“Gente de bien”

Las protestas que desde el 28 de abril de 2021 crecen como espuma en todo el país, son el resultado de la acumulación de los abusos y sufrimientos padecidos por la mayoría de los colombianos y las colombianas, que están sometidas a la miseria por una clase gobernante indolente y elitista, que ve a los pobres con asco, y está convencida de que ellos se labraron su propia desgracia, ni se les pasa por la cabeza que su egoísmo infinito y su perversidad son los responsables del levantamiento social y popular.

Entre tantos elementos políticos y sociales para destacar del increíble y exitoso Paro Nacional, habría que considerar por lo menos tres: un despertar de lo que la “gente de bien” se niega a reconocer –la lucha de clases–; la cualificación de la lucha callejera y popular urbana; y un proceso ascendente de un sujeto social que se viene puliendo en los últimos tres años, liderado mayoritariamente por la juventud. Hay muchos otros elementos, pero estos podrían en nuestro análisis, ser los que más se notan en la coyuntura.

En cuanto al primero de ellos, no se puede negar que este paro nacional se produjo, por la presión que las elites ejercieron sobre los maltrechos bolsillos de los más pobres y de las llamadas clases medias, privilegiando a banqueros y multimillonarios empresarios en medio de la crisis social generalizada. Además por la insensatez de los gobernantes para abordar y reconocer el daño que estaban provocando con su paquete de reformas, y especialmente por el odio reflejado al momento de reprimir la protesta legítima del pueblo. La violencia ordenada por el autoritario gobierno, difundida y alentada por sus medios masivos de comunicación, provocó y legitimó en la “gente de bien”–acostumbrada a mandar y que le obedezcan–, las más viles acciones y sentimientos de repugnancia contra las masas empobrecidas, como las que ejercieron un grupo de gentes de los barrios más adinerados de Cali – vestidos impecablemente de blanco y armados hasta los dientes–, contra la minga indígena que se retiraba hacia su territorio, luego de prestar solidaridad a los manifestantes.

Esta actuación legitimadora del paramilitarismo, el racismo y la violencia fue avalada por el gobierno, sus fuerzas militares y la “gente de bien” que la hay en todo el país y a la que nadie le pregunta por el origen fraudulento y lleno de sangre de sus grandes riquezas. Sin embargo, en esta oportunidad, esa asquerosa “gente de bien” tenía al frente a otra clase, una que se quitaba la venda de los ojos para reconocer con nitidez a sus verdugos y de una vez por todas perderles el miedo y la sumisión. En las calles de las principales ciudades y en las carreteras de Colombia se está viviendo una lucha entre las poderosas clases oligárquicas y las que viven del trabajo y de la fuerza de sus manos y cuerpos. La pulcra “gente de bien” ha visto como su fina alfombra está siendo pisoteada por los pies llenos de barro de los ninguneados, acaso para ellos la “gente de mal”.

Como segundo elemento, la gente estaba acostumbrada a ver y escuchar la desgracia, la miseria, la violencia, la sangre y el despojo que padecían nuestros hermanos y hermanas campesinas, indígenas y negras, por televisión y por radio. La guerra en el Pacífico, en las fronteras y en las zonas rurales pobres de Colombia, eran algo lejano y tal vez insignificante que se conocía a través de las cifras “oficiales”, difundidas por las fuerzas militares a través de los medios de comunicación.

Hoy la guerra de los pobres, contra la pobreza y sus responsables se dan en la carrera séptima y en el norte de Bogotá, en el Poblado y en el centro de Medellín, en los barrios de los ricos de Cali, Barranquilla, Ibagué, Cartagena, el Eje Cafetero, y en 800 municipios del país. La gente que vive en las ciudades y que se había olvidado de la desigualdad, se encontró de frente con los rostros quemados y la piel cuarteada del pueblo que se rebusca en las calles para sobrevivir, los que deben transportarse tres horas en bus urbano para llegar a su lugar de trabajo; se encontró inexplicablemente con jóvenes dispuestos a pelear de tú a tú contra el Esmad, dispuestos y dispuestas a perder sus ojos y hasta su vida, unos sin educación ni bienes, pero llenos de corazón y otros con formación y propuesta política, todos y todas con armamento popular de fabricación casera, o con simples piedras y garrotes; se encontró con los coloridos escudos de la primera línea, y con sus mamás y sus hermanas dispuestas a dar la vida por sus pequeños, hermosos y valientes guerreros, que se quieren tragar el mundo asqueroso y parir uno mejor.

Y, en tercer lugar. Una vez la venda cayó, permitió ver y reconocer que al frente de estas protestas estaban unos chicos y chicas, a los que los más viejos considerábamos una generación endeble, de cristal y a los que les importaba un culo lo que pasara. ¡Pues no!, estamos frente a un sujeto político en construcción, sin miedo, que mira horizontal y no cree en imposibles, que considera los sueños una senda transitable a la realidad. Un nuevo sujeto que increpa a la derecha y a la izquierda tradicional, que reclama un lugar en la historia del país y no simplemente en las falsas mesas de negociación. Un sujeto transformador de la política y la cultura, que valora tanto la vida de la especie humana y la del planeta.

La cosa se le jodió al uribismo, a la ultraderecha, en adelante este país no va a ser el mismo, será mejor, aquí no van a caber los que magistralmente definió nuestro querido Iván Cepeda, en un trino genial… “Todo lo atrasado, hipócrita, egoísta, antidemocrático, misógino, racista, mezquino, autoritario, superficial, conservador, indolente, cómplice, delictivo e incluso criminal, que existe en la sociedad colombiana se concentra en una sola expresión: “Gente de bien”.

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Olimpo Cárdenas Delgado

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