Primero nos desplazó la guerra y ahora el hambre

El corregimiento de Coscuez está ubicado en el occidente del departamento de Boyacá y pertenece al municipio de San Pablo de Borbur. Es una zona de explotación de esmeraldas y ha vivido una serie de cambios sociales, políticos y económicos que se han convertido en el dolor de cabeza de algunos habitantes del sector.


Coscuez participó en la llamada “Guerra del occidente de Boyacá”, precisamente por el poder en la extracción y comercialización de la gema preciada. Esa violencia dejó una serie de desórdenes sociales que, aunque ya hacen parte de la historia, aún algunos coterráneos recuerdan con dolor y tristeza. Uno de esos acontecimientos fue el desplazamiento forzado por el conflicto de aquella época. Hoy ese desplazamiento, dicen ellos, lo están volviendo a experimentar, ya no por culpa de las armas, sino por el hambre y la miseria que se vive en una de las zonas más ricas del departamento.

Hace exactamente 5 años, a finales del 2015, ingresó a la zona una multinacional que con documento en mano informó a los habitantes de la “adquisición de un título de arrendamiento por un lapso de 30 años aproximadamente” del predio donde se extrae la gema. Luego comenzó su proceso de “encerrar” el terreno y las “bocaminas”, convirtiendo la producción en propiedad de la empresa. En el momento que incursionó en la zona, hicieron una serie de promesas de desarrollo socio-económico que beneficiarían a miles de habitantes y que generaría una estabilidad de vida para todas aquellas familias de los mineros ancestrales. Promesas que según los conciudadanos no se han cumplido, al contrario se viene gestando un ambiente de pobreza y miseria extrema.

Al inicio las relaciones entre la organización y los mineros ancestrales fueron buenas, pues se visualizaba un cambio que transformaría de fondo otras problemáticas de la comunidad. Ahora bien, ¿quiénes son los mineros ancestrales? Son aquellos hombres y mujeres que por años han trabajado en la extracción de la esmeralda. Se hacen llamar “ancestrales” porque manifiestan que han heredado de sus bisabuelos, abuelos y padres el oficio de la minería. Algunos narran que en medio de sus trabajos han encontrado algunas bocaminas elaboradas por los indígenas, por ello afirman que el oficio se viene realizando hace más de 200 años. Siendo ellos mismos los que con el sudor de su frente, maseta, cincel, lámparas de carburo, martillos y carretillas de madera crearon los frentes de trabajo (bocaminas o túneles) de manera artesanal. Son años dedicados a “romper” la montaña donde se esconde la esmeralda. “Esto es de nosotros. Nosotros lo elaboramos, nosotros invertimos tiempo, dinero y salud para poder trabajar y subsistir en la zona. No nos pueden sacar”, dicen ellos.

¿Cuál es la problemática que afrontan actualmente? Don Maximiliano Barbosa, minero ancestral y vocero de diferentes asociaciones, en medio de su sabiduría y con dolor de patria chica aclara la situación: “Nos están sacando poco a poco. Cuando llegaron sabíamos que los frentes de trabajo de mayor producción serían de ellos. Nosotros al momento les solicitamos que los demás frentes nos lo dejaran para nosotros poder trabajar y buscar el pan para nuestras familias. Pero desde hace 2 años las reglas del juego las fueron cambiando y de manera procesual fueron encerrando los frentes que nosotros tenemos para nuestra labor, con ello lo que están suscitando es un desplazamiento forzado, porque al no tener como trabajar, tampoco tenemos como comer. Ahora se viene anunciando el cierre total de otras bocaminas. De ser así, esto colapsaría en una miseria total y un posible desorden social, hasta se puede tornar violento, porque el pueblo con hambre no escucha, simplemente actúa”.

A raíz de la problemática, los mineros ancestrales y artesanales decidieron organizarse para dialogar con la multinacional y los entes gubernamentales. Fue así como nacieron varias sociedades: la Fundación mujeres con propósito por Boyacá, creada hace más de 3 años porque también sufren las inclemencias de la problemática social; la Asociación de Barequeros de Colombia; y la Asociación de agro-mineros tradicionales y ancestrales de Coscuez “Paz Verde”.

En medio del debate entre la comunidad y la multinacional se desarrollaron varias actividades de protesta social enmarcadas en el respeto, sin más otro fin que gritarle a un país que se estaban ejecutando acciones injustas. Varias Juntas de Acción Comunal se unieran a la lucha y en medio de un plantón que duró 3 días nació Alianza Verde. Una juntanza de asociaciones y juntas comunales con la cual pretendían hacerse más visibles. Alianza Verde es el grito unánime de miles de mineros ancestrales que desde décadas han vivido y subsistido de la extracción y comercialización de la esmeralda, es el lamento de miles de familias que hoy se hunden en la tristeza y la extrema pobreza: ¡Queremos que nos dejen trabajar! ¡Que respeten nuestra minería ancestral, artesanal y tradicional! ¡Estamos aguantando hambre! ¡Primero nos desplazó la violencia y ahora el hambre! ¡No nos saquen de nuestra tierrita! ¡Con nuestros trabajos queremos fortalecer la paz! ¡Nuestro propósito es hacer valer 31 años de la firma del acuerdo de paz del occidente!

Su “pelea” fue soportada sobre un eje legal. Afirman que sus reclamaciones y peticiones están basadas en la ley 685 de 2001, que expidió el código de minas, en el Titulo IV, Capítulo XVI desde los artículos 152 hasta el 158 para ser más específicos; en el Decreto 1378 del 21 de octubre de 2020, donde se les ratifica como mineros tradicionales; también en los puntos 2.1 y 5 del Acuerdo Regional de Paz del Occidente de Boyacá, el cual buscaba el desarrollo de la región salvaguardando la extracción de la esmeralda y su comercialización.

Con estas “armas” en sus manos se embarcaron a la pugna con la multinacional. Basados en el diálogo y la cordialidad, pidieron que se respetaran sus derechos, porque están llevando al pueblo al olvido, al abandono y a morir de hambre. Don Wilson Rodríguez, líder y vocero, argumenta con insistencia que “aquí en nuestra zona tenemos pobreza, miseria, malos pagos fuera de la ley, contaminación ambiental, desamparo del adulto mayor y exclusión femenina”.

El 11 de octubre, convocados por las asociaciones, aproximadamente 1.000 personas se reunieron nuevamente en el sector de Chácharo Pela´o. Esta vez, en su voz se hizo notorio el cansancio de manifestarse de manera pacífica y que no se atiendan sus peticiones. En dicha reunión, con la tenacidad que caracteriza a los esmeralderos y el total conocimiento de las leyes, el vocero y mediador Luis Galicia dijo: “Nosotros no estamos dispuestos a dar un paso atrás. Nosotros seguimos respetando nuestra paz, le vamos a dejar el legado a nuestros hijos, el legado que nos dejaron nuestros líderes, de los que hoy en día ya nos quedan pocos. Le decimos al gobierno nacional que nosotros vamos a estar aquí esperando las mesas de diálogo, pero si nos toca usar las vías de hecho y la violencia, las vamos a utilizar para defender nuestro territorio”.

Como el problema es comunitario, la multinacional también afecta a las mujeres de la zona, que históricamente han sido relegadas a oficios de “casa”, subestimando su capacidad intelectual, organizativa, comunicativa y laboral. De una u otra manera, la mujer minera ha quedado en el anonimato. Socialmente se piensa y se cree que ese oficio no es para ella, excluyendo su participación en el desarrollo socio económico de los pueblos. Por ello nace la Fundación Mujeres con propósito por Boyacá, cuyo propósito es “visibilizar la mujer invisible”, y decirle a Colombia y al mundo que allí también nacieron mujeres con aspiraciones que van más allá de los meros quehaceres tildados por una sociedad patriarcal. Yolima Cruz es una de las voceras de ésta organización, una mujer que aunque no es oriunda de Coscuez, ha vivido esa exclusión social femenina, por lo que se arriesgó a empoderar mujeres, y unirlas para cambiar dichas dinámicas impuestas. Hoy también se unen a la causa de los mineros ancestrales convencidas de que es el momento para lograr cambios significativos en la comunidad.

Su voz de liderazgo, su análisis culto y estudioso, da cuenta de su historia: “Llegué a ésta zona hace 20 años, y me di cuenta que la mujer del occidente es una mujer muy vulnerada. Presencié el maltrato de toda clase hacia la mujer. Las empresas anteriores no les daban oportunidades a las mujeres, a pesar de que fueran estudiadas o con experiencia y capacidades. Entonces les pregunté a los gerentes: ¿cómo es posible que un hombre que no tiene estudio pueda ocupar altos cargos en la empresa y nosotras las mujeres no? La respuesta siempre fue: así es la vida. Ese tipo de comentarios me retó, junto con otros compañeros, a crear la Fundación, para empoderar esa mujer que nadie mira, a esa mujer que está arriesgando su vida, que está sacando su pan necesario. Quisimos develar a la mujer ante los entes gubernamentales y otras organizaciones y gracias a Dios gracias lo hemos logrado. Quisimos también visibilizar las diferentes problemáticas que aquejan a las mujeres y que en este momento están tomando fuerza nuevamente: no hay educación para la mujer, no tenemos oportunidades laborales, no existen programas de vivienda para mujeres cabeza de hogar y además hay exclusión a la mujer del territorio. Por éstas razones nos unimos a la lucha por nuestro territorio. Como mujeres vamos a seguir aportando al cambio y transformación social de nuestro contexto. Apoyamos totalmente los objetivos de los mineros ancestrales y tradicionales, porque nosotras también somos producto de esa tradición. Aquí se criaron muchas. Muchas aportaron en la apertura de las bocaminas, muchas también comercializan la piedra preciosa, por lo tanto nosotras también somos mineras ancestrales y artesanales, y queremos trabajar. No nos vamos a ir”.

De las miles de historias que se esconden en los socavones y en las calles de barro negro de Coscuez, no es posible dejar a un lado el sentimiento de aquellos adultos mayores que hace muchos años ayudaron a construir este territorio. Don Jorge Pinilla, un hombre de canas, cuya piel deja ver el deterioro de los años, que mira el firmamento con sus ojos envueltos en tristeza, comenta que en sus años de plenitud laboral ayudó a construir varias bocaminas junto a otros mineros de manera artesanal. Don Jorge entregó su vida y su juventud a la minería con la ilusión de “engüacarse”, así es como ha logrado sobrevivir. Ese encanto verde lo llevó a los túneles desde los 8 años. Hoy, con 68, dice que valió cada instante haber socavado la montaña, porque ahora son sus hijos y sus nietos quienes desarrollan la misma tarea que él realizó hace más de 5 décadas.

Con nostalgia recuerda esos momentos de abundancia económica, pero no recuerda jamás haber tenido que vivir la injusticia que hoy está pasando Coscuez. “En el año 65, a la edad de 8 años, comenzamos a tambriar [lavar la tierra que salía de los túneles], nuestras palas eran los platos esmaltados. En ese tiempo yo no sabía para que servían las esmeraldas, solamente nos metíamos a la quebrada a sacarlas. Ya en el año 75 y 78, cuando comenzó la apertura de algunas bocaminas, yo ya sabía cuál era el valor de la piedra y nos dedicamos a la guaquería y al comercio. En ese mismo tiempo nosotros comenzamos a abrir varias de esas bocaminas, los abrimos a base de pulmón, taladro, maceta, pólvora y carros de palo que nosotros mismos fabricábamos”.

Don Jorge está a punto de presenciar como unos extraños, que no sudaron rompiendo la peña, cierran por completo esas bocaminas que él ayudó a construir. Al tiempo que corren lagrimas por su cuarteada cara, deja salir las emociones más profundas de su corazón: “Siento rabia porque yo ya comí bastante, trabajé y viví. Pero hoy están mis hijos y mis nietos ¿Qué les vamos a dejar? Sin esos frentes de trabajo será una situación muy berraca. Lo que no quiero es que por eso se vaya a prender nuevamente una guerra, porque aquí vivimos una violencia cochina y sucia entre familias. Lo que queremos es que nos dejen trabajar”.

Podemos estar seguros que ésta comunidad no se rendirá, ni ahora ni en el futuro. Los mineros ancestrales de Coscuez harán valer su historia. Las mujeres empoderadas del occidente están decididas a enfrentar lo que toque. Saben que no es fácil enfrentar este tipo de intereses, que posiblemente las armas se pueden ensañar contra ellos, pero el amor por su territorio, el aprecio por su trabajo, el hambre, y la tenacidad para defender lo que es suyo, harán histórico, una vez más, a éste pueblo. Tal como lo manifiesta Vicente Ortiz, otro vocero de los mineros, “no vamos a dar un paso atrás porque sería traicionar a nuestros ancestros, sería abandonar a cientos de familias que hoy tienen hambre. No daremos un paso atrás porque nosotros construimos todo esto y por eso nos pertenece. No vamos a dar un paso atrás porque hemos aprendido a defender nuestra tierra. Lo único que nosotros queremos es trabajar y mantener la paz que tanto bien le hace a una nación”.

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