Lo que la noticia se llevó

Por Gilbert Gil

Hace casi un año el país tuvo en el entrecejo a Necoclí. Era entonces (y lo sigue siendo) un pueblo nada exorbitante del norte antioqueño, cuya punta costera es también la punta costera de la margen derecha del antiguo golfo del Darién. Fuera de su mar poco salino, o su larga historia de disputas, ninguna otra cosa suele saltar a la vista. Sin embargo, para finales del 2021 Necoclí ocupó las portadas de los medios nacionales e internacionales.

El casco urbano, recostado contra la playa, no acogía a más de doce mil habitantes a inicios del decenio. Poco después, 22.000 extranjeros se apoderaban del pueblo por las buenas. Todos migrantes de paso. Se contaban haitianos mayormente, pero también oriundos de Cuba, Camerún, Senegal, India y otras naciones de las que muchos en Necoclí solo habían oído en la televisión a las siete de la noche. Era cosa sabida para todos que al cruzar el golfo se llegaba a Chocó y, un poco más arriba, a Panamá, pero también se sabía que el Tapón del Darién no conseguía fama de feroz de la nada. Grupos de cubanos habían insistido en cruzarlo unos años antes desde Turbo, incluso habían comenzado a emprender la navegación cada vez más cerca del cabo costero, aunque en esos días era un asunto casi clandestino. La apariencia de secreto se debía a que los grupos arribaban por temporadas y no eran, de todos modos, numerosos.

Lo inimaginable sucedió y se evidenció a inicios de la pandemia, en la primera cuarentena estricta, cuando quedaron represados cerca de tres centenares de viajeros. La alcaldía los envió al coliseo municipal hasta que el tránsito se retomara y pudieran continuar su pesadilla americana. Eso fue apenas el anuncio. De a poco, con la misma lentitud y fijeza de una palmera en crecimiento, cada vez más escuadrones tomaban esa ruta y se asentaban en el lugar. Lo que al principio se trataba de contadas familias durmiendo bajo carpas en la playa, en espera de la próxima lancha, pasó a ser un pueblo casi por entero alquilado a los migrantes. A Necoclí se le pudo llamar Babel, Puerto Príncipe o con cualquier otro nombre que no fuera el suyo.

El acueducto no dio abasto, tampoco los tiquetes de la empresa de navegación, el alcantarillado, los hoteles y los hostales. El dólar, como siempre, encontró quien lo recibiera. Cinco dólares por persona la noche en una casa modesta de familia con derecho a baño, sillas y la cocina y sus enseres. La playa del muelle se había convertido en una marea de lenguas discordes como también en callejón de ventas entre ellos mismos. Todo lo que usted necesitaba para una travesía de esas donde lo menos recomendable era no imaginarse lo peor. Fue cuando los medios comenzaron a aparecer y a pagar muy bien por el cubrimiento. Se repitieron, como un antropólogo local llegó a sugerir, las extravagancias de los titulares periodísticos en los años noventa al noticiar sobre el Urabá. Lo más recomendable era no visitarnos y, por supuesto, buscaron en los archiveros las más osadas hipérboles que dispararon las alarmas en el gobierno central. El resto ustedes lo sabrán.

Ninguna nostalgia recorre las arterias de Necoclí, aunque la abundancia de esas fechas no volvió a repetirse. Se acerca agosto, septiembre, octubre o los meses de la crisis. Ahora son pocos los migrantes, aún se ven gentes negras o rostros venidos de la península del Indostán. Pero no es lo mismo que antes. Los nativos regresaron a sus casas, luego de muchas semanas en el campo, donde se refugiaban para poder alquilar. Cuando se camina las cuatro grandes calles de Necoclí se puede saludar de nuevo a gente conocida y lo que se dice en las otras mesas de los restaurantes se entiende claramente. La migración no cesó, pero no es lo que fue hace casi un año. El acueducto sigue sin funcionar de manera eficaz, aunque son otras las razones. Muchas cosas habían cambiado en la pequeña perla solitaria del Caribe. Las barberías se adaptaron a sus peinados, las discotecas a su música, los burdeles a sus gustos y la más informal de las tiendas al cambio de moneda. Necoclí nunca imaginó que tantas gentes se aventuraran a un viaje sin amparo. Los niños, nacidos en Chile, eran los traductores por lo normal. Es decir, lo impensable pasaba y pasaba en un pueblo que hacía mucho no oía de los calvarios y expediciones internacionales.

Todavía se habla de ellos, solo que a la manera de una noticia venida de lejos. Se cuentan de las lanchas volcadas por la marea, los cadáveres de niños, las violaciones, los atracos a mitad de la jungla e interminables vejámenes propios de la selva y bandoleros sin escrúpulos. Se hace ineludible recordar el evento. La bonanza migratoria representó una inyección a la economía de un municipio golpeado por la pandemia y por eso casi ninguna persona la desaprovechó. Los oficios, sin embargo, no fueron duraderos. Se veían a los comerciantes de rollos de espuma para improvisar camas, a los acomodadores en casas y hoteles, a los vendedores de fundas de plástico para salvar el pasaporte del horrísono oleaje y también a sastres que reforzaban morrales y les adicionaban caletas más tarde cruciales. Todos estos son oficios en el ocaso. El pueblo cuenta la burbuja migratoria a veces como un gozo remoto y a veces como un gozo venidero, pero lo cierto es que parece estar muy lejos de repetirse.

Casi nadie en Necoclí ha cruzado el Tapón del Darién, pero se conoce a muchos viajeros que sí se han atrevido a hacerlo. El deseo común, desde luego, es que lo hayan hecho a salvo y que esas historias oídas después solo sean un embuste pueblerino más.

 

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