Conectado

 

Cuento: Álvaro Lozano Gutiérrez –Colectivo Alebrijes–

Son las seis de la mañana. Gabriel siente ese hormigueo en la pierna derecha que le recuerda que su cuerpo lleva tres años sin producir insulina. Es el momento de inyectarse, después comenzará una jornada de más de siete horas sentado frente al computador.  Está solo. El año anterior las continuas peleas se reducían a la necesidad de conseguir un empleo, de volver a compartir su amor por la literatura y, sobre todo, de ganarse la vida después de haber sido despedido del colegio donde trabajó casi una década.

  • Profesor, usted sabe que no es personal, la gente está mejor preparada y cobra la mitad de lo que usted nos vale, la prioridad está en no tener que cerrar, muchos estudiantes se han retirado por falta de pago... Usted sabe, este país siempre ha estado en crisis.

Y al final lo más temido. Una carta con su nombre mal escrito y cuatro pesos para sobrevivir los meses que venían.

Tiempo, la desesperación está hecha de tiempo. Marisol dejó de mirarlo con amor abriendo paso a la lástima y, junto con eso, a los mil consejos de cómo pasar dignamente una hoja de vida. Después todo se redujo a una pantalla, que le hacía las mismas preguntas de rutina, una luz que iluminaba su rostro cada vez más pálido y la respuesta que a fuerza de repetirse se convirtió en un lugar común:

  • Su currículo es excelente y su experiencia impresionante, pero la verdad es que por la crisis estamos buscando otra cosa. De todas maneras, puede ser que lo estemos llamando.

Esa misma luz se convirtió es un escape a los reproches. Entre la consternación y la obligación de decirle a su hija que las cosas estarían mejor. Esa luz que mostraba a cientos pidiendo ayudas al gobierno para no morirse de hambre, y minutos después a las estrellas de televisión contando cómo hacían para no morirse de tedio en medio de sus casas de lujo. 

Después, recurrir a los pocos ahorros. Hacer cuentas para que lo mínimo se hiciera cada vez más barato. Tragarse las ganas de llamar a los amigos y encerrarse a buscar en medio de los anuncios que escaseaban, a pesar de que aparentemente nadie conseguía un trabajo.  A veces se sentía como un espectro que sólo vivía para comer, conectarse a una pantalla azul e inyectarse una ampolleta de insulina para no caer en estado de coma.

Así el tiempo entre el primer reproche y el adiós se hizo más corto. Ese silencio incómodo en la cena que al rato le llevó a aceptar que podía comer solo en su cuarto. Los dolores de cabeza, las ganas de matarse. Imaginar que salía sin las llaves en el bolsillo, saber que no iba a regresar.

Ensayó varias veces las frases y el tono de la despedida. En algún escenario Marisol lo abrazaba y seguía a su lado, mientras que en otro arrastraba a la niña lo más lejos posible para no hundirse junto con él. Las paredes parecían devorarlo junto con los muebles  y  lo traían de nuevo al mundo, convertido en una masa gris: como en sombras que están a orillas de un río o afuera de las tiendas, sombras que nadie mira, mientras extienden la mano buscando caridad.

Son las siete de la mañana, espera solo frente a la pantalla. Hace unos meses las voces le recordaban diversos mundos. Por un momento tiene la esperanza de que alguien se conecte, que alguien lo salude o le hable. Pero ni un susurro. Recuerda el camión alejarse con los muebles, el jardín lleno de libros en rebaja, la vergüenza de cuando vendió sus primeras piezas de ropa.

Llora mientras sale. Las llaves se han quedado adentro y sólo él sabe por qué.

 

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