A propósito de algunos criminales ilustres de los Estados Unidos

Desde cuando se estableció el Premio Nobel de la Paz, a principios del siglo anterior, no es la primera vez, y seguramente no será la última, que ese galardón se le concede a connotados funcionarios del alto gobierno de los Estados Unidos que, al mismo tiempo, se han convertido en criminales de guerra, tal y como sucedió, para mencionar los casos más emblemáticos, con los presidentes Theodoro Roosevelt (que lo ganó en 1906) y Woodrow Wilson (que lo obtuvo en 1919) y con el Secretario de Estado Henry Kissinger (que lo recibió en 1973).

 

Veamos las contribuciones a la paz de estos siniestros personajes, junto con el actual inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama, a quien le acaban de regalar ese mismo premio.

 

Theodoro Roosevelt: Presidente de Estados Unidos entre 1900 y 1909, realizó significativas contribuciones a la “paz mundial”, entre las que destacan su promoción de la doctrina del “gran garrote” (big stick) conocida por el lema “habla fuerte y lleva un gran garrote”, doctrina de la que fuimos víctimas los colombianos, pues con ella se nos arrebató a Panamá en 1903 en una secreta conspiración urdida desde Wall Street.

Desde antes de ser Presidente, ese siniestro individuo participó en forma directa en la intervención en Cuba en 1898 y luego, durante su mandato, mantuvo la ocupación a la isla hasta 1902, e impuso la Enmienda Platt (con la cual se autorizaba la invasión a Cuba por la vía constitucional cuando al gobierno de los Estados Unidos se le antojara), y la ocupó militarmente entre 1906 y 1908, luego de un conato de rebelión, tras unas fraudulentas elecciones, ganadas por el presidente de Cuba, que era un socio incondicional de los Estados Unidos.

Así mismo, Roosevelt es responsable directo del genocidio perpetrado en Filipinas, después de 1898 cuando esa colonia española se convirtió en un protectorado de los Estados Unidos. Ese genocidio costó casi un millón de muertos y se llevó a cabo asesinando a la población insurrecta que se había organizado contra las fuerzas de ocupación española y que luego se enfrentó a los invasores estadounidenses. Se calcula que por cada muerto de los Estados Unidos murieron 50 filipinos. No otra cosa podía esperarse con las “humanitarias” órdenes que impartían los jefes militares estadounidenses en Filipinas, cuyo jefe supremo era Tedy Roosevelt, como lo ejemplificaba el general Jacob Smith, cuando indicaba: "No quiero prisioneros. Os pido que matéis y queméis, y cuanto más, mejor. Quiero que matéis a todas las personas capaces de llevar armas y hostiles hacia los Estados Unidos", siendo significativo que considerara que la edad mínima del portador de armas era de diez años.

Para completar las actitudes “pacifistas” de Roosevelt es bueno recordar que fue un decidido apologista del racismo contra los indígenas y siempre justificó el exterminio de los habitantes ancestrales de lo que luego se conocerían como los Estados Unidos, al señalar, por ejemplo, que "tales conquistas ocurren seguramente cuando un pueblo superior se encuentra cara a cara con una raza débil y extraña la cual posee un codiciado premio en sus débiles manos". En el mismo sentido, son famosas sus palabras sobre la legitimación del asesinato de los aborígenes: "Yo no iría tan lejos como afirmar que el único indio bueno es el indio muerto, pero creo que nueve de cada diez ya están muertos y no me importa mucho investigar de cerca el caso del décimo." Como puede verse, eran muy “nobles” y “humanitarios” los sentimientos de tan “pacífico” personaje, tanto que le fue concedido el Premio Nobel de la Paz cuando fungía como presidente de los Estados Unidos.

Thomas Woodrow Wilson: Presidente de los Estados Unidos entre 1913 y 1921, período fatal para la historia de América Central y el Caribe, puesto que durante la gestión de este individuo se presentaron diversas agresiones y ocupaciones a nuestro continente, todas ellas con un elevado número de víctimas. Así, en 1914 y 1916 en dos ocasiones es ocupado militarmente México, la primera vez en Veracruz, cuando este puerto es bombardeado y asesinados muchos de sus habitantes, porque en un incidente aislado había sido detenido un barco de los Estados Unidos; y la segunda en 1916, cuando se organiza la persecución contra Pancho Villa por territorio azteca, luego que el líder revolucionario atacara la población de Colombus en los Estados Unidos.

En 1915, Wilson, como aliado y vocero de los banqueros, ordena la ocupación de Haití, y la masacre subsiguiente de los campesinos (los “cacos”) que enfrentan la ocupación con las armas en la mano, ocasionando la muerte a, por lo menos, unos cuarenta mil de ellos en los primeros años de la invasión. Así mismo se generaliza el uso de la tortura, las desapariciones y el bombardeo aéreo indiscriminado contra la población pobre. La ocupación de esta empobrecida isla se mantiene durante dos décadas, hasta 1933, tiempo durante el cual la administración civil y militar y todo tipo de actividades económicas fueron controladas por funcionarios designados directamente por la Presidencia de los Estados Unidos.

Al tiempo que Wilson mantiene la ocupación a Nicaragua, que se había iniciado antes de su arribo a la Casa Blanca, es responsable de la ocupación militar de República Dominicana en 1915, la cual se prolonga hasta 1924, y en la que son masacrados y torturados centenares de campesinos, entre los que se encuentran los gavilleros, como se denominaba a las fuerzas guerrilleras que resistían la ocupación. Tanto esta brutal intervención, como las de Haití y Nicaragua, abren las puertas a tenebrosas dictaduras que se prolongan durante gran parte del siglo XX en estos pobres países. Estas son algunas de las grandes contribuciones a la concordia de nuestros pueblos realizadas por este presidente, que de seguro se tuvieron en cuenta a la hora de entregarle el Premio Nobel de la Paz en 1919.

Henry Kisinger: Sin mucha discusión puede afirmarse que este personaje, que aun vive, es uno de los peores criminales de guerra de todos los tiempos, como lo demuestran algunas de sus grandes realizaciones por la “paz de los sepulcros” que impulso cuando ejerció como Consejero de Asuntos Exteriores del gobierno de Lyndon B. Jhonson y luego como Secretario de los Estados Unidos en los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford (entre 1973 y comienzos de 1977).

Es el responsable directo de la intensificación de la guerra de Vietnam y de los bombardeos criminales a Laos, Camboya y Vietnam del Norte, lo cual produjo millones de muertos, heridos, mutilados y la destrucción de los ecosistemas de estos países. Son cínicamente célebres sus acciones para prolongar la guerra del sudeste asiático después de 1968, y junto con Richard Nixon llegó a considerar el uso de la bomba atómica contra los vietnamitas.

Participó en la implementación de la Operación Cóndor, con su respaldo incondicional a las dictaduras del Cono Sur, y con especial énfasis a las de Chile y Argentina. En el primer país patrocinó y financió la desestabilización del gobierno constitucional de Salvador Allende y en 1970, cuando la Unidad Popular ganó las elecciones, manifestó que no podía permitirse que un país se volviese marxista “sólo por la irresponsabilidad de su gente”. En esa perspectiva, Kissinger coordina las acciones de la CIA y los servicios secretos de los Estados Unidos, en alianza con sectores de las clases dominantes y del Ejército de Chile, que terminarían en el golpe criminal del 11 de septiembre de 1973 y con el terror generalizado en ese país y también en la Argentina, Uruguay, Bolivia, Brasil y otros países.

De la misma forma, Kissinger es responsable directo del genocidio del pueblo de Timor Oriental, llevado a cabo por el dictador Suharto de Indonesia, que asesinó en un lapso de pocos meses, desde diciembre de 1975, a una cuarta parte de los habitantes (por lo menos unas doscientas mil personas) de esa antigua colonia portuguesa cuando se declararon independientes y se negaron a incorporarse a Indonesia. Kissinger dio asesoría y armas a este régimen criminal para que masacrara, sin recato alguno, a la población timorense durante varios años. Por todas estas loables acciones, Kissinger tenía un prontuario suficientemente amplio como para que se le entregara el Premio Nobel de la Paz en 1973, sobre todo por sus esfuerzos criminales contra los vietnamitas.

Barack Obama: Aunque este personaje no lleva ni un año en la presidencia de los Estados Unidos, ya tiene suficientes credenciales como portavoz de la “Pax Americana”, es decir, la del terror y la muerte, para ser galardonado, como en efecto lo ha sido, con el Nobel de la Paz.

Obama, como los otros presidentes que han recibido el Nobel y han sido recordados en este artículo, desde antes de posesionarse como Presidente de los Estados Unidos estaba haciendo méritos para ganarse el mencionado premio. En efecto, como presidente electo autorizó la masacre criminal que el régimen sionista de Israel realizó contra el pueblo palestino en la franja de Gaza entre diciembre de 2008 y las primeras semanas de enero de 2009. Sobre esa brutal carnicería contra gente indefensa nunca abrió la boca para decir una sola palabra de condena y rechazo, lo que en la práctica significaba su tácito respaldo a los crímenes del Estado de Israel, el cual cesó su campaña de exterminio, bautizada como “plomo fundido”, antes del 21 de enero de este año, para que no enturbiara con sangre de niños y mujeres de Palestina la pomposa ceremonia de posesión de Obama.

Desde ese instante hasta el día de hoy Obama ha refrendado sus credenciales criminales en diversos frentes que van desde Irak hasta Colombia, con lo cual continúa con las líneas centrales de la estrategia implementada por los halcones republicanos, rubricado con la ratificación del mismo Secretario de Defensa (sic) del gobierno de George Bush. Y los lineamientos son los mismos en términos fundamentales, aunque haya intentado cambiar la retórica formal. En esa dirección se han mantenido los frentes de guerra en Irak, Afganistán y se está abriendo otro nuevo en Pakistán. En esos lugares se siguen perpetrando las matanzas indiscriminadas de civiles, debiendo destacarse los bombardeos criminales que cada rato matan a decenas o centenas de personas, víctimas de los “daños colaterales” causados por el ejército ocupante. Esos no son hechos aislados sino el resultado de una estrategia de guerra de “destrucción y pavor” como forma de mantener unas guerras que no dan signos de estar siendo ganadas por el ejército de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. Al respecto es ilustrativo que el gobierno que preside el individuo al que le acaban de conceder el Premio Nobel de la Paz sea el mismo que este año ha recibido la principal asignación presupuestaria para la guerra de toda la historia de Estados Unidos, y que una de sus primeras disposiciones haya sido la de incrementar en 40 mil efectivos el número de militares estadounidenses en suelo afgano.

Para completar, el gobierno de Barack Obama está envuelto en el golpe de Estado contra el presidente legítimo de Honduras, Manuel Zelaya, como se demuestra con el hecho que los golpistas contaron con el asesoramiento de los militares estadounidenses de la base de Palmerolas y solo el respaldo disimulado del gobierno estadounidense explica que un gobierno de facto, sin ningún apoyo popular, se haya mantenido por más de tres meses.

De igual manera, Obama ha ratificado las sanciones económicas y el bloqueo contra Cuba, al tiempo que anunciaba el cierre de la cárcel de Guantanamo luego de un tiempo, pero no que iba a renunciar a ese tipo de centros de tortura en otros lugares del mundo, con lo cual han quedado abiertas las puertas para que las tropas de los Estados Unidos y sus mercenarios privados sigan torturando y violando los derechos humanos a todos aquellos que son considerados como enemigos de los Estados Unidos.

Por si hubiera dudas del “pacifismo” de Obama hacia América Latina, es bueno recordar que ha dado su apoyo al gobierno ilegal de Colombia, incluso en plena campaña electoral –al respaldar el criminal bombardeo contra el Ecuador en marzo de 2008- y ha llegado a un acuerdo secreto con el régimen corrupto de Uribe Vélez para convertir el territorio colombiano en el portaviones terrestre de los Estados Unidos con el establecimiento de siete bases militares, a las que se suman dos más en territorio panameño. Esto, simplemente, es la ratificación de una política criminal contra la población más humilde de Colombia, so pretexto de la guerra contra el terrorismo y contra las drogas, pero detrás de la cual se evidencia el control pleno del territorio colombiano, como forma de tener acceso a países vecinos, considerados como problemáticos para el imperialismo estadounidense, empezando por Venezuela.

Tales son, a grandes rasgos, los “gestos de paz” de Barack Obama que le han valido para hacerse acreedor al Premio Nobel de la Paz, designación que parece un mal chiste para todos los iraquíes, afganos, palestinos, somalíes, colombianos… que han sido víctimas de tan “pacífica” política, puesto que en Obama, como en todos los presidentes de los Estados Unidos, con independencia del color de la piel y los buenos o malos modales, el objetivo supremo es mantener el poder del Imperialismo, y para eso es indispensable recurrir al terror y a la muerte. Por todo ello, puede concluirse sin exageración que en todos aquellos casos en que el Premio Nobel de la Paz se les ha entregado a criminales de guerra reales, y no potenciales, se transforma en el Premio Nobel de la muerte.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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