Plátanos asustados

A ella la recordamos siempre cuando estamos comiendo porque nos decía “esta es la vida que nos merecemos todos”, no le gustaban las injusticias con otras personas. Ana Fabricia Córdoba Cabrera nos ha dejado un legado de lucha y resistencia, su compromiso, su rebeldía que a diario sentía, nos dejó su alegría. Le gustaba mucho compartir con la gente y comer mucho pescado y “plátanos asustados” como los llamaba ella que de afán los ponía a cocinar encima del arroz. Fabricia es reflejo de la vida de miles de afrodescendientes, campesinos y hacedores de barrios marginales. Una persona sencilla, hablaba del derecho de ayudarnos unos a otros en comunidad. Asumió con valentía la defensa de la vida y la paz en sus comunidades. Reconocía su historia y se sentía orgullosa de ser mujer afrodescendiente. Con su situación se hizo una mujer más fuerte, con carácter, entrega y compromiso. Transmitía alegría y dignidad.

Sus abuelos, padres y familia venían de Tibú –Norte de Santander– huyéndole a la violencia política y en busca de una vida mejor. Llegaron a las selvas de Urabá colonizando y sembrando tierras que con el paso del tiempo fueron bastante productivas y atrajeron la presencia de empresarios, terratenientes y grupos armados. El agronegocio, en particular el monocultivo de banano de exportación, propició “el surgimiento de movimientos sindicales y expresiones sociales fuertes”. También el fortalecimiento de guerrillas como las FARC y EPL, quienes, según Gustavo Hincapié, cometieron abusos de autoridad, asesinatos y masacres entre los simpatizantes de uno y otro bando debido a las disputas internas por el control de sus bases.

En algunas de sus incursiones, los paramilitares asesinaron a su padre, al padre de sus hijos, y a otros familiares a raíz de las ideas políticas que movían la familia y las tierras que tenían en la región; su hermano, por ejemplo, era concejal de la Unión Patriótica en Apartadó. La masacre del aracatazo la recordaba así: “nos sacaron de la finca con un engaño pa matar mis hermanitos como sindicalistas que eran. Los sacaron con un engaño de un préstamo, y no era préstamo, si no que era pa asesinar a la gente. Entonces los sacaban de los pueblos: sacaban de Churidó, sacaban de Rio Grande y los llevaban a una heladería en Chigorodó que se llamaba “el aracatazo”, donde llegaban los ricos a hacer préstamos y fue la trampa que hicieron”. Dicha masacre ocurrió la noche del 12 de agosto de 1995, cuando se celebraba una fiesta popular, fue perpetrada por integrantes de las AUC tras orden de “alias hh”, identificados como 'exterminadores de la subversión'. Veinte años después se conoció la captura de dos oficiales en retiro del Ejército implicados. A pesar de la presión se quedó en Urabá defendiendo la herencia de su gente, por apego a su tierra, vacas, cultivos, y la finca heredada de sus abuelos que visitaba de vez en cuando.

Fabricia debió huir con su tierra en llamas. La persona campesina no deja de serlo tan fácil, ni siquiera separada de la tierra. Llegó a Medellín con el susto de ver la ciudad por primer vez, y se asentó en un barrio de la Comuna 13, en una vivienda prestada por amigos cercanos o familiares. Estuvo pocos meses, pues al parecer no era el mejor momento para vivir allí en medio del conflicto entre diferentes milicias, y con los paramilitares en la zona. Por tal motivo se desplazó al otro extremo de la ciudad, a la montaña nororiental. Hizo parte del segundo momento de consolidación barrial de La Cruz y el nacimiento de La Honda, barrios de sobrevivientes del conflicto, la mayoría desplazados de Urabá: Apartadó, Currulao, Carepa, Chigorodó, Belén de Bajirá; el norte del departamento Peque, Uramita, Cañas Gordas, Ituango; el Oriente: San Carlos, Sonsón, Nariño, Argelia; el suroeste: Andes y Urrao; entre otras regiones dentro y fuera de Antioquia. Sobrevivientes que fueron llegando de a poco, con sus grupos familiares, una dinámica denominada invasión hormiga, que vestía estas montañas del Valle de Aburrá con fieltro o plástico negro, cartones, latas, tablas, ladrillo y cuanto material sirviera.

Del trabajo y liderazgo comunitario ella mencionó alguna vez: “he visto que en este país no hay derecho de hablar, somos perseguidos porque nosotros buscamos la justicia por el bienestar común (…) Aquí en mi país comen dos bueno y el resto que se joda. Entonces así no, eh. Y eso es lo que me hizo a mí trabajar por la comunidad (…) en el barrio Manrique La Cruz, porque se caían los ranchos, entonces mis hijos hablaban con los hijos de mis vecinas y reuníamos a los niños, los poníamos a cargar piedras y hacíamos sus emvalladitos, hacíamos sus ranchitos ya que dormíamos en la calle. Entonces pa no estar en la calle, un padrecito, Efraín, nos fue ubicando, y nos dio lotecito y fuimos organizando el ranchito en plástico”.

La Negra se enfurecía ante los abusos y denunciaba los atropellos a los jóvenes por la policía y grupos civiles armados que ejercían un control de facto y combatían las milicias. En retaliación y con testigos falsos, en 2004 fue detenida por el Comando Élite Antiterrorista en una operación donde un informante, supuesto miliciano, vestido de policía con cara tapada, la señaló, junto a otros líderes del barrio, de ser auxiliadora de las milicias del sector. Incapaz de quitar vidas, a pesar del miedo y mostrando su fiereza, le arrebató la capucha de la cara a quien la señalaba, que incluso ante la Fiscalía dijo haber sido torturado por agentes de la Policía buscando que señalara y entregara información que comprometiera a los líderes barriales con grupos armados. Después de dos meses en la cárcel Buen Pastor, Fabricia salió absuelta, pues las acusaciones no tuvieron fundamento. La Unidad de Policía Judicial del Comando Élite justificó las detenciones como “capturas administrativas” a la par que la Fiscalía concluyó que se trataba de: “Tremendo desatino, no tenían pleno conocimiento de quiénes eran esas personas y solo por la información de una persona que ofrece serias reservas, se procede a capturar a quienes esta iba señalando”.

Siguieron los allanamientos sin orden judicial y las intimidaciones acusando a La Negra de colaboradora de las FARC, también los atentados en uno de los cuales murió su compañero sentimental en La Cruz. Además, frente a la persecución a sus hijos ella reclamaba: “(…) esto hay que cortarlo, ¿por qué esta persecución? ¿Qué culpa tiene el uno de lo que hace el dos? ¿Por qué tengo que pagar lo que no he hecho? Porque vengo de una familia sindicalista, porque vengo de una familia que reclama su derecho digno común, porque nos quitan las tierras y estamos reclamando lo de nosotros”. Culpaba a la Policía por las constantes persecuciones y maltratos a sus hijos.

Esta persecución que ella sufrió se dio en el marco de la política de seguridad democrática de Uribe y de la operación estrella VI en 2003 en los barrios de la parte alta de la zona nororiental, donde la Cuarta Brigada, Policía, Fiscalía y DAS allanaron decenas de viviendas y retuvieron -entre otros- a personas del Movimiento Social de Desplazados de Antioquia (Mosda), cuya organización manifestaba gran fuerza, y dio pie a la declaratoria de Asentamientos de Refugiados Internos por la paz y los derechos humanos en comunidades de barrios como Altos de Oriente, El Pinal, Bello Oriente, La Honda y La Cruz, buscando solución a la situación del conflicto armado que vivían y la falta de políticas claras en salud, educación, vivienda y empleo para dicha población.

Al vivir en una zona catalogada de alto riesgo no mitigable, la condición de desplazados de la mayoría de sus habitantes y el drama del pago de los servicios públicos, Fabricia con sus vecinas y amigas promovía proyectos productivos comunitarios, y enfrentaba la burocracia de las oficinas de atención a población desplazada. Dejaba claro la necesidad de soluciones de fondo. En muchas ocasiones caminó el “recorrido” con cantidad de mujeres hacia la Plaza Minorista y algunos barrios buscando recolectar alimentos y ropa, buscando que “les regalen un plátano o una yuca con qué hacer una sopa”. Hablaba de su vida en el campo, añoraba el retorno, volver a su tierra y estar otra vez bien. Recuperar lo que le habían quitado, la finca de la cual se arraigó tanto. Responsabilizó a las multinacionales por su desplazamiento y se cuestionaba: “yo habiendo sido bananera. Cómo voy estar en esta vida, a pedir limosna no. Entonces empecé a buscar las organizaciones de mujeres”.

Se unió al Movimiento de Mujeres de Negro Contra la Guerra de la Ruta Pacífica de Mujeres, iniciativa que se manifiesta ante situaciones de violencia que afrontan niñas, jóvenes y mujeres, en el marco del conflicto armado. Además lideró la consolidación de diferentes organizaciones en los barrios periféricos de la zona nororiental de Medellín, como la Organización de Mujeres Aventureras, conformado por mujeres desplazadas y cabezas de familia, que impulsaban proyectos comunitarios productivos y luchaban por el mejoramiento de la calidad de vida. La organización Latepaz –Líderes Adelante por un Tejido Humano de Paz– que imaginaba acciones ante los atropellos de actores armados, la vulneración a líderes comunitarios y la revictimización constante, luchando contra los tratos crueles y degradantes hacia los jóvenes y contra la persecución que también enfrentaron sus hijos.

Por ser madre cabeza de familia, y después de tantos trámites, adquirió un subsidio de vivienda en el barrio Popular Uno, un sector muy conflictivo. Vivienda que casi no habitó por los hostigamientos de los actores armados. Le cortaron el agua y cuando estaban reinstalándole el servicio fue atacada de nuevo. Una de sus vecinas Luz Elena en coplas lo plasmó: “lo decías en todas las reuniones que tenías día a día: / la casa que a mí me dieron solo ha sido un gran problema, / qué me gano con tenerla y no poder vivir en ella".

Luchó por la garantía de servicios públicos y vivienda digna para los sectores populares Junto a la Mesa Interbarrial de Desconectados de Medellín, una ciudad que ahora más que nunca quiere tapar la realidad con estadísticas. No podía escuchar cualquier chirimía porque ahí mismo quería estar bailando y cantando, muchos se acordarán de aquella canción himno de Mujeres Aventureras que tatareaba tanto: “a volar mujeres, sigamos volando”. Le gustaban las bufandas, cosas doradas, colores vivos. Era entusiasta y optimista “con su jardín”, como le decía a sus hijos e hijas.

Una noche recibió una llamada de su hijo Jonathan Arley Ospina Córdoba. Le dijo que estaba capturado por dos agentes de la policía y que lo iban a matar, al otro día fue encontrado muerto en el barrio La Honda. Fabricia denunció a los agentes implicados y enfatizaba lo injusto del crimen de su hijo. A pesar de las amenazas siguió investigando, dando la vida por “chota”, como le decía su hermano menor. En entrevista emitida el 21 de agosto de 2010 en el programa 'En Caliente' del canal Cosmovisión, manifestó: “el pago de recompensa o caso de falsos positivos fue lo que vivió mi hijo”.

Tres días antes que la ley de víctimas y restitución de tierras promulgara restitución y retorno, y dizque garantías de no repetición, con visita incluida del Secretario General de Naciones Unidas-, se repite la historia. El 7 de junio de 2011 fue asesinada aquella mujer esplendida, alterada con su verdugo y tierna con su jardín.

El comandante brigadier de la policía metropolitana Yesid Vásquez casi la culpó de su muerte por negarse a un “estudio de riesgo”. Pero ella dudaba y desconfiaba de la clase de protección del verdugo, ella no buscaba protección de parte de la policía, la veía lejana y por las políticas de gobierno se disminuían precisamente las medidas de protección. Tras su entierro algunas amigas quedaron en desplazamiento intraurbano. La parte de su jardín sobreviviente –dos hijas y un hijo– se exilió y en el 2014, después de volver del exilio, asesinaron a Carlos Arturo cerca del taller donde trabajaba en el centro de la ciudad de Medellín.

Su legado sigue en muchos espacios de formación, protesta, murales y homenajes, entre los cuales es relevante mencionar "Memoria de fuego encendida en el corazón de la lucha", en el barrio La Cruz; Carnaval por la Vida digna y defensa del territorio que se llevó a cabo en el 2013 desde la comuna 3 a la 8 en Medellín; Acción “Movida, vientos y carteles” en Bogotá, 2012; la canción La negra Ana Fabricia un punk hard core acelerado, que la recuerda “aventurera con palabras de fuego al barrio dando aliento”; el Observatorio de Ciudad Ana Fabricia Córdoba, un espacio de investigación social y comunitario sobre diferentes causas y consecuencias de los modelos de ciudad impuestos en Medellín; Proceso de formación en comunicación Ana Fabricia Córdoba ––inspirado en valores de alegría, dignidad y solidaridad–; Cátedra Popular del Decenio Afrodescendiente Ana Fabricia Córdoba. Además se creó el Consejo comunitario Ana Fabricia Córdoba en el Sur de Córdoba, con proyectos productivos comunitarios jalonado por mujeres y que hace parte del impulso a consejos comunitarios que buscan acceder a tierras colectivas donde cultivar. La recordaremos como una de las tantas personas que no se resignaron a vivir lejos de sus territorios, que lucharon y siguen luchando por la restitución de sus tierras arrebatadas.

Hace poco sembramos en Medellín a la amiga Beatriz Cano, comunicadora de la emisora indígena Radio Payumat que murió tras un ataque con fusil de un grupo armado, mientras un carro con compañeros comuneros era abordado por un retén de la policía en Santander de Quilichao, Cauca. En dicho ataque quedó herida su pequeña hija y murieron otros comuneros y dos policías. El 8 de junio, en el Parque Bicentenario de Medellín se reunieron mujeres de varias organizaciones sociales para homenajear a Beatriz y Ana Fabricia, que desafortunadamente comparten la fecha de muerte con diez años de distancia, pero las une su ejemplo de mujeres fuertes y sin miedo, lo apasionadas, persistentes y entregadas a la búsqueda de la verdad y de una vida mejor para sus hijas y comunidades. Sus historias seguirán aportando, dando fuerza. Nos impulsan, sus propuestas permanecerán. Sin duda a Beatriz, así como a Ana, siempre la recordaremos por la vida que compartió en ese devenir.

“Yo con enloquecerme o ponerme a llorar en una esquina no hago nada. Eso me calienta más el corazón y me da más fortaleza, para seguir luchando y hablar en estos escenarios. A nosotros nos ha faltado un poquitico de valentía, no con fusiles, sino que si me llevaran a mí a la cárcel o me desaparecen, ahí están mis compañeros. No les de miedo porque yo esté sentada en una cárcel, yo desde allá les mando la fortaleza, y ustedes desde acá me la dan (…) De mí hay mucho que aprender, así como yo aprendo de ustedes, porque una sola cabeza no es suficiente. Nosotros tenemos que unificarnos en todo, trabajar de la mano, unirnos”. Esa fue la intervención de Ana Fabricia en el taller “línea del tiempo”, realizado en el auditorio de la Universidad de Antioquia en el 2010.

 

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