El cerro que asoma a otros cerros

Intentaba conciliar el sueño, el agotamiento mental no era cuota suficiente para apagar el tren cerebral. El reloj continuaba con su paso firme marcando las 4 y 30 de la madrugada. El silbido de los carros retumbaba en mi vientre, recordándome el diario acontecer estomacal. Me levanto a husmear en la nevera para calmar la fatiga con algunos víveres descuadernados. Una noche más “sin pegar el ojo”, como dicen las abuelas; horas revolcándome en la cama, jaloneando los pensamientos al baúl del descanso, sin lograr el cometido.

Habito en medio de la urbe dentro de la Comuna 9 de Medellín, en el barrio La Milagrosa. Después de calmar la tripa y resignarme a iniciar el día, recordé un lugar al que llaman La Asomadera, años atrás con una amiga lo había conocido. Y bueno, qué más daba, ya no iba a dormir, una caminata podría espantar el tedio mental y ahogar la fatiga. A las 5 y 15 salí de mi morada con mochila en mano y zurriago, por si de pronto en el camino algún loco trasnochado me quisiera empeorar el día.

Una media luna se escondía en las nubes, la oscuridad seguía habitando el techo estrellado. Un viento se paseaba por las orejas despeinándome las greñas y el frío de la madrugada casi lograba congelarme los pensamientos. ¡Jum! creo haber encontrado un remedio para el insomnio: la próxima noche dormiré dentro de la nevera a ver si se me congela la cabezota y se apaga de sopetón.

Cerca de mi casa, “a medio tabaquito”, como dicen los campesinos, queda la reserva La Asomadera. Imponentes guaduales y regios árboles cobijan uno de los pulmones más diversos de Medellín. Hace muchos años no visitaba ese mágico lugar y la verdad poco lo había explorado.

Con mi zurriago ascendía por la reserva, oliendo el rocío, la tierra y los árboles, logrando que mi mente se apaciguara un poco. Al llegar al mirador me encontré con dos particulares personajes que tenían sombrero y un canasto con frutas.
— Buenos días mi señora, ¿madrugó a ver el amanecer? —Preguntó uno de ellos.
— Buena madrugada mis señores, si por acá espantando el insomnio, ¿qué traen en ese canasto?
— Fruticas pa' las ardillas, no demoran en salir a pedir su porción, a las 6 se nos juntan todas.
— ¿Ardillas?, y es que salen a pedir comida.
— Sí mi señora, aguante pa' que las vea a todas en filita y a las aves revoleteando, también.
— ¡Uuy, en serio! yo quiero ver semejante espectáculo, ¿cómo se llaman?
— Mi señora eso sí está como difícil saberlo, son muchas ardillas pa' saber los nombres.
— Nooo… qué cómo se llaman ustedes dos.
— ¡Ah, mi señora! pues yo me llamo Martín Emilio.
— Que combinado tan sabroso.
— Y yo me llamo Neftalí, ¿y usted jovencita?
— Yo me llamo Liesel.
— Ah, que nombre tan raro ese, jovencita. Coja pues bananos y nos ayuda que ya empezó la embestida.

Literalmente era una amistosa arremetida de ardillas. Salieron un montón, llegué a contar hasta treinta, con sus colas saltarinas de acá para allá se acercaban por su festín, las aves también se arrimaban a los troncos donde les poníamos papaya y guayaba. Y mientras el cielo abría su nuevo sol, corríamos a ponerles más alimento a estos seres cantores del amanecer.
— Jovencita, y cómo es eso de espantar el inmonsio, qué animal es ese —me preguntó Neftalí.
— Se dice insomnio, Neftalí, y bueno, no es precisamente un animal, aunque a veces parece un tigre que te agarra y no te deja dormir, pero me refiero a pasar la noche despierta en blanco. Eso significa esa palabra.
— ¡Ah, querrás decir pasar la noche en vela, mi señora!
— Eso Martín, a eso me refiero.
— Estos jovencitos de ahora con tanta carajada de aparatos, ya ni duermen. Yo sí duermo parejo en mi tierrita, desde las 6 de la tarde me encamo en las cobijas y a las 4 estoy en pie.
— Es que no son de por acá.
— Pues este Martín Emilio sí es oriundo de esta comuna, yo vengo de paseo a visitarlo, mi casita queda en Santa Elena y de vez en cuando vengo a atisbar Medellín con mi compadre.
— A mí me gusta mucho este lugar, es como un rinconcito de selva en medio de este tumulto de ladrillos, vivo hace más de cuarenta años en El Salvador y bueno darle de comer a estos animalitos me llenan el alma de alegría.
— Oiga mis señores, he tenido siempre curiosidad de, ¿por qué se llama La Asomadera y cómo fue que se formó semejante bosque?
— ¡Ah! tome asiento entonces porque la historia es larga.
— Qué importa, llegaré tarde al trabajo.
— Bueno, primero lo primero, este lugar, según mis abuelos, le pusieron La Asomadera porque las gentes venían a asomarse, a despedirse de sus visitantes. Era un camino obligado hacia Medellín, los viajeros, comerciantes o arrieros que llegaban desde el sur del Valle de Aburrá debían cruzar por acá. Desde acá se miraba la ciudad y el Valle, un lugar cubierto de cañaverales y con peligrosos barrancos, pero con la sombra de los guayabales. Con el tiempo se fue llenando de casas a lo largo y ancho del camino.
— ¿Y a vos te tocó esos tiempos, Martín Emilio?
­— Pues no mi señora, a mí me tocó toda esta comuna en puras mangas, pero luego se volvió un basurero. Mire y verá, desde acá se pueden atisbar muchos otros morros o cerros, como dicen ustedes los pelados. Vengan, acérquense para mostrarles. Aquí pegadito está El Salvador, de frente está el Nutibara, detrás de este las Tres Cruces; el Pan de Azúcar al occidente, y muy al fondo a la derecha está El Picacho, y entre El Picacho y el Nutibara, El Volador.
— ¡Uy que montón de morros! Solo conozco dos: El Nutibara y El Volador.
— Esta jovencita no conoce es nada. Vaya pa' mi tierrita y verá que le enseño a domar ese tigre que no la deja dormir, a punta de sembrar se le quita la pendejada.
— Ah, Neftalí no me regañe, prometo conocer todos los morros que me han contado, pero, espere que me perdí. Sí en la época de sus abuelos este lugar era lleno de caminos de arrieros y luego a vos te tocó mangas, y después un basurero, ¿cuándo fue que se convirtió entonces en reserva, llena de tantos árboles?
— ¡Ah, mi señora! esa es otra historia y ya son las 7 de la mañana, vamos por un tintico pues pa' calentarnos.
— ¿Tintico? A mí me tienen es que invitar a calentao con frijolitos.
— Usted Neftalí es como comeloncito, bueno, al menos buñuelos y cafecito conseguimos en aquella chacita.
(Nos sentamos en la chacita, pedimos cafecito y al son de los buñuelos, Martín Emilio continuó relatando):
— Como les iba contando, a mí me toco de niño puras mangas, luego pasó a ser un basurero, y después vinieron un par de personajes como en el 89 a poblar esto de árboles: don Hernando y don Hernán, dos caballeros con visión, quisieron convertir el basurero en un paraíso, en un pulmón ambiental para la comuna y la ciudad. Sacaron toda la basura principalmente los escombros, organizaron senderos y sembraron árboles por doquier. Acá existen más de 400 especies nativas colombianas, es como el segundo Jardín Botánico de Medellín.
— ¿Y cuánto de grande es este terreno?
— Son como casi 30 hectáreas—más precisamente, 26,6—, donde habitan algarrobos, guayacanes, cedros, yarumos, guaduas, ardillas, diversas aves, zarigüeyas o chuchas que llaman. Yo antes les decía así, pero con las clases que me han dado acá en la reserva, ya sé que se les dice es zarigüeyas, y que son marsupiales porque guardan su cría en una bolsa cerca de su panza y que no se pueden matar porque son importantes dispersores de semillas.
— ¿Es que dan clases?
— Claro, acá nos enseñan de todo: sembrado de huertas, manejo de residuos, biodiversidad…
— Y yo perdiéndome de todo esto, ¿y, la gente de la comuna también ayudó a la recuperación del espacio?
— Por supuesto, toda la comunidad, con el liderazgo de Don Hernando, limpiamos este lugar y lo cultivamos, de todos los barrios cercanos se venían a apoyar. Desde El Salvador, Las Palmas, La Milagrosa y Buenos Aires. Hoy, después de casi 32 años cuando inició don Hernando y Hernán, tenemos esta selvita para nuestros hijos y los visitantes.
— ¿Y don Hernando todavía existe?
— Claro mi señora, él sigue siendo el guardián de este lugar. Tiene su casita acá mismo en la reserva y con vivero incluido, se llama la Orquídea.
— ¿En serio? Yo quiero conocerlo.
— ¡Pero eso sí será otro día, jovencita! Ya tengo mucha hambre y esos buñuelos apenas me calmaron una lombriz y tengo muchas, además debo de subir a la montaña.
— Sí, tiene razón Neftalí, otro día me llevan a conocerlo. Yo también debo ir a trabajar.
— Sí mi señora, ya son más de las ocho y debemos partir.
— Fue una madrugada increíble, me han sacudido este montón de ruido de la tusta.
— Estos pelados como hablan de raro.
— No le preste atención a este brabucón, también fue un placer conocerla…

Nos despedimos y emprendí el regreso hacia mi casa. Observaba de nuevo el espacio, con otros ojos, con otra piel... Tanta diversidad cultivada por la unión de una comunidad y sus líderes quijotescos. Respirando el camino, me dije: este insomnio lo sembraré en esta tierrita a ver si me nace un arbolito de sueños.

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Liezel López

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