Warmi Kaypacha

«Yo no puedo como feminista defender los cuerpos de las mujeres sino defiendo igualmente al territorio, a la tierra como víctima de la opresión; si es así, no es una defensa política compatible, ni sostenible».
Lorena Cabnal, feminista comunitaria indígena maya- xinka, de Guatemala.
En el documental SANANDO NUESTRO TERRITORIO CUERPO- TIERRA

 

La casa de mi abuela es un corredor largo que atraviesa la mitad de una cuadra. Ahora ella tarda unos minutos más en llegar hasta la puerta para abrirla, el peso de casi ochenta años se ha instalado en sus pies; ya poco funciona lo que antes menguaba el dolor: los remedios caseros, las yerbas aromáticas y el hilo amarrado en el dedo gordo del pie que alivianaba los calambres.

Hace unos días hablé con ella de sus dolores. En algún momento llegamos a hablar de los partos y del fuego que habita el cuerpo de la gestante que extiende su linaje y su sangre (tuvo 6 hijos/as y 2 abortos espontáneos), y mientras me contaba la particularidad del nacimiento de cada uno de sus hijos/as me dijo: “pero ese es un dolor con causa, en cambio este en los pies no me lo aguanto”. Lo único que se me ocurrió decirle fue: “abuela, ¿cómo más podrían estar tus pies después de andar tanto?” De ahí me habitaron muchas preguntas, entre tantas, las formas como mi abuela ha vivido su vida, su casamiento a los 16 años, su primer hijo a los 18, su trabajo permanente en casa, al cuidado de todos y todas, su forma particular en cómo ella dice que expresa el amor alrededor de un plato de comida, y su insistencia en calmar los dolores con las plantas que viven por varios años en el patio trasero de su casa; esto último, de todas las cosas que mencioné y de las tantas más que pensé, es la que me emociona.

Salimos a tomar el sol, tardamos unos dos o tres minutos mientras caminamos directo al patio, aunque estamos a solo unos 20 pasos como mucho; ya mencioné que a mi abuela los años le pesan en los pies y entonces camina despacio, asumo que es así como se camina y se piensa cuando se sabe tanto de la existencia. Llegamos al patio y nos abraza el sol de las cuatro de la tarde. Hago un recorrido con la mirada mientras ella me habla de las plantas que tiene. “Mija, mire el romero, el limoncillo, el cidrón, la menta, la sábila…” Parece saber las propiedades de todas, casi que mientras me nombra alguna me dice para qué sirve. Siempre me ha causado emoción escucharla hablar y probar sus remedios para hallar el alivio; muchas veces he pensado que finalmente esto de la sanación con la medicina alternativa y sabedora es poderosa por varias razones: primero porque la magia viene de ella, de su saber, de su experiencia; después porque le creo y además confío plenamente en el poder de la naturaleza; y tercero por el evidente amor de la tierra para ofrecernos todo como madre curandera.

Con ello, creo entonces que la relación de las mujeres con las plantas ha sido una experiencia no solo en conexión con la fertilidad y la comparación profunda de la tierra y el útero; de esa energía cuidadora, dadora, creadora; ha sido también la expansión de un linaje que puesto en favor de la naturaleza y de nosotras como parte de ella, ha favorecido el reconocimiento de los cuerpos como espacios primeros de defensa, de sanación, de exploración; ha sido la posibilidad de reconocer el cuerpo no estrictamente como la cárcel del alma, como lo enunciaba Platón; por el contrario, es una afirmación del cuerpo como templo para el alma, lo que significa que estar en conexión con él es estar en conexión con la tierra, ésta relación es recíproca: cuidar de la tierra es cuidar propiamente de mí, defender el territorio es defender propiamente mi existencia.

He llegado hasta ahora a esta relación del cuerpo y el territorio porque confío en que no son dos asuntos que puedan separarse; también porque ésta propia exploración de mi linaje, del camino que han trazado mis ancestras, mis abuelas, mi madre, mis hermanas, es una prueba leal de que buscarnos para encontrarnos, –más allá de las denominaciones a las que acudimos por conformismo– es una sensación que se completa cuando no me desligo de lo que le sucede a los demás seres; y cuando digo esto, quiero por favor que se me exima de cualquier responsabilidad en las definiciones, no solo porque carezco de ellas, también porque son apenas mis propias búsquedas, entre tantas, por ejemplo, me pregunto ¿qué es ser mujer?

La feminidad, como la naturaleza, así como la búsqueda del ser mujer, de comprenderse como humana en el mundo, son denominaciones y construcciones que varían, determinadas por los contextos, por el tiempo en que nacemos y las reflexiones a las que llegamos. Tal vez, lo que es ser mujer para mi abuela, puede no serlo para mí, y esto no es una sentencia divisoria, precisamente porque no es una búsqueda sencilla, ni resuelta a la primera; a veces esta pregunta es incluso el camino por el que transitamos pero no el lugar al que llegamos.

Intentar comprender lo anterior, o a lo mucho compartir nuestras propias experiencias como mujeres en el territorio, en reconocimiento de nuestros cuerpos también como territorios, es la posibilidad de reflexionar sobre diferentes prácticas que nacen del vientre del capitalismo y el neoliberalismo, sistemas imperantes que como pestes contagian los cuerpos, viéndolos exclusivamente desde la productividad, la reproducción, la sostenibilidad de la vida en función del dinero, de la explotación, de la imposición de maquinarias que sobre nuestros territorios habitan de igual manera nuestros cuerpos. Sin preámbulos románticos escribo aquí lo que Maritsella Svampa, una socióloga e investigadora argentina, resume en la siguiente frase para dar cuenta de lo que el capitalismo, el neoliberalismo y el patriarcado ven en la naturaleza: «la naturaleza es una mujer que debe ser conquistada y que aunque se resiste, debe ser violada para que entregue sus secretos».

Sé que es una sentencia fuerte y dolorosa, pero estaría mintiendo si quisiera omitirla. Las violencias estructuradas e impuestas en nuestros cuerpos son claras igualmente en la relación con el territorio; por ello, me siento en la obligación amorosa de reconocer la lucha de las mujeres en cada territorio, desde su cuerpo hasta la tierra, porque justamente han sido estas resistencias las que han permitido revelar las violaciones sistemáticas de los patriarcas, de los opresores, de quienes ostentan con el título de conquistadores, descubridores. Las luchas de las mujeres nacidas al calor de los movimientos sociales, de los barrios, los campos, las comunidades indígenas, de los salones comunales, de los centros rurales, de las aulas de clase, de los patios de sus casas, de las conversaciones sinceras alrededor del fuego y las yerbas, han posibilitado que la historia, y entonces la naturaleza humana, encuentre un lugar en el verbo para literalmente hacerse carne.

En este sentido y en reconocimiento de la sabiduría de nuestras ancestras, es importante insistir en la admiración por las experiencias de las mujeres campesinas, indígenas, lideresas, madres y abuelas, quienes en ese encuentro fraterno con el territorio, y un vínculo sincero con la naturaleza, han comprendido la esencia realista de existir, eso de que soy porque somos, de que la tierra no es más que la extensión de un cuerpo común que respira, duele y siente en favor y correspondencia a lo que respiran, duelen y sienten quienes le habitan, le protegen, e incluso quienes le explotan.

El territorio es un cuerpo que somatiza lo que le pasa al mundo; así como el cuerpo de mi abuela es un territorio que somatiza lo que el tiempo ha traído.

Me he quedado mirando a mi abuela fijamente y capturé para mi memoria una de las imágenes que quiero que siempre me acompañe: ella aun respirando el aire, tocando la tierra e intentando agarrar la rama de un árbol para alcanzar más fácil una guayaba verde. Desde siempre, cuando tomo una bebida de yerbas huele a mi abuela. Que sea esta una oportunidad para dejar escrito en tinta negra que a ella y a todas las sabedoras de la tierra les pinto en el cielo con el arcoíris el color de la gratitud. Gracias por enseñarnos a tantas que ser mujer, resistir, defender y cuidar de nuestros propios cuerpos, es también gritar, resistir y defender el cuerpo colectivo y comunitario: el territorio, la tierra, el conjunto de bienes comunes que nos permiten encontrarnos con el antagónico del capital: la humanidad.<

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Mariana Álvarez López

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