Nada hemos perdido, mucho por ganar

Culminó la primera vuelta presidencial. En el ambiente electoral estaba el sentimiento de una muy posible victoria de Gustavo Petro y Francia Márquez en primera vuelta. Tomó fuerza esa sensación gracias a una potente campaña centrada en el slogan "El Cambio en Primera", que nació del atrevimiento de Daniel Quintero, alcalde de Medellín suspendido por la procuradora uribista. Pero también estaba alimentada por el miedo evidente en cada paso dado por el bloque de poder que está en el gobierno, que de manera cínica e ilegal interfirió de todas las maneras posibles para evitar un triunfo definitivo del Pacto Histórico en las elecciones del 29 de mayo. Que Rodolfo Hernández esté en segunda vuelta es muestra de que su estrategia, hasta ahora, les funcionó.

Vale la pena valorar algunas cuestiones de lo que arrojan estos resultados, que han dejado un sabor de boca agridulce en quienes nos inclinamos por la candidatura del progresismo, sazonado a su vez por la matriz mediática de los aparatos informativos de las élites, que buscan en estas horas posteriores llenar de desesperanza a las fuerzas del cambio. Estas reflexiones, muy movidas aún por el calor de la jornada, buscan bosquejar que no hay tal derrota a la candidatura Francia-Petro, que al contrario el mayor golpe lo ha recibido lo que una buena amiga llamó el “Uribismo real” y, aunque el camino para vencer no está nada sencillo, nunca antes una opción alternativa, medianamente progresista y en la que también se han recogido las izquierdas,  ha estado tan cerca de ganar el gobierno.

Gratas y significativas victorias.

Quisiera plantear cuatro consideraciones de lo que podríamos llamar victorias obtenidas en esta contienda, señalando, claro está, que las victorias no son irreversibles:

 *Que Petro-Francia hayan obtenido la mayor votación en primera vuelta no es un tema menor. Jamás una opción alternativa había llevado la ventaja. Jamás ni siquiera nos dejaron llegar vivos y tan lejos. Claro, visto a la carrera, parece que no hay mucho por dónde crecer; las cifras no son tan simples como el millón de votos que Petro dijo que faltan, la tarea no estará sencilla, pero seguimos creciendo y eso no es de poca monta. Siempre, en materia electoral, estuvimos del lado de los derrotados. Por primera vez estamos más del lado de la victoria. Estos resultados históricos, que no nos pueden sonar a derrota, muestran también que la cultura política en Colombia está cambiando; persisten miedos y pensamientos que son estructurales en la sociedad colombiana, pero el país ya no es el mismo.

Hay aún un 45% de abstencionismo donde podemos trabajar para ganar voluntades, también hay una base votante de la "Centro Esperanza" que genuinamente han creído que su candidato representaba un cambio. Y entre la base votante de Rodolfo existe un significativo potencial Antiuribista, al que solo se debe quitarle el velo frente al espejismo de su candidato. Así que, manos a la obra.

*Que Petro y Hernández pasaran a segunda vuelta ratifica algo que se viene sintiendo en el país en los últimos años: hay un hartazgo y cansancio de la gente con respecto a los mismos y las mismas; la gente quiere algo distinto, desean cambios, esperan tener una esperanza. Los resultados, más que mostrar un miedo al cambio, muestra, a mi juicio, un deseo profundo de conseguirlo. La diferencia radica en qué tipo de cambio se apoya y se pretende.

Sin duda Petro recoge y expresa un gran sentimiento de cambio, y una posibilidad de generar condiciones para lograrlo. Con matices, la mayoría de las fuerzas políticas de las izquierdas, demócratas, progresistas y movimientos sociales, nos hemos volcado a su campaña, con la esperanza de tener allí un gobierno que dé los pasos iniciales hacia transformaciones ciertas; por ello, desde múltiples escenarios se ha considerado a este eventual gobierno como una posible transición.

Por su lado, Rodolfo Hernández, un empresario típico, amigo de la usura, acaparador, matoneador, machista, xenófobo, homófobo y prepotente, se pintó como opción de cambio, aunque de cambio no tiene nada, pues persiste en su propuesta de gobierno la profundización del modelo neoliberal y la agudización de las brechas sociales. Por lo que se puede asegurar que es en realidad continuismo, pese a que se muestra como un candidato antiestablecimiento. No es Rodolfo la tibia tercera opción que representaba Fajardo en 2018. No, Rodolfo habla duro, le dice ladrones en la cara a toda la clase política, habla sin tapujos y directo, aunque en sus actos no sea nada distinto a esa clase política que dice criticar y con la que hace acuerdos por debajo de la mesa. Aún así logró atrapar a muchos de quienes genuinamente creen que el viejito bravucón y bonachón, a veces tan parecido a esos abuelos  que casi todos tuvimos, es una ruptura con los de siempre. Ese cambio es solo espejismo. Rodolfo es la reencarnación del embrujo autoritario, más que del Uribismo, con una extraña mezcla de discurso social que logra seducir a los sectores más precarizados.

*Hay una derrota al Uribismo pero el Uribismo no está vencido. ¿Cómo es esa vaina? La gente votó por los dos ganadores movidos por un sentimiento Antiuribista. Mucha de la gente que votó por Rodolfo lo hizo convencida de que el ingeniero, (como le gusta hacerse llamar para tapar su condición de negociante) era la opción más sensata para alejarse de los dos extremos que les han vendido. Y en eso el ex alcalde de Bucaramanga supo ser sagaz. Jamás atacó a Uribe, incluso resaltó su cariño y las deudas que tiene con el expresidente, pero no tuvo reparos en llamar a Fico títere de Uribe y que era la continuidad de los mismos ladrones que llevan gobernando décadas. A diferencia de los otros candidatos, Rodolfo tampoco enfiló de manera  permanente sus palabras contra Petro, de hecho, en tres o cuatro entrevistas lo defendió y hasta dijo que votaría por él si no pasaba a segunda vuelta. Esa estrategia le sirvió para atraer los votos del Uribismo vergonzante y de mucha ciudadanía que, dispuesta a un cambio, sigue sintiéndose desconfiada e insegura con respecto a Petro. Así le quitó toda opción a Fico Gutiérrez. Con el paso a segunda de Petro y Hernández, se da un hecho que hasta hace 4 años parecía inverosímil: el Uribismo es falible y su potencia política se está agotando. Hablo del Uribismo como proyecto político concreto que encarna una forma de gobernar, de ejercer la política y de construir hegemonía en la sociedad colombiana; el Uribismo como una apuesta fascista criolla que se niega  perecer. Decir esto no significa que el autoritarismo, ni el narco-fascismo desaparezcan, pero sí que su variante uribista está llegando a su fin.

*Es también una derrota a la clase política tradicional y a la hegemonía, por lo menos simbólica, que han tenido las élites en el ejercicio de gobernar. Casi 15 millones en votos por las dos opciones son expresión de esa derrota, pero repito, más en un plano simbólico que real, pero no por ello deja de ser importante. Es derrota simbólica en tanto ambas candidaturas aparecen en el imaginario colectivo como independientes de los clanes y partidos tradicionales, como superadoras de estos, aunque en lo real, en ambas campañas se hayan camuflado viejos políticos tradicionales con sus maquinarias, los cuales  están a la espera de poder maniobrar sus intereses en el gobierno que resulte electo. La gente que votó, le dijo en su mayoría al Uribismo y a los partidos tradicionales que no los quieren más. Pero estos tienen sus mañas para colarse en la fiesta.

Las victorias se empañan.

Aunque golpeado, aunque herido de muerte, el Uribismo sigue dando muestras de su versatilidad, de su capacidad de acomodo. Hoy Rodolfo Hernández es el que dice Uribe. De eso no nos puede caber la menor duda. Pero reconocer esa realidad no nos puede conducir a ese análisis simplificador de cierto Antiuribismo, que asume que todo lo que no está con nosotros, o le es funcional al Uribismo, es por tanto uribista. Ese tipo de antiuribismo, que puede resultar muy lesivo, desconoce algo fundamental de comprender, aunque algunos fabricadores de opinión de la derecha y de algunos progresismos busquen ocultar: son los intereses de clase los que mueven el curso de los acontecimientos. Es la lucha de clases, en toda su expresión, la que marca el rumbo de la historia. Y esto no significa que se nieguen la existencia de otras opresiones, de diversos y complejos sistemas de dominación colonial, patriarcal, racista, que no se contraponen con  la condición de clase, sino que se conjugan, se entremezclan para garantizar que un puñado de personas definan el rumbo de la humanidad, de la vida, del planeta.

¿Y por qué este elemento debería ser importante para definir o no si Rodolfo es títere o comodín? Señalaría tres cosas:

*Decir que el ingeniero negociante es tan solo un títere de Uribe, o que "siempre fue la verdadera carta", como ya se lee por ahí y se viene retomando hace un par de semanas, es restarle credibilidad a nuestros argumentos en contra de este personaje, nos hace ver como conspiranoicos que en todo vemos a Uribe, alimentando de paso su condición mesiánica, invencible, omnipresente. Además, despoja a Rodolfo Hernández de toda capacidad de agencia sobre sí mismo para ser quien es.

*Es justo su capacidad de agencia lo que lo hace ser quien es: un empresario que se forjó a punta de explotación de mano de obra barata, de precarización laboral, de acaparamiento y usura (una delicia vivir 15 años cobrándole intereses a un hombrecito, dijo por ahí). Un hombre que negocia con el hambre de la gente, que cree que las mujeres son piezas de la casa y se deben a sus maridos, que su único interés en la vida es acumular capital. Un empresario devenido en mal político, que cree y defiende a ultranza el modelo neoliberal, que no es más que acumulación por desposesión, y que en su discurso anticorrupción lo que oculta es su afán de depurar esas lógicas acumulativas reduciendo el gasto público y haciendo más eficiente la administración para tal fin.

Por eso es una ficha importante para los sectores de clase dominante, no solo para el Uribismo como uno de ellos. Habría que ver si a la vertiente de la clase más tradicional, que algunos llamamos Oligarquía, les resulta más inquietante la inestabilidad política e institucional que pueda derivar de un gobernante díscolo como parece ser Hernández, o si por el contrario, tiene más importancia la prevalencia de sus intereses, que son de clase, y han de estar intactos y asegurados en caso del triunfo del viejo cacheteador.

La estrategia  uribista, y  también de la Oligarquía que ha tenido el Poder real durante dos siglos, más que gobernar en cabeza propia, es evitar que una opción alternativa que abra puertas a transformaciones reales, llegue a ser gobierno.  Para ellos, esa posibilidad amenaza seriamente sus privilegios y pone en tela de juicio la estructura de clases que aquí se ha configurado. Por eso, una facción de la élite tradicional ha buscado condicionar a Petro, brindándole su "respaldo", siempre y cuando este garantice que esa estructura de clases no se va  modificar, aunque deban ceder en paliativos. En todo caso, cualquiera que no sea Petro o una figura vinculada a la izquierda, les brinda más certezas.

Un difícil camino, mucho por hacer para ganar y acumular.

Lejos del derrotismo que nos quieren imponer las empresas comunicacionales, y que asumimos sin más por tantas derrotas que hemos cosechado, hoy es imperativo llenarnos de vitalidad y optimismo militante para tejer esta victoria. No se trata tampoco de autoengañarnos y perder el sentido de realidad: históricamente hemos sido las clases populares las vencidas, siempre hemos estado en desventaja, y aunque hoy 2.5 millones de votos nos tengan por "delante", es a los de abajo a quienes nos toca ir a la ofensiva.

En ese propósito, me atrevo a plantear algunas ideas sobre los retos que nos corresponde afrontar:

*Sin deponer la potencia de la propuesta programática, es necesario aprender a comunicarnos, escucharnos desde abajo, interpretar el sentir de las mayorías despolitizadas y desorganizadas y tener un mensaje más efectista. Algo que me ha traído bastantes cuestionamientos en círculos militantes es que he sostenido que en Colombia las elecciones no se ganan con programas, con propuestas serias ni por tener mayor nivel intelectual que los contrincantes, actitud por demás que suele darse con un dejo de superioridad y prepotencia. Eso funcionará por allá en otras latitudes, pero aquí de poco sirve. Los programas son algo que nos importa y que tenemos en cuenta quienes nos movemos en expresiones organizadas social y políticamente, sobre todo en las orillas izquierdas. Para las mayorías eso pasa de agache. En Colombia se ganan las elecciones con clientela, con maquinarias, o cuando tienes la entidad escrutadora de tu lado y las condiciones están para que el fraude pase desapercibido. Cuando no, las elecciones se ganan mediáticamente y allí lo que pesan son las mentiras, los embustes, o las frases certeras y los mensajes directos sobre lo que quiere oír la gente. Eso, a las izquierdas y los sectores alternativos nos sigue costando un montón entender. A la gente no le importa que Rodolfo no tenga mucho que decir sobre pensiones, o sobre cambio climático y transición energética, o sobre educación pública, de calidad y gratuita. A la gente le cala que el tipo dice que va a enviar a la cárcel los corruptos y que le va a quitar todos los lujos a los funcionarios de gobierno; su lenguaje desparpajado "porque así habla el pueblo". Eso tiene más efecto que la firma de respaldo de cientos de intelectuales, o los premios internacionales que las nuestras puedan tener. Si no fuera así, el embrujo autoritario nunca hubiese existido y no estaría amenazando con reencarnarse.

No se trata entonces ahora  de venir nosotros y nosotras a llenar de mensajes embusteros y mentirosos la campaña, ni de bajarle nivel a las propuestas y el discurso, o de copiar la demagogia barata del contrincante por efectista que resulte. De ninguna manera. Mediante el engaño, la manipulación y las mentiras, el único camino que allanamos es el de la derrota. Esas mismas mayorías despolitizadas y desorganizadas ya se enseñaron a eso cuando proviene de los de siempre, de nosotros esperan algo distinto.

Se hace fundamental que el mensaje sea más directo y franco, menos poético y más digerible, más conectado con lo cotidiano, y con aquello que más indigna a la gente. A mí me encanta, por ejemplo, cómo habla y se expresa Francia, la profunda carga simbólica, poética y estética de sus palabras, de sus gestos, de su presencia, pero me temo que es algo que nos llega con facilidad a quienes habitamos los nichos del movimiento social, a quienes vivimos la política conscientemente. En un país en el que a las mayorías se les ha mantenido en el analfabetismo político, esa forma de hablar y ser de nosotros, muchas veces, no logra ser efectista en términos mediáticos. Hasta que la dignidad se haga costumbre tiene sin duda mayor contenido político y programático que frases como "voy a quitarles los carros blindados y los voy a vender para pagar el estudio de los chinos", que tanto repite el Trump criollo. Hay propuesta en lo primero, hay demagogia en lo segundo, lastimosamente lo segundo llega más a la emoción de la gente.

Nuestra propuesta de cambio se sustenta precisamente en superar lo que nos causa indignación, en proponer salidas a la crisis de justicia, hambre, desempleo, exclusión, inequidad. Es momento de decirlo más claro, para ellos, para los que siguen sin convencerse, no para nosotros. La prioridad debe ser las propuestas que encarna la candidatura valiente de Francia y Petro de manera más asertiva.

*La fuerza de las luchas feministas, del potente protagonismo de las mujeres en la disputa política, cobra en esta contienda un lugar de preponderancia.  Se trata ante todo de reconocer que son las mujeres como fuerza social y política del cambio, las que mayormente están cuestionando las estructuras sobre las cuales se ha sostenido la falaz democracia que tenemos. Su papel aquí no puede instrumentalizarse para ser la vanguardia de una necesaria contracampaña contra un personaje misógino, discriminador y machista, fiel representante de la cultura patriarcal. Su lugar ha de ser más significativo, como significativos son sus contribuciones a un nuevo ethos social que camina por Nuestra América. Reparar la deuda histórica, dar relevancia a su rol como artífices de una nueva sociedad y romper las profundas inequidades que el patriarcado reproduce y sostiene, esa tiene que ser una tarea de primer orden; que se evidencien también en la manera de hacer campaña durante las tres semanas que quedan, y, desde luego, que se hagan posibles al ser gobierno.

* Algunos análisis insisten en que sigue siendo la juventud la que menos vota. Una buena porción de jóvenes han encarnado los deseos de cambios en las calles durante los últimos años. Y no solo allí, sino en sus parches juveniles, de barrio, de procesos antisistema, que no necesariamente buscan ser representados o tener cabida en una institucionalidad que siempre los ha ignorado y excluido. El camino fácil es culparlos. El camino difícil es ganar su voluntad para que asuman revolucionar esa institucionalidad y ponerla al servicio de sus propias realidades.

* Y ganar esa voluntad pasa por recuperar el carácter fundacional de lo que significó en 2018 la Colombia Humana y, en un primer momento, el Pacto Histórico. Ese carácter implica el diálogo directo, y entregarle el protagonismo de la construcción política y programática a las clases populares, los movimientos sociales, los sectores que hemos estado siempre excluidos de la posibilidad de gobernar. Claro, también siguen siendo necesarias alianzas con fuerzas políticas de centro, e incluso de derecha, aunque a muchos no nos gusten ni nos den confianza, pero que habrá que entenderlas dentro de esa amalgama de cosas que es hoy el Pacto Histórico, al menos tener dos cosas claras: que es una propuesta liberal-progresista y que es sobre todo, Antiuribista. Pero esas alianzas y acercamientos no pueden relegar el lugar de los indignados, de los y las Nadies, de la gente de abajo que es la que más reclama y merece cambios. Si se siguen privilegiando acuerdos con los políticos de oficio, con las facciones de clase hoy devenidas en demócratas y moderadas, por encima de la indignación popular, se seguirán alimentando desconfianzas que de algún modo ya le han quitado o impedido más votos al proyecto que encabezan Francia y Petro.

*Un reto que también tenemos quienes habitamos las orillas más izquierdas del espectro alternativo, es comprender el carácter tanto del Pacto Histórico, como de un eventual gobierno de Petro-Francia. Y no simplemente para aceptarlo a regañadientes y convertirse en aduladores, pues solo el espíritu crítico y la labor militante desde los movimientos sociales y fuerzas políticas de izquierda pueden ser garantía para que gobiernos que pretenden cambios no tuerzan sus propósito; sino para comprender también lo que está en juego: derrotar a lo peor de las clases dominantes, asestar un golpe certero al proyecto narcofascista que encarna Uribe, además de lograr un triunfo que llena de vitalidad a las clases populares y alimenta un estado de ánimo elevado, necesario para motivar e impulsar nuevas luchas, y una posibilidad presente para transitar hacia una nueva sociedad, que en lo inmediato pueda poner freno a la guerra y trabajar en superar las causas que han alimentado y siguen alimentando el conflicto armado. Esas no son victorias menores. En un país derechizado, enseñado a vivir bajo los designios de los más ricos, romper esa lógica, por primera vez, tiene un enorme potencial que por sí solo no se mantiene, pero que hasta ahora las izquierdas, con todo nuestro que hacer, con la claridad de nuestras propuestas, con la persistencia de nuestros procesos organizativos embrionarios de Poder Popular, no hemos logrado materializar en una propuesta de País que se haga latente en el conjunto social.

Los cambios no nacen ni mueren en las urnas.

Si no se ganan las elecciones, la lucha continua. La lucha por la Vida Digna, la justicia social y la Paz no se reduce a las urnas. Los procesos de transformación social son permanentes y son, ante todo, procesos de acumulación. El estallido social del 21 de noviembre de 2019 y el levantamiento Popular del 28 de abril del 2021 no hubiesen sido posible sin todo el ciclo de ascenso de luchas sociales de la última década, sin los acuerdos de Paz por demás triturados por el gobierno actual, y sin la emergencia de  nuevos sujetos políticos que irrumpen para quedarse. Los actuales resultados electorales no serían lo que son sin estos otros acontecimientos, que componen en su conjunto un momento histórico.

La posibilidad de ser derrotados en las urnas es cierta, más allá de nuestro deseo, y más allá de hoy tener tantas condiciones dadas para ganar. Nos enfrentamos a la clase dominante más violenta y criminal que exista en el continente, la que más ha robado y manipulado elecciones bajo un sofisma de democracia. De llegar a suceder, el golpe será duro, la desazón estará aplastando nuestros ánimos. Y habrá que llorar y rabiar, la congoja es una sensación a la que también tendremos derecho, bastante nos han quitado como para nosotros negarnos el derecho a entristecer. Pero allí no hemos de quedarnos. Porque aquí hemos estado también desde hace mucho, tejiendo procesos sociales, organizando, cosechando alternativas, configurando otras formas de vivir, otras maneras de habitar y gobernar los territorios. Otras maneras de construir y tejer relaciones sociales, y cada vez con más creatividad y astucia. Todo ese acumulado, todo ese potencial, no podemos entregarlo a la desesperanza. Igual, esa construcción social debe seguir hacia adelante, acumulando y gestando cambios, con o sin gobierno. Claro, será más placentero poder contar con un gobierno, por primera vez progresista, para esa tarea, pero a falta de él, declinar nuestras luchas y sueños de Libertad, Vida Digna y Paz con Justicia Social, nunca será una opción.

Si queremos entonces que el cambio se abra a otras posibilidades, nos quedan tres semanas para ser ingeniosos, decididos, asertivos y amorosos para convencer. No tenemos nada que perder más que nuestras cadenas, en cambio sí mucho por ganar.

Share this article

Acerca del Autor

Julian Alvarán

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.