Potrero Grande: juventud, creatividad y resistencia

Este texto aborda la cotidianidad de los jóvenes del barrio Potrero Grande, al oriente de Cali, distrito de Agua blanca. Y se alimenta de un recorrido con ellos por su territorio, sus memorias y sus vidas cotidianas. Pretende ser un retrato del barrio ubicado en las márgenes de la ciudad, con el río Cauca como frontera y los cañaduzales como barrera y cicatriz de la colonia con su violencia y su racismo extremo. 

 

Al oriente de Cali se ubica un barrio inmenso a la manera de una ciudadela con más de 35 mil habitantes. Pertenece al Distrito de Agua Blanca, que es a su vez otra ciudad dentro de la ciudad, con cerca de 700 mil habitantes. El barrio se llama Potrero Grande pero le diremos Potrero. Gran parte de Agua Blanca es, por decirlo así, la ciudad negra, populosa, densificada, atravesada por un caño putrefacto y con manchas densas que dejan las quemas de cañaduzales que a su vez envenenan el aire.

Su condición es marginal y está estigmatizado, como el más violento de Cali, la segunda ciudad de Latinoamérica con más población afro después de Sao Pablo. En Agua Blanca es donde viven los estratos bajos y en el caso de Potrero, donde juntaron a las miles de familias reasentadas del Jarillón, que bordea el río Cauca en el 2008. Aún habitan algunas familias al borde del Farillón a la espera de ser reasentadas.

La juventud allí padece múltiples violencias y ejerce otras tantas como efecto o respuesta a tanta exclusión y falta de oportunidades. Roban, matan, se apuñalan, pelean una plaza de vicio o línea, se drogan, pero no dejan de ser “inocentes” en medio de un sistema que mata de hambre, que obliga al delito famélico. Y súmele una policía racista, casi todos del interior del país, tratando a los jóvenes como “ratas”, “negros hijueputas”, nudas vidas.

Desde que se creó Potrero y juntaron allí comunidades reasentadas de varios puntos del jarillón, al barrio llegó una invasión oenegera y religiosa a través de la proliferación de iglesias evangélicas a la manera de multinacionales de la fe. Y también llegó una caterva de políticos clientelistas, como en todo el país con las llamadas “viviendas gratis” o de subsidio pleno, a capitalizar votos a cambio de promesas de ayuda. La gente votó siempre por el partido de Uribe gracias a la vivienda gratis, similar al populismo chavista solo que allá las casas eran más dignas y muchas en los centros de las ciudades.

Dar es dar
En Potrero el asistencialismo es visceral. Lo digo porque tanto religiosos como estatales, dan dulces a niños llenos de lombrices. Literalmente dan dulces, y metafóricamente también. Alimentan una llaga y juegan con la practicidad y el realismo de la gente que aprendió a recibir de todo porque también la han despojado de todo. El regalo más digno se lo vi a la empresa privada, que también se lava la conciencia en épocas decembrinas. Digno porque no era plástico, ni azúcar, ni chucherías: era ropa nueva y juegos para niños.

La urgencia también visceral de los jóvenes es tener una oportunidad de hacer algo en medio de una oceánica indiferencia institucional, de la angustia económica y la soledad que genera la falta de oportunidades, el hambre y el lastre de su desarraigo, pues la mayoría de los reasentados del jarillón en Potrero vienen desplazados forzadamente de Buenaventura y Cauca.
¿Qué hacer?
Darío Barberena es un caleño que ha dedicado gran parte de su vida a pensar el tema del subdesarrollo, de las alternativas al desarrollismo y la importancia de la juventud para la construcción de lo que llama la nación mestiza. Esto en los diferentes escenarios de trabajo social en los que ha ejercido, pasando por la Consejería Presidencial para la Reconciliación, el proceso de paz del Caguán, el PNUD-Comfama con el proyecto Viaje a pie – Legión del Afecto y los procesos de paz en Centroamérica.

Con Barberena nos hacíamos una pregunta y es: ¿cómo logramos tener una nación en el marco de la legalidad, si el ingreso no es posible a través del trabajo honrado? Al respecto Barberena expresa: “estamos condenando a los muchachos a ser bandidos, no hay otra alternativa para sobrevivir. Lo que yo percibo en las familias de la barriada es que las madres prefieren que el hijo tenga una olla que tenga que salir a robar celulares, que se vuelva asesino por defenderse de la caución”.

Cuando se recorre sus esquinas, tiendas, sus canchas, sus dinámicas propias de ventas informales, incluyendo las de vicio, y en general cuando se percibe la extensión y belleza del barrio, la sensación que queda es de la necesidad de cambiar la ética de la dominación por la del cuidado del entorno. Es decir, que a los jóvenes se les bride la posibilidad de trabajar dignamente y ojalá haciendo cosas por su propio barrio.


Para esto se pueden plantear tres escenarios: los oficios en el territorio como puntos de focalización, las madres, y la tienda del paisa. Los oficios en el territorio porque allí confluyen prácticas y saberes ancestrales, que van desde la culinaria, la danza, el mismo fútbol y el canto. Las madres, y más aún las abuelas, porque estos barrios son el lugar donde habitan la mayor cantidad de madres solteras y cabezas de familia sin empleo estable, de ahí que sea el mismo barrio o la vecindad el criador colectivo de muchos niños y niñas. Así lo retrata Barberena:
“A las 10 de la mañana vez la calle llena de niños veringos y cagados sin ningún cuidado, y el niñito a los 7 años ya está pegado del parche. Hay dos versiones: la mamá que trabaja o unas vagas que no tienen ningún sentido de la responsabilidad cuando se dejan preñar. Hijos que llegan y se vuelven un camello y sufren el desapego. Y uno va a ver y las mamás están viento telenovelas en la cama.”

Y la tienda del paisa como tercer escenario porque dinamiza la economía barrial, aparte de que es la más surtida y la única que fía “porque en vos confía” como el lema de un importante almacén emblema de los antioqueños.

Sobre las Madres Barberena puntualiza:
“Las madres son las que se preocupan por la formación ciudadana, son las tejedoras de sociedad, porque ellas son las que están pendientes de que el muchachito se peine, de que vaya limpio, de que se cepille los dientes, todos esos detalles. Las gallinas son el huevo del diario, del desayuno, y el almuerzo familiar del domingo; los cerdos son la alcancía, los que sirven para pagar los útiles, para comprar los uniformes; y la modistería es la posibilidad de que el paisa que lleva las pantalonetas a Barranquilla regrese con jabón y con toda la utilería del aseo. Yo haría un proyecto de apoyo a las madres para ser buenas madres. Las grandes naciones se cocinaron en el hogar. La mamá es la que se rompe el pellejo para que no falte lo que se pueda en la mesa del hijo, así no lo quiera, pero es la que se siente obligada, es la que lo tuvo adentro, fueron uno, un uno real.”

Hacia una estética de la barriada
Barberena reseña con frecuencia un proyecto que se pensaron para Potrero Grande desde el 2008, el del millón de árboles. Integrado a él está el desarrollo de una propuesta de habitabilidad urbana en la que se integra una pregunta preponderante en las reflexiones de Barberena y es la pregunta por la belleza de lo popular o el espíritu aristocrático de los pobres expresado a través de la solidaridad:

“Uno ve estilos, elegancias…a mi el centro que me interesa es el centro que contiene los extremos y no los excluye, el centro es el que los vincula. Estaba hablando de buscar el príncipe mestizo, porque hay gente que tiene aristocracia espiritual, suena maluco porque dicen “ay, está exaltando lo de acá, lo de allá…” pero hay una elevación del alma que existe, hay una estética. Tres condiciones: cortesía, humor y estética. Cortesía que es pensar en el lugar del otro, es tomar en cuenta al otro; humor que es ser serio pero no tomarse tan en serio, saber que uno puede tener limitaciones, saber que uno puede equivocarse y que uno puede embarrarla; y estética que es saber contextualizar la individualidad. Esos me parecen a mí los tres elementos fundamentales. Y no creo en la ética si no nace de la estética, porque lo que se trata es de lograr una ética visceral, que sienta repugnancia ante lo repugnante, valga la redundancia.”

Y con esta reflexión previa coge resonancia de nuevo la propuesta del millón de árboles y la de proyectar un barrio más habitable, pues “si coges esos pasos no carreteables pero que son abiertos y los vuelves jardines, generas unos espacios de socialización importantes. El problema también es que no hay espacios de socialización”.

Juventud, creatividad y resistencia
No es el cliché de cambiar escopetas por guitarras o “escopetarras”, ni la solución salomónica de entregar instrumentos para pescar o enseñar a pescar. Se trata de generar una forma de dignificación de los jóvenes a partir de generarles una ocupación en su propio barrio, embelleciéndolo, por ejemplo, a partir de la pintada de los Shuts o botaderos de basura. Con esto se desatan dos cosas: la mirada ya no estigmatizadora del barrio hacia sus jóvenes y la transformación palpable del vecindario a partir de un lugar al que todos visitan. Y lo otro es que los jóvenes de alguna manera se sienten más útiles y menos despreciables. Es el comienzo de la deconstrucción de una imagen proyectada y con ello se comienza a romper la sensación permanente de no futuro, vinculada a un no reconocimiento.

Explorar las tres formas de creatividad y resistencia que son la danza, el fútbol y el canto, como forma de resistencia. Fútbol, danza y canto es en todo caso una sola cosa, una sinfonía, un todo. Es el cuerpo. También su grito. Y como una especie de escritura creativa con el cuerpo y en él.

El Fútbol
Potrero es cuna de futbolistas, canteranos del América de Cali, del Cali, Huila y Envigado. Y allí se reproduce lo que en toda Latinoamérica: el sueño del Pibe, del cara sucia, del que ve en el fútbol su única tabla de salvación y se disputa un puesto en el equipo para salir adelante y “ser alguien”. Y eso también es racismo y falsa predestinación: el negro no tiene más opción que ser buen futbolista. Que no piense o estudie y más bien pateé un balón. En Potrero de una u otra forma el fútbol es inherente a la dinámica barrial, es una pasión y como toda pasión es inexplicable. Tan pasión es que su cancha principal se llama La Bombonera, como el mítico estadio de la Boca en Buenos Aires.

La Danza
Como dice el poeta X-504, “se bailar, se olvidar”. Olvidar que se es olvidado, pero también recordar la memoria ancestral del negro, ese ritual del baile como resistencia creativa, como lenguaje de fuego, sol y carne. Esplendor del cuerpo. La danza es quizá la mejor forma que tienen de escribir en el aire su memoria ancestral, el aire impregnado de almizcle, dulzor y calor. De mar pacífico, valle, el Cauca río, como lo supo nombrar León de Greiff.

En Potrero baila el niño, el adolescente, el joven y el viejo. En el caso de los niños y los jóvenes se asume como una disciplina muchas veces, como un mero goce otras. Se hace con pasión y ensueño, con fiereza y ritualidad.

Ese ritual afro del baile permanece en Potrero como algo natural, se baila como se respira. Pero cuando se escoge como profesión, que es muy a menudo, el arte se cultiva en academias improvisadas sin ningún tipo de restricción.

El canto
El Rap también es grito, no es técnica sino trova de barrio, verso o poesía al natural. Se le canta a lo cotidiano, a la muerte, a la nada, a la belleza, a la barriada:

Me estoy quedando en vidas cotidianas / en la calle ronda mucha rumba, sexo y marihuana / gente que se mata hoy en día por bobadas / En esta calle mucha muerte frecuencia / Desde el Valle manifiesto con detalle: lo bueno lo duro y lo malo que se vive aquí en las calles / Le doy gracias a Dios que me ha librado de tanto lío / no somos delincuentes pero venimos de las calles / Historias de vida que les hemos narrado / nosotros cantamos desde los tiempos de antes / fumamos weed every day / con los socios al lado seguimos arrebatados… ( Improvisación de Brayan, Lagaña y Camello).

La mayoría de los jóvenes que nos acompañan embelleciendo el barrio han caído en la cárcel, consumen drogas y han robado. Todos vienen de una invasión o desplazados de sus territorios. Es como si hubieran muerto en cada amigo caído y el resto de vida que les queda lo dedicaran a caminar sobre una cuerda floja, como funámbulos tratando de pasar al otro lado, al otro día, a fin de mes, sin proyecto de vida estable o definido, a merced del caos y el rebusque permanente. Es una guerra diaria: contra el hambre, la falta de trabajo, la policía y el no futuro que se les cierne sobre sus vidas, un sino trágico.

*Este texto hace parte del proyecto Viaje a pie – bordes de lo invisible, realizado en Potrero Grande y que busca reducir los niveles de riesgo de los jóvenes como víctimas y victimarios en casos de homicidio. Ejecutado por el Centro de Estudios Socio Jurídicos Latinoamericanos -CESJUL- y financiado por Open Society.

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