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Y sigue la educación pública en crisis

“Mi vida como profe inició con la tiza de cal, recuerdo muy bien como mis manos se rajaban en esa época con el tablero verde. Dos filas en el patio, la de los niños y la de las niñas, y a tomar distancia; manos arriba, manos abajo, a los lados y al frente, ¡niños a formar! Procedimiento que se repetía diariamente al iniciar las clases, además de revisar la medida de la falda de las niñas con una regla—debía estar tres centímetros debajo de la rodilla—, el cabello de los hombres corto y las uñas limpias.

Aún resuena en mí el tañido de la campana que colgaba al lado de la coordinación, y que indicaba el ingreso al colegio, el cambio de clase y la salida. Ésta solo podía ser sonada por una de las profesoras del colegio, ¡ay si un niño travieso se atrevía a tocarla, era llevado a coordinación! Los profes éramos el centro del conocimiento, poder y control, para esto la regla de madera era el mejor dispositivo de miedo y enseñanza. Los libros de texto y cartillas de colores eran nuestro amuleto de enseñanza, en ellas niños y niñas repetían y copiaban la lección. Recuerdo eso de ponerles a realizar planas sin fin en un cuaderno con muchas rayas, era el cotidiano vivir, de aquellas épocas son tantas las historias, podría quedarme mucho tiempo nombrándolas.

También me tocó vivir la llegada de unos aparatos grandes: unos monitores gordos conectados a un cajón metálico, conocidos como computadores. Iniciaba la revolución tecnológica de la educación. Los tableros pasaron a ser de acrílico y con marcadores de tinta borrable, los proyectores de imágenes en acetato y luego un salón especializado para ver documentales o películas en los televisores grandes, empotrados en la pared y custodiados por una caja hecha con varillas. El timbre pasó a remplazar la campana, funcionaba con energía, sin embargo, la campana no había perdido del todo su función, seguía colgada allí para los casos en que éste se dañaba. Con estas nuevas formas fueron desapareciendo las filas en el patio, y las normas de convivencia ya no eran tan represivas. Asignaturas como urbanidad y modales, entre otras, desaparecieron —muchos padres formados en la vieja escuela rememoraban el hecho de que ya no se enseñara la urbanidad de Carreño—. Ni conducta ni comportamiento eran calificados en los informes, los niños y niñas comenzaron a tener más participación y ser el centro de la escuela. Como profesores aprendimos otras formas de enseñar desde las didácticas activas, se habló mucho de educación integral, y de ritmos de aprendizaje.


Y ahora, con todo lo que está ocurriendo, para mí ésta es la tercera transformación que vivo en la escuela. Ya han pasado muchos años desde que inicié como profesora de escuela pública y estoy próxima a jubilarme. En estos tiempos trabajando desde la casa me dispongo para dar clase encendiendo el computador, la cámara y el micrófono—por lo menos tengo acceso al internet, aunque a veces se me cae la señal—; les envió a los niños el link para que se conecten e inicia la clase virtual que con antelación preparé muy bien para que ellos no se aburran. Es extraño encontrarnos así, ellos se metieron a mi casa y yo a la de ellos, solo vemos rostros y estamos dentro de sus oídos para los que usan audífonos, todos ya están en primera fila, muy cerca de mi rostro y yo al de ellos”.

Ella, aunque ha disfrutado de su labor como docente, le agradece a la vida que ya esté próxima a jubilarse y apenas tenga la resolución del municipio se retirará aunque tiene la opción de quedarse mucho más tiempo, hasta que cumpla los 70 años, fecha de retiro forzoso establecida en la Ley 1821 del 30 de diciembre de 2016 para los funcionarios públicos. Con la “anormalidad que trae la pandemia”, siente que en esta “tercera reforma obligada y no planeada” de la escuela ya no tiene el aliento para continuar con la presencialidad mediada por la virtualidad, ni con el modelo de alternancia que se planea para el próximo año.

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La última reforma educativa se dio luego de promulgada la Constitución Política de 1991, la Ley General de Educación en 1994, fecha en que aún los docentes usaban la tiza de cal triangular, como lo relata la profesora de primaria. Las preguntas del siglo XX eran muy diferentes a las que nos enfrentamos hoy. Los rápidos avances en el campo de la tecnología, el uso de nuevos dispositivos tecnológicos y los medios de comunicación, hicieron que la manera de estar en el mundo cambiara de manera drástica. ¿Cuándo íbamos a pensar que el mundo estaría en nuestras manos mediado por un dispositivo móvil, conectado a la red mundial que conocemos como internet?

Por todo esto, se hace urgente la reforma de la Ley General de Educación colombiana en el marco de los nuevos procesos sociales emancipatorios y los efectos que deja la crisis del coronavirus. Si revisamos las dinámicas legislativas de otros países en el campo educativo, por ejemplo la reforma en México del 2019, o en Chile, Uruguay y Venezuela en el 2009, en Argentina en el 2006 y Perú en el 2003, podemos ver que si bien la transformación educativa no se da solo a través de leyes y normas, estas reformas son muestra de una voluntad política necesaria para transitar a otros modelos de educación que se adecuen al contexto social, cultural, económico y político del país. Un llamado constante de los sindicatos del sector educativo desde hace muchos años.

Ahora que las escuelas están cerradas como espacio físico por el fenómeno de la pandemia, la educación intramural nos plantea múltiples interrogantes: ¿cuál es la función de la escuela?, ¿sigue siendo el escenario privilegiado para la socialización de los niños y niñas?, ¿la escuela es el escenario único de aprendizaje?, ¿qué tipo de conocimientos se quieren enseñar y para qué?, ¿es necesario asistir todos los días durante jornada de seis horas?, ¿urge reformular el modelo pedagógico de la rigidez de las aulas y áreas de conocimiento?, ¿no es más urgente que nunca un modelo educativo que propicie la creatividad en sus alumnos y un pensamiento crítico y reflexivo ante la incertidumbre que nos plantea este nuevo panorama? Podríamos quedarnos haciendo muchas otras preguntas, como las rememoraciones en el tiempo que hace la querida profesora de primaria, pero por ahora lo dejaremos acá.

Aunque la discusión no es nueva, muchas escuelas, especialmente las públicas, siguen soportadas en modelos curriculares anquilosados y alejados de la realidad. Cuando se inició la “anormalidad debido a la pandemia”, las expresiones “no estábamos preparados”, “nos cogieron con los pantalones abajo”, “no tenemos la infraestructura ni la cobertura”, “¿qué van hacer los estudiantes y profesos que no saben usar el computador o no tienen internet?”, o “los niños no van aprender”, se escuchaban constantemente. No obstante, ahora que finalizó el año escolar, el silencio se hace más agudo y poco o nada se pregunta, pesé a que las incertidumbres iniciales crecen o se mantienen, ¿será qué ya están resueltas estas preocupaciones?, ¿qué tanto pudimos avanzar en los entornos académicos para enfrentar los nuevos retos que demanda esta nueva condición?

Si consideramos los datos presentados por el Ministerio de Educación Nacional del 26 de octubre del 2020, entre marzo y agosto, 102.800 estudiantes desertaron de las actividades académicas por falta de conectividad a la internet. A estas cifras les faltaría sumar los desertores entre los meses septiembre y diciembre, que muy probablemente no volverán a las escuelas el próximo 2021. Importante mencionar que muchas de las deserciones que el Ministerio de Educación registró, no son resultado de la falta de conectividad en los hogares, existen muchos casos como el de Stiven, estudiante de 10° de un colegio oficial, quien se vio forzado a abandonar los estudios por la grave situación financiera que atraviesa su hogar, hecho que lo obligó a ponerse a trabajar para ayudar a la economía de su casa.

Mientras el Ministerio de Educación endilga la principal causa de deserción a los problemas de conectividad, es necesario indagar por las demás razones, por ejemplo la obsolescencia de un sistema educativo que sigue fragmentando los saberes y conocimientos en áreas obligatorias y fundamentales, la cantidad de estudiantes por profesor, la falta de presupuesto para las instituciones educativas públicas, entre otras. ¿Qué pasaría si los docentes no tuvieran acceso a internet ni computador para brindar las clases de forma virtual? ¿El gobierno tendría la voluntad de entregarle a cada maestro y estudiante los recursos tecnológicos para la prestación de un servicio educativo gratuito de calidad? Lo que si es cierto, es que los maestros y muchas familias han puesto a disposición sus implementos tecnológicos y de conectividad para el uso público que debería ser brindado por el Estado.

“Al inicio de cada año escolar nos entregaban un kit que tenía un marcador negro borrable, un borrador de tablero, dos lapiceros, un cuaderno, un lápiz, un borrador y un trapo rojo, y eso que variaba dependiendo del colegio y de la voluntad de los directivos. El próximo año, ¿qué nos darán?”

Las historias que nos narra la profesora de primaria dan cuenta de las transiciones tecnológicas por las que ha caminado la educación en Colombia y como los gobiernos siguen aplicando maquillaje a la Ley General de Educación, un maquillaje que solo piensa en la forma, y no en el fondo. La educación pública sigue estando de espaldas a las actuales circunstancias que vive Colombia, y no resuelve los problemas fundamentales formativos de los estudiantes y sus familias.

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Acerca del Autor

Arturo Buitrago