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De la palabra a la realidad del (los) confinamiento (s) en Colombia

Confinamiento, fue la palabra del 2020 según la Fundación del Español Urgente que a su vez agregó otra definición. Todos vivimos su significado cotidiano en una sociedad que se encamina hacia el control de toda forma de vida, donde las palabras relacionadas con “pandemia” (algunos dudan de los criterios usados para llamarle así al Covid), y en este caso, la situación de confinamiento, provienen de la esfera militar. No es raro oír “guerra contra un enemigo invisible”, ver helicópteros y en algunos casos drones encima de los barrios, así como una militarización de la salud pública que debería ser labor de unas instituciones no militares sin financiamiento.

Hablando de la importancia de las palabras y del discurso para generar u ocultar realidades, se podría entrever que la realidad covid y confinamiento es amplificada con una cadena de mentiras y palabras escupidas por los medios masivos que hacen eco de entes gubernamentales, científicos y tecnológicos -como la OMS- y de entes financieros, generando opinión pública que repite sus discursos elaborados para vendernos la vacuna, así como la ideología y la idea de que el Estado y sus fuerzas armadas nos cuidan, y que la ciencia nos salvará mientras el cuerpo se autoinmola y los ”infractores” del autocuidado contagian de “nuevas cepas” a la sociedad, prolongando así las restricciones sobre el contacto social.

El término Confinamiento es cercano a la idea de protegernos y suena más amable que otros como reclusión o prisión, que dejan una sensación más asfixiante y negativa. Sin embargo el diccionario médico de la Universidad de Navarra la define como: “Estancia de un sujeto en un lugar de pequeñas dimensiones, cerrado y no ventilado, en donde se produce la muerte al agotarse el oxígeno”, que no es tan amable y se acerca más a la realidad del confinamiento como una de las manifestaciones de la crisis humanitaria que ha marcado la vida de miles de comunidades y familias en las zonas rurales en medio del conflicto armado.

El Confinamiento pues, va de la mano de la discriminación y los métodos segregacionistas Según Beatriz Montes, en su publicación Discriminación, prejuicio y estereotipos “intentan reducir la capacidad operativa de determinados grupos sociales a través de su confinamiento” generando “graves repercusiones psicológicas como inseguridad, baja autoestima, autoodio y rechazo del propio grupo”
En las narrativas de los grupos armados al igual que las narrativas del brote, a medida que diseminan información, promueven o mitigan la estigmatización de individuos, grupos, poblaciones, localidades y territorios, comportamientos y estilos de vida, y hasta vacían territorios y cambian economías. Confinar ciertas zonas donde las inequívocas tecnologías confirman mayores niveles de brotes y “contagiados” no parece ser diferente a confinar y bloquear regiones señaladas como “nidos de la guerrilla” o de “narcotraficantes” o de “sapos”. Aunque señalamientos como “guerrillero” tienen consecuencias más profundas que señalamientos como “contagiado” o “infractor”, estarían encaminados a fines parecidos.

El confinamiento amable definido en 2020, está muy lejos de la realidad de los barrios marginales donde la mayoría de personas viven de la economía informal, de la necesidad de trabajar en empresas que no paran su producción, de hacer el “recorrido” por otros barrios y plazas de mercado buscando la solidaridad con el alimento. Barrios levantados por familias que fueron arrojadas de su pequeña economía campesina a la urbe, al rebusque, tras vivir confinadas por grupos armados durante años en sus territorios, y muchas arrastrando el lastre y el señalamiento de ser posibles colaboradores de guerrillas, ejército o paramilitares. El confinamiento en medio del conflicto, se da en muchos casos en territorios cercados por el terror, “control social” y las normas impuestas por los actores armados. A los bloqueos alimentarios y de salud, el miedo a ser reclutados o asesinados y a las minas antipersonales, se suma ahora el control y la búsqueda de legitimidad de grupos protectores ante el avance del coronavirus.

Recordemos que la Corte Constitucional en el Auto 219 de 2011, menciona como “causa del desplazamiento y el confinamiento” ciertos intereses económicos de distintos agentes (legales e ilegales) sobre la tierra y los territorios. Según el Informe nacional de desplazamiento forzado en Colombia emitido por el Centro Nacional de Memoria Histórica en el año 2015, algunos de estos agentes son el narcotráfico, la minería ilegal, los proyectos minero-energéticos y agroindustriales y los “inversionistas de tierras”. Se desconoce aún el nivel de despojo que estas actividades generaron en 2020, sin embargo, los datos presentados en el mes de enero por la Defensoría son alarmantes, aumentó en “al menos un 252 % con respecto al 2019” año en que -según informe del CICR- 27.694 personas en el país estuvieron confinados, de los cuales el 83 % correspondieron a Chocó: Bojayá, Carmen del Darién, Riosucio, Juradó.

Entre los casos más visibles en 2020, según lo reportado por la Gobernación están Norte de Santander donde “entre el 27 de marzo y 26 de junio, más de 45.000 personas fueron sometidas a confinamiento forzado”, de las cuales el 70 % en el Catatumbo en medio de la guerra entre ELN y EPL (Los Pelusos); Nariño por combates entre Los Contadores, ELN, AGC y GAOR (Grupos Armados Organizados Residuales); la subregión del Baudó y Pacífico Chocoano por enfrentamientos entre ELN, AGC y GAOR de las Farc. Desde el 31 de diciembre de 2019, las AGC sometieron a confinamiento forzado a cuatro comunidades de Bojayá durante un periodo.

De acuerdo con el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (2016), Granada: memorias de guerra, resistencia y reconstrucción, “Imposibilitar o prohibir la movilidad de los pobladores y sus productos en un contexto rural y de economía campesina, es una de las maneras más atroces de socavar su libertad, autonomía y dignidad” ya que muchas personas pierden el momento de la siembra o de la cosecha, y por consiguiente pierden su fuente de ingresos y de supervivencia, e incluso su cultura y forma de vida.

El confinamiento como una de las estrategias de guerra que cambia hábitos alimentarios y de subsistencia, y genera miedo de ir a cazar, cultivar o salir a comprar, es denunciado por algunos medios de comunicación como el Tiempo y Crisis Group como una de las “principales causas” del aumento en casos de desnutrición infantil y otras enfermedades, incluso muerte en regiones y grupos étnicos de especial protección, como la muerte por inanición de cinco bebés en comunidades indígenas del Carmen del Darién en marzo de 2019.

Es importante traer a colación casos como el de Granada, a dos horas de Medellín, hace un par de décadas donde confinamientos permanentes hasta de dos años, restricciones horarias o la suspensión del servicio de transporte impuestas por los actores armados, generó el “aislamiento” “de las veredas al casco urbano y de este con los municipios cercanos”, así como la limitación del abastecimiento de alimentos, insumos, medicamentos, y de comercializar “lo poco que quedaba”. Y sin poder huir “porque escaseaban los medios para hacerlo”, situaciones que junto al desplazamiento suturaron la economía y vida local campesina. Esta información puede corroborarse en el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica.

La amenaza paramilitar de tomarse el corregimiento de Santa Ana, hecha con volantes desde un helicóptero, y secundada desde la Gobernación de Álvaro Uribe, reforzó el estigma de Granada como pueblo en posición de sometimiento o de connivencia con la guerrilla o “santuario guerrillero” y posibilitó la estrategia contrainsurgente de “quitarle el agua al pez”. La población campesina soportó fuertes presiones, el bloqueo de alimentos y medicamentos a la zona rural, constantes hostigamientos en connivencia de militares y paramilitares y fue obligada “a desplazarse, o en otros casos, a emplazarse en sus territorios”. Aun así algunos labriegos se arriesgaban a pasar comida en mulas y bestias, pero con probabilidad de ser asesinados después y de ser señalados por los paramilitares de llevarle mercado a la guerrilla. Asfixiaron a la población con bloqueos alimentarios, y restricción al máximo la comercialización de productos agrícolas entre la zona rural y urbana, amenazando a mujeres, ancianos y niños que trataban de hacer mercado. (CNMH, 2016)

El comunicado del Comité Comunitario, generado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, resalta que antes que someterse completamente, las comunidades exigían, “que no se moleste al campesino en su movimiento, en su mercado o en los medicamentos”, o “proyectos agrícolas facilitados en gran medida por asociaciones agrarias y redes de comercialización a pequeña escala” como ASOPROA (Asociación de Campesinos y Productores de Oriente Antioqueño), “como respuesta al desplazamiento masivo y al confinamiento”..

En entornos urbanos también hay barrios enteros confinados por fronteras invisibles. Algunos casos conocidos en Buenaventura, el Valle de Aburrá o en el municipio de Bello, donde no se acató la orden de confinamiento y toque de queda nacional sino el encierro como protección ante las balas, asesinatos o desapariciones en medio del conflicto entre bandas narcoparamilitares, situaciones similares vivió el casco urbano de Argelia, Cauca, en medio del paro armado del ELN a fines del año pasado.

En Medellín llama la atención el tratamiento especial y la militarización que la alcaldía dio a la parte baja de las comunas 2 Santa Cruz y 4 Aranjuez como supuesto foco de covid, y curiosamente donde se proyectan desalojos y barrido de barrios para darle continuidad al proyecto Parques del Río y ampliaciones viales.

Aunque el confinamiento es necesario para frenar la “pandemia”, también es un medio para otros fines y “no todos somos iguales frente a esta medida” según afirma Hamza Esmili en entrevista publicada el 12 de abril de 2020 en el artículo de Norberto Paredes "El confinamiento es un concepto burgués": cómo el aislamiento afecta a las distintas clases sociales. El sociólogo argumenta que “es un concepto burgués” con “la idea es que todos tengamos una casa individual”, sin embargo hay muchas personas sin hogar, incluyendo personas desplazadas o desalojadas por conflicto armado y proyectos, además en muchos casos se vive pero en condiciones insalubres y de hacinamiento. También se cuestiona la idea de que todos estamos confinados, pues las multinacionales no han suspendido sus labores de robo de recursos naturales y de mano de obra, y los supermercados y entes financieros han estado abiertos siempre. Concluye Esmili que el confinamiento es como un lujo, una pequeña parte de los habitantes puede abandonar la ciudad en sus autos para refugiarse en sus residencias temporales en el campo, o con sus autos rumbo a sus hogares con despensas llenas, mientras otros se hacinan en el metro y buses en trancones rumbo a despensas limitadas y ven los anuncios publicitarios de “#quedateencasa” y “todo va estar bien” como un lenguaje extraño.

Aunque para muchos no es tan extraña la palabra, o más bien el hecho de confinamiento y los helicópteros encima, son una amarga realidad, una asfixiante realidad que para muchos es un doble confinamiento, confinados como viven desde hace mucho por el conflicto armado.

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Acerca del Autor

John Jairo Duque