Marmato: la resistencia contra las ransnacionales mineras avanza sin pausa

Ese 14 de mayo estaba bajo el manto de una mañana fría. Las nubes amenazaban con descargar furiosamente el agua que albergaban en su seno. La carretera Medellín-Marmato estaba en buenas condiciones, salvo unos pequeños derrumbamientos de piedras y lodo que se encontraban después de cruzar el municipio de La Pintada. Ese frío y esa soledad a las seis de la mañana se confabulaban para avanzar con más presteza, hasta que se supo de la vuelta ciclística, la cual nos hizo detener y esperar pacientemente a que ella pasara por nuestro lado. Por fortuna, habilitaron la vía antes de que esa masa informe de ciclistas se convirtiera en un obstáculo más.

Después de asustarnos el río Cauca con su cara de pocos amigos al bajar con una frenética y turbulenta estampida de agua debido a los diluvios interminables de estos días, llegamos a las ocho y media de la mañana al restaurante Valencia, tres kilómetros más adelante de la entrada a Marmato. Allí se encontraba ese ejército de hombres, mujeres y niños con cara expectante; la policía a su costado y ni asomos del tétrico ESMAD. La gente estaba tranquila, como esperando la orden de partida para cumplir ese recorrido que debería llegar disciplinadamente hasta el casco urbano de Marmato, enclavado en las laderas del cerro El Burro, tal como si le hubieran sembrado sus casas con la fuerza de un cañón. Se veían en esa caravana decenas de indígenas guambianos que en un recorrido relámpago habían llegado desde el Cauca, en un largo viaje de doce horas. También hablaban en una actitud festiva hombres y mujeres pertenecientes al cabildo mayor de Ríosucio.

La marcha tenía la connotación de un carnaval en donde confluían cantos, bailes y ruidos de trompetas. No había asomo de disgustos con nadie, como si todos nos hubiésemos puesto de acuerdo para protestar por algo que el pueblo conociera y la fuerza pública aceptara. Había una cierta confraternidad con quien marchara, así perteneciera a la esquina tenebrosa de la defensa de los intereses foráneos. Banderas de sindicatos pululaban, de las mujeres cabeza de familia, de estudiantes, de mineros en proceso de desaparición por la estrategia gubernamental. Por todas partes se sentía ese halo de pueblo solidario; pero, bueno es decirlo, casi toda esa presencia correspondía al departamento de Caldas. Antioquia y otros departamentos brillaban por su ausencia; disculpaba en parte lo anterior la presencia de varios senadores del Polo Democrático.

Empezamos a recorrer esa distancia hasta la entrada al pueblo en medio de consignas que reivindicaban el derecho al trabajo, el valor de la vida más que el oro, la soberanía nacional, la fortaleza popular y la debilidad estatal; la imbecilidad de entregar al capital extranjero la riqueza nacional, la conservación de la tradición y herencia cultural de más de 500 años, la preservación de la minería pequeña y artesanal; en fin, la urgencia de que el Estado capacitara a los mineros artesanales más bien que expropiarles su fuente de trabajo.

Cayeron unas cuantas gotas de lluvia como para refrescar esa marcha tan colorida, en donde los indígenas brillaban por su estricto orden, controlado por su guardia con los bastones de mando. Sus mujeres y sus niños marchaban en completo compás con las consignas y las banderas que traían consigo. El cansancio de las criaturitas era evidente; sin embargo, ni un quejido ni un llanto ni una pataleta de parte de ellas, como si todos hubieran llegado a un tácito acuerdo de buen comportamiento y estricta solidaridad para con los hermanos indígenas que representan el 17% de la población minera de Marmato.

"Medoro no lo intente, Marmato no se vende"
La resistencia contra la multinacional Medoro Resources que se fusionó con Colombian Goldfields, -en donde actúan impúdicamente personajes de los gobiernos sucesivos de Uribe, como Hernán Martínez, exministro de minas y energía, y María Consuelo Araujo, ex canciller, entre otros altos ejecutivos-, casi se podría decir metafóricamente que se inició muchos años atrás. Fue a partir de la década de los ochentas que el capital extranjerizante e internacional puso sus ojos en esas 10 millones de onzas troy de oro que se presume subyacen en la orografía marmateña. Ahora, en el gobierno de Santos, con la locomotora minera que pretende primarizar la economía devolviéndonos en el tiempo a la época en donde sólo éramos proveedores de materias primas sin valor agregado ninguno, las cosas empiezan a calentarse en detrimento del pueblo minero.

Y no podía faltar la mano de papá gobierno en esta intentona antipopular, quien, de la mano de inescrupulosos burócratas de la renovada Corpocaldas, le dijo al mundo que Marmato estaba adportas de venirse abajo, pues su tierra estaba falseada por la explotación inmisericorde que la pequeña minería ha hecho de la montaña, que por ello el pueblo debería abandonar las alturas ricas en el mineral y venirse al Llano. Ya en 2009, la misma Corpocaldas, con otra administración a bordo, había declarado lo contrario, con lo que queda al descubierto la oscura intención de este régimen.

"Santos y Uribe la misma mierda son, lo privatizan todo y venden la nación"
El ánimo privatizador se aplica en nuestro país sin descanso y con una mentalidad tan depredadora que cualquier cosa que nos imaginemos es pequeña. No sólo está comprometida la capa vegetal del 40% del territorio nacional para proyectos mineros, sino que estamos amenazados desde distintos ángulos con la puesta en venta de toda la nación. Y los megaproyectos simplemente esperan la orden de partida para empezar la invasión de todas las esferas económicas: el agua, los servicios públicos, las selvas y su riqueza maderera, la biodiversidad y la patentización de ella, los alimentos, las telecomunicaciones, la energía y todo lo concerniente a los sectores estratégicos de un país y que tienen íntima relación con la soberanía nacional.

Se presume que cerca de 2.500 mineros con sus familias viven de esa explotación artesanal en Marmato, lo que seguro afecta no sólo su salud sino también el medio ambiente con el derrame no intencional de esos venenos químicos tan necesarios para separar el oro de la piedra que lo contiene. Ellos marchaban y coreaban al unísono las consignas de la marcha de más de 4.000 asistentes: "esto no es un espectáculo, estamos denunciando la destrucción de Marmato".

"Y no queremos y no nos da la gana ser una colonia norteamericana"
La lucha por impedir la expoliación, el despojo, el asalto a la riqueza colectiva, pasa por esa necesaria acumulación de fuerzas que da el éxito en el combate diario. Santurbán fue una apuesta también de la multinacional canadiense Greystar, que pretendió hacerse al páramo para extraer oro y plata, minerales que están bien cotizados en el mercado internacional, en contravía del agua y del bosque nativos, en contravía de las necesidades de la población santandereana. Allá se ganó un primer round, pero la multinacional lo que hizo maliciosamente fue retirar de la mesa el proyecto, y amenaza con volverlo a presentar con una cara más ambientalista.

Sin embargo, así sea esa primera batalla un logro temporal para el movimiento de masas, vimos como el pueblo en asocio con la comunidad ambientalista y científica, si se propone, puede alcanzar el triunfo definitivo. En Marmato esa explotación de quinientos años pretende ser arrebatada por el capital foráneo, tan cercano al corazón del régimen de Uribe III, de la pretendida locomotora que si la dejamos avanzar, se transmutaría en una aplanadora.

Los gobiernos anteriores, fieles representantes del capital nacional e internacional, han entregado parte de la explotación. La Compañía Minera de Caldas, por ejemplo, constituida con capital privado de origen canadiense, ha accedido, desde hace varios años, a la explotación de parte de la beta con base en el concepto de mediana minería; sus técnicos son de otras regiones. Ahora aparece la Medoro Resources, que viene hasta por el último terrón de riqueza, ofreciendo a la vez trabajo para mucho tiempo, pero olvidando que la montaña, como buena madre, ha provisto empleo por más de quinientos años a quienes han querido vivir de ella.

Cumpliendo el frío papel de multinacional  a la que sólo le importa el beneficio de sus accionistas, la Medoro Resources ha emprendido labores de disociación entre los pobladores, que son casi todos mineros. Ahora cuenta con cerca de 300 mineros en su nómina, y esa tarea estratégica de arrebatar lenta y paulatinamente mano de obra del pueblo busca romper la necesaria unidad de éste para evitar que la resistencia a largo plazo sea exitosa.


“Nuestras instituciones educativas tienen la media técnica en minería, agricultura y actividades pecuarias. Los profesores con su conocimiento se han integrado a la visión que tenemos todos los habitantes, negros, indios y mestizos, de continuar extrayendo esta riqueza -de la cual se dice que hasta El Libertador la conoció y la puso como garantía para los primeros empréstitos de Inglaterra-, de continuar hasta el fin de las generaciones posibles con nuestra labor, la cual puede y debe ser mejorada, para bien de todos, de parte de ese mismo Estado que ahora pretende convertirnos en otros esclavos asalariados más", cuenta con cierta sorna Daniel, un minero marmateño tras el acalorado trajín de ese día.

Marmato - fundada en el año 1540-, cuya palabra se deriva de marmaja, piedra que contiene oro, es un bastión maltratado por todas las administraciones gubernamentales de orden municipal, departamental y nacional. "No conozco al gobernador, pues no vivo pendiente de los políticos de este país, a los cuales les importa sólo el voto. Tampoco hemos sido citados a un cabildo abierto en el municipio, a pesar de que el alcalde, Uriel Ortiz Castro, es y ha sido uno de los nuestros, un minero de toda la vida", insiste con  desconcierto mi interlocutor.

"Con un pueblo que camina pa'delante y un gobierno que camina para atrás"
Son 2.500 hombres de las minas, con sus familias, sus tristezas a bordo, sus vías afectadas - de acuerdo al Ministerio de minas y energía, la vía se ha pavimentado hasta tres veces-. A ese abandono estatal le llaman carretera, a esos abismos insondables le llaman desde Bogotá vía con buen mantenimiento. Nada más falso. Al caminar y mirar hacia abajo, el vértigo invita al despeñadero, y en carro es más espeluznante el camino, pues desde la silla uno se entera que su salvación o condenación depende de la habilidad del conductor. "En esta Semana Santa debieron rezar mucho en el gobierno y en la Medoro para que hubiera un desbarrancamiento de tierra y sepultara a todo el pueblo. Pero le digo, en todo el país han ocurrido tragedias y acá no sucede nada, ¿y sabe por qué? Porque la tierra es firme, porque nada de lo que dice el gobierno es cierto", se responde asimismo Daniel, con un cierto aire de tristeza.

Los piensan desplazar para la vereda El Llano, zona que queda en la parte inferior de la montaña, para desde allí empezar a hacer una "nueva vida" en casas muy pequeñas. Quieren que ese dicho del "pesebre de oro" con que se ha identificado tradicionalmente al pueblo, pase a ser el pesebre habitacional. Casas enanas, sin asomo de comodidades suficientes y necesarias para un pueblo acostumbrado a la libertad de movimiento, de pensamiento y acción.

Daniel se queja de que las universidades sólo envían personal para hacer prácticas técnicas, pero en esta hora de solidaridades no aparecen ni por equivocación. Las universidades colombianas, salvo la Universidad de Caldas, ni se asoman a este conflicto, pero sí ayudan a hacer estudios catastrales a Min-minas y demás; nunca se han acercado a estas comunidades para mejorar la explotación del oro en el orden ambiental o técnico, o para organizar la resistencia a esa patibularia multinacional. "La voz del pueblo tiene la última palabra", dice después de un buen rato de hablar del futuro que nos espera con la lucha que se despierta en Latinoamérica y en particular en nuestro país contra las multinacionales de la minería. "Si nos unimos es imposible que no triunfemos. Pero si nos quedamos hablando y protestando solos, nos arrebatarán la esperanza y nos derrotarán".

Modificado por última vez el 16/06/2012

Share this article

Acerca del Autor

Alvaro Lopera

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.