina: un plástico en forma de v invertida, sostenido sobre 16 guaduas, que cubre un amplio rectángulo de tierra pura y dura; ahí se cocina, se sirve, se comparte y se come. Hoy, en la carpa, hay bingo y baile. Mañana, cuando empiece a morir la tarde, todo el que quiera –sea del punto o no– puede acercase a la cocina por una generosa porción de carne, arroz, papa, y yuca empacada en una bolsa plástica transparente, en la noche show de streaptease, más baile y más chirrincho –el aguardiente artesanal de los Nasa. El domingo, desenguayabe con más tecnocumbia, y más aguardiente caucano.

El punto 9 está ubicado en Caloto, al borde de la carretera que comunica al municipio con Corinto y Miranda. Cerca de la cocina hay varios cambuches, camastros prácticos e improvisados hechos con madera, plástico, y colchonetas. También piscos, gallinas, patos, plataneras, la cancha de fútbol con su evidente desnivel, yucales, frutales y más pancoger. Desde la carretera se puede ver la contaminación lumínica que expele Cali en las noches; las monumentales columnas de humo que escupe algún ingenio; y los potreros inabarcables que antes eran un mar de caña. Al otro lado de la carretera está la formación montañosa, cuyo misterio boscoso permanece majestuoso e impecable. Los Nasa y la gente del punto la usan de retaguardia: a veces corren hacia ella cuando los hostiga el Esmad, como la conocen, la usan para defenderse de una violencia dispar. Aquí la llaman Resguardo. También la conservan, procuran no intervenirla, no alterarla. En la montaña están las disidencias de las FARC, el actor armado, la desarmonía territorial. Al visitante le recomiendan no subirla sin la compañía de la comunidad. La montaña engulle. Algunos la han subido –al rato se oye un disparo– y nunca más vuelven a bajar. En el Resguardo también hay barrios de ladera como los de las ciudades centroandinas, manchas de luz que en realidad son cultivos hidropónicos de marihuana. Este es el norte del Cauca. El valle del departamento, la zona inundada de caña, la más plana y cercana a Cali. Al occidente está la costa caucana, el Pacífico, el embarcadero de la droga y lo “ilegal”. Detrás de la montaña, ósea más kilómetros hacia el sur, está el Macizo, el tejido montañoso, el campesinado.

Hasta 2016, a cinco años de haber empezado a liberar a Uma Kiwe, los Nasa habían logrado cortar 3.500 hectáreas de caña. En total son 13 puntos repartidos en Caloto, Corinto y Guachené. Más de 300 veces la fuerza pública ha fracasado en sus intentos de desalojo. La Liberación cuenta más de 600 personas heridas y más de 10 muertos por los ataques de las fuerzas estatales. Todos los puntos han sido igual de agredidos, pero unos están más liberados que otros, cada uno tiene su ritmo, sus avances, y sus dinámicas particulares. “La Liberación de la Madre Tierra no es un nido dentro del Estado ni dentro del capitalismo. Liberamos la Tierra del capitalismo, nos liberamos nosotros mismos, para volver al tiempo en el que simplemente gozamos la vida comiendo, bebiendo, danzando, tejiendo, ofrendando al ritmo de Uma Kiwe. Somos un nido en el camino de la Madre Tierra, –eso dice de sí mismo el Proceso de la Liberación de Uma Kiwe, que significa Madre Tierra en lengua Nasayuwe–. Sí, señores y señoras: En las fincas en proceso de liberación, hemos fundado aldeas con cocina, letrinas en tierra, charcos para nadar, sede para reuniones, tulpas para nuestras ceremonias sagradas y varias chozas alrededor. Las aldeas de la Liberación han sido sede de reuniones, de juego, de encuentros de capacitación, de mingas artísticas, de llegada de visitantes de muchos lugares de Colombia y del mundo que no quieren ver desde la barrera cómo David encara a Goliat”.

–¿Cuántas hectáreas más quieren liberar? –le pregunté a Don A., el moreno de unos cuarenta años que está al frente de la organización y materialización del festejo del punto 9, el líder comunitario que busca el bosque cuando está triste o discute con alguien.
–Hasta que lleguemos a Tuluá –me respondió muy consciente de los casi 90 kilómetros que separan Tuluá de Cali.

Las más de 200 hectáreas liberadas en el punto 9 no son de nadie. Son de todos, de la comunidad. Todos las trabajan. Todos las protegen. Todos cumplen un rol. El dolor, el trauma, las heridas, los sueños, el cuidado, la(s) responsabilidad(es), el descanso, el goce, las conquistas, también son de todos y todas. Ese es el superpoder del sujeto colectivo Nasa.

K. me cuenta que la disputa ilegal y armada por el control del territorio, y por el control del narcotráfico, está al rojo vivo. A S., la primera vez que vino, le recomendaron no salir a la carretera después de las 6 de la tarde. El punto y la Liberación están, inevitablemente, en medio del fuego. Los niños saben, y te dicen, cuáles son las lujosas camionetas en las que patrullan “los armados”; saben cómo visten y cómo suenan las bombas que dispara el Esmad.

El simbolismo, el trasfondo reivindicativo, la telaraña humana, y el regazo de Uma Kiwe no bastan para contrarrestar la patología armada. Las Disidencias son bandolas de jóvenes indígenas –campesinos, citadinos, afros– que cuando no son reclutados, caen en la tentación de las armas, esas lámparas mágicas que te cumplen cualquier deseo a cambio de matar o empeñar el alma. La segunda noche, a S. lo abordó un joven campanero de las disidencias de menos de 18 años que calzaba unas botas costosas y llevaba una colorida ruana terciada. Le preguntó quiénes éramos, qué hacíamos, y a qué habíamos ido. S. respondió sus preguntas y le propuso ir a la montaña para hacer un trabajo fotográfico y periodístico con ellos. “Nosotros no podemos salir en medios”, le dijo el muchacho.

El domingo en horas de la tarde, un grupúsculo de disidentes tomaba Águila Cero y se pasaba sus revólveres en la mesa de al lado. Fueron los únicos que entraron las motos a la carpa, como si estar armados no les bastara para decir “mírennos, aquí estamos, somos nosotros”. Que no nos preocupáramos, “mientras ustedes estén con nosotros, no les va pasar nada”, nos había dicho Don A. y otras personas de la comunidad. Al parecer los muchachos disidentes –o su grupo– estaban buscando a otro muchacho que asesinaron más tarde en una cantina cercana. La siguiente noche, en redondo, volvimos a hablar con el campanero, con el que averigua, mira, pregunta, y comunica hasta que la información llegue al que, probablemente, le da las ordenes a él. No encontramos rastros ideológicos en su credo armado. La codicia, el afán del dinero y de poder amedrentar a la muchacha que no se quiere acostar conmigo, el pelado que me ganó el chico de billar, el que no me quiere pagar la vacuna o no me está vendiendo la marihuana o la hoja de coca a mí, son el germen que mantiene viva la desarmonía armada. Donde hay coca, y tanta marihuana, hay armas. Y donde hay armas…

En el Cauca casi a diario hay uno –dos, seis, muchos– homicidios. K. también me había explicado que “los armados” respetan el proceso de la Liberación. Por lo general, los muertos son hombres –en su mayoría jóvenes– que pertenecen a algún grupo, que empiezan a “trabajar” con uno y luego se enfilan en otro, que burlan las reglas del “negocio”, o personas –sean indígenas liberadores o no– que incomodan más de la cuenta.

La coca –y en menor medida la marihuana– es medicina ancestral, también codicia vitamínica. Sin rodeos don A. acepta que muchos de ellos plantan y cosechan coca y marihuana. Hay enseres y alimentos que la generosidad de la tierra no puede suministrar. No hay más alternativa –viable y real– de subsistencia en condiciones dignas. A su pesar, todos aquí –directa o indirectamente– sostienen la pirámide. El problema no es un sarpullido causado por el “olvido estatal”, parece más bien algo planeado por una mente calculadora y siniestra. Si no hay quien coseche y cultive, no hay a quien perseguir y culpar. Si no hay a quien perseguir y a quien culpar, tampoco hay quien procese, transporte, y comercialice la droga –que luego el político, empresario o militar se esnifa o legaliza con un negocio de construcción en Popayán o una campaña para el Senado o la Presidencia de la República. Y si no hay quien procese, transporte y comercialice la droga, no hay a quien armar, ni cómo justificar la publicitada “guerra contra las drogas” que difuminó el límite entre lo militar y lo paramilitar. Es la novela de la guerra vista desde un apartamento en Miami, o en el restaurante del Club el Nogal de Bogotá. Es la guerra y la droga imponiendo su ley, gobernando al gobierno. “La vigencia de lo perverso bajo la apariencia de lo normal”, a la que hacía referencia el mexicano Sergio González Rodríguez.

Pero el horizonte de los indios y los Nasa es otro. Tampoco retroceden, ni se dejan amedrentar. Si agreden a uno, agreden a todos. Si un militar –o un disidente, o un indio de la comunidad– dispara contra una persona –una gallina o una casa–, la comunidad en masa –hombres y mujeres– emprenden la búsqueda hasta encontrar al agresor. “Necesitamos que su jefe venga acá y hable con nosotros, porque esto no se puede volver a presentar. Y a partir de este momento usted está en un centro de armonización”, así, palabras más palabras menos, sentencian a los soldados que se extralimitan en sus labores militares y que la comunidad luego logra aprehender. Es su territorio, y en su territorio las órdenes las dan ellos. Los Nasa y los indios son de armas tomar. E. me cuenta que hombres y mujeres se plantan frente a los soldados, los miran a los ojos y les dicen: “Peguelo, hijueputa; péguelo”.

El indio Nasa no tiene armas como las del Esmad, las disidencias, los terratenientes, o el Ejército, pero tiene el territorio de su lado, conspirando a su favor. En el encuentro de Liberadores que hace unos años se realizó en el Punto 1, en Corinto, E. cuenta que ese día cocinaron los hombres que estaban purgando sus penas en los centros de armonización, y que ese día los rodeó el pleno de la “malvada”. Policía, Esmad, Ejército, drones, helicópteros. Los mayores y mayoras mambeaban serenos en la Tulpa. Dieron un parte de tranquilidad, se habían comunicado con los espíritus del agua y presagiaron que caería mucha agua. Más tarde “la malvada” fue dispersada por el infernal aguacero. El territorio también es actor. También se manifiesta, opina. También influye.

Los Nasa y el territorio son uno mismo. Se hablan, se escuchan, se cuidan, se necesitan. En el punto escuché poco Nasayuwe, pero los niños nos dijeron que el arcoíris es el espíritu que vive en el lago. El misticismo y la vitalidad del territorio y de los Nasa brotan en el momento y de la forma menos pensada. Si con insistencia la codicia y los dueños del Estado pavimentan la “vía violenta”, soberbia y vil, los Nasa y el Cauca ofrecen su palabra, su saber, su fuerza, su recursividad, su Tulpa, su corazón. Cuando el Esmad y el Ejército logran tomarse el punto, esperan a que “la malvada” queme el pancoger sembrado, boten la comida, y a los días se vayan, para ellos volver a sembrar, ocupar, y armonizar el territorito. A las mayoras y mayores les profesan el respeto y la devoción que merecen las deidades. Y a las vacas que los soldados del ejército matan a balazos, les dicen “mayoras caídas en combate”.

La Minga
Indígenas, campesinos, y afros del suroccidente querían debatir en plaza pública con el presidente Iván Duque. Demostrarle –con cifras, argumentos y el dolor propio– por qué el suyo es un mal gobierno, y por qué la vida en Colombia vuelve a estar en peligro. El presidente y su gobierno inventaron toda clase de mentiras y teorías para rechazar la invitación. La Minga del suroccidente, entonces, le hizo un juicio político al impopular Iván en la Plaza Bolívar de Bogotá. Ese 19 de octubre las vocerías expusieron algunas cifras: hasta ese día, entre 2019 y 2020 se habían cometido 104 masacres: 36 en 2019 y 68 en lo corrido de este año; una semana después asesinaron 5 hombres en los límites de San Benito Abad y San Marcos, municipios de Sucre.

Las organizaciones indígenas, afros, campesinas, estudiantiles, sindicales, y urbanas que participaron en el cierre de la Minga en Bogotá, también denunciaron que desde la firma del Acuerdo de Paz (a finales de 2016), hasta el 19 de octubre de 2020, habían asesinado a 1.039 líderes sociales y defensoras de derechos humanos. Según Indepaz, de los 251 líderes y defensores de derechos humanos asesinados este año, 83 fueron asesinados en el Cauca. El año pasado el departamento registró una tasa de 32 homicidios por cada 100.000 habitantes, 12 puntos por arriba del promedio nacional. El suroccidente colombiano acumula 25 de las 71 masacres registradas este año: Cauca (9) + Nariño (9) + Putumayo (4) + Valle del Cauca (3). Los números cada día se actualizan en el mercado colombiano de la muerte, el homicidio en Colombia –en el Cauca y el suroccidente– cotiza al alza.

El año pasado fue lo mismo. Los indígenas se declararon en Minga y bloquearon la Vía Panamericana, la arteria vial que comunica el suroccidente con el resto del país. Duque dijo que no se sentaba a dialogar con los mingueros en el parque de Caloto porque “no habían garantías de seguridad”. El 9 de abril el presidente estuvo en el municipio y propuso una reunión con máximo 200 personas. La Minga dijo que no, con todos o con nadie, y Duque, el soberbio, se devolvió para Bogotá.

Este año Duque tampoco quiso hablar con la Minga en Cali porque estaba infiltrada por terroristas, guerrilleros y francotiradores, y el Ministerio de Defensa no podía garantizar su seguridad; si la Fuerza Pública del Estado no puede garantizar la seguridad del Presidente, ¿entonces la de quién?, se preguntaban en Cali los voceros de la Minga.

El presi-diario de su incompetencia mandó 5 ministros a Cali a negociar con la Minga. Queremos hablar con el dueño del circo, no con los payasos, le respondieron al gobierno. La silla volvió a quedar vacía y el sur volvió a ser víctima del desplante presidencial. Después de acampar tres días en el Coliseo del Pueblo de Cali, esperar al carrotanque para poderse bañar, y soportar el insoportable olor de las baterías sanitarias, los miles de mingueros decidieron ir hasta la casa del “presidente”. Muchas delegaciones, como las del Resguardo de López Adentro de Caloto que nos arropó a nosotros en la Minga, regresaron a sus territorios para recargar fuerzas y comida. Porque la Minga no está financiada con sangre del narcotráfico, la Minga come lo que siembra y cocina en sus propias ollas. No es violenta, ni armada, es colorida, musical, diversa, y se pronuncia en muchas lenguas. No es socialista –como dicen los seniles fabuladores–, porque practica el “gobierno propio”.

Algunos consideramos desafortunada la decisión de peregrinar en chiva por Armenia, Ibagué, Fusagasugá, y Soacha, hasta llegar a Bogotá. El indio, el campesino y el afro encuentran el sentido de la vida en el hacer: trabajar la tierra, participar en la asamblea, formar la cooperativa, liberar, hacer guardia, marchar, o bloquear la vía las veces y los días que sea necesario. Nosotros osamos pensar y sugerir que lo correcto era bloquear: vías de hecho. Pero la Minga y los mayores tenían razón. El indígena no toma decisiones con la cabeza en llamas. Consulta y discute con el pueblo, con los mayores, con los dioses naturales, y toma, casi siempre, la mejor decisión.

Una mayora le dijo a E. que estaba gratamente sorprendida. Ya no les gritaban “guerrilleros hijueputas, váyanse para el monte a dar bala”, sino que la gente cuando veía pasar la chiva los aplaudía y los alentaba. Sin un solo gesto violento, la Minga logró paralizar y embotellar las vías del país por varios días. Sin un solo fusil, sin una sola lacrimógena, solo con su guardia y sus dignas chontas.

La Minga y la estatua derribada de Belalcazar en Popayán provocaron “clásicas pataletas por el honor hispánico mancillado”, como escribió hace unos días Juan Cárdenas. Este es un país de indios, negros, mestizos, y de tristes y rancios “aspirantes a blancos” que se escandalizan porque un indio tiene celular, pantalón, es dueño de la tierra y tiene los recursos suficientes para viajar a Bogotá. Detrás de ese estupor hay miedo de que los indios no sean los que limpian la mesa en el Club el Nogal, que no sean los que venden manillas y piden limosnas en Cartagena; que dejen de ser tratados como
judíos en su propia tierra.

Casi todos los Nasa –y el indígena caucano en general– lleva en el cuerpo la herida de algún perdigón disparado por el Esmad, o el recuerdo vivo del día que asesinaron algunos de sus hermanos. Es cierto que el indio practica otro tipo de justicia, pero no olvida ninguno de sus muertos. El hecho de que no puedan cancelarles la memoria, les da una segunda oportunidad para seguir con vida.

 

*Se omiten los nombres de los protagonistas porque en Colombia la vida está en peligro

Share this article

Acerca del Autor

Juan Alejandro Echeverri

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.