El invierno del Patriarca

* El autor de este texto es escritor y sociólogo.

 

Podemos pensar, con el guiño de nuestro Nóbel de literatura, que todos los patriarcas tienen su otoño; eventualmente, tienen también su invierno, y con el movimiento de la historia, sus voces se congelan, aunque permanezcan en la memoria como el eco de una pesadilla dantesca. Vienen a la mente las imágenes de un Pinochet decrépito, expulsado del poder por las voces de la juventud chilena, que, con el recuerdo vivo de sus muertos, tomó la calle por asalto y abrió la puerta a la transición democrática. El cadáver de Mussolini fue desfigurado en plaza pública y Hitler se suicidó, acosado por las fuerzas militares de la Unión Soviética y los aliados. Franco, recibió la extremaunción, en un telegrama del papa Pablo VI, antes de agonizar, un poco más lejos del cielo, en un viejo botiquín como quirófano improvisado, a media luz y agobiado por terribles dolores. Si bien, el patriarca colombiano todavía toma aguardiente con valeriana para poner sordina a las acusaciones, y da charlas en mal inglés sobre cómo gobernar, al tiempo que se bambolean las columnas de la institucionalidad en Colombia, se va llenando de líquenes y pequeños animales de mar como el patriarca garciamarquiano; como barco que no acaba de hundirse.

La decadencia del patriarca es relativa. Aún lo quieren sus hijos, sus caballos inclinan la cabeza en su presencia, aunque a la fuerza; y con más vehemencia, le rezan empresarios, la soldadesca más obtusa y los robo-cops del humo y la paliza. A su lado, la gente de bien, coleccionista de sombreros aguadeños y armas de largo alcance, en la ciudad de los jardines,  y otros ejemplares de una fauna pintoresca, siguen guardando fidelidad a la secta. Hasta el ícono más raído, siempre llevará un séquito a su vera. Sin embargo, desde que una legión de colombianos se dio cuenta de que el virus más letal no nació en Wuhan, sino en Medellín, la dictadura del cubre bocas no bastó para tenerlos en casa, sintonizando las noticias, y las calles se inundaron de música y voces de juventud. La bandera restalló en el cielo, puesta del revés, porque el rojo sangre cubrió su mayor franja, y las cacerolas comenzaron a gritar. Los 1800 pesos del cálculo oficial, no alcanzaban para la docena de huevos que había que fritar para un desayuno continental en el hotel Carrasquilla.

Aunque, se dice que el deporte nacional es el olvido, la legión de la protesta está bien informada sobre los acontecimientos de las últimas dos décadas. Desde que Timochenko se sustrajo de la selva para internarse en otro hábitat de micos, lagartos y conejos, ya no hubo a quién echarle la culpa de todos los males del país. Por eso suenan cumbias y carnavales en las calles, pero también disparos y explosiones. Se supo que, en un momento de saturación hospitalaria, cuando la bandera nacional era un trapo rojo en la ventana de los hogares más pobres, el gobierno del Duque de Edimporco, regaló, como lo han hecho hace años los gobiernos nacionales, medio billón de pesos a la banca privada: casi lo único que crece en el país. Bueno, eso, la indignación y el desempleo, porque en los millones de hectáreas de tierra cultivable, crece hierba para alimentar vacas, casi exclusivamente. La gente está enojada porque acá solo dejan sembrar muertos, se venían quejando, pero no se oía mucho. Por el tapabocas.

Ahora que, no sólo están bloqueadas las vías del "desarrollo" industrial en el país, sino también las de transporte, se impone la necesidad de concretar un programa de reformas para encausar el avance de la sana protesta social hacia la afirmación de políticas que protejan a la población vulnerable; fijen un sistema de tributación que vigile el capital financiero y deje de socializar las pérdidas de la banca privada, y es seguro que conviene un cálculo más sensato de los salarios de congresistas y altos funcionarios del estado. La revisión del rubro financiero dedicado a las fuerzas militares es un deber de la época, porque no se pueden contar las balas equivocadas de blanco y parece que la guerra del estado colombiano es contra los inconformes. Teniendo en cuenta que no estamos en guerra contra Rusia, es probable que el dinero gastado en munición, helicópteros y vehículos de combate pueda emplearse de otra forma.

Si bien, la voluntad de mantenerse en la calle parece ilesa, una de las formas de asegurarnos de que el costo humano de las jornadas no sea en vano, es organizar un pliego mínimo de peticiones y estructurar la movilización en torno de ese documento. Bien notada la magnitud del movimiento, podemos incluir puntos como un alza general de salarios, la renta básica, una reforma laboral –por condiciones dignas de trabajo y estabilidad-, mayor responsabilidad social de empresas como Transmilenio, que producen sumas astronómicas de dinero con una inversión subsidiada en su totalidad con recursos públicos, y apenas un 5% de aportes al estado. Cumplimiento de los acuerdos de paz, desmonte del ESMAD, entre otras medidas, mejor acordadas en asambleas populares y barriales. Se trata de abrir un espacio de concertación con el gobierno nacional, de carácter democrático y horizontal, para evitar los arreglos a puerta cerrada y los pactos espurios, que tantas veces han aplazado soluciones perdurables a las demandas de los movimientos sociales. Solo puede admitirse una negociación pública. La multitud de la esperanza es de protestones, no de protestantes y de su inteligencia en la organización de canales de diálogo descentralizados y en la construcción de un pliego a la altura de la historia, depende que se acelere la llegada del invierno del patriarca.

 

 

 

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