Argelia: ¿Algo muy grave va a suceder en este pueblo?

Gabriel García Márquez compartiría al mundo en 1970 un corto y bello cuento titulado: Algo muy grave va a suceder en este pueblo. En éste relata la historia de un pequeño y próspero pueblo que cayó rápidamente en desgracia, quedando finalmente reducido a cenizas. Aparentemente el origen del problema es un presentimiento de una vieja madre, presentimiento que poco a poco se convierte en rumor y se esparce por el pueblo, llegando a tales dimensiones que la paranoia y el miedo se apropiaron de los pobladores, haciendo que estos finalmente decidan emprender un éxodo sin retorno, llevando a cuestas sus pocas pertenencias y prendiendo candela a sus propios ranchos.

Han pasado cinco décadas y este relato que solo podría surgir de la cálida y ligera pluma de 'Gabo', con su realismo mágico, se debería y podría volver a reeditar, esta vez no en las calurosas tierras del caribe colombiano, sino en medio del escarpado macizo colombiano, el escenario particular: Argelia, Cauca.

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Son las 2:00 p.m. del sábado 28 de noviembre del 2020, en otra época, a esta hora, las calles del pueblo estarían abarrotadas de personas; los billares colmados de jugadores y bebedores; una “nubecilla” de motos se formaría en cada esquina o calle de la plaza principal; el estridente ruido proveniente de las diferentes cantinas y discotecas se mezclaría, pasando rápidamente de una tecno-cumbia de Los Hermanos Medina, a un corrido popular de Álzate; las familias junto con sus niños buscarían algún platillo “diferente” para comer, entrando finalmente al único lugar del pueblo donde venden comidas rápidas y helados, lugar que también sirve de escenario de encuentro para parejitas de enamorados o grupos de amigos que entre risas y chanzas buscaban departir; las camionetas blancas de Coonstransmicay apostadas a un costado del parque esperarían poder zarpar al próximo viaje, fuese para el Plateado, la Belleza o El Bordo; otros en el pueblo estarían buscando pareja o grupo para ir a bailar en la noche; mientras algunos, aprovechando los pesos dejados por la semana de trabajo, buscarían comprar una camisa, una blusa o un par de zapatos para lucirlos en la noche de baile.

Sin embargo, hoy no es así.

Hoy las calles están casi desiertas y en máximo silencio, pese a ser un día soleado, las pocas personas que deambulan por las calles parecen huir, no se sabe exactamente de qué huyen, pero así lo hacen. Desde ayer (27de noviembre) a las 6:00 p.m. el pueblo se encuentra en medio de un paro armado decretado por el ELN. La mayoría de negocios han permanecido cerrados durante el día, y los pocos –muy pocos– que funcionan, lo hacen a medio abrir. La alcaldía municipal cesó actividades desde el viernes a medio día; la cooperativa de transportadores local también decidió suspender recorridos, buscando preservar la vida e integridad de sus pasajeros y empleados; la bulliciosa galería comercial tampoco funcionó; en el parque principal solo rondan un par de escuálidos perros en búsqueda de algo de comer. Ayer, sobre las 4 de la tarde, dos horas antes de iniciar el paro, algunas personas salían buscando algo de provisiones para la semana: cebolla, tomate, verduras, carne, fruta, lo que estuviera disponible se compraba y se pagaba al precio que los vendedores quisieran vender. Todo el mundo mantenía un paso ligero, nadie se quedaba haciendo conversa con nadie y no había música en el fondo, como suele ocurrir en el pueblo durante los viernes en la tarde, no solo huían de la menuda lluvia que caía, sino de la noche y lo que podía venir con ella.

Lamentablemente en Argelia, a diferencia del cuento de 'Gabo', la bola de nieve no ha venido creciendo por rumores infundados, aquí la bola ha crecido al calor de hechos concretos escritos con sangre. El conflicto armado ha venido escalando en una seguidilla de acciones durante los últimos meses, a tal punto que ya vamos en unos niveles de confrontación donde salir a la calle o recorrer algún camino causa pavor, entrar a zonas como el Plateado demanda de un permiso especial y se requiere de mucha osadía para hacerlo.


El miedo, la zozobra y la angustia se esparcen, apropiándose de las charlas entre los habitantes del municipio, y es que no es para menos, en lo corrido del año son numerosos los hechos que se han presentado en la zona, entre ellos el asesinato de la comerciante Amparo Macías Daza en el corregimiento de El Plateado, ayer viernes 27 de noviembre cuando justo iniciaba el paro. El asesinato de Alinzon Pérez, joven de 14 años proveniente del departamento del Atlántico que se dedicaba a trabajar como payaso en los circos antes de la pandemia. El éxodo de centenares de familias venezolanas durante esta semana, ante las amenazas y panfletos recibidos por el ELN. El asesinato de cinco personas el sábado 21 de noviembre en el corregimiento de El mango, cuando estas departían en discotecas y billares. El asesinato de tres personas en la cabecera municipal el 9 de noviembre, dejando además un joven de 15 años con severas lesiones. El asesinato de Edier Riascos a mediados de octubre, una promesa del fútbol caucano de tan solo 16 años de edad. Ello por mencionar tan solo algunos de los hechos más relevantes acaecidos en el municipio durante el último mes, hechos que han estado acompañados por una seguidilla de comunicados y pronunciamientos firmados por las diferentes estructuras armadas que hacen presencia en la zona, entre ellos el frente Carlos Patiño, el ELN y la Segunda Marquetalia, quienes se declararon una guerra frontal.

Los Consejos de Seguridad, a los cuales asisten autoridades locales, regionales y nacionales ya se muestran como un mero formalismo, al final de ellos las conclusiones suelen ser las mismas: “Haremos lo posible por esclarecer los hechos” y “enviaremos nuevas tropas a la zona”. Es prometer sobre la promesa antes hecha. Además es la misma respuesta de un Estado incapaz: militarizar aún más la zona. El gobierno aún no entiende que no es la solución real y definitiva, que, por el contrario, solo agudiza más los problemas.

Por otro lado, retomando el cuento de 'Gabo', se puede decir que el origen de todos los males no es precisamente el presentimiento de una vieja madre, como pudiese parecer ante una primera lectura del mismo, sino la incapacidad por parte del pueblo, de la comunidad, de ubicar el origen de todos los males y trabajar para cortarlo de raíz.

La pregunta que le correspondería hacerse a la comunidad de Argelia en este momento es: ¿Cuál es el origen de todos sus males?, una pregunta que seguramente no tendrá una única respuesta, que implicará reconocer fallas y responsabilidades históricas de parte y parte, pero de la cual emergerán al menos dos cosas que no se podrán negar: uno, que buena parte del conflicto que a hoy se vive en esta zona del Cauca responde a la disputa de estructuras armadas por controlar el lucrativo negocio del narcotráfico, probablemente si en la zona no hubiese coca, la guerra no se habría exacerbado a los niveles actuales; y dos, que la coca llegó a Argelia porque el Estado nunca llegó a esta región, porque pese a los intentos históricos del campesinado por salir a flote con productos como el café, el cacao, la caña, el maíz, entre otros, lo único que se recibía era más militarización y estigmatización, además de un desgobierno que los condujo una y otra vez a la quiebra y la desilusión.
Nunca olvidaré aquel abril del 2018, cuando cientos de campesinos se congregaron en el polideportivo municipal para firmar el Acuerdo Colectivo de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito, enmarcado en el punto 4 del Acuerdo de Paz. Era esa una nueva oportunidad para empezar a resarcir los daños causados en esta Colombia olvidada. Al momento, casi tres años después, los esfuerzos hechos por el gobierno nacional para la ejecución de dicho plan son una burla para las comunidades, la confianza que se trató de depositar en el gobierno y la institucionalidad fue vulnerada una vez más.

Queda claro que si no se avanza en la solución de viejos problemas, Argelia –tal como el pueblo del cuento de Gabo– tendrá un desenlace no deseado, quizá no con un pueblo ardiendo en llamas, sino marcado por nuevas y más abruptas olas de violencia. Un campesinado más empobrecido que deberá volver a empezar de cero; se tumbará nuevo monte y se ampliará la frontera agrícola para instalar nuevos cultivos. Se bañará con más sangre las montañas caucanas, mientras tanto, ríos de lágrimas buscarán sanar las heridas abiertas. Mientras ello ocurre, los grandes capos estarán campantes paseándose en sus lujosas camionetas blindadas por la zona rosa de Bogotá, buscando nuevos negocios en qué invertir y planeando sus próximas vacaciones en la playa.

*Este artículo fue publicado inicialmente en el portal amigo: revistahekatombe.com.co

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