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Se veía venir en el mundo entero una tendencia ultraderechista y autoritaria. En algunos casos fascista como en los países ricos de Europa (Francia, Inglaterra, Suecia, Italia, Alemania), y en otros como Grecia y Austria, en donde los “fachos” ya tienen representación parlamentaria. El discurso fascista caracterizado por una retórica anticomunista, militarista, y nacionalista, ganó terreno y sus prácticas recorren ahora otras latitudes. Sus seguidores agreden a las mujeres, a expresiones LGTBI, a los negros e indígenas y a los pobres. Aunque la propuesta beneficia a las clases elitistas, viene siendo avalada por las propias capas sociales deprimidas y empobrecidas que sufren su imposición.

Su propuesta económica varía según la necesidad. Defender la producción nacional para crear empleo, o lanzarse a las fauces del mercado neoliberal, con el mismo fin, según ellos; también puede ser combinar la una y la otra, de todas formas, siempre con gran sacrificio de las clases populares, los derechos sociales y el patrimonio público. Hoy en día son varios los ejemplos de países donde se llegó a la presidencia con discursos insultantes, indignos, violentos, degradantes de la condición humana, y con los medios masivos como vehículo de estos discursos.  

Y, aunque los politólogos y analistas piden mesura en la calificación de “fascistas” que se le hace a estas expresiones políticas e ideológicas, lo que sí es cierto es que las tendencias mundiales antidemocráticas, autoritarias, racistas y abiertamente defensoras de los poderosos se vienen imponiendo en el mundo, con el auspicio de los grupos de poder y su máquina mediática.

En América, el multimillonario Donald Trump, con el eslogan “¡Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo!”, se alzó con la presidencia utilizando una retórica racista en la que ensalzaba la raza blanca y menospreciaba inmigrantes y negros; además validando la guerra contra el comunismo y la intervención en los países que considere como enemigos de los Estados Unidos.

Se notó su mano intervencionista en el golpe de Estado contra Dilma Rousseff, y la detención del expresidente Lula, basados en escándalos mediáticos de corrupción; en los desórdenes, atentados y ataques permanentes contra Venezuela y su presidente, y en el inesperado giro de postura política del presidente de Ecuador Lenin Moreno. Hoy América Latina vive un giro a la derecha. Con la llegada a la presidencia de Iván Duque en Colombia y de Jair Bolsonaro en Brasil se fortaleció un bloque al que se suma Argentina, Chile y Perú.  Las principales economías de Latinoamérica están al servicio del imperio y con una aparente fuerza popular.

Este 28 de octubre las propuestas sociales y transformadoras de América Latina sufrieron una nueva derrota. La victoria de las ideas fascistas encarnadas en el nuevo presidente de Brasil Jair Bolsonaro son una bofetada más en los rostros pálidos de los pobres del continente, y una afrenta contra las luchas de los pueblos por retornar al humanismo, la democracia y la justicia social. La de Bolsonaro fue una campaña calcada de Donal Trump, sus asesores fueron los mismos; ganó a pesar de insultar a las mujeres y a los negros, y prometerle plomo al partido de los trabajadores.


Lo de Colombia es diferente en la forma más no en el fondo. Los que dominan este país desde hace más de 200 años han fortalecido en todo el mundo la idea de que Colombia es la democracia más antigua y sólida de América, por eso, aunque a la presidencia han llegado dictadores, bandidos, criminales y analfabetas políticos de toda clase, su estrategia sigue siendo la del engaño, la de prometer y jurar que se va a luchar contra la pobreza. El gobierno de Duque se enmarca en ese modelo: la renovación de las costumbres políticas, la lucha contra la corrupción, la generación de empleo, la guerra contra la inseguridad y el narcotráfico, y un largo etcétera acompañado de banderas conservadoras y moralistas como la cadena perpetua contra los violadores de niños, la prohibición de la dosis personal y el aborto, que son las delicias de la incauta clase popular.

Duque no necesita insultar, para eso cuenta con el apoyo de su partido, el Centro Democrático. Y sus extravagantes figuras como Macías, Cabal, Paloma, Rangel, José Obdulio, y el ministro Carrasquilla; ellos dicen lo que al jefe de Estado le está vedado. Ellos y ellas, sin asco, le informan al pueblo cómo es que lo van a joder. El de Duque es un gobierno de dos caras, una democrática que posa ante el mundo, y la otra autoritaria y hasta fascista que le habla claro a la Nación, y logra como en Brasil, Estados Unidos o Italia que la gente pobre lo ovacione.

No han pasado tres meses desde que el desconocido Iván Duque ganara en cuerpo ajeno la presidencia de la república, y ya nos enseñó de qué está hecho su gobierno. Como dice el refrán popular en el desayuno se sabe cómo va a estar la cena.

Su primera grosería contra los que creyeron en la renovación prometida se dio con los nombramientos en diferentes carteras, cargos y embajadas: Carrasquilla de Hacienda, Ordoñez a la OEA, Nancy Patricia Gutiérrez como ministra del Interior, Angelino Garzón a Costa Rica, entre otros. Luego sus magistrados de pacotilla del Consejo Nacional Electoral le negaron la personaría jurídica a la Colombia Humana, poniéndole zancadilla a las aspiraciones democráticas de la primera fuerza política del país; después vino la Consulta Anticorrupción en donde las dos caras del partido de gobierno y sus secuaces jugaron a las mil maravillas, los unos llamando a no apoyar la Consulta y el otro tibiamente impulsándola.

La cosa no terminó allí. Inesperadamente en el Congreso de la República se puso a consideración la prórroga de los períodos de mandatos de alcaldes y gobernadores, o sea el segundo golpe a las aspiraciones de la oposición de la Colombia Humana que disputó la presidencia con Duque. También, la penúltima semana de octubre el país recibió sin mayores aspavientos de los medios masivos el golpe mortal contra la aspiración de Gustavo Petro como presidente en 2022, con un fallo de la Corte Constitucional que lo deja muerto políticamente de por vida si no cancela una suma impagable, impuesta como multa por el contralor de Bogotá hoy procesado por corrupto. Esa misma Corte Constitucional, que venía fallando en favor de las consultas populares y los derechos de la naturaleza le asestó un golpe a la democracia fallando en contra de la jurisprudencia que ellos mismos, los jueces y otras instancias, venían apoyando.

En Colombia no hay una dictadura, ni un gobierno fascista; hay una democracia que odia a los pobres,  mata a sus líderes a plomo y a los niños de hambre.

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