Girardota entre humo y polvo

El Señor Caído con máscara antiesmog
Girardota es un pueblito al norte del Valle de Aburrá, elevado sobre una falda a orillas del río Medellín. Allí viajan peregrinos de todas partes del país en busca de un milagro del Señor Caído o a pagar una promesa por un milagro cumplido. Cualquiera que llegue de Medellín tendría que pasar primero por una construcción más alta que la torre de la iglesia: la chimenea amarilla de la empresa de pinturas, hoy llamada Ferro. Lo que nadie podía imaginarse era que esa chimenea es más representativa que la torre de la Catedral Nuestra Señora del Rosario y que al Señor Caído habría que agregarle un tanque de oxígeno y una máscara anti smog. Ese Cristo ha caído, no por el dolor de los látigos, sino por la asfixia.

El slogan del pueblo es “Girardota centro de fe y progreso”, progreso que se podría medir en chimeneas, pues hay más de 200. Y varias canteras, de las que se extrae material de playa y se escapa una inmensa nube de polvo que las amas de casa y los asmáticos, griposos, alérgicos, niños y ancianos más vulnerables respiran todos los días.

Aspecto desde el cielo
Con todo y lo imponentes que pueden llegar a ser las montañas que rodean el pueblo, Girardota no es un lugar bonito ni tranquilo para vivir. No es bonito pues quienes viven en las montañas lo que ven es una serie de canteras y fábricas cuya área supera la del pueblo y compite con el ruidoso aparataje de la industria.

Una cantera, la de Agregados, comienza al norte del pueblo y diariamente los vientos que vienen de Barbosa lo arrastran contra el casco urbano de Girardota. Como la cuenca se cierra al sur del municipio en el límite con Copacabana y en dicha zona están las canteras de Procopal, si al viento le da por devolverse, como suele ocurrir, el pueblo tampoco se libra de las nubes de polvo que proviene del sur. El resultado en el aire es una mezcla de polvo y partículas producto de la quema de carbón de empresas como Enka o Ferro, sumado a otros gases de efecto invernadero y precursores de Material Particulado, además del producto de las emisiones vehiculares.

El aire de Girardota es un vertedero de emisiones, a la entrada del pueblo debería decir: Zona de Alta Contaminación Atmosférica, use máscara, abandonad toda esperanza. Antes de la pandemia ya era recomendable que llevásemos máscaras.

Una cosa es en el día y otra en la noche. El pueblo está en el fondo del valle, sobre el lado oriental del río, en la falda de la montaña. Cientos de personas viven en las montañas alrededor del pueblo, yo he vivido en una de ellas, en la vereda Juan Cojo, donde el aire es limpio. Desde allí, pasada la media noche, sobre todo dos chimeneas, la de Ferro y la de Enka, empiezan a emitir una humareda gris oscura que con la luz del pueblo adquiere una tonalidad azafrán y que lentamente va cubriendo el pueblo. Una hora después no se ve ni la línea de lámparas de la autopista norte y la emblemática torre de la Catedral se oculta tras la capa de gases tóxicos. Una hora o dos después la nube comienza a dispersarse dejando claro el origen de la emisión. Quien observa el fenómeno no desea estar allá abajo, lo peor es que esa nube en el pueblo puede pasar desapercibida.

Averiguando por estas emisiones nocturnas un trabajador de Enka me dijo alguna vez que la misma termoelécritca a carbón (construida en el 2013) no era tan contaminante como la otra central a carbón que tienen allí hace tiempo, la C-30, cuya emisión es más oscura.

“Llamamos al Área”
Mientras esto ocurría, ¿qué hacían los políticos del pueblo? Es una pregunta fácil de responder: no lo suficiente. Aunque la cuestión ambiental es el primer renglón en los debates de campañas políticas desde hace años.

Durante años los políticos han sido temerosos de tocar a la industria contaminante o a las empresas que explotan material de playa. Hasta bien entrado el siglo XXI, los alcaldes no conocían las competencias que brindaba la Ley 99 de 1993 en la materia. Hasta hace pocos años, cuando el problema se fue haciendo más evidente y el blog de periodismo ambiental y político Chimenea Informativa lo tomó como énfasis, notando que los políticos eran más agentes de la empresa privada que protectores de los bienes comunes. Cosa que fue cambiando a nuestros ojos. No era raro que cada empresa grande tuviera también su político que la defendiera en el concejo municipal. Después, los políticos locales como Vladimir Jaramillo o Diego Agudelo comenzaron a amenazar la industria, “cerrar por lo menos cinco empresas” se animó a decir Jaramillo. Y Agudelo no escatimó recursos en contratar un sistema de monitoreo propio para saber con certeza qué hay en la nube.

No se puede decir que la cuestión ambiental estaba inédita en la política local. Había sido tocada por algunos acuerdos desarrollados por un grupo político hoy extinto a la cabeza del ex concejal y médico liberal Carlos Congote, tales como el acuerdo 35 de diciembre de 2001, cuya idea era crear una agenda ambiental en busca de promover normas necesarias para “el control, la preservación y defensa del patrimonio ecológico del Municipio”, donde se incluía proteger el aire. Sabían de qué íbamos a estar hablando veinte años después. Crean por ejemplo la mesa ambiental, para integrarse al sistema nacional ambiental. Años después, mediante el acuerdo 022 de 2015 se crea en Girardota la Política Pública de Prevención, Mitigación y Adaptación del Cambio Climático, el asunto estuvo en la agenda de las últimas administraciones locales. Y contenía incluso la sugerencia de un Plan de Descontaminación Local.

No obstante, quienes hemos seguido de cerca la política girardotana durante los últimos años, notamos que quienes llegaban al poder se limitaban a repetir lo que les dijeran en la materia las autoridades ambientales. Una vez asistí a una presentación en el concejo sobre la contaminación atmosférica en Girardota a cargo de Corantioquia. Alcé la mano y les pregunté cuántas fuentes de emisión tenían en su jurisdicción, pues son la autoridad ambiental para la zona rural. No lo sabían. Igual ignorancia de las particularidades locales se le notaba al Área Metropolitana.

Quejas y más quejas y más quejas
Cuando el municipio era administrado por la gobernación y no había elecciones populares, un grupo de ciudadanos se rebeló contra la contaminación atmosférica, era el año 1979. Lograron interesar al ministerio de salud y a la prensa regional (Periódico El Mundo, 26 de junio de 1979), pero no detener el aumento de la contaminación.

Cuando se posicionó el primer alcalde de elección popular, tras la nueva constitución política, sus quejas lograron llegar a los mismos folios donde reposan las licencias ambientales en el Área Metropolitana. Allá están en el papel las quejas de barrios como el Juan XXIII, vecino de la empresa Ferro, no solo por las emisiones, sino también por los ruidos nocturnos, los daños al río y los fuertes olores. La norma exige medir también el ruido, en Girardota el ruido siempre sobrepasa la norma, sobre todo en las horas de la noche.

Apenas una carretera separa la zona industrial del casco urbano, y con Juan XXIII se afectan también los barrios Caballo Blanco- La Florida, Monte Carlo y La Ceiba. Cuando un líder brotaba de estos barrios y empezaba a quejarse, las empresas lo contratan y ya dentro, lo hacían cómplice.

El actual alcalde de pueblo como decía, es también ambientalista. Hoy tiene que presentar ante el Consejo de Estado, junto al Área Metropolitana y Corantioquia, un plan de descontaminación solo para Girardota, dice que lo hace por cuenta propia y bien podría estar haciéndolo sólo guiado por el acuerdo 022 de 2015. Y por la inercia ambientalista que nos ha traído hasta aquí y que, no ha servido para limpiar el aire de Girardota todavía.
Si el alcalde rebelde metropolitano (conservador) Diego Agudelo no quisiera hacer nada de eso, igual lo tendría que hacer obligado por una acción popular presentada en 2018 por el movimiento Más Conciencia fallada apenas en noviembre de 2020. Fue escrita por la redacción de Chimenea Informativa, conformada por el abogado Cristian Zapata, el licenciado en filosofía Sergio Henao, el psicólogo Felipe Ospina, el politólogo Carlos Orlas, el ingeniero y empresario Pedro Hoyos y el periodista Mauricio Hoyos.

Las pretensiones de dicha acción fueron negadas siempre por el Tribunal Administrativo de Antioquía, que parecía más interesado en defender los intereses de los demandados. No le importaron esos intereses al Consejo de Estado, máximo tribunal administrativo colombiano, ante quienes ya no era posible apelar.

Con base en la sentencia, los habitantes de la vereda El totumo de Girardota se animaron a presentar otra acción popular contra la empresa Procopal, que tiene las canteras al sur oriente del pueblo. Alegan que no los dejan dormir las explosiones que hacen noche y día, no aguantan el polvo y la inestabilidad que ha generado su actividad en el terreno.

La lucha por el ambiente en Girardota apenas parece estar comenzando. Despertando del letargo del saqueo y el estropeo de nuestros bienes más comunes.

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Mauricio Hoyos

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