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Igual que Paula, Natasha Jaramillo llega al aeropuerto con una sonrisa en la cara. Luego de la entrevista se tiene que poner a escribir un ensayo sobre el equilibrio en la pintura y los colores. En Matar a Jesús (película ganadora del Premio del Público en el FICCI) hace el papel de Paula, o Lita, como le dicen los amigos, quien verá morir a su padre en manos de un sicario en moto, a quien luego conocerá en una fiesta de salsa y con el que se enfrentará a la disyuntiva de si matar o perdonar.

Laura Mora, la directora, nunca le dio un guion a Natasha ni a Giovanny Rodríguez (Jesús), pero les narró el cuento de la película, la historia que iba a transcurrir basada en fragmentos de su propia vida, como el día en que mataron a su papá, abogado y profesor universitario. Esta fue una de las escenas más complejas para Natasha por el contenido emocional y la dificultad de interpretar algo por lo que no había pasado en carne propia: “Para un estudiante de teatro debe ser fácil llorar, pero para mí no. Había un preparador de actores y con él hacíamos algunas tareas de confrontación, en las que uno se pone triste, entre otras cosas, por la posición del cuerpo y la respiración; el problema con la parte del asesinato del padre de Paula fue que justo para esa escena no era capaz de llorar. Para entrar en esa emoción, el preparador de actores tuvo que llorar él desconsoladamente y así me pude identificar con su sentimiento. Luego el problema era cargar con ese dolor evocado varios días, uno se envuelve mucho en esa nostalgia, además creo que una pérdida por la violencia de alguna manera la hemos vivido todos los colombianos”.

Natasha y Giovanny fueron seleccionados como actores naturales por la similitud de sus vidas con los papeles que iban a interpretar; Natasha es estudiante de Artes en la Universidad de Antioquia, le gusta la calle, tiene un espíritu rebelde y el cabello larguísimo. La directora la vio en el Museo de Arte Moderno de Medellín -MAMM durante el estreno de Todo comenzó por el fin (2016, Luis Ospina), pero se le voló en mitad de la película. A los días cuando la vio caminando por Junín salió corriendo para hacerle la propuesta y convencerla de ser la protagonista, de ser Paula; y aunque para Natasha fue una experiencia muy enriquecedora confiesa que “si alguna vez vuelvo a trabajar en cine espero hacerlo detrás de cámaras”.

En la película, Jesús es un sicario de Medellín que hace parte del aparato criminal de la ciudad, su día a día es apretar un gatillo no por odio ni por rabia sino porque ese es su trabajo, él ni siquiera sabe quiénes son sus víctimas o qué hacen, se limita a cumplir órdenes: “no lo hace porque quiere sino porque le toca, entonces, ¿quién es el verdadero victimario? No es Giovanny, no es Jesús, no son estos pelados a los que les toca guerreársela y encuentran en esto una forma de tener dinero; creo que son personas que no encontraron muchas veces en su familia el amor, el cariño y esos valores que nos hacen decidirnos por otras cosas diferentes. Los verdaderos victimarios nunca se nombran, nunca se conocen, no tienen rostro, ejercen una violencia silenciosa que termina calando en toda la sociedad”.

Matar a Jesús fue grabada en orden cronológico, es decir, en el orden en que iban pasando los sucesos, esto genera unas exigencias desde la producción, pero también desde las actuaciones. A medida que el rodaje avanza hay un cansancio mayor y una tensión que aumenta no solo por el desgaste físico sino también emocional: “había que vivir el personaje todos los días, yo sabía a dónde iba a llegar la historia, pero también tuve que vivir las escenas de la cotidianidad de Paula, por ejemplo llegar aquí al aeropuerto, pedir un bareto… yo no sabía que eso lo íbamos a grabar, pero no son cosas que se alejan tanto de mi realidad, era una indicación que nos daba Laura y nosotros la interpretábamos como nos daba la vida, como actuaría normalmente Natasha”, cuenta.

“De esto fueron solo tres días en que Paula estaba bien, contentica, normal, antes del asesinato de su padre; a partir de ahí ella va en picada todo el tiempo, entonces también eso me afectaba mucho, porque aparte de que una producción cinematográfica es como prestar un servicio militar durante tres meses, levantarse muy temprano, terminar muy tarde y todo el día es camelle, porque cada minuto cuenta, llegaba a mi casa no solo muy cansada sino al mismo tiempo muy abrumada por todo lo que yo estaba viviendo. Aparte no podía hacer algunas cosas que hago normalmente, montar en cicla, hacer Conspirarte (propuesta artística personal) o trabajarle al proyecto de agricultura sostenible que estoy haciendo con unas parceras; al final, aunque todo fue muy agobiante, disfruté de aprender desde adentro cómo se hace el cine, era como abrir mi mirada a otras perspectivas porque para mí el cine es un arte demasiado completo, tiene de todo un poquito. Luego de que terminamos de grabar fui entendiendo lentamente lo provechoso que había sido todo”, explica Natasha.

Matar a Jesús ha tenido buena atención de las exhibidoras del país. Es heredera del cine de Víctor Gaviria, que a la vez es heredero del neorrealismo italiano; un cine que ha pretendido mostrar la realidad no solo como es sino también con los elementos que la componen. En Matar a Jesús las calles, los personajes y los hechos (como la sospechosa incompetencia del aparato judicial) son sacados de una Colombia real donde el amor y el odio conviven en la misma cuadra.

Julián David Vásquez Sarmiento es un pintor nacido el 23 de junio de 1991 en el municipio de Pitalito, al sur del Huila. A sus 26 años de edad, es hoy uno de los artistas jóvenes más importantes para esta parte del departamento, aun cuando su entorno parecía complicárselo todo.

De la soledad a soñar nuevamente
Julián estudió la primaria en el Colegio Laboyano, y la secundaria la hizo en la Normal Superior de Pitalito. En esta institución mejoró mucho sus capacidades artísticas. El profesor Costar Peña, quien enseñaba en el área de dibujo, fue uno de los maestros que más se fijó en los trazos de Julián, por lo que le motivaba constantemente a que siguiera el camino de la pintura, del dibujo. A pesar de ese empujón que trataba de darle el profesor Peña, Julián no se veía siendo artista, pues, aunque le gustaba mucho, temía que no fuese tan bueno como le decían.

Corría el año 2012 y Julián Vásquez disfrutaba mezclar música electrónica como amateur, y salir con sus amigos a bailar y tomar un par de cervezas. Lo hacía con prudencia. Era un joven más de Pitalito. Dentro de esos gustos, tuvo uno que tal vez le liberaba toda la adrenalina que una discoteca nunca logró hacerlo: las motocicletas.

Vivía en el barrio Los Lagos, al oriente del pueblo, con sus padres, Fernando Vásquez y Yolanda Sarmiento. Su papá es comerciante, y su madre profesora. Además, vivía con sus hermanos Sergio, Óscar y Diego. Óscar era el menor y, como a Julián, le gustaba salir con sus amigos, aunque por su edad no le permitían hacerlo tan seguido. Sin embargo, Óscar heredó y asumió una pasión por las motos, algo que su hermano mayor de alguna manera le inculcó. Tanto así que iban juntos a determinados eventos donde tuvieran participación estos vehículos de dos ruedas, e incluso, cuando se trataba de carreras, Julián era parte del espectáculo.

Pasaba el mes de abril del año 2013, y mientras Julián iniciaba la carrera de pedagogía infantil en una universidad privada de Pitalito, su hermano Óscar cursaba los últimos años del colegio. Un día, Óscar se fue con unos amigos en moto al municipio de Timaná, a no menos de 30 minutos del norte de Pitalito. Él iba sólo en su moto. Cuando regresaron, Óscar manejaba en exceso de velocidad y no pudo maniobrar en una curva. Murió al instante.

Este suceso fue un golpe brutal para toda su familia y amigos. Julián no supo amortiguar lo que la vida le había impuesto en su camino. Se sentía culpable por simplezas como haberle tenido la moto a Óscar cuando a él no le alcanzaban los pies para tocar el piso. Por haberle transmitido esa pasión hacia la velocidad en dos llantas. Tuvo un año donde se sintió perdido, arruinado. Julián carecía de motivos para seguir adelante en su carrera, o al menos eso creía. Duró un año sumido en el olvido y la soledad, tratando de levantarse, pero buscando mecanismos inapropiados. Rumbas y alcohol.

Una nueva historia
En 2014 Julián decidió iniciar una nueva vida, una historia distinta. Le dijo a su mamá que quería volverse pintor. Su madre simplemente le hizo un gesto de decepción, pero no de desprecio, ya que tal vez ella nunca vio a Julián tan enfocado en algo que él mismo siempre ignoró. Antes, cuando estaba en el colegio y al graduarse, él hacía cuadros pequeños o dibujos simples por pagos mínimos, por necesidad. Pero esta vez Julián lo decía en serio. Abandonó totalmente cualquier convicción que lo quisiera introducir nuevamente en el mundo del olvido, de tanta discoteca, de la soledad y la amargura, del sentimiento de culpa que lo había estancado y agobiado durante un año entero.

Un día, con 11mil pesos en el bolsillo, compró lo que pudo en pintura y un pincel. Los pinceles del colegio estaban desabridos y machacados, tiesos y sucios, no le servían. Necesitaba en dónde plasmar algo. Recogió una tela delgada y blanca que una tía tenía guardada en su casa. Julián se encerró en su cuarto y se concentró en su primera pintura por varios días.

Un caballo. Esa fue su primera obra. Para Julián, la más hermosa que ha logrado hacer. No la ha querido vender. La inspiración, tal vez, fue el contexto. Pitalito es tierra que cría equinos de paso fino reconocidos a nivel mundial. O quizás se basó en la fuerza de estos animales, tan elegantes de por sí. En ese momento supo que tenía cómo y con qué hacer arte.

De ahí en adelante pintó personajes, paisajes, y a quienes él llama “los amores de su vida”. Julián ama trazar mujeres. Mientras se daba a conocer por sus imponentes obras, ayudó en una organización social que trabajaba con niños en el campo. También descubrió su carisma y empatía con ellos.


Fue un gran año emocionalmente para Julián. Desde el 2015 ha pintado en exposiciones locales. Fue joven revelación en el municipio de Pitalito ese mismo año. Más tarde, en 2016, el Colectivo Iberoamericano de Artes Visuales Mapiripán, al cual está vinculado hoy, le dijeron “traiga la mejor pintura que haya realizado”. Llevó a una de “sus mujeres” a la Sede Consular de Ecuador en Popayán a una exposición que presentó ese Colectivo. Su dibujo, aunque no era el mejor, fue lo más llamativo y revolucionario para un pueblo tan católico históricamente. También ha viajado a Ecuador a presentar sus lienzos.


Julián siempre tuvo claro que lo suyo era la mezcla de los colores intensos, pero hace poco, mientras le hacía un trabajo a un amigo para su negocio, descubrió que mezclando café en grano con agua podía hacer pinturas en colores sepias. Este descubrimiento tomó más valor porque el sur del Huila produce el mejor café del mundo por su aroma y sabor, según el concurso mundial y anual Taza de Excelencia. También recuerda con emoción haber dibujado para el reconocido zoólogo y periodista empírico 'Pirry'.

Con todo lo aprendido, Julián ha pintado todo aquello que le inspira pasión, desahogo. Ahora en abril viajará a México a una pseudogira en Torreón, Coahuila y Monterrey. En esa última ciudad aprovechará y hará un curso intensivo, casualmente, con una profesora laboyana reconocida en Colombia y México, Diana Olarte. Además, sueña con pintar el rostro del cantante de rancheras Vicente Fernández.

De México intentará traer todo lo aprendido, pues para Julián Vásquez es importante ser un ejemplo para los niños y jóvenes. Reconoce que en Pitalito el Instituto de Cultura le ayudó bastante, pero que falta mucho por parte de los demás entes gubernamentales, pues hay artistas buscando escenarios para expresarse. Su objetivo más cercano será construir y montar una escuela de artes. Más tarde querrá ejercer como alcalde para, según él, ampliar los espacios propicios para la pintura, la música y el baile, el medio ambiente y el deporte. Espacios artísticos que urgen en una sociedad tan rígida pero con tanto talento y sueños, requisitos que el mercado no exige.

Desarraigo

“Creo que el hombre debe vivir en su propio país y creo que el desarraigo es para el ser humano una frustración que, de una u otra manera, atrofia la claridad de su espíritu.”
― Pablo Neruda


Medellín - Manrique Oriental, 1990.

Era un lunes de abril muy soleado. Luego del colegio, Luisa tenía la tarea de ir a la casa de sus hermanas mayores para saludar a su mamá, quien venía de visita cada veinte días debido a que trabajaba. Eran las tres de la tarde. Aparentemente todo se veía tranquilo en el sector por donde Luisa tenía que transitar, sin embargo, los rostros de los transeúntes, de los jóvenes en las esquinas, de las señoras en las aceras y balcones, sentían sin tocarse y de manera constante una tensión en el pecho, porque el miedo estaba a flor de piel.

Luisa empezaba a doblar en la esquina cuando sorpresivamente se encontró a Toño, que la buscaba. Él era uno de los más jóvenes de la banda. Siempre le pareció lindo y frágil, un chico bueno que por múltiples circunstancias entregó su vida al grupo de “los duros” del barrio, y aunque pertenecer a este lo hiciera sentir importante, a veces anhelaba una vida tranquila, pero era muy tarde, salir de ahí era darle la bienvenida a la muerte.

–Hola Luisa
–Hola Toño
–¿Sabes algo de Chila? –, preguntó Toño.
–No, la última vez que la vi fue la semana pasada que jugamos un partido de futbol, ¿por qué? –, preguntó Luisa.
Fue entonces, cuando un silencio en él terminó haciendo crujir los tendones de Luisa, el miedo se apoderaba de ella.
–¿Le pasa algo a Chila? –, preguntó Luisa.
–No. Ella debe estar bien–, respondió Toño.
Toño llevó los dedos a la boca para comerse las pocas uñas que le quedaban, y con voz baja y sus ojos aguados le dijo:
–Tengo que contarte algo muy delicado, el corazón me dice que te lo diga, pero… prométeme que no mencionarás mi nombre.
–Claro que sí­–, respondió Luisa. –Me tienes muy asustada, dime ya qué sucede.
–A ti y a Chila las han sentenciado para matarlas este Viernes.
–¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho?...

–A ti porque quieren vengarse de tu hermano, que no deja verse de ellos para arreglar cuentas pendientes, y a Chila porque la descubrieron reuniéndose con los de la otra banda. Tienes que hablar con tu familia para que te saquen de aquí… yo seguiré mi camino, no pueden verme que esté hablando contigo.

Fue una conversación de segundos, pero en su alma fue eterna. Luisa disimuló su caminar rápido, no querían que la notaran extraña, anhelaba llegar pronto a casa de sus hermanas, pero el viaje también se le hizo eterno. Cuando llegó se dirigió hasta la cocina donde se encontraban ellas, e inundada en llanto y con voz temblorosa les dió la triste noticia que le había comunicado Toño. Su madre se angustió, sus hermanas decían que no era posible que le hicieran tal cosa a una niña de apenas trece años, seguro era una equivocación… Luisa guardó silencio, sólo observaba a su madre. Decidieron salir de allí, Luisa no volvería al colegio, se quedaría encerrada en casa de su madrina; mientras tanto su madre pensaría a dónde enviarla.

Fueron dos noches en las que el insomnio y el llanto de su madrina fueron su compañía. Le tenía miedo al amanecer, a quedarse dormida…

Llegó el miércoles, y con él la buena noticia de que un tío en el Valle la recibiría. Eran las 8:00 am cuando le empacaron la poca ropa que tenía en una caja de cartón, y la llevaron a tomar el autobús. A las cuatro de la tarde la recibió su tío en Cartago, llegaron a la casa, comieron, contaron historias, pues no se veían desde que Luisa tenía cinco años.

Eran las nueve de la noche cuando se disponían a jugar una partida de parqués y quien interrumpió fue el teléfono. Era para Luisa, tomó la bocina, era su madrina que con voz temblorosa le dijo:
–Acaban de matar a Chila.

Suena un coro de pericos en el patio, junto con el de los vehículos que entra por la puerta abierta de su casa, ubicada en Cristo Rey, un barrio de cada vez más viviendas y menos bodegas, y de una cercanía idónea a la fábrica principal de Coltabaco en Medellín, donde laboró y se sindicalizó.

–¿Vas a fumar? –, me pregunta antes de iniciar este diálogo.

-No, gracias, ya no fumo–, le contesto mientras nos sentamos en la sala de su casa.

José Alfonso Londoño o Londoñito, como lo conocen en el gremio tabacalero, toma un cigarrillo de un paquete de Starlite y lo enciende, comienza a fumar y luego se excusa por comenzar unos minutos tarde. Me explica que ahora, con 83 años, cuida de su esposa 10 años mayor y esto le toma mucho tiempo en las mañanas. Su voz baja y ronca hace alarde del gusto por el tabaco, el cual no llegó con las labores en la fábrica sino de antes, desde que comenzó a trabajar a los 18 años en graneros, cantinas y en la plaza de mercado.

La figura del hombre jubilado sentado en la sala de su casa, de ropas cuidadosamente arregladas, de cabello escaso y blanco como las poltronas, se convierte pronto en la de un joven enérgico en su bicicleta, que recorre Medellín del sur al centro llevando facturas y documentos, desde la fábrica al edificio Coltabaco en el Parque de Berrío.

En 1953, este joven mensajero enfrentó el primer obstáculo de cualquier hombre que crece en este país en guerra. Al entrar un día en su bicicleta a la fábrica, fue interceptado por uno de sus patrones que le advirtió que el Ejército estaba allí reclutando. Pero él, terco, decidió presentarse y terminó prestando servicio militar en Florencia, Caquetá. A pesar de esto, su madre consiguió que su hijo volviera después de tres meses, con el argumento de que era hijo único y sostenía su casa.

Al regresar pasó por muchos puestos de trabajo. De mensajero a expendios, luego a ayudante y se demoró más de 20 años para pasar a maquinista. Son 37 años de su vida que le entregó a este trabajo. Las razones para hacerse parte del sindicato surgen de su memoria con varias anécdotas marcadas por la humillación que existía y existe por parte de los patrones, hacia quienes mueven sus fábricas, empresas y el país: los trabajadores. Una de ellas, cuenta, fue cuando comenzó a buscar un hogar, entonces optó por un préstamo de vivienda y así recibió una llamada:

–Hombre Alfonso, usted que necesita casita, le tengo una–, era el doctor Restrepo, uno de los administradores.


–¿Qué será? –, le respondió Londoñito.

–¿Recuerda los tranvías que se acabaron? Con eso están haciendo viviendas, yo le puedo conseguir una de esas.

–Yo soy pobre pero no estoy acostumbrado a que me humillen… buena vivienda un tranvía… ¡Es como decir un bus! No, doctor, le agradezco mucho–, no dudó en sentenciar este trabajador a su jefe con la dignidad hasta la cabeza.

Como esta, fueron otras las situaciones en donde comenzó a ver que no se respetaban los derechos, ni con la dotación o descansos de sus compañeros, y fue entonces cuando en la álgida década de los 70's, Londoñito decidió afiliarse a Sintracoltabaco. “A mí inclusive me llamó don Eduardo Bayona, el gerente, y me dijo: usted que ha sido tan buen trabajador –porque yo trabajaba sábados, domingos, festivos– ¿cómo se metió al sindicato? Yo le respondí que no me daba pena reclamar los derechos de los trabajadores. Y el sindicato lo hace, así que uno va cogiendo conciencia, entonces necesita a alguien que le respalde y reclame sus derechos, por eso la organización es muy importante”, recuerda, mientras apaga el cigarrillo en el cenicero.


Uno de los momentos más importantes en su historia en Sintracoltabaco lo vivió durante los 80's, en medio de la arremetida contra el movimiento sindical que tocó a muchos de sus compañeros, los cuales resultaron encarcelados o asesinados, como Luis Javier Cifuentes. A él mismo muchas veces lo llamaron a la casa para amenazarlo, sin embargo, sostiene que no tuvo miedo “porque ya uno estaba ahí, tenía que sacar las cosas adelante porque si con las amenazas se echa uno para atrás, se acabaría prácticamente el sindicalismo y la lucha democrática”.

Una de las luchas que más recuerda fue en la que consiguieron la nivelación salarial, y esto fue muy importante porque anteriormente se ganaba según el puesto, y a veces el salario dependía también del beneplácito de los patrones. Otro hito en su memoria es la huelga del 82, donde los trabajadores sindicalizados cesaron labores por 65 días y demostraron su fuerza ante una administración que no quería ceder en la negociación del pliego. De estos días recuerda especialmente las conferencias y el apoyo moral de los trabajadores y sindicatos.

En 1986 faltaba un año para jubilarse y acostumbraba a ingresar, junto a otros compañeros, ejemplares del periódico Voz para repartir y hacer agitación entre los trabajadores, gracias a que en la fábrica sólo requisaban al ingreso, pero nunca a la salida. Sin embargo, un día el vigilante de turno lo detuvo a la salida e insistió en requisarlo, esto le molestó a Londoñito, quien le retó a que lo hiciera.

–Una requisa es ver, no tocar. A ver qué quiere que le muestre.
–Los pantalones–, respondió el celador y procedió a requisarlo.
–Tenga–. Se quitó los pantalones y quedó así en pantaloncillos en la entrada de la fábrica.
–¿La camisa también? –, insistió Londoñito y se la quitó.

Después de esto lo llamaron a descargos y consiguió 19 testigos a su favor, sin embargo, terminarían por suspenderlo 20 días argumentando inmoralidad e indecencia.

La rebeldía de Londoñito se mantuvo hasta el último día que trabajó. Incluso después de jubilarse y con las políticas administrativas que no lo dejaban volver a la fábrica, continuó acompañando al sindicato en sus manifestaciones y discusiones. Mientras pueda no falta a una marcha del Primero de Mayo porque considera que este día la ciudad se vuelve de los trabajadores y sus luchas por la dignidad.

Del sindicato aprendió sobre la importancia del derecho a la salud con el comité de seguridad; del derecho al estudio con el que consiguieron varias becas para los directivos e hijos de los sindicalistas; de los derechos laborales, o sea a las ocho horas de trabajo, con almuerzo y desayuno dentro de la empresa. Todo esto adquirido gracias a la organización y al sindicato. “A mí me perseguían mucho, pero yo bregaba a servir y reclamaba por los trabajadores”, me enfatiza antes de terminar esta conversación. Sus memorias y palabras son un bálsamo para el embrujo que viven los trabajadores y les impide organizarse.

Borrar el pasado

En el mundo entero, y Colombia no es la excepción, la extrema derecha alienta un proyecto negacionista sobre el pasado, que consiste en rechazar la investigación, enseñanza y difusión de los crímenes del capitalismo y de las atrocidades de dictaduras militares y gobiernos colaboracionistas con los grandes poderes imperialistas. Dicho negacionismo busca borrar el pasado e imponer una verdad oficial, a la cual deben sujetarse los ciudadanos de un determinado país, so pena de ser juzgados y condenados por ponerla en cuestión. El hecho más reciente es el del gobierno derechista de Polonia, que el seis de febrero aprobó una ley que castiga con condenas de hasta tres años de cárcel a quienes afirmen que el Estado o el pueblo polaco estuvieron vinculados con los crímenes nazis, cuando ese territorio estuvo ocupado por las tropas hitlerianas.

Esta postura se sustenta en un patriotismo torpe y barato que llega al extremo de prohibir el uso de expresiones como “campos de concentración polacos”, “nazis polacos” y “campos de muerte polacos”, y a criminalizar a quien las utilice, no solo dentro del territorio de Polonia sino en cualquier lugar del mundo.

La turbia persecución y censura ya empezó a operar contra el periódico Página 12 y el periodista Federico Pavlovsky, sudamericano, concretamente de Argentina. En días recientes, una ONG polaca, denominada La Liga Polaca contra la Difamación, cuyo segundo nombre es Reducto del Buen Nombre, y aliada directa del gobierno de extrema derecha, presidido por Andrzej Duda, decidió demandar a Página 12. Esa organización cree que Polonia es tan grande e inmaculada que hasta puede juzgar a cualquier extranjero, sin importar dónde se encuentre, como si las leyes nacionales tuvieran un carácter de extra-territorialidad que permita aplicarla en cualquier sitio del planeta tierra. Además, se supone que esas leyes operan con retroactividad, lo cual indica el rigor intelectual y la sapiencia de sus impulsores. Así, el periódico señalado ha sido demandado porque el 18 de diciembre de 2017 publicó un artículo, con el título de Rostros familiares, que es encabezado por la foto de cuatro cadáveres de la resistencia anticomunista polaca de después de la Segunda Guerra Mundial. Esa ONG acusa a Página 12 de "manipular" la información con el objetivo de "dañar a la nación polaca y la imagen de los soldados polacos" y de "engañar conscientemente" a sus lectores para hacer "creíble la tesis del antisemitismo polaco".

En el artículo se hace referencia a un hecho histórico puntual, que aconteció el 10 de junio de 1941, en el pequeño pueblo de Jedwabne, en la Polonia ocupada por los nazis. En ese pueblo de solo 3000 habitantes fueron masacrados 1600 judíos por el resto de habitantes polacos: “Ese día, mil quinientas personas mataron o vieron matar a otras mil seiscientas, éstas últimas de origen judío, y en el exterminio no hubo ninguna distinción entre hombres, mujeres, niños y ancianos”. Resulta llamativo de esta masacre que no fuera ordenada por los nazis, sino que fuera un crimen colectivo efectuado por “pacíficos vecinos”, comunes y corrientes, que de repente procedieron a torturar y masacrar a quienes eran sus amigos y/o conocidos.

Según el historiador polaco-estadounidense Jan Gross, quien escribió el libro Vecinos, que desnuda este suceso histórico, fue un asesinato en masa “en un doble sentido, por el número de las víctimas y por el número de los verdugos. Los mataron de modo frenético, barbárico, y de múltiples maneras, a unos con herramientas de metal, a otros a cuchilladas, a otros a estacazos”. Según Pavlovsky, “uno de los elementos más perturbadores de esta historia es que rompe el arquetipo de monstruo que comete actos inhumanos”, porque “los verdugos fueron unos polacos normales y corrientes”.

Sin embargo, para el actual gobierno de Polonia, hablar de estas atrocidades es inaceptable porque cuestiona la pretendida pureza y heroicidad de los polacos, nacionalistas, católicos y anticomunistas, de los que ellos se proclaman descendientes.

Pero si por Polonia llueve negacionismo histórico, en Colombia no escampa en materia de borrar el pasado. La prueba más elocuente son las continuas alusiones de la representante del Centro (Anti)Democrático, María Fernanda Cabal, quien ha dicho que “la masacre de las bananeras es otro de los mitos históricos de la narrativa comunista” y que “fueron más los soldados asesinados en esa confrontación, donde el sindicato fue penetrado por la Internacional Comunista”. En cuanto a los asesinatos de Estado, que alcanzaron su máximo nivel en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, los justificó diciendo que “parece que esos muchachos (víctimas de falsos positivos) habían cometido muchos crímenes”.

Estas afirmaciones son producto de la ignorancia, de un desprecio hacia aquellos que fueron asesinados por las Fuerzas Armadas de este país, y de una exaltación de los crímenes que estas han cometido, por defender la santa propiedad privada de la oligarquía criolla. A borrar los crímenes de esas Fuerzas Armadas y de los “hombres de bien de la patria”, como los grandes terratenientes y ganaderos, gremio al que está ligada directamente la mencionada congresista, y a presentarlos como héroes, se dirige ese intento de borrar el terrible pasado, y presente, de la sociedad colombiana. Por ello, tampoco sorprende que uno de los objetivos centrales de la extrema derecha colombiana, en cabeza de un criminal de guerra, cuyos principales amigos son paramilitares, sea el de impedir que no funcione ninguna comisión de la verdad ni que sean juzgados los empresarios patrocinadores de miles de asesinatos, torturas y desapariciones realizadas en Colombia. De llegar a triunfar en las próximas elecciones presidenciales ese sector, no sería extraño que se impulsara una ley por el estilo de la de Polonia.

Para que los colombianos no sepan que en este territorio se han cometido crímenes similares a los de los nazis, como los hornos crematorios (en Antioquia y Santander) para matar y desaparecer a humildes colombianos; que fueron asesinados cerca de diez mil colombianos entre 2002 y 2010 por miembros de las Fuerzas Armadas, cumpliendo órdenes del presidente y los ministros de defensa, solamente para presentar resultados positivos en la lucha contra-insurgente; que durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978-1982) se generalizó la tortura a los presos políticos; o que en la retoma del Palacio de Justicia fueron asesinados y desaparecidos por el Ejército decenas de trabajadores y visitantes de ese lugar…

Como bien lo dice el dramaturgo y novelista Miguel Torres en su libro La invención del pasado, sobre ese intento de borrar el pasado que tanto caracteriza a las clases dominantes, haciendo alusión a los sucesos del Palacio de Justicia: “Solitarias y vestidas de luto en un rincón de la plaza de Bolívar, se ven mujeres levantando los retratos de los empleados de la cafetería que los militares se llevaron del Palacio de Justicia y que hasta hoy no han vuelto a aparecer. Nadie se acerca a ellas. Dicen que eso no es cierto, que no ha pasado nada, que no hay desaparecidos, ni guerra, ni masacres, ni centenares de miles de muertos, que la gente como ha olvidado todo lo inventa todo. Eso es lo que dicen”.

El mapa político que dejan las elecciones legislativas de 2018 en Colombia

El pasado 11 de marzo se realizaron en el país elecciones legislativas a Senado y Cámara, y dos consultas interpartidistas para elegir candidatos presidenciales. Un aumento inesperado en la participación y un mapa político variopinto fueron hechos a destacar en la jornada.

El aumento de la participación
Contra muchos pronósticos, los niveles de participación presentaron un incremento importante en el país en términos porcentuales y totales. Tanto la tradición histórica de unas elecciones que no han sido muy atractivas para los votantes en Colombia, como los escándalos de corrupción que han salido a la luz pública en los últimos años y que han tenido al Congreso como epicentro, hacían pensar en elecciones poco concurridas. Sin embargo, la participación en 2018 se incrementó significativamente con respecto a los cinco anteriores eventos electorales, cuyo comportamiento había tenido pocos sobresaltos.

En Colombia la participación para estos comicios subió para Senado un 4.63% y para Cámara un 4.9%. En Antioquia 5.21% y 5.07% respectivamente, ligeramente por encima de los niveles nacionales. Y en Bogotá se dio el crecimiento de participación más espectacular, subiendo en un 12.93% en Senado y 13.57% en Cámara. Esto significa que en Bogotá, en números totales, votaron 916.360 personas más para Senado y 951.209 para Cámara. Pongo como ejemplo estas dos circunscripciones porque han sido, en buena medida, el meridiano electoral del país.

¿Por qué subió la participación en las legislativas del 11 de marzo? Varios elementos ayudan a explicar este hecho. En primer lugar, las consultas interpartidistas que se hicieron ese día, de izquierda y derecha, parecen haber dado un impulso importante a las elecciones parlamentarias. Se trataba de un pulso en el que estaban involucrados los dos candidatos que se han venido posicionando en la opinión pública en los últimos meses (Gustavo Petro e Iván Duque), lo que generó seguramente un mayor ambiente electoral y supuso un arrastre para las parlamentarias. Incluso cabe pensar que la torpeza de la Registraduría, dadas las dificultades con los tarjetones electorales para consultas, subió los ánimos de una jornada que se esperaba fuera tranquila.


De otro lado, no se debe perder de vista que son las primeras elecciones que se hacen en el país después de la firma de los acuerdos de La Habana. De hecho, fueron las elecciones más tranquilas que se han realizado en Colombia en ese aspecto en muchos años. Al eliminar un factor de guerra importante en el país, que fue también señalado como causa de abstencionismo en muchos eventos electorales (especialmente en algunas poblaciones de actuación directa de las FARC), las posibilidades para que la gente se acerque a las urnas aumentan. No deja de ser importante resaltar este hecho que está acompañado del paso de esta guerrilla a un partido político que se estrenaba en estas elecciones.

En Antioquia y Bogotá pueden verse otras razones particulares para que en estos dos lugares la votación creciera por encima del porcentaje nacional de participación. En Antioquia, el voto uribista ha sido muy alto, y en buena medida ha determinado el crecimiento de la participación en este departamento. Por su parte en Bogotá, asuntos como la reedición del fenómeno Mockus y la aparición de otras opciones, que pudieron haber cautivado votantes nuevos o abstencionistas crónicos, hicieron que, entre otros factores, la participación creciera en la proporción ya mencionada.

El mapa político
La persistencia de fuerzas tradicionales y la emergencia (o resurrección) de otras fuerzas políticas dejaron un mapa político del que difícilmente puede decirse que no cambió. No estamos hablando de cambios espectaculares, pero algunos detalles pueden ayudar a aclarar esto.

Dentro de las marcas conocidas se destacan varios hechos. En primer lugar, el Centro Democrático, pese a perder una curul en el Senado, pasa a ser la primera fuerza política en esta corporación y gana un terreno importante en las elecciones de Cámara. Esto no solo por el arrastre de la consulta de derecha sino porque este partido ha venido cultivando en los últimos años una especie de voto fiel, consistente elección tras elección, y eso se ha evidenciado en estos comicios. Esto puede explicar, en parte, que los resultados para ellos hayan sido mejores en las elecciones a Cámara, en términos de curules alcanzadas, dado el carácter territorial de estas elecciones.


El otro fenómeno importante es el de Cambio Radical que ha demostrado tener una fuerza regional importante basada en la existencia de barones electorales que saben cómo se consiguen votos en este tipo de elecciones. Este partido casi duplicó su representación en el Congreso y eso hace pensar que su candidato presidencial tiene fuerza suficiente para pelear un cupo a la segunda vuelta o para inclinar la balanza hacia la derecha, en caso que decida unirse al candidato de Uribe en primera o segunda vuelta. El gran perdedor entre los partidos grandes es, sin duda, el partido de la U, que cede terreno en una y otra cámara: pasa de 21 a 14 senadores y de 36 a 25 representantes. Uno podría preguntarse ¿por qué le fue tan mal? Sin embargo, sería más sensato preguntar ¿por qué no le fue peor? Esto último porque ha sido el partido sobre el que, en gran medida, han recaído los escándalos en contra de la clase política en los últimos años, y porque ser partido de gobierno le ha generado un gran desgaste.

Para completar esta parte de la foto, los dos partidos tradicionales pierden terreno, sobre todo el Conservador que ha padecido en los últimos años una indefinición que ha hecho que muchos de sus adeptos y políticos migren hacia otras opciones. El deterioro del partido Liberal no parece tan grande, y eso se evidencia en que sigue siendo el partido con más curules en la Cámara de Representantes. Con el transcurso del tiempo los tradicionales tienen una porción cada vez más pequeña de la torta, pero siguen jugando un papel importante en las elecciones parlamentarias, en las que los partidos aún son las formas organizativas más exitosas.

En el otro lado del espectro se encuentran algunos partidos de centro izquierda o izquierda cuyo desempeño estuvo, en unos casos, por encima de las expectativas. Me refiero a los casos de la Alianza Verde y la llamada lista de los Decentes. Ambos acudieron al voto de opinión, tan poco decisivo en este tipo de certámenes, y lograron captar votaciones importantes en Bogotá, cuna del voto no tradicional. La Alianza Verde dobló las curules que tenía en el Senado, pasó de cinco a diez, y tendrá tres curules más en Cámara. Los Decentes se hacen contar por primera vez obteniendo cuatro curules en Senado. El Polo Democrático mantiene sus cinco curules, mientras el partido FARC tendrá cinco curules en Senado y cinco en Cámara, producto lo pactado en La Habana.

Con un Congreso de la República así configurado, queda, para finalizar, un gran interrogante: ¿cuál será la suerte de asuntos tan importantes que pasarán por el nuevo Congreso, como la implementación misma de los acuerdos de paz? Con todo y su desgaste, en buena medida todo dependerá de hacia dónde se muevan los dos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, y el partido del actual gobierno, el partido de la U.

*Docente-investigador del Instituto de Estudios políticos de la Universidad de Antioquia.

Hablar de Hugo Chávez es hablar de polémica, de discurso encendido, de antiimperialismo y de excelente capacidad oratoria. Desde aquel cuatro de febrero de 1992, cuando siendo un desconocido pronuncia el “por ahora”, hasta su siembra el cinco de marzo de 2013, captó la atención de buena parte del mundo, incluyendo a quienes abiertamente le odiaban. Es ampliamente difundida en Venezuela la experiencia de enconados opositores, antichavistas “hasta la médula”, que no dejaban de sintonizar todos los domingos Aló Presidente, programa de radio y televisión en el que el Jefe de Estado abordaba diversos temas hasta por ocho horas continuas.

¿Qué hizo que casi la totalidad de un país se volcara bien sea a apoyar o a rechazar a Chávez? ¿Qué hizo que poderosos medios de comunicación, corporaciones y líderes mundiales pusieran los ojos en Venezuela? ¿Por qué durante 14 procesos electorales tan sólo perdió uno? La retórica simplista nos dice que era un líder populista, que manipulaba a su pueblo a través de dádivas y que tenía en su mente un proyecto autócrata, otros más imaginativos lo acusaban de loco y hasta miembro de una especie de culto casi satánico.

Sin embargo, la realidad es otra. Si bien Chávez no fue un dios, aun cuando lo han querido endiosar, sí es importante destacar que significó para la revolución bolivariana e incluso para el movimiento popular latinoamericano y mundial, el catalizador que contuvo, por lo menos por dos décadas, los procesos entreguistas y neoliberales que amenazaban al continente.

Es importante mencionar que Hugo Chávez llega al poder no por méritos de la izquierda, la cual estaba en franco retroceso tanto político como ideológico, sino por la precaria situación que vivía la población venezolana, pudiéndose resumir en una sola palabra: exclusión. Esto resulta clave para entender por qué un militar de rango medio, con tinte nacionalista, sin estar apoyado por los partidos tradicionales y que no pertenecía a la élite, logra quedarse con el poder.

Es la exclusión el detonante que derrumba la denominada cuarta república y el esplendor que vivía una pequeña pero opulenta clase social que disfrutaba de las mieles del petroestado. Para 1993, FUNDACREDESA, una institución gubernamental, estimaba, entre otras cosas que “El 1,07% de la población vive en la opulencia (cuatro mil familias). El 7,09% vive en relativo confort (15 mil familias). La clase media se ha reducido al 13,6%. El 37,6% conforma la clase obrera del país, unos 7 millones y el 40,34% son marginales, desclasados (cerca de 8 millones)”.

Una vez Chávez asume la presidencia, comienza a realizar una serie de transformaciones que cobraron su mayor éxito luego del fallido golpe de Estado proyanqui de 2002. Dicho éxito se debió a que, para superar las trabas y la burocracia típica del Estado burgués, creó una especie de instituciones paraestatales a las que llamó misiones sociales, que ofrecieron soluciones inmediatas a la población en temas sensibles como alimentación, salud, educación e identidad.

De esta forma se daba inicio a una etapa en la cual los índices de pobreza comienzan a retroceder por primera vez en años, con resultados excepcionales, lo que prendió las alarmas de poderosos intereses políticos transnacionales que temían la propagación por la región de la experiencia venezolana, más cuando la dialéctica de la propia revolución había transformado al Chávez, soldado nacionalista, en un comandante cada vez más radical y socialista.

En el plano meramente económico es importante destacar algunos datos y cifras de organismos multilaterales, que ofrecen luces y desmontan mitos. Antes que nada es perentorio acotar que si bien Chávez fue un militante del socialismo, la economía venezolana nunca trascendió el capitalismo, la vieja estructura del Estado burgués permaneció casi intacta. Ello no le quita méritos al enorme trabajo realizado por su gobierno, no olvidemos el estado y las condiciones en que se encontraba la República antes de 1998.


Indicadores como el PIB crecieron a un ritmo acelerado, el coeficiente de Gini que mide la desigualdad se redujo 20% en tan solo una década, siendo el más bajo de toda América Latina. Además no en vano, de acuerdo a la CEPAL, la pobreza pasó de 75,5% en 1997 a 25% en 2012. Por medio de las misiones sociales la patria se volvió una escuela, más de tres millones de mujeres, obreros y personas de la tercera edad volvieron al aula, lo que generó procesos no sólo de educación sino de empoderamiento. La matrícula universitaria creció como nunca, lo que antes era un privilegio pasó a ser parte de la cotidianidad. A través de convenios con Cuba se logró brindar atención gratuita y de calidad a sectores populares y zonas apartadas en las que nunca había llegado un médico. En fin, fue una época dorada, en la que negar el enorme crecimiento cuantitativo que tuvo el pueblo venezolano no es más que un signo de profundo sesgo e ignorancia.

Aunque parezca paradójico, el mayor logro de Chávez no se puede medir ni en dólares, ni en cifras o porcentajes, pues trasciende lo economicista. Haber revivido el sentido de patria; haber sacado a Bolívar de las academias; empoderar al pueblo no sólo a través de las leyes sino del despertar de una masa que se encontraba acéfala e inerte; sembrar en la mente de millones de venezolanos la semilla de la independencia, el antiimperialismo y la lucha por el socialismo; contagiar a jóvenes y niños por la defensa de lo nuestro y visibilizar a los históricamente excluidos, a los nadies, a los explotados, a los que sólo aparecían en las páginas de sucesos, a las amas de casa que no contaban para las estadísticas oficiales, a los abuelos que permanecían casi inmóviles por ya no ser útiles al sistema, a los millones de jóvenes que por no tener recursos económicos estábamos destinados al hampa o en el mejor de los casos a servir de fuente de enriquecimiento de unos pocos. Ese fue su más grande éxito.

Aun cuando las condiciones materiales en Venezuela no son las mejores, aun cuando EEUU arrecia las sanciones para ahorcar la economía y aun cuando se han perdido muchos de los logros alcanzados, la figura, el liderazgo y la tenacidad del comandante Chávez siguen presentes. En cualquier barrio o aldea se percibe el inmenso sustrato bolivariano que brota por las venas de millones de venezolanos y que no se borrará pese a las adversidades. ¿Lo habrá tomado en cuenta el imperialismo?

Contó Galeano que le preguntó a un humilde venezolano durante un proceso electoral “¿Y usted por qué vota a Chávez?” y este le respondió: “Porque no quiero volverme invisible nunca más”.

Son pocos los temas mediáticos que están tan mal contados como sucede con Venezuela. La ola de migrantes venezolanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar, por culpa de la fractura económica planeada desde países y organizaciones internacionales contra el vecino país, ha sido un tema banalizado por los medios de comunicación. El abordaje mediático –mucho más político que analítico– ha puesto poco interés en los matices y antecedentes de la crisis migratoria. Día a día los medios se convierten en cómplices y promotores de la xenofobia que empieza a impregnar a la sociedad colombiana.

La nobel de literatura Svetlana Alexiévich dijo alguna vez que “solo el amor puede salvar a los que están contagiados por la ira”. Armados de amor y fraternidad, movimientos sociales de todo el país convocados por la Mesa Social para La Paz, se dieron cita el uno y dos de marzo en Cúcuta y San Antonio del Táchira para discutir y proponer soluciones políticas al drama migratorio; hacer un llamado simbólico al hermanamiento entre ambos países; y darles un fraterno abrazo a los hermanos venezolanos.

Los padres de Bladimir Agudelo, asistente al evento Uniendo Pueblos por la Paz, fueron dos de los seis millones de colombianos que desde los 70's migraron a Venezuela huyendo de la violencia, el hambre, o la falta de oportunidades. A pesar de ser venezolano, para Bladimir las fronteras políticas y genéticas solo son mentales:

–Esto de colombianos y venezolanos para mi significa realmente muy poco, no siento ninguna diferencia. Mis viajes constantes con mis padres a Cúcuta han construido una imagen mental según la cual estoy pisando mi territorio, mi territorio es esta frontera hermosa. No siento que aquí haya ninguna línea divisoria, que humanamente seamos especies distintas, por el contrario, he construido una identidad que va de la mano. Regiones como el oriente de Venezuela o el occidente colombiano son más extrañas que este conjunto de connacionales que han sido mi vida. Desde mi primo en La Guajira hasta mi novia en el Casanare es un solo país.

Distinto a lo que muchos piensan, el puente Simón Bolívar no es el principio y el fin de dos países, sino el corredor que une dos habitaciones de una misma casa. El pasado dos de marzo, la mayoría de colombianos que asistieron al evento cruzaron por primera vez la frontera. Lo que para muchos fue una novedad, para Bladimir es un ritual familiar que le eriza la piel:

–Después de muchos años en Venezuela mi papá tenía cédula de residente y mi mamá no tenía ningún documento. Yo ya tenía alrededor de 10 años. Nosotros teníamos la costumbre de ir casi todos los fines de semana a Cúcuta y regresar a Venezuela. Los domingos en la noche era terrible porque en cualquier momento podían pedirle documentos a mi mamá y devolverla. Ella les decía a los guardias: “no tengo documentos, pero mis hijos son venezolanos, tienen cédula, partida de bautizo”, y pasaba. Había una especie de petición a los dioses: “Ay coño, que esta vez no nos pidan la cédula porque todo el hijueputa pedo allí”. Lo mismo pasaba cuando cruzaban los tíos o los primos que no tenían documentos. Mi familia se fue para Venezuela en la gran migración de finales de los 70s. Me acuerdo cuando venía todos los fines de semana. A mí me daban 10 bolívares de merienda, aquí eran algo así como 120 pesos. Con eso yo compraba chocolates, caramelos, invitaba a mis primitos, hacíamos cualquier cantidad de cosas. Para este último viaje yo tuve que sacar tres salarios mínimos de Venezuela, para pagar el transporte o los cigarrillos aquí en Colombia.


En San Antonio del Táchira, sobre la Avenida Venezuela, los asistentes al evento se congregaron en torno a una tarima donde artistas locales y colombianos pregonaron consignas en favor de la unidad, la solidaridad, y la resistencia de los pueblos. El momento más emotivo de la jornada tuvo lugar cuando los connacionales de ambos países se dividieron en dos grupos, de un lado los colombianos agitaban banderas rojas, del otro ondeaban banderas amarillas en manos de los venezolanos. Una vez dieron la señal en la tarima, los asistentes se mezclaron en un solo abrazo y gestos de camaradería que dejaron al descubierto el lado más humano de ambas naciones.

La xenofobia entre venezolanos y colombianos no es un fenómeno nuevo. Desde la separación de la Gran Colombia en el siglo diecinueve han existido interesados en popularizar la idea de que somos pueblos antagónicos. Sin embargo, la historia nos recuerda que juntos fuimos capaces de arrojar un imperio al mar y hacerlo devolver para España. Y la masiva asistencia al evento Uniendo Pueblos por la Paz confirma que todavía tenemos un futuro en común.

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