La Caravana que el miedo no pudo detener

Mataron a Carlitos Navia en Argelia, informaba un mensaje de WhatsApp mientras discutíamos con la Procuraduría, el Ministerio del Interior, y los responsables de derechos humanos del Ministerio de Defensa, la importancia de proteger las vidas de los líderes y lideresas de las comunidades de la región, y también a los cientos de participantes que pretendíamos llevar una voz de aliento y esperanza a nuestros hermanos y hermanas del Cañón del Micay, un hermoso lugar entre los municipios de Argelia y El Tambo, empalizado por gigantescas y afiladas montañas que se tejen unas con otras en el bello pero desangrado departamento del Cauca.

Ese 26 de octubre, tres días antes de iniciar la Caravana, la noticia caía como balde de agua fría. Era una advertencia de los grupos armados a los organizadores de la acción humanitaria y a las comunidades para que no se involucraran en la preparación ni participaran. Cobrar vidas a los concejos comunitarios de los Pueblos Negros, a los liderazgos sociales, a campesinos y campesinas que se oponen a la fumigación con glifosato, defienden la sustitución voluntaria de la hoja de coca, y piden la implementación del Acuerdo de Paz, es moneda corriente en el Cañón del Micay, y en casi todo el departamento del Cauca. Esa era la principal razón que nos empujaba a viajar desde diferentes regiones del país hacia un lugar desconocido donde se asesinan a nuestros hermanos y hermanas en medio del mayor abandono estatal. Abrazar, mirar sus rostros, ofrecer una voz de esperanza y llamar la atención de la sociedad y el mundo sobre esos rostros era nuestro objetivo. También sacudir a los entes estatales y gubernamentales, cuya acción y omisión son cómplices del genocidio que allí se adelanta.

Nada iba a detener la Caravana, mucho menos el miedo. Pero el día 29 de octubre, después de cerrar una reunión con la gobernación del Cauca y con las fuerzas militares y de policía en Popayán, justamente para coordinar todos los asuntos de seguridad y debatir sobre la grave situación de violencia y falta de soluciones, llegaron más malas noticias. Al senador indígena Feliciano Valencia, quien anunció públicamente su presencia en la Caravana, le hicieron un atentado, tres impactos de arma de fuego penetraron en el fuselaje de su vehículo blindado en Tacueyó, norte del Cauca. Al mismo tiempo, en el corregimiento de El Plateado, a donde pretendíamos llegar el 31 de octubre, se presentaban hechos que lamentar: el asesinato de un hombre mayor, invidente y muy apreciado en su comunidad por ser un boticario, al que hombres uniformados y fuertemente armados sacaron de su casa y ultimaron a bala; la quema de un vehículo frente a una estación de servicios y un enfrentamiento armado entre los grupos que imponen su ley allí. Al fuego le caía más combustible.

Para aumentar la tensión y convencernos de que no debíamos continuar, con excusas todas las instancias del gobierno y las instituciones encargadas de velar por los derechos humanos y la integridad de las personas se negaban a acompañar de manera directa la acción humanitaria. También la Mapp OEA y otros entes internacionales que solo se remitieron a estar atentos y dispuestos a levantar su voz para prevenir y denunciar cualquier hecho grave. El techo de tanta irresponsabilidad y mala voluntad gubernamental llegó con las declaraciones salidas de la boca sucia del consejero presidencial Emilio Archila, quien manifestó públicamente que la acción humanitaria de la Caravana no era más que politiquería, y que lo que pretendíamos era aprovechar la muerte de los líderes y gente de la región para dividir a los colombianos, hágame el favor.

A pesar de todo la Caravana encendió el motor, solos íbamos nosotros, el pueblo. El 30 de octubre, siete chivas repletas de valor y dignidad negra, campesina, indígena y mestiza. Tambores que no dejaban de latir como los corazones de los cerca de 500 entusiastas y valientes armados de solidaridad y amor. Del frío al calor, de la montaña al valle, del verde oscuro al claro. De las curvas suaves de la carretera gris pavimentada, a las pronunciadas, estrechas y empinadas de la carretera destapada que bordeaba los precipicios. No tomen fotos, si nos encontramos a los armados dejemos que los encargados hablen, no los miren, a ellos no les gusta, cuando lleguemos nadie puede andar solo, orientaban los encargados de derechos humanos. Y así, entre alegrías, cantos y el retumbar de las tamboras que alejaban al miedo, llegamos entrada la noche al municipio de Argelia. Nos esperaban chicas y chicos jóvenes, en motos y vehículos con banderas blancas y avisos de bienvenida, también, curiosamente, los caballistas del Micay, quienes en hermosos ejemplares conducían al grupo que daba la bienvenida.

Era de noche, y sin embargo la gente salía a las puertas y ventanas para mover sus manos y mostrar su sonrisa en señal de saludo y aprobación. Llegamos al colegio que nos hospedaría, en el que nos juntaríamos por tres días a convencernos de que el poder de la unidad y la solidaridad era capaz de superar hasta la muerte. Cada uno y cada una armó su carpa, sacó su plato y su cuchara, comimos, los que pudieron se bañaron. Esa noche dormimos profundamente, en los sueños también nos acompañamos y nos dimos fuerza para seguir con nuestra aventura en la madrugada siguiente.

El 31 de octubre todos a bañarse y desayunar muy temprano. Nos esperaba un caluroso día en el parque central de Argelia. Mientras unos coordinaban con los procesos y autoridades civiles del municipio, otros y otras afilaban sus pinceles, pulían sus artes de ventrílocuos, peinaban sus muñecos, afinaban sus instrumentos musicales, hacían sus últimos ensayos de baile y canto. Era un día para conocer a la gente de Argelia, jugar con los niños y las niñas, dejar huella en las paredes y en la memoria de sus habitantes, hablar desde el lenguaje del arte. Había que ponerse presentable para la ocasión.

Jonathan, el alcalde, dijo aquí estoy para las que sea, cuenten conmigo. Y así fue, él y su secretaria Natalia se pusieron la diez, como dicen. Participaron en las actividades, asistieron y saludaron los actos. Nos contaron que en Argelia han asesinado este año 51 personas, 30 en el municipio de El Tambo, y en los alrededores por lo menos 20 personas más, o sea que las muertes violentas en esa región superan los 100 casos. También nos compartieron su pesar y malestar por la falta de compromiso gubernamental con la implementación del Acuerdo de Paz. Es una pena que mientras en su municipio más de 11.400 familias campesinas trabajaron de manera comprometida la propuesta para el programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos (PNIS), el gobierno no haya salido con nada, pero si haya sacado pecho públicamente diciendo que ha trabajado en ese programa en la región, cuando sus propuestas son para tan solo 150 familias.

Desde las 10 de la mañana el parque central se colmó de actividades culturales, musicales, artísticas, murales, clases de percusión, de malabares, y elaboración de pancartas, fue un día del color y el tamaño de los sueños de la noche anterior. Los excombatientes y procesos sociales del corregimiento El Mango tenían preparada una sorpresa, una invitación a almorzar y compartir con esa comunidad, allí los rostros de alegría y esperanza también le dieron la bienvenida a la Caravana. El sol se ocultó tras las siluetas de los artistas, los comunicadores y comunicadoras, los defensores y defensoras de derechos humanos, y las manos levantadas diciendo adiós y gracias.

La noche cerró tensa, aunque no se dijo nada públicamente, en la Asamblea convocada para preparar la salida de madrugada hacia El Plateado, nuevos mensajes de amenaza y advertencia llegaban desde ese corregimiento. No vengan por aquí o aténganse a las consecuencias; el que asista o apoye la Caravana será declarado objetivo militar. Como si hubiera sido una orden, el colectivo omitió hablar del tema, nadie quería negarse la posibilidad de asistir en cuerpo y alma a percibir con sus sentidos el dolor de esos compatriotas que en la oscuridad de sus miedos esperaban ansiosos las voces, los abrazos y los mensajes de paz y de esperanza. La decisión estaba tomada, no ir al Plateado significaría dejar que venciera el miedo y la violencia, dejar un mensaje de derrota en la comunidad.

Por eso muy temprano estábamos desayunados y montados en las chivas, ahora eran 10 totalmente repletas, unas 700 personas. Durante casi cinco horas transitamos por un paisaje lleno de retazos de diferentes tonalidades verdes, cadenas interminables de montañas, empinadísimas todas sembradas de coca, ni una mata de plátano o de comida, siete estaciones de servicio de gasolina, ventas de insumos. Entre la maleza asomaban tímidos soldados de rostros imberbes. Antes de llegar al Plateado pasamos por varios poblados, El Mango, Puerto Rico, Sinaí, entre otros, llenos de negocios de toda clase víveres, ropa, aparatos electrónicos. La gente salía a las aceras y a las ventanas a saludar la Caravana con banderitas blancas en sus manos o fijadas en sus ventanas. Para ellos, la coca no es cocaína, es una mercancía que hace parte de su vida cotidiana, es la base de su economía familiar. Hay otros, los que están detrás del negocio transnacional del narcotráfico, que sacan provecho del trabajo de los que la cultivan y la cosechan, gente muy poderosa, que no vive por allí cerca, que la compran, la comercializan y la trafican, que cobran por dejarla pasar o miran para otro lado mientras entran los insumos, las redes delincuenciales, y sale la cocaína.

Llegamos al Plateado, mucha gente en las calles. Nos miraban tratando de evitar nuestras miradas, evitando la sonrisa, pero los niños, las niñas, y sus manitas, no sabían mentir, se movían para saludar ese extraño montón de gente sobre los techos de las chivas tocando tamboras y derramando colores y sonrisas. Igual que en el casco urbano de Argelia, el parque central se colmó. Nada resiste a la música, la fotografía, el arte creador. Aunque la intervención del alcalde de Argelia fue interrumpida por un coincidencial corte del fluido eléctrico, la actividad no se detuvo, las tamboras y las baterías del pueblo negro venían recargadas. De nuevo la galería de la memoria acercó a los habitantes de El Plateado que querían recordar los rostros de los que ya no están por causa del genocidio.

Salimos casi tres horas después de nuestro arribo. Esta vez había más gente despidiendo la Caravana, el miedo ya no estaba ni siquiera en los hombros tensos de la mayoría, el peso de la tensión se aligeró y dio paso a un sentimiento de éxito, de satisfacción por el deber cumplido, ese que solo paga la alegría y el agradecimiento de la gente a la que queremos, la que se parece a nosotros, la gente del pueblo.

Llegamos de nuevo a Argelia, embriagado de satisfacción, la evaluación fue en general positiva. Hay que seguir adelante, la Caravana no termina aquí, hay que hacer una o varias audiencias en el Congreso de la República, como acordamos con el senador Feliciano Valencia, Colombia y el mundo debe saber de las voces de las propias comunidades del cauca, las verdaderas razones de su desgracia y, por supuesto, las propuestas para parar la muerte y detener el genocidio.

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