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Un  día de abril Digna caminaba por el sector entre la canalización de la quebrada La Iguaná y la Universidad Nacional en Medellín, al costado del cerro El Volador. Sus recuerdos vinculados a este barrio de infancia fueron la fuente de su emoción cuando, pasando el puente de la 65, vio un espacio banqueado entre las casas que ya comenzaban a formarse por este corredor.

Con la urgencia de un lugar para vivir y criar a sus tres hijos, comenzó a preguntar  puerta a puerta por el propietario de aquel terreno que ahora parecía abandonado, a pesar de tener señas de haber sido trabajado. En su insistencia dio con una mujer que le dijo que su hija lo había banqueado pero se había ido para Cartagena, y  no vio ningún problema en cedérselo.

La construcción comenzó una vez la oscuridad fue suficiente para que Espacio Público no molestara. Eran las 2:00 de la mañana.  Digna y sus tres hijos, Juan Pablo, Anthony y Juan Esteban, acompañados por tres vecinos del sector, comenzaron la construcción en todo el borde de la canalización, una construcción de esas que se abren espacio en una estrecha ciudad como Medellín.

El clima de aquella noche no fue benévolo. Pronto la lluvia comenzó a caer, pero esto no evitó que sus vecinos siguieran levantando la casa, mientras Digna y sus hijos se resguardaban bajo un plástico. Ya agotados y con la dificultad en medio de la oscuridad, el ánimo se sobrepuso de nuevo como al inicio, cuando Diana, la vecina de al lado, iluminó con una bombilla lo suficiente para que estos tres hombres terminaran de construir la nueva casa hasta las 4:00 de la mañana. “Fue un 24 de abril, eso es algo inolvidable, uno cómo se va a olvidar de qué día hizo su casa, porque esa era mi casa, no un ranchito, es que yo soy  muy creída ¡hay que darle vida!”, recuerda Digna con su habitual manera de chancear mientras conversa.

Al fin la casa estaba lista, y esa mañana la habitó una satisfacción digna de un hogar que se hace con esfuerzo. Ahora solo faltaban algunos detalles: el piso por ejemplo había que terminarlo de aplanar, luego había que armar la cama y ubicar los pocos muebles que habían recolectado. “En principio con las tablas se veía como un ranchito, entonces volví al botadero y me encontré uno de esos tapetes de caucho que son como de carro, me encontré muchos partidos en cuadritos, y los muchachos de allá como tienen los mototaxis, y como uno maneja la energía y Dios siempre está con uno, me los  bajaron porque eso pesaba mucho. Con eso entapeté toda la casa y puse una lona que es como de carpa, ya no se veían las tablas, eran las paredes blancas, yo tenía mi casa”, cuenta  Digna Marilen Torres, de 33 años, y quien vivió los últimos cuatro en la que muchos llamaron La Comunidad Los Ranchitos, un  grupo de casitas asentadas a la orilla de la corriente de agua que aún resiste a la voraz urbanización en el occidente de la ciudad.

Desde que construyó su casa, la rutina de Digna se acomodó al barrio que habitaba. Se levantaba a las 5:00 de la mañana, a las 5:30 despachaba a Juan Pablo, su hijo mayor jugador de futbol, a las 6:30 al segundo, Anthony, quien practica taekwondo, y a las 8:00 llevaba al kínder al más pequeño y más inquieto, Juan Esteban. Luego se dedicaba a los múltiples quehaceres que implican un hogar,  al terminar con estos salía en dirección a la Plaza Minorista, a unas escasas cuadras, y allí surtía el maíz, el aceite, el azúcar y la esencia de vainilla para su negocio de arepas de chócolo.

De la boquilla de un recipiente para salsa dejaba caer un par de gotas de aceite en una  plancha que le prestaban por el Estadio. Con la experiencia conseguida hasta ahora, Digna no necesitaba de un molde para que la masa tuviera la forma ideal de una arepa. Por lo general se demoraba una hora para producirlas; una vez listas las empacaba de a cinco, y luego salía a venderlas con Anthony, a quien recogía del colegio al medio día y quien le seguía el paso por los diferentes locales cercanos a la calle Colombia, donde vendía algunos paquetes y fiaba otros. “Ojalá tuviera una microempresa” expresa Digna, quien en un buen día lograba producir 18 paquetes de arepas.

Sin embargo en el pasado, según relata, le tocó rodar. Cuando vivió en el barrio Olaya, en la comuna siete de Medellín, su hermano prestó un dinero y fue asesinado. Entonces los paramilitares del barrio le empezaron a cobrar a ella esa deuda, y la zozobra crecía igual que el último hijo dentro de su vientre. “Me daba miedo salir, me miraban y se reían”, dice. En ese momento se dedicó a vivir encerrada, con el creciente rumor de que este grupo que ejercía el control en el barrio iría tras ella por una deuda ajena. En medio de esto, y con ocho meses, nació Juan Esteban; ella recuerda que se mareaba y  le dolía la cabeza al alimentarlo. Con la preocupación por su vida y la de su hijo recién nacido, bajó de peso y llegó a ser talla seis, cuando normalmente era diez.

Un día el rumor llegó, se tenía que ir del barrio porque la iban a matar, pero ella no le prestó atención a eso, sólo  hasta que una señora  del barrio tocó su puerta e insistió en que no podía esperar. Con lágrimas en sus ojos, salió de allí apenas con un morral; adentro de este llevaba unos cepillos, los papeles, un tetero, un tarro de leche y unas pocas prendas de sus hijos; en un brazo cargaba a su pequeño y con el otro llevaba al del medio. Así comenzó a rodar.

Las tías de ella los recibieron en una casa en el barrio Belén, sin embargo allí ya vivían 11 personas y  para entonces Digna no tenía un trabajo. Aunque los primeros días todo fluyó  bien, pronto comenzaron los problemas entre tantas personas viviendo en poco espacio, así que Digna decidió mudarse de nuevo donde una amiga que le ofreció un espacio en el barrio Santa Lucía. Allí no pararon los problemas. Los conflictos entre su amiga y su esposo comenzaron a preocuparla. Durante tres meses que vivió allí le tocó ver múltiples peleas, algunas terminaron en actos de agresión y esto comenzó a afectar a su hijo Anthony, que se retraía al ver esto, “sentía que le hacía mucho daño a mis hijos”. Así llegó a dar a La Iguaná.

Al regresar a su casa de vender arepas de Chócolo, Digna le dedicaba tiempo a sus hijos. A ellos les  preguntaba por sus tareas, aunque negaban tener alguna; les ayudaba, bañaba al más pequeño y  después les preparaba la comida. A las 8:30 de la noche todos ya estaban durmiendo en su hogar. “En mi caso no hay figura paterna, entonces tengo que hacer de los dos, no todo sale siempre bien, no todo sale como uno espera, pero todo es una lucha, y con los hijos no es hasta donde uno pueda, sino hasta donde no pueda también”, afirma convencida.

El rumor de tener que partir volvió a aparecer en la vida de Digna y esta vez el miedo lo compartió con todos los vecinos de las casas autoconstruidas a un lado de la canalización. Llegó una notificación de la Alcaldía que decía que sus casas serían desalojadas,  para recuperar un espacio público que nadie reclama, pero que responde a las márgenes trazadas  en los planes de ordenamiento territorial de la ciudad. Esta vez Digna se preocupó porque además de no saber hacia dónde ir y tener que emprender una travesía forzada por la ciudad, nuevamente está esperando dar a luz.  

El desalojo, anunciado para el 28 de marzo, se llevó a cabo a pesar de la resistencia de la comunidad y la solidaridad de un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional, que a través de un campamento pretendían impedir que este grupo de alrededor de 107 personas, entre ellos la familia de Digna, fueran dejados en la calle. La noche anterior Digna acompañó la actividad hasta tarde, y ante la insistencia de los jóvenes de que fuera a descansar por su estado de embarazo, se fue a dormir a su casa, pero muy temprano, en la madrugada, el ruido con la presencia de la Policía, el  ESMAD y  los funcionarios, la despertaron. Quisieron instalar una mesa de negociación con la administración, poner una tutela para frenar el desalojo, pero ambos intentos no dieron resultados, y optaron por sacar a la carrera los pocos enseres que podían y desplazarse hasta el coliseo de la Universidad Nacional. Allí lograron la interlocución con las entidades públicas.

Ahora, su familia se encuentra fragmentada, sus hijos mayores están viviendo con unos familiares, y Digna junto su hijo menor se encuentra en una casa de un estudiante que se volvió albergue.  Restan los días de abril para que su nuevo hijo nazca; la travesía de  Digna por Medellín persiste.

En marzo, el pequeño país centroamericano aprobó una ley histórica a nivel mundial, al prohibir la minería de metales.

A pesar de las luchas constantes contra la minería en Colombia y las similitudes que tienen los dos países en su lucha por la defensa del agua y los recursos naturales, los medios de comunicación masivos no mencionaron lo ocurrido en El Salvador. El país centroamericano es el primero del mundo en prohibir la explotación minera de oro y otros minerales metálicos a nivel nacional. La decisión fue aprobada por el Congreso salvadoreño, respaldada por partidos políticos de izquierda y de derecha, y apoyada por el movimiento social y de base. También hicieron su aporte: la iglesia católica del país con su poder de persuasión, las cortes internacionales que presionaron con fallos, y la comunidad internacional y redes ambientalistas que se manifestaron solidariamente.

Con el Tratado de Libre Comercio firmado en 2004, las multinacionales entraron con fuerza al territorio de El Salvador, respaldadas por la ley y apoyadas por el gobierno y las élites del país. Su discurso se basó en la promesa de desarrollo, la creación de trabajo y el mejoramiento de infraestructura. Desde entonces las comunidades de base se han opuesto a la explotación de su territorio. Igual que en países vecinos, la lucha ha sido larga y dura: han recibido amenazas, y algunos activistas han sido asesinados. También han tenido que soportar la degradación medioambiental, la contaminación del agua, la expropiación de tierras, el despojo y el incumplimiento de las leyes internacionales por parte de las empresas multinacionales. Similar al caso de Colombia, las empresas   junto con los gobiernos que les respaldan, responden con violencia hacia las comunidades. Los hechos siguen en la impunidad.

La ley es un gran logro para proteger el agua y los recursos naturales del país, aunque se queda corta al no prohibir a la minería de carbón, sal u otras sustancias no metálicas. El Salvador ya está en una situación muy precaria en términos del agua, y la ONU lo nombra como el país número uno de los más degradados medioambiental en toda la región. Los salvadoreños han sido testigos directos de cómo la minería contamina las fuentes de agua en todo el país y del daño que están sufriendo las comunidades, principalmente las más vulnerables. El mensaje para Colombia es claro: no esperar a una situación de degradación grave para empezar a apreciar el agua, el aire, la tierra y los recursos naturales.

 

ANTECEDENTES

Un caso emblemático para el país centroamericano que unió a toda la población, fue con la empresa Pacific Rim. En 2008, esta multinacional demandó al país después que el presidente negó uno de sus proyectos.  El uso de agua para minar el oro es exorbitante. En el caso de El Salvador, una mina de oro usaba más de 10 litros al segundo, suficiente para brindar acceso del líquido a miles de personas. Como si fuera poco, el uso de químicos tóxicos mezclados al agua estaba causando daño a las tierras y a los campesinos que viven cerca de las minas. Una decisión de la corte internacional apoyó que el pueblo se juntara en contra de la multinacional: el país ganó el fallo, y con esto el movimiento social ganó respaldo de más población, incluyendo partidos tradicionales derechistas.

 

El cine, como la literatura, la pintura, el teatro y en general todas las expresiones artísticas, ha retratado el mundo en diferentes épocas y momentos históricos, utilizando formatos y técnicas que influyen en la construcción del significado, ¿qué sentido se hubiera construido si las primeras películas de Chaplin hubieran tenido sonido, o si las de la época dorada del cine mexicano hubieran tenido color? Las tecnologías y las tendencias han sido testigos de lo que han filmado (o grabado), y al mismo tiempo han contribuido a construir la imagen de la contemporaneidad.

El contenido audiovisual ha penetrado en la vida de los humanos por todos los flancos y en todos los momentos: la televisión, el celular y la computadora son medios en que constantemente aparece la imagen en movimiento, no siempre en forma de película, pero sí llevando un mensaje con significado. Los colores y las técnicas usadas por los directores de cine para provocar en el espectador sensaciones de malestar, miedo, felicidad o esperanza, son también las técnicas utilizadas en publicidad para provocar en el “espectador” sensaciones, que luego se convierten en decisiones de compra (o en decisiones de voto). Por eso aprender a ver es una necesidad cultural y cívica, hacerlo nos permite interpretar con ojo crítico las imágenes que nos muestran por todos los medios, y, para no tener que hacerlo con las propagandas de JJ Rendón para la campaña de Juan Manuel Santos, o con los comerciales del No en el plebiscito por los acuerdos de paz, están las grandes obras del cine, más saludables y casi siempre más sinceras.

Es por esa importancia que le tenemos al ver, que los próximos artículos de esta sección de Periferia servirán como un pequeño (pero intensivo) curso sobre el significado de las imágenes en movimiento, específicamente y para disfrutarlo, de las imágenes en movimiento en el cine, que son las que a nuestro juicio, presentan mayores valores estéticos y narrativos. Además es material cultural que sí provoca orgullo por la humanidad y tiene, en términos generales una difusión más universal que los comerciales de los partidos políticos locales. Cada artículo será además un texto crítico sobre la imagen con relación a nuestro territorio, identificando aquellas incidencias históricas y mundiales que han influido en prácticas y tendencias locales.

El curso tendrá tres bloques temáticos, en el primer bloque podrá leer aquello relacionado con los antecedentes, orígenes, corrientes y escuelas cinematográficas, los primeros formatos (cine mudo, blanco y negro) y géneros; pasando por la invención de la fotografía y de los diferentes proyectores (cinematógrafo, kinetoscopio, etc) utilizados en un principio para fines documentales (Hermanos Lumiere), luego con la firme intención de contar historias imaginadas (George Melies y D.W. Griffith), hasta el descubrimiento de Alice Guy Blanché, pionera del cine, quien mucho tiempo estuvo oculta e invisibilizada. También se explorarán las diferentes corrientes, las cuales muchas veces distinguieron a una generación y a un país, como la Nueva ola francesa (Nouvelle vague), el neorrealismo italiano, el expresionismo alemán, la época de oro del cine mexicano, el cinema novo brasileño y otras tendencias icónicas en la historia del séptimo arte. Por último, el nacimiento de los géneros cinematográficos, y el tipo de público que los mantuvo en la cima por cierto tiempo.

En el segundo bloque se desglosarán aquellos elementos que conforman una película: guion, fotografía, edición (montaje), puesta en escena, producción, etc. En definitiva, aquellos aspectos necesarios a la hora de construir un film y un significado, la evolución de estas fases a raíz de los avances tecnológicos y la realidad en la región respecto a las herramientas disponibles para realizar películas.

El último bloque cierra con el cine de cada continente, enfatizando en el latinoamericano y colombiano, el auge de los nuevos formatos (televisión, Internet, etc.), la encrucijada de la distribución y otros problemas relacionados con la actualidad del cine y el audiovisual; además de un recorrido por los festivales más importantes del mundo y Latinoamérica, sus enfoques y perspectivas, el uso del Internet para la distribución del audiovisual y las posibilidades de grabar hoy en día tan infinitas y limitadas a las vez.

La lectura de estos artículos debe ir acompañada de la mirada de películas, especialmente las colombianas que se exhiben en centros comerciales y salas de cine alternativas de las ciudades, o en los diferentes cineclubes, escenarios periféricos de difusión y discusión; por ello, al final de cada artículo haremos algunos comentarios sobre nuestros estrenos recomendados del próximo mes, enfatizando en aquellas películas que tienen pocas posibilidades de difusión (es decir las colombianas e independientes).

 

 

Hemos dicho en reiteradas ocasiones, a propósito de numerosas tragedias ambientales y humanas, que no  hay desastres naturales. Lo que se presentan son catástrofes que se originan por acciones humanas que se pueden indicar de manera precisa, y cuya responsabilidad esencial recae en empresas nacionales y extranjeras (madereras, mineras, forestales), grandes terratenientes y ganaderos, y diversos sectores extractivistas… En contra de cualquier evidencia, los grandes medios de desinformación (RCN, Caracol, El Tiempo…) que convierten cualquier tragedia en una mercancía que se vende y se consume, y de la que obtienen grandes beneficios, señalan que lo de Mocoa ha sido otro desastre natural, como si fuera un castigo divino o la furia imparable de una manigua incivilizada.  

No hay tal, puesto que para entender las causas que explican lo acontecido en Mocoa es necesario referirse a factores de índole local, y a la manera como los mismos se retroalimentan con factores mundiales, asociados al cambio climático. Las dos cosas están ligadas en forma directa como lo debe mostrar un análisis medianamente serio de lo acontecido.

La tragedia
Al amanecer del primero de abril de 2017 una inmensa masa de piedras, palos, lodo y escombros arrasó y afectó en forma directa a diecisiete barrios de Mocoa, dejando a su paso un saldo de más de 300 muertos, un cuarenta por ciento de ellos niños, centenares de heridos y miles de damnificados, que perdieron lo poco que tenían. Como un hecho reiterativo en este tipo de catástrofes, los afectados son siempre los más pobres entre los pobres, los eternamente vulnerables, los nadies, de los que no se sabe su existencia, ni sus dramas, pero cuyo dolor incrementado sí beneficia a los dueños de los medios de desinformación y a politiqueros del Gobierno o en campaña electoral.  

Mocoa es una ciudad de unos 60 mil habitantes, la puerta de entrada por tierra a la amazonia colombiana, que se localiza en el piedemonte de la cordillera andina. Se encuentra en medio de ríos, quebradas y corrientes de agua. Tres de ellos, el Mocoa, Mulato y Sangoyaco se salieron de su cauce y arrasaron con lo que encontraron. Fueron afectados los barrios ubicados en las laderas bajas, en zonas que previamente fueron deforestadas y en las que nunca se debió construir ningún asentamiento humano, pero hasta allí llegaron miles de colombianos huyendo de la violencia paramilitar y extractivista que ha asolado la región.

A la muerte súbita del primero de abril, que era una tragedia anunciada desde tiempo atrás, se suma otra tragedia permanente, la de la huida, ya que la mayor parte de los habitantes del municipio son desplazados por las violencias, incluyendo en ellas la generada por la explotación minera y petrolera, de la que nunca se habla. En efecto, Mocoa es un poblado grande que se ha ensanchado por la llegada de refugiados del conflicto, que vienen del resto del departamento, lo que quiere decir que un hilo invisible, pero directo, une a los muertos y heridos de la avalancha y a los muertos y heridos de la guerra en la región. Los desarraigados y expulsados de sus tierras y sitios de origen y de trabajo tuvieron que asentarse en zonas inadecuadas para ser habitadas, construir sus humildes ranchos en la ronda de los ríos, desprovistos de cualquier servicio básico.

Las causas
El Putumayo es el quinto departamento del país que más ha sido afectado por la deforestación, que alcanzó en el 2015 la cifra de 9 mil hectáreas.  Deforestar, quitar la cobertura vegetal del suelo, es una vía segura hacia el desastre, puesto que desnudar las montañas genera erosión y la tierra se torna más vulnerable a las intensas lluvias que arrastran los sedimentos. En Mocoa se deforestaron las cuencas hídricas y en ciertos barrios, como San Antonio, el que primero sintió y sufrió la avalancha, se eliminó por completo la cubierta vegetal. En sentido opuesto, el barrio El Carmen quedó en pie, debido a que en ese lugar se conservó el bosque primario, formado por la especie Chiparos, junto con cedros, cachimbos, palo negros, chontas y ceibas. Esa vegetación evitó que el desastre fuera mayor en el norte de Mocoa, ya que esos árboles absorben y retienen agua, al tiempo que sus raíces estabilizan el suelo e impiden la erosión.  

Algunos periodistas enfatizan que la erosión ha sido generada por los pobres que se arruman en tugurios insalubres en gran parte de Mocoa. Eso es la apariencia, el resultado de las acciones de supervivencia de aquellos que han sido desplazados por la violencia y no les queda otra alternativa que instalarse, a riesgo de su vida, en las rondas de los ríos. Ese señalamiento deja de lado a los grandes responsables y beneficiarios de la deforestación en el Putumayo, que son compañías petroleras, mineras y madereras. No por azar, la mitad de los puntos calientes de deforestación se encuentran en la amazonia, un territorio saqueado por empresas colombianas y extranjeras, un paraíso del extractivismo.  En los últimos 50 años, tras el descubrimiento de petróleo en la década de 1960, se inició la fiebre del oro negro en la región y luego vino la prospección minera en el departamento, incluyendo los cerros que circundan a Mocoa. Como lo denuncia la Asociación Minga: “Bloques petroleros y títulos mineros dibujan hoy el mapa del departamento por encima de ecosistemas estratégicos y culturas ancestrales, junto con los corredores viales '4G' que sirven a tales megaproyectos. Una  economía transnacional que instalan allí empresas como Vetra, Gran Tierra, Amerisur, Anglo Gold, entre otras”.

Junto a los factores locales, deforestación, explotación minera, expulsión de población, pobreza inducida que obliga a la gente a apiñarse en las rondas de los ríos y en construcciones frágiles e insalubres, debe hablarse del impacto de las transformaciones mundiales del clima. Estas son una realidad inocultable, no solo por lo acaecido en Mocoa sino al mismo tiempo en otros lugares del mundo próximos y distantes (Perú, Europa, Vietnam…). En concreto, se han modificado los patrones de precipitación mensual y anualmente, así como la frecuencia de eventos extremos (huracanes, tifones, ciclones), por lo que ahora las lluvias son más intensas en ciertos lugares, como en la amazonia. En la noche del 31 de marzo de 2017 la lluvia que cayó en Mocoa alcanzó la cifra de 600 mm, cuando anualmente se vierte un promedio de 10.000 mm, lo cual indica que en pocas horas llovió lo correspondiente a un mes.

 En pocas palabras, la combinación entre la destrucción ambiental y forestal y los altos niveles de vulnerabilidad de los más pobres, asolados por la guerra y la minería, son las principales causas de la tragedia de Mocoa. La suma de esos factores locales y mundiales conduce a pensar seriamente, para el caso colombiano, la directa relación que existe entre colonización, deforestación y modificación climática.

Los lunáticos y reaccionarios
Cuando en el 2005 se produjo el desastre de Nueva Orleans, en Luisiana (Estados Unidos), un pastor protestante llamado Tony Perkins aseguró que los desastres naturales son enviados por Dios, "son un castigo por el aborto y el matrimonio homosexual". Lo interesante del caso es que años después a ese mismo personaje se le inundó su propia casa, como castigo a su impertinente ignorancia.

Pero si por los Estados Unidos llueve en materia de estupideces, por acá, en Colombia, no escampa, puesto que el senador uribista del Centro (Anti) Democrático, Daniel Cabrales, sostuvo: “El día de ayer se registró una avalancha en Mocoa donde dan parte de más de 30 (sic) muertes, de donde según me cuentan fue provocada con dinamita explosiva depositada por las Farc”. Mentiras de este calado no extrañan en gente tan ignorante y atrevida, por la impunidad que la cobija, cuyos intereses están vinculados a los grandes terratenientes y ganaderos, los mismos que han contribuido a deforestar los suelos de este país y a producir catástrofes como la de Mocoa.

Luis Carlos Holguín nació el siete de noviembre de 1952, en Amagá Antioquia, tierra de café y minas. A los siete años se fue de la casa, pero desde mucho antes ayudaba a su mamá ya que era el mayor y porque su padre ausente, que era de familia acomodada, no respondió por los hijos.  De su infancia recuerda una época de sufrimiento y lucha al lado de su madre, quien murió en 1965 arroyada por el tren, en Puente Venecia en Antioquia, cuando él tenía 13 años. –Los vecinos me contaron que ella entró al túnel y no se percató de que el tren venía y la arroyó, la volvió pedazos. Cuando me contaron que había muerto yo estaba en Angelópolis en una finca, y unos conocidos me dieron la mala noticia. Yo no les creía, y sí, era cierto–, dice con tristeza.

En ese momento en el que su madre murió, Luis empezó a perder el vínculo con sus parientes, con su tierra y hoy dice que no tiene hermanos aunque a veces los recuerda, pero son pensamientos que no habitan su corazón y no llaman su alma. Por ejemplo hace más de diez años no sabe de su hermano Miguel Ángel Holguín, y teme que haya sido afectado por la avalancha en Mocoa.

Luis, un hombre bajito, de cabello canoso ondulado y bigote que pasa el labio inferior, pero que no llega a la barbilla, empezó a trabajar con un arriero, de él  aprendió a cuidar a los animales, a tratarlos, a sembrar la caña, a cortarla y a sacar la panela. Estuvo en las máquinas de molienda y conoció todo el proceso. Los dos hombres iban desde Angelópolis hasta Titiribí, bajaban por Amagá e iban a Armenia Mantequilla. También conoció el Tolima, allí aprendió a cocinar y a hacer la chicha de cabeza de arracacha.

El hombre de rostro redondo, frente amplia y nariz achatada, habla rápido y con seguridad sobre sus múltiples trabajos, entre esos el de ordeñador profesional, el cual desempeñó en varias fincas ubicadas entre La Ceja y Rionegro, en Antioquia. Él asegura que ha llegado a ordeñar a mano hasta 78 reses desde las cuatro de la mañana hasta las nueve. Luis Carlos fue una suerte de errante por Antioquia, y mientras inició a contarnos cómo empezó su trabajo reparando sombrillas, nos dice que las cosas que pasan en la vida son parte del proceso, y que no siempre regresar a los mismos sitios y con la misma gente es una buena opción.

Mientras busca una varilla de aluminio entre cientos, en un cajón, recuerda que  muchas veces se ha sentido más en familia con aquellos que no llevan su sangre. –Yo he tenido hasta siete hijos adoptivos, que me han correspondido como hijos, me visitan, y preguntan por mí–, dice. Las dificultades económicas lo han hecho trabajar como celador nocturno en Amagá, y también como cotero, desde ese oficio conoció a una mujer, y en 1998 el amor lo llevó hasta Medellín, donde experimentó un cambio de vida que él define como muy bravo por su ignorancia.

–Yo estudie hasta primero de primaria, por mi desempeño me pasaron a segundo grado, y en Angelópolis a tercero. Yo he sido bueno para el estudio pero lo dejé porque necesitaba trabajar.

Yo aprendo con mucha facilidad–, dice mientras esboza una leve sonrisa debajo de su bigote blanco, estilo inglés.  

Él se define como un matemático y nos habla de los números naturales, fraccionarios, y los racionales, cosa que pocos bachilleres saben distinguir ahora. Luis Carlos, quien colecciona piedras raras que se encuentra, continuó sus estudios después de los 40 años, pero solo llegó a quinto grado, según dice, porque tiene un problema de bipolaridad.  

Cuando llegó a Medellín no sabía hacer nada. Bueno, solo sabía cargar bultos, ordeñar vacas, sembrar la caña, hacer panela, además sabía vender, cargar y vigilar. Por eso, cuenta cómo empezó a vivir de este oficio:
“Yo vendía mazamorra por acá en el Centro de Medellín y un día una señora llegó con una sombrilla mala y yo traté de arreglarla. Lo único que hice fue organizarle un alambrito. Yo no tenía ni idea de eso, ni herramienta. Después un amigo que trabajaba acá en el pasaje comercial de San Antonio me dijo que me iba a enseñar a arreglar paraguas, pero lo hacía como a medias, y yo quería entender mejor, entonces al tiempo cogí y le desbarate una sombrilla y él me dijo: ¡Hombre como me desbarata toda la sombrilla! ¡Eso no se hace así! Y le hice armar eso de nuevo, completica, y así aprendí de una vez por todas”.

En la entrada sur del pasaje comercial, al frente de locales cerrados por moras en el pago, está el local, atiborrado de cajas con repuestos de sombrillas de diversos estilos y formas, que él distingue: las elegantes de hombre ejecutivo, conocidas como clásicas con bastón, las automáticas, las compactas o plegables, las burbujas, las infantiles, las de diseñador o de alta costura y las rompe vientos, además tiene parasoles, sombrillas gigantes que casi le doblan en tamaño al hombre.

Luis Carlos consigue los repuestos con los habitantes de la calle, ellos llevan lo que encuentran y les da 500 pesos por cada paraguas. Esa es la única manera, según él, de tener repuestos,  porque comprar repuestos a China es imposible, ya que se le tiene que comprar por millones, y los repuestos en Colombia no los hacen. Entre los repuestos más difíciles de conseguir están los mangos o cabos, porque es la parte que más rápido se dañan.

El reparador de sombrillas asegura que ha generado un método de velocidad.
–Yo generé un sistema de velocidad para reparar la sombrilla, ¿sabe por qué? Porque yo soy ambidiestro, los ordeñadores necesitan ser ambidiestros y eso me ayuda a ser rápido y arreglo la sombrilla en minutos. Esta forma de trabajar ha hecho que no se le queden sombrillas.

Mientras pone un clavo pequeño para unir dos varillas dice:
“Yo le pongo una varilla o dos al paraguas por el mismo precio, por una razón muy elemental y es que para poner una o dos debo hacer el mismo proceso, es decir desarmar el objeto. Reparo una sombrilla desde 2000 pesos. Y para mí, sea la sombrilla que sea, es desechable, excepto los parasoles, los cuales reparo en un día y puedo cobrar por lo menos 30 mil pesos”.

Entre las herramientas que tiene en su cajón de madera, lleno de partes de sombrillas, hay agujas, hilos encerados, alicates, pinzas, alambres, clavos pequeños y a un lado una suerte de yunque delgado y pequeño donde apoya la sombrilla para remachar. Luis señala que de las cosas buenas que tiene su trabajo es que diario hay plata, siempre alguien necesita reparar su paraguas y no importa si es en invierno o en verano.

Luis Carlos, con su baja estatura ha rodado por diversas ciudades, como las sombrillas que él arregla, y de tantos oficios y trabajos ha sabido sacar lo mejor para su vida, así como aprovecha cada parte de las maltrechas piezas, y evita que hagan parte de las toneladas de basura que arroja la ciudad.

“Yo tenía en uno de los costados del parque principal un puestico de mangos, duré casi seis años con él, este me dio el sustento diario para mí y mi madre. Ponía los mangos encima de una cajita de plástico blanca, la recuerdo muy bien, y con unas varillas que servían de patas para que quedara como una mesita. Vendía de todos los precios: desde $100 hasta $500. Los conseguía trepándome en los árboles frutales de las veredas del corregimiento donde vivo: San Antonio de Prado, en Medellín. Con lo que alcanzaba a vender en un día compraba unas panelas, arroz, dos huevos y varias papeleticas de café para llevarlas a mi casa, donde vivo con mi mamá. Ella está ya muy viejita; con sus 84 años de vida ya tiene dificultades para caminar, y casi todo el tiempo está quieta en la casa.  

Esa era mi rutina de todos los días, hasta el día que entendí que la situación económica estaba muy dura. Recuerdo que una tarde mamá llegó al puesto de mangos para pedirme algún peso para comprar lo del almuerzo y no había ni vendido $500, esa noche conversando con ella en casa le dije que ese negocio estaba muy malo. –Claro mijo, ni para comprar dos papeleticas de café alcanza–, me contestó. Entonces decidí rebuscármela de otra forma. Yo no iba a dejar que mamá aguantara ni que se muriera de hambre. Uno no puede dejar morir de física hambre al ser que le dio la vida.

Es que a uno de 49 años dónde lo van a contratar, dónde voy a conseguir trabajo en una empresa con todas las prestaciones y seguridad social. A uno viejo y acabado en ninguna parte lo contratan legalmente. En esos días de desolación, tratando de vender los manguitos, fue cuando se me apareció la virgen en un pensamiento, una idea para salir de este apuro. Me dije: Carlos Arturo, me voy a poner a reciclar. Y pensé que cuáles eran los lugares donde no pasaban reciclando, y fue cuando decidí coger una ruta algo larga para ensayar. Conseguí dos costales de malla, de esos rojos, me los colgué en cada hombro y arranque a caminar loma arriba. Las primeras veces el recorrido era desde el parque principal del corregimiento hasta la vereda Montañita; entraba al lugar que llaman “La Quesera” y volvía a bajar dando una especie de vuelta, eso es como 6 kilómetros en total. Fue un martes, nunca se me olvida cuando empecé, porque ese día es que pasa el camión de la basura por esas veredas. Recogí tanto reciclaje que cuando bajaba llevaba los dos costales llenos, y en las manos como podía también cargaba reciclaje, bueno, lo que creía que era reciclaje, pues no todo lo que llevaba se podía vender. Yo pensaba que todo lo que las personas botaban servía para venderlo en la chatarrería.

Con el pasar de los días los habitantes de la zona me fueron conociendo y dejaban al lado de la basura que se lleva el camión, las bolsas con el reciclaje. Y aprendí con el tiempo que lo que a uno le sirve es papel, cartón, envases de gaseosa grandes, y chatarra, que es por la que mejor pagan.

Con los cinco años que llevo en el reciclaje, he aprendido que no todo se puede ir a vender el mismo día que se recoge, toca ir guardando en la casa, especialmente lo que es la chatarra. El reciclaje cambia mucho de precio. Lo mantengo bien organizado, porque hay que separarlo bien, estripar bien las latas, clasificar el papel archivo de los otros, el cobre, el aluminio, no solo es recogerlo, toca arreglarlo bien para que no lo rechacen donde lo vendo, y no pierda tiempo en la bodega, entonces llevo todo a la casa y allí lo clasifico muy bien. Por eso es que en la casita organicé varios lugares para mantenerlo, muchas veces esa chatarra me ha sacado de unos líos impresionantes. Es muy difícil ahorrar plata en estos tiempos que todo es tan costoso y toca vivir del día a día. Guardar la chatarra es como tener unos ahorros para el día que suba el precio y llevarla a vender.

De las situaciones que le pasan a uno por ignorante al principio, fue la vez que llevaba las botellas de cerveza a la chatarrería, allí me pagaban por kilo de vidrio, pero si las vendo directamente en las tiendas me dan $100 por botella, así le gana uno más.

Donde vendía el reciclaje, le caí bien al señor, porque yo desde siempre he sido una persona muy humilde y honrada. Un día llegué con tantos costales trepados en mi hombro y sudando hasta petróleo, como dicen. El señor me propuso prestarme una carreta pequeña que no estaba usando, con la única condición que mientras la usara fuera construyendo la mía, esto para que me fuera más fácil transportar todo el material. Ese día salí empujando la carreta del negocio, y con la chatarra que iba recogiendo en los recorridos fui haciendo la propia. Solo me quedaba faltando pagar a un soldador para armarla y comprarle las llantas, entonces un señor que me regala el reciclaje me prestó la plata y así pude terminarla.

Uno de los días más alegres que tuve fue cuando la armamos. La organizamos muy bien, con llantas grandes para que me quedara fácil moverme al subir y bajar con el reciclaje, y con varas largas para poder agarrarla. Mi carreta es única en el pueblo, quedó lo más de bonita, y pintadita toda azul. Cuando bajo muy cargado la gente me grita: ¿Carlitos compró un camión o qué?

Los martes y los viernes son los días que voy a recoger el reciclaje en la vereda, porque son los días que pasa el camión de la basura, y los otros días me dedico a organizarlo bien. También hay días que voy a ayudarle al señor de la chatarrería a organizar todo el material que le llega, otros días hay personas a las que les recojo el reciclaje que me dicen que les ayude a arreglar el techo de la casa, a trastearse, a limpiar la finca, a revolver la mezcla para tirar segundos pisos, y yo estoy dispuesto a ayudarles para lo que necesiten. Es como un servicio mutuo”.

Carlitos saca de su bolsillo un imán grande, lo pone encima de una lata, y esta no se pega, entonces coge la lata y la mete en una de las bolsas de la basura. “Mire esto, no sirve de reciclaje. Señor, hoy en día las cosas no las hacen como antes, ya todo es basura, y hacen las cosas con pasta, todo es desechable, como la vida misma”.

Escuchar a Nina es escuchar negruras; dolores y desgarro que se alzan fuertemente para abrazar la vida y la esperanza. Escuchar a Nina es escuchar su exorcizo, su ritual que quiere conciliar con la miseria humana; es escuchar coquetería y altanería en un mujerón altamente apasionado. ¡Cuán necesario es escuchar a este tipo de espíritus en medio de tanto automatismo! Su voz y sus dedos lograron manifestarse, buscaron autoexpresarse y aún hoy, más de 13 años después de haber entrado en el sueño profundo, sus composiciones pueden atravesar emocionalmente a cualquier ser humano.

Considero su voz como un ascensor ecléctico parando en diversos ritmos, jugando de acá para allá. De manera increíble improvisaba desde el gospel, el blues o el jazz. Eunice Kathleen Waymon, o Nina Simone, compositora, cantante y pianista estadounidense,  es hoy considerada como una de las grandes voces del siglo XX. Ella desde pequeña demostró su talento por la música, la llamaban “el silbador”, Nina era la sexta de una familia de ocho hermanos, descendiente principalmente de esclavos africanos.

Nina tuvo contacto con el racismo desde niña, a sus diez años dio su primer recital en una librería local. Durante este concierto sus padres fueron desalojados de la primera fila para acomodar a los blancos. Este hecho marcó su carácter, vulcanizando su pasión por la lucha y defensa de los derechos civiles de las personas de ascendencia africana. A pesar de esto Nina soñaba con ser concertista de música clásica, pero justamente el racismo de la época la golpeó de nuevo y fue rechazada en el Instituto de Música Curtis donde se había postulado para una beca.


“Jazz es un término de los blancos para definir la música negra. Yo hago música clásica negra”, decía Nina Simone.


El mundo que habitó Nina a lo largo de los años sesenta en Estados Unidos, era un mundo dividido y segregado: estaban las personas de “color” y las que no lo eran; es por eso que gran parte de sus motivos y luchas provienen de allí y se pueden escuchar claramente en canciones como Mississippi Goddam o How it feels to be free. Tras el asesinato de Martin Luther King (1968) finalmente decidió irse, debido a lo difícil que resultaba habitar un lugar que no le permitía ser.

“Usted no tiene que vivir a mi lado / Sólo darme mi igualdad / Todo el mundo sabe lo de Mississippi / Todo el mundo sabe lo de Alabama / Todo el mundo sabe lo de Mississippi Goddam…”, dice uno de les versos de Mississippi Goddam. Este título se traduce como “Maldito Mississippi”; ella no puso palabras bonitas en sus letras, así como lo sentía así mismo era como lo nombraba; ella se cansó de la doble moral de las personas que usaban el lenguaje para seguir perpetuando las actitudes raciales del pueblo estadounidense.

“Maldito Mississippi” fue una de las canciones que ella escribió en menos de dos horas. Imagino todo lo que tenía adentro de sí para que en solo ese tiempo compusiera esas líneas. Estaba cargada de la rabia y el dolor por los sucesos del 12 de junio cuando Medgar Wiley, un activista de los derechos civiles fue asesinado en ese Estado, y paralelo a ese hecho, el 15 de septiembre un bombardeo estalló sobre un grupo de niños negros que se encontraban en una iglesia; el artefacto explosivo había sido puesto por miembros del Ku Klux Klan, y en la explosión murieron cuatro niñas.

A Nina la recreo en mi mente: como una espuma volcánica, una mujer negra sentada al frente de su piano, y encima de éste varias hojas, un cenicero repleto de colillas de cigarrillos, y el cuarto con un ambiente nostálgico por la muerte de las niñas y el activista, sin contar los miles de negros y blancos asesinados por la defensa de los derechos de los negros y negras.

Hace un par de años me topé con el documental “What happened, Miss Simone”, dirigido por Liz Garbus, recomendado para quien desee conocer un poco más a profundidad la vida de Nina. En el documental hubo un acontecimiento que me dejo atónita, un poco contrariada y a su vez conmovida: Nina fue maltratada física y sicológicamente durante muchos años por su esposo y le costó mucho salirse de este círculo. Me pregunto, ¿cómo una mujer con semejante carácter y pensamiento crítico a las injusticias, pudo estar sometida a ese pequeño infierno dentro de su propio hogar? Esta, más que ser una crítica, es una reivindicación para ella en estas líneas. Todo ser humano tiene su paradoja interna y su dolor oculto; Nina no solo sufrió discriminación por su color de piel, sino que también fue oprimida por ser mujer.

“Tienes que aprender a levantarte de la mesa cuando ya no se sirve amor”, Nina Simone.



Agradezco al azar el legado de la voz de Nina. Curiosamente ella inició a cantar por petición del propietario de un bar de Atlantic City, donde ella tocaba el piano para pagar su sustento. A regañadientes aceptó y gracias a este hecho hoy tenemos en nuestra memoria cultural una voz soberbia e inmortal.

Concluyo enunciando una sencilla premisa a modo de meditación espontánea: es un verdadero reto lograr que el arte sea un medio para mejorar las relaciones humanas, un canal para criticar, polemizar y denunciar las diferentes problemáticas sociales que nos atañen. Un ejemplo a esta proposición nos queda con artistas como Nina Simone, porque ella demostró una gran diferencia entre un cantante y un cantautor: el cantautor compone lo que canta y le asigna música a eso que escribe con el alma, que siente, que duele, aquello que hay que denunciar, y el cantante no necesariamente lo hace.


"El deber de un artista, en lo que a mí concierne, es reflejar los tiempos en los que vivimos", Nina Simone.

Se cierra el primer ciclo de negociaciones en Quito entre el ELN y el Gobierno Nacional, sin embargo en el país del sagrado corazón el auditorio para el tema de paz, participación, democracia y transformaciones que requiere la Nación está casi vacío. Algunos se fueron para la marcha uribista contra la corrupción (así suene a chiste), otros están en Mocoa llorando los muertos que se habrían podido evitar si a esta élite que gobierna, donde se incluyen los uribistas, algún día le hubiera interesado la gente pobre; los demás siguen rebuscándose en medio de una economía en quiebra la posibilidad de algún empleo precarizado. Definitivamente las élites siguen gobernando en un ambiente de ensueño, un lugar de zombis en donde cada uno camina porque ve caminar, en donde cada uno mira para otro lado cuando se le llama a tomar su responsabilidad en la reconstrucción de un país saqueado por la clase política, y ofrecido por esta a las transnacionales.

Los medios masivos de desinformación juegan al ritmo de los desastres, como aves carroñeras están ahí listos para devorar los restos del moribundo país. Igual que en el proceso de diálogos con las FARC, en la mesa con el ELN no le apuestan a la pedagogía de paz, ni a la verdad, ni a la memoria ocultada; le apuestan a la desesperanza, a la tragedia, a la construcción de discursos contrainsurgentes, en favor de las transnacionales y en contra de los movimientos y luchas ambientalistas que defienden el agua, la tierra y la vida. En ese marco ocultan más de 160 asesinatos de líderes y lideresas sociales en el último año.

Desastres como los de Mocoa y el robo descarado de billones de pesos al erario público a manos de la élite oligarca, antes que servir para desenmascararla, se convierten en materia prima de una prensa amarillista que vende en sus páginas cadáveres y espectáculos bochornosos, en los que el fondo, el humanismo y el contexto se pierden, y los responsables quedan con la cara más limpia que antes.

Este desastre generalizado solo lo enfrentan con grandeza los campesinos de Cajamarca en contra de la todopoderosa Anglo Gold Ashanti; el pueblo ibaguereño que hace lo propio para que su municipio no sea concedido a las explotaciones mineras; los movimientos sociales del Oriente antioqueño asociados en el Movete, que luchan y obtienen pequeñas pero valiosas victorias contra la proliferación de hidroeléctricas en sus territorios; los campesinos del Quimbo y  los que están en contra de Hidrosogamoso; las comunidades urbanas en contra de la minería en los cerros orientales de Bogotá, entre otras decenas de organizaciones y comunidades, que son ejemplos de dignidad popular.

O sea que participar sí sirve. Las comunidades lo vienen haciendo por siglos, pero al parecer ni ellas mismas creen en su poder inconmensurable, y también es entendible porque es una participación sufrida, que cuesta sangre, muertos, y demasiado esfuerzo. Para las organizaciones sociales y populares el sabor dulce de ganar una batalla, casi siempre se amarga en la boca con la hiel que producen los golpes y las muertes. Aunque se le pueda ganar con la participación a las élites, es fácil adivinar por qué las comunidades no emprenden esas iniciativas más a menudo. La verdadera participación lleva una alta dosis de pragmatismo, de acción real, de lucha callejera, de movilización, y las clases políticas asesinas que gobiernan lo saben y se encargan de que la participación de calidad cueste víctimas. Y esto es porque las élites le tienen pánico a la democracia, porque esta les arrebataría sus privilegios.

No hay otra razón para explicar la actitud evasiva y mezquina de la oligarquía a la hora de cumplir los compromisos adquiridos en medio de los procesos de paz, en materia de pedagogía, educación y promoción de ambiente de paz, y a la hora de incentivar la participación ciudadana, y la democracia en la toma de las decisiones más importantes del país en materia económica, política y social.

El gobierno ha firmado miles de compromisos con los movimientos sociales, con los campesinos, con los indígenas, con los afrodescendientes, y por miles los ha incumplido. También lo hizo en las agendas de paz con las guerrillas, y estos incumplimientos no afectan solamente a los líderes, a sus organizaciones, y a los insurgentes, sino a toda la Nación. Por varias razones: porque alimentan una cultura de la trampa, del atajo, de faltar a la palabra; ahondan los problemas por los cuales la sociedad se moviliza; profundizan la antidemocracia, la desigualdad; evitan el debate necesario y rico de las transformaciones que requiere el país; desgastan a la administración de justicia, al propio Gobierno; promueven la salida violenta a los conflictos sociales y armados. En general esta es una pésima medida para una sociedad que pide a gritos los cambios.

El Gobierno ha dicho públicamente que uno de los objetivos en el proceso de paz en Quito es sacar la violencia de la política, y sería fundamental que la sociedad entera comprara ese debate. Las organizaciones políticas, la fiscalía, los organismos de control, entre otros, deberían iniciar un examen detallado de cómo, quiénes y en qué circunstancias han utilizado las armas para tomar el poder político, económico y militar, y a quiénes ha beneficiado esa práctica; quién ha elegido en el Congreso de la República hasta un 35% de paramilitares, cómo lo hizo y para qué; quiénes han asesinado más de tres mil sindicalistas en los últimos 20 años y con qué fin; quiénes eliminaron más de cinco mil militantes de un partido político de izquierda; quién asesinó de manera desalmada a por lo menos 5300 personas y las hizo pasar por muertos en combate; quién responde por la política de salud que deja morir a los ciudadanos en las puertas de los hospitales; quién ha provocado tanta desigualdad y pobreza en el país. Tal vez, señores del Gobierno y de la oligarquía, sea el momento de sacar la violencia no solo de la política sino de nuestros territorios y de nuestras ensangrentadas vidas.

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