Gente con el brazo en alto

La protesta como derecho y riesgo en las democracias

 

Una masa abierta no tiene una impresión o idea clara de la magnitud que puede llegar a alcanzar. Elias Canetti. Masa y poder.

El siglo XX, el más peligroso de todos, fue el siglo de las marchas reclamando derechos civiles, libertad en los totalitarismos, liberación de la pobreza, formas dignas de trabajo y empleo, salud básica y educación completa –con criterios de fondo y libertad de cátedra–. Estas marchas se enfrentaron a las fuerzas de seguridad del Estado, a los conceptos conservadores de los gobiernos que impedían el cambio y al miedo que, como dijo Albert Camus, se había convertido en una estrategia para gobernar. Y en estas marchas, donde se tenía un sueño –I have a dream, gritó Martin Luther King– y en los carteles de las protestas de los grupos negros norteamericanos se leía: Yo soy un hombre, los medios de comunicación tergiversaron, se hicieron análisis sesgados y hubo más propaganda que información. Pasó igual cuando los checos, en la primavera de Praga, se rebelaron contra el dominio ruso y los chinos contra el Estado chino, en la plaza de Tiananmén; cuando los jóvenes franceses del Mayo de 1968 reclamaron el derecho a imaginar y ser humanos, igual que reclamaban dignidad los que protestaban contra la guerra de Vietnam. Muchas marchas hubo en el siglo XX, incluyendo las de la muerte –que se llamaron las de los cadáveres andantes– llevadas a cabo por los nazis con los prisioneros de los campos de exterminio. La gente se iba muriendo en el camino, con la boca abierta y los ojos mirando nada.

Una historia mínima
La Revolución Francesa –su primera marcha fue la de la gente que cantaba la Marsellesa–, creó tres conceptos: libertad, igualdad y fraternidad. Con la libertad, el ser humano es libre de pensar, debatir, hacer una vida digna y crecer en términos de grupo y desarrollo económico. Con el cumplimiento de los deberes, aparecen los derechos inalienables. Con la igualdad, nace la palabra ciudadano (citoyan) por primera vez en la historia. Un ciudadano cuando está en igualdad de condiciones con los demás, educándose, trabajando y pagando impuestos; adquiere el derecho a ser elegido o, en su defecto, a fiscalizar el Estado. Y la fraternidad, ¿qué es la fraternidad? Acoger a todos aquellos a los que les han vulnerado sus derechos.

Con la Revolución Norteamericana en 1776, se dan los conceptos de independencia –no vamos a depender de nadie sin antes definirnos nosotros, decía Ralph Waldo Emerson–, creencia libre en cualquier dios, libertad de empresa –producir lo que necesitamos– y libertad de prensa, lo que implica saber escribir, pensar en orden e imprimir libros y periódicos para educar a los demás.

Ambas revoluciones –entendiendo como revolución un cambio drástico de paradigmas–, se unen en una sola palabra: liberal. Siendo los liberales quienes han sumido la libertad y están de acuerdo con la Revolución Francesa y los planteamientos de John Locke en su libro, Segundo tratado sobre el gobierno civil. Y contra esta ideología están los conservadores –anclados en el republicanismo romano–, que se oponen a todo lo de la Revolución francesa y siguen a Joseph De Maistre, que ha teorizado el pensamiento conservador en Las veladas de San Petersburgo, un libro que le gustaba mucho a los viejos jesuitas.

Del liberalismo nace Karl Marx, el filósofo del trabajo en la ciudad industrial. Con él aparece una utopía y la gente que canta La internacional, la pone a marchar. Marx, como Adam Smith, también es un moralista. Muchas costumbres deben cambiar. Aparecen, entonces la derecha y la izquierda, las dos se desfasan y desmesuran, las dos siguen enfrentadas.


Colombia
El siglo XIX fue el de las guerras civiles y locales, el de las luchas políticas acomodaticias y el de toda clase de micro dictaduras. Abundaron los ejércitos particulares y todavía, en La Vorágine de José Eustasio Rivera, se los menciona comenzando el siglo XX. Y este siglo XX se inicia con la batalla de Palonegro, en Santander, en donde se enfrentaron gentes que no entendían bien de qué se trataba lo que estaban defendiendo, pero estaban rabiosos y produjeron una matanza tal que la hedentina de los cadáveres se olía a kilómetros de distancia (se dice que murieron cinco mil de la peor manera posible, a machetazos, martillazos, chuzadas con palos y navajas, mordiscos, disparos repetidos etc.), dejando vivos a cojos, mancos, ciegos, locos y mucha gente rabiosa que se fue a la guerra y regresó de ella sin saber qué cosa era un país, un gobierno y una patria. Reclutados a la fuerza para matarse unos a otros, unos fueron liberales por un pañuelo rojo y otros conservadores por un escapulario.

Pero bueno, Colombia se llamó Colombia en honor a Cristóbal Colón. Y, como Colón, mintió, deliró y buscó el paraíso en medio de alucinaciones. No sé si fue bueno llamarse así. Los cabalistas dicen que las palabras convocan y que el destino se hace con lo que decimos y hacemos, asunto con el que también Gandhi estuvo de acuerdo y váyase a saber si Brama, que construye mundos para que Visnú los sostenga y Shiva los destruya. Pero de todas maneras nos llamamos Colombia, un país que se hace y se deshace, como debería decir en el escudo de armas, donde se luce una canal de Panamá que ya es ajeno.

Después de un siglo de guerras civiles, en Colombia comenzaron las protestas. Las primeras, promovidas por los mismos partidos, como pasó en 1909, cuando el partido conservador protestó porque Rafael Reyes había incluido en su gabinete ministros liberales. Reyes, conservador, militar, aventurero y empresario quebrado, de alguna manera era un progresista –Rafael Uribe Uribe lo alaba–, pero sus copartidarios –la mayoría fisiócratas– no quieren este progreso. Ellos ven el país a través de la renta de la tierra y no de empresas echando humo. La marcha conservadora del 13 de marzo de 1909 puso a Rafael Reyes en el exilio. Bastaron dos días, del 13 al 15, para que Colombia siguiera siendo un país que no miraba las periferias.

El 11 de noviembre de 1928, los trabajadores de la bananera United Fruit Company, entran en paro y protestan por las malas condiciones laborales. Y en esa huelga que duró hasta el 6 de diciembre, el general Carlos Cortés Vargas resolvió el problema disparando, por orden telegráfica del presidente Miguel Abadía Méndez. Según Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad, los muertos fueron tantos que el tren casi no dio abasto para cargarlos. Seguimos, entonces, siendo una Banana Republic, término creado por O'Henry, el cuentista norteamericano. O un reinado del Papa verde que, según Miguel Ángel Asturias, criaba gente a su amaño.

Abadía Méndez enfrenta otra marcha el 11 de junio de 1929, en Bogotá, y al día siguiente, debido a la presencia de los estudiantes de la Universidad Nacional en la protesta, la manifestación se reprime con las armas y muere el estudiante de derecho Gonzalo Bravo Pérez, al que casi no entierran porque todavía muerto siguió protestando. La hegemonía conservadora cae en 1930.

Y siguieron las protestas. En 1948, el 7 de febrero se dio La marcha del silencio, liderada por Jorge Eliecer Gaitán. Protestaban por los asesinatos a liberales. El 9 abril, Gaitán sería otro muerto liberal. Seis años después, el 8 y 9 de junio de 1954, 10 estudiantes mueren en una protesta contra la dictadura del General Rojas Pinilla. Se impone la censura. El 5 y 8 de mayo, de 1957, la protesta contra el dictador ha unido a trabajadores, estudiantes, industriales, banqueros y gente del común. Esta vez no hay quien dispare y el dictador se exila. El país se calma en lo que se podría entender como un más o menos llamado Frente Nacional. Pero todo sigue cojo y ya, con Alfonso López Michelsen como presidente, la gente protesta el 14 de septiembre de 1977, contra el costo de la vida. Se habla de 20 muertos, cifras oficiales. El 13 de agosto de 1987, en Medellín se protesta contra la violencia en lo que se llamó La marcha de los claveles. Días después asesinan a Héctor Abad Gómez, Pedro Valencia Giraldo, Luis Felipe Vélez y a Leonardo Betancur. Estas muertes se convierten en el libro El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, que es una memoria. El 4 de febrero de 2008, se marchó contra las Farc y esta presión llevó a un tratado de paz que no ha cuajado. Mucha memoria, muchos hechos, mucha paciencia frente a soluciones que no llegan.

Las marchas y protestas actuales, las que más duración han tenido en el país, son la sumatoria de una nación que no logra crearse. Mediada por toda clase de violencias, políticas, sociales y económicas; por una corrupción ascendente y una concepción del poder que destruye cualquier democracia; por una pandemia que descontrola debido a las cifras y por las mentiras continuadas –lo que ya rompe la confianza en una sociedad–, las gentes no ven futuro. Y como nada está claro –habitamos una especie de pandemónium miltoniano–, las personas salen a la calle a manifestarse de muchas maneras: con creatividad, con solidaridad, con rabia, gritando que venden verduras y frutas –esta es una protesta continua de la pobreza, la de cada día–, con la voz como única arma para poner en claro que donde no hay futuro hay miedo y que el miedo –igual al que sufren los que contra-protestan– es un espacio como el virus: que contagia sin escoger y lo vuelve todo peor.

Las protestas muestran que algo anda mal. Y estamos mal porque no revisamos la historia –algunos hasta la niegan–, porque la economía antes que incluir excluye, porque los gobiernos siguen en el siglo XIX, porque somos más y no se propicia el espacio necesario para vivir con dignidad, porque lo particular desborda lo comunitario. En fin, somos un país donde la industria no creció y al contrario se vino abajo, un país en el que todavía se lucha por la tierra, un país donde en lugar de diálogos solo se ve a la gente echándose la culpa mientras la brecha se amplía y crecen los odios. Y en un territorio así, desbordado –o en plena deslujuria tropical– y sin una paz que asegure crecimiento y desarrollo; y donde el raciocinio que deberíamos acreditar le da paso al delirio, es difícil vivir, pensar en orden y crear lazos fuertes.

Cuando un cuerpo está enfermo, protesta mostrando síntomas. Y sus síntomas son el efecto de las causas que lo enfermaron. Ahora, si ese cuerpo se maquilla para no parecer enfermo, sus síntomas serán más dolorosos. Solo se aliviará cuando reconozca la enfermedad y admita un tratamiento. Seamos claros, como decía René Uribe Ferrer: los desmanes de un sistema terminan por crear su contrario.

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