Editorial 165: Un Pacto Histórico desde la periferia

La contienda por las elecciones parlamentarias y presidenciales de 2022 ha arrancado con inusitada fuerza desde los primeros días de este año. En medio de la profunda crisis humanitaria y el genocidio en curso auspiciado por el gobierno de Uribe Vélez-Iván Duque; la profundización de un modelo de despojo que niega los derechos de las mayorías mientras le genera mejores condiciones a las multinacionales, a los banqueros y grandes empresarios para llenar sus bolsillos; y el desprecio por la vida demostrado por este gobierno con el perverso manejo de la pandemia y sus constantes mentiras frente a las vacunas. El país político se ha movido para perfilar, desde distintas orillas, las candidaturas y apuestas electorales que se hagan al gobierno y el poder el próximo año.

 Es tal la inconformidad e indignación que genera el gobierno uribista de Duque, que pareciera cocinarse un ambiente en el que los diferentes sectores políticos están listos para asumir las riendas del gobierno en cualquier momento. El Uribismo, desde luego, va perfilando desde un delfín como Tomás Uribe, hasta una posible alianza con la casta de los Char que pueda garantizar la continuidad de la impunidad, el despojo, la mafia y la mentira en el ejercicio de gobierno. Por su parte, los partidos tradicionales, venidos a menos, pero comprometidos con los intereses del gran capital, aún deambulan entre continuar a la sombra del Ubérrimo, o tratar de canalizar a sectores democráticos para revestirse de decencia y mantenerse en el poder. A su vez, el amplio espectro de los sectores denominados alternativos, aparece, por un lado, con una convergencia de los mismos con las mismas, pero predicando un discurso de “centro” contra los extremos para mantener las cosas en el mismo lugar, y por el otro, una confluencia de partidos políticos y movimientos sociales que hoy más que nunca puede abrir posibilidades para alcanzar reformas y transformaciones históricamente aplazadas y negadas por la violencia estatal y paraestatal. Esta última se ha presentado al país como el Pacto Histórico.

Sin lugar a duda la figura de Petro emerge con un protagonismo notable para este escenario, y mientras desde el denominado “centro” se ha cerrado toda posibilidad de una alianza con su proyecto, este ha insistido en una consulta sin vetos y en la construcción de un programa que se piense los cambios que el país requiere. Más allá de su figura, muchos de los sectores que hoy le apuestan al Pacto Histórico —en el que están el Polo Democrático, Mais, La UP y diversas plataformas sociales— son quienes han logrado propiciar esta convergencia que busca no solo ganar la presidencia sino ser mayorías en el Congreso.

Todo el escenario anteriormente descrito impulsa hoy distintos referendos: los revocatorios de alcaldes, el referendo campesino y el Chao Duque, instrumentos para potenciar listas, nombres y votos; cálculos políticos propios de los afanes electorales. Algunos de estos referendos, como el campesino o el que busca remover a Duque, tienen propósitos válidos y levantan algunas banderas necesarias, como mejores condiciones para la producción agrícola, renta básica universal y mejoras en las leyes de salud, sin embargo, son insuficientes –quizás contraproducentes- para canalizar el descontento popular y los deseos de cambio. En síntesis, es preocupante que todo el escenario de las luchas sociales por vida digna y paz se limite al carril de una institucionalidad viciada y limitada.


Por ello es necesario que ese Pacto Histórico que hoy se cocina desde sectores democráticos, alternativos y de izquierdas, se llene de contenido y, sobre todo, de protagonismo popular. Urge tejer el Pacto Histórico desde las periferias, desde las comunidades excluidas y marginadas, con el papel protagónico de las mujeres, desde la juventud, las y los estudiantes que han estado en las calles reclamando un país para el presente y el futuro, desde los movimientos sociales, desde el campesinado, los pueblos indígenas, los pueblos negros, desde las barriadas y la fábrica, desde el puesto ambulante y los pasillos de hospitales donde el personal de salud se está muriendo por preservar la vida de millones. Las continuas movilizaciones, paros, plantones, cacerolazos y caravanas que han estado en el espíritu de lucha y resistencia de los pueblos por años. Estos deben seguir siendo el camino privilegiado por los sectores del campo democrático y popular para organizar, hacer pedagogía, recrear las propuestas, construir el programa y definir los horizontes de disputa institucional.

El Pacto Histórico no puede quedarse en un ejercicio de acuerdos por arriba para buscar arrebatar unos escaños a la débil y engañosa democracia colombiana, sino que debe trabajarse en función de construir desde abajo, con la gente y para la gente; el músculo social y político capaz de confrontar la gran maquinaria de los que siempre han mal gobernado. La presencia en las urnas es necesaria y clave en esa disputa, pero insuficiente si no se teje en la cotidianidad de las mayorías ese nuevo país que soñamos y merecemos. El protagonismo tiene que ser plural, que incluya a los hoy ignorados, negados y humillados. Si el peso de figuras relevantes como Petro, Francia Márquez, Iván Cepeda, María José Pizarro, entre otras, es para potenciar ese protagonismo popular, bienvenido sea.

Mención especial merece el anuncio del Pacto Histórico (por ahora electoral) de establecer listas al Congreso de la República con mayoría de mujeres. Es un avance importante y necesario, pero debe ir más allá de los números. El Pacto Histórico desde abajo, para ganar elecciones y para construir en lo cotidiano, es fundamental que se piense en serio desde una perspectiva y práctica antipatriarcal y anticapitalista que contribuya a superar de una vez y para siempre las diferencias e inequidades que nos han mantenido separados y separadas. Vamos a hacer historia.

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