Sobre Luxemburg y la polifonía de la política

En tiempos en los que se reniega de las tradiciones, y más aún de las tradiciones ideológicas, resulta central para los sectores populares, revisar con disciplina, pero también con respeto y afecto, algunos aportes que deberían orientar debates actuales en las luchas populares, anticapitalistas y de emancipación. No sólo por la urgencia de sistematicidad y rigurosidad en los análisis de coyuntura y en la construcción de estrategias de disputa política, sino por la necesidad misma de recuperar la tradición y el debate del pensamiento marxista, y de combinar el activismo político con la reflexión ideológica y cultural. En este sentido, Rosa Luxemburg es uno de los nombres que sobresale en una no tan larga lista de pensadores y pensadoras que han aportado en la construcción de un pensamiento socialista.

El ideal de socialismo de Rosa Luxemburg hoy más que nunca se erige como alternativa a la homogenización y tecnocratización de la cultura y del conocimiento sobre la realidad social que hegemoniza el pensamiento contemporáneo.

Desde el análisis de las condiciones históricas y materiales concretas, y con la firme convicción humanista de la democracia como forma de relación social y no sólo como sistema político, Luxemburg ha pasado a la historia como una mujer marxista, judía y polaca, quien representaría una suerte de subalternidad esencial en una sociedad patriarcal, cristiana y germánica, donde sólo “ser” ella significaba una pugna. Sin embargo, dos razones han dificultado que podamos encontrar en Luxemburg un referente ideológico y político para los movimientos populares: por una parte, una tradición del culto a la persona que centra la atención en la martir mujer subalterna de la izquierda polaca que murió bajo las manos del fascismo; esta mirada invisibiliza la fuerza política de sus escritos y la importancia de su militancia y de sus análisis económicos. Por otra parte, la poco discutida influencia que los partidos comunistas tuvieron a nivel mundial respecto de alternativas ideológicas no “ortodoxas” del marxismo, desdibujando, ocultando y menospreciando debates político-organizativos y económicos, como los propuestos por Luxemburg.

Por supuesto, el debate continúa abierto, y en una época donde urgen escenarios de discusión al interior del movimiento popular y de reflexión sobre nuestros propios “rituales” ideológicos y organizativos, la oportunidad de decir algo sobre Luxemburg cobra enorme valor. En este sentido, propongo tres puntos heredados del pensamiento de Luxemburg que considero centrales al interior de las organizaciones sociales y de los círculos intelectuales que giran alrededor de las propuestas emancipatorias y revolucionarias.

El primer punto está relacionado con la posibilidad de comprender que la lucha política es una herramienta necesaria para la transformación de la sociedad; una lucha entendida como una disputa de ideas y de fuerzas políticas, que requiere una confrontación directa entre actores con intereses opuestos. Este punto es central en tanto nos plantea la reflexión de la confrontación con el Estado y con los sectores hegemónicos y dominantes, no como una confrontación visceral, sino como parte necesaria del fortalecimiento de las organizaciones populares y la posibilidad racional de construir articulaciones y procesos de unidad en torno a intereses comunes. Resulta fundamental cuestionar cómo algunas posturas moralistas han llevado a confundir la lucha y la confrontación política con ataques personales o instigaciones verbales o emocionales, que desafortunadamente terminan en rompimientos al interior del movimiento social.

El segundo punto que quisiera anotar, está relacionado con el debate en torno a la “democracia”, no cómo el apellido que ha adoptado la izquierda en Colombia para invisibilizar el debate sobre la lucha armada, o como el concepto que define al sistema político electoral, sino como una postura ética, racional y política de relación con el otro. Esta concepción de la democracia que está directamente relacionada con la necesidad de la confrontación con el Estado y con los grupos de poder hegemónico, denota una postura humanista en la configuración de sujetos políticos y de sujetos históricos.

La anulación de la voz del “otro” o la estigmatización (de cualquier índole) de las ideas, o de las personas, acaban con la posibilidad de construir una alternativa de sociedad; en este sentido, esta postura de Luxemburg abre caminos, en su época, a los debates sobre la polifonía en la política, sobre la falsa “universalidad” de la historia, sobre la diversidad cultural, ideológica y social de las alternativas al capitalismo, en fin, a la posibilidad de construir desde la diferencia una sociedad democrática. Este debate, que sigue siendo sensible y que nos ubica no sólo en la reflexión ideológica sino también ética, es herencia de una Rosa Luxemburg profundamente consciente de la hiper-racionalización y de la alienación de las relaciones sociales en la esfera de la disputa política. A diferencia de lo que muchos detractores opinan, no es una postura emotiva o “simplemente” ética, sino profundamente humanista y consecuente con la transformación de las relaciones sociales.

Finalmente, el tercer punto que quisiera enunciar sobre el pensamiento de Luxemburg, está relacionado con la lectura materialista de la realidad. Es lamentable que carezcamos cada vez más de análisis económico-políticos de las coyunturas locales, y del sistema capitalista en su conjunto; Luxemburg basaba sus reflexiones políticas en un juicioso estudio de las relaciones de producción y en las relaciones entre clases (cómo una categoría de análisis socio-económico), y esto reforzaba la convicción de que es la fuerza de las ideas políticas y de los argumentos la que podía definir la fuerza en la contienda política; por supuesto, hoy podemos sumarle a esta premisa la idea de que la pedagogía y la construcción conjunta de conocimientos fortalecería aún más los procesos de empoderamiento y de construcción de alternativa de poder. Esto por supuesto no es más que un llamado a retomar, por una parte, la disciplina de la reflexión y la sistematización del conocimiento para compartir (y fortalecer) con el movimiento popular, y, por otra parte, la radicalización de la disputa política democrática con argumentos y con la fuerza de la unidad organizativa.
Termino este breve aporte celebrando la posibilidad de abrir, mantener y alimentar los debates entre aquellos que soñamos con la transformación de la realidad social. Vale la pena aclarar que por una mejor realidad social.

Modificado por última vez el 16/06/2012

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