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¡A estudiar, luchar y transformar!

 

¿Cómo explicar que cien años después de la Reforma de Córdoba las luchas del movimiento sigan teniendo vigencia? Pareciera increíble que una discusión que se dio entre las juventudes argentinas hace un siglo, que evolucionó y convulsionó a todo el continente, aún no se ha cerrado y, por el contrario, se amplía a una serie de peticiones que más allá de un carácter reformista, requieren de una transformación estructural de todo el orden social establecido. Son 100 años del levantamiento que la juventud de Córdoba le legó a los hombres y mujeres libres de Sudamérica, pero lastimosamente la situación actual no dista mucho de aquellas épocas, la diferencia radica en que las políticas neoliberales cumplen ahora el papel represor que cumplía en aquel entonces la iglesia conservadora.


El torbellino desatado desde la punta continental a todas las Universidades latinoamericanas en búsqueda de autonomía, mayor acceso de las capas sociales, cátedra libre, elección de los cuerpos administrativos por la propia comunidad universitaria, extensión universitaria y otras exigencias estipuladas en la Reforma Cordobesa, continúan iluminando el faro de luchas universitarias en la actualidad. El 2011, por poner un ejemplo, representó un año de resistencia en Colombia; la unidad y movilización permitió hacernos sentir y hacer desistir al Gobierno de una política que impulsaba la privatización de nuestras Universidades. Sin embargo, ellos no dejaron de trabajar y nuestro periodo de letargo posibilitó nuevos golpes que han continuado restringiendo el acceso a la educación a las capas populares y han convertido nuestros claustros y saberes en espacios exclusivos y privilegiados.

Las banderas atrás mencionadas continúan siendo hostigadas y burladas por Universidades que se presentan como nacionales, como públicas, como autónomas. Ni nacionales ni públicas, el filtro de ingreso a través de un examen –que por supuesto hay que comprar–, restringe todo derecho universal a la educación, no solo por su carácter lucrativo, sino por la evidente desventaja que tienen quienes han recibido una educación primaria y secundaria en colegios públicos, frente a quienes disfrutaron de las ventajas de la educación privada. Hace un siglo, la Universidad era un espacio para ciertas juventudes dentro del que se pugnaba por la apertura a las clases relegadas. Hoy, las juventudes se fragmentan en la disputa por el ingreso a la educación superior, inmiscuyéndose en una competencia absurda por hacer parte del privilegiado grupo que logra pasar el examen.

En términos de autonomía universitaria y cogobierno, podría sacarse a relucir el hecho de que ya no sea la iglesia quien determine las decisiones, pues las investigaciones científicas, desde todas sus aristas, no serían más que una fuente de conocimiento reaccionaria; no obstante, el pretencioso emblema de la innovación para determinar el camino de la cientificidad en las aulas, se ve comprometido con las decisiones que un pequeño grupo de directivas, elegidas en su mayoría por el gobierno de turno, determinen a su antojo. La lucha del movimiento estudiantil a través del siglo XX estuvo sin duda marcada, por lo menos en Colombia, por este aspecto, desde la máxima movilización estudiantil de 1971 en la que, entre financiación y otras reivindicaciones, se resaltaba el tema del cogobierno y la reforma a esos Consejos Superiores Universitarios que vienen siendo un obstáculo para la autonomía universitaria desde la década del sesenta, hasta la Mesa Amplia Nacional Estudiantil en el 2011.

La libertad de cátedra, por su lado, se ha convertido en el resguardo de la mediocridad de algunos docentes que encuentran reposo para su languidez investigativa, convirtiéndose las aulas –como diría el Manifiesto Liminar– en “fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil”. Esto, sin contar con la persecución oscurantista que parecieran querer traer algunos vigilantes del orden y la moral sobre quienes cosechan un pensamiento crítico en los estudiantes: Miguel Ángel Beltrán es quien podría ilustrar mejor este ejemplo. Perseguido a causa de sus ideas, censurado y destituido por una Procuraduría en manos de quien en su juventud se jactaba de quemar libros, ¿por qué? Por querer estudiar desde la Sociología un fenómeno que nos atañe a todos: el conflicto armado en Colombia y las raíces de las guerrillas.

Pero aquí no termina la burla de las banderas cordobesas: el modelo neoliberal y la idea de autofinanciación de las universidades, han convertido a la extensión universitaria y su compromiso con la sociedad, en una oferta de cursos para cubrir el déficit financiero en el que se encuentran ahora. Como diría un viejo profesor al ver el edificio negro de extensión ubicado a las afueras de la Universidad de Antioquia: “allí es donde se prostituye la universidad”. Dejó a un lado el sentido social y la responsabilidad con la sociedad a donde van a ejercer sus profesionales; olvidó responder ante el amplio sector marginado que no tuvo el privilegio de iluminar su pensamiento dentro de las aulas; se vio obligada a acomodarse a las directrices económicas y no tuvo más remedio que sucumbir ante la tecnificación, la exclusión y al veto del pensamiento crítico dentro de sus claustros.

Aprender de la experiencia, reflexionar sobre lo sucedido y sobre las posibilidades que aún tenemos, es esencial en nuestro camino hacia una universidad pública y popular, donde se materialicen las exigencias de hace un siglo y las actuales; donde la autonomía universitaria sea real; donde tenga cabida quien quiera participar; donde el conocimiento no sea impuesto y donde realmente exista la investigación libre sin las imposiciones alienadoras del mercado; donde no exista la censura y donde la relación profesor-estudiante sea más humana. Atar la universidad pública al capital privado es mutilar su crítica. La autonomía solo es posible con una financiación garantizada. Por eso seguiremos los pasos de Córdoba, intentando contar para el país una vergüenza menos y una libertad más.

* Grupo de la Oficina Estudiantil Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

La luz que se colaba por el ancho ventanal reveló el comienzo de un nuevo día. Su mirada se posó en el techo recorriendo las grietas e imperfecciones que tal vez le mostrarían el lugar donde se encontraba. Las paredes de la mina eran angostas y en los paneles el ruido se amplificaba apabullante. Con una bocanada de aire reafirmó que no estaba bajo tierra: ya no habitaba el infierno de Potosí.

Los socavones habían devorado a su padre y a su abuelo, quienes trituraban la piedra para recoger la piltrafa del cobre. Su madre empujó el pesado vagón hasta que un día sus pulmones exagües se negaron a respirar el aire malsano y rencoroso. Todo se lo había arrebatado. Incluso ese fantasma se apoderaba de sus sueños ahogándolo en la incertidumbre de no saber si era libre o estaba enterrado en vida.

Cruzó la frontera hacia el sur. Ahora en una ciudad que no le pertenecía le arrancaba a las calles algunos pesos, que si bien no eran muchos, le permitían el privilegio del sol acariciando su espalda y a veces una comida digna. Había vendido de todo: cigarrillos a las afueras de los salones de baile, dulces en los cinemas, agua en el cruce de los semáforos y calendarios en las rutas de los colectivos. Recorría mil veces las intersecciones y avenidas voceando las noticias de algún periódico o tratando de perder de vista a los policías que le perseguían por su doble delito: vender en el espacio público y ser un extranjero.

–Cuidado negro, a Claudia le quitaron toda la mercancía ayer, vos sabés, la cosa no está para bromas. La aporrearon fuerte y se la llevaron en una patrulla hasta la comandancia en el centro.
–No te preocupes, yo mido a ojo la distancia de los policías y además corro fuerte. Algo bueno me dejó el trabajo en la mina.
–El problema no es el calabozo, es que te saquen del país. Ya ves que por eso de la guerra la gente se pone delicada.
–Si te contara cuántas veces me han echado a Bolivia no me lo crees. La última me pasé seis semanas en la frontera, parece que había problemas con una gente que quería cruzar para escaparse… pero aquí estoy, negro pero cariñoso.

La calle atestada lo recibió entre el trajín de unos y la indiferencia de otros. Sus grandes hogazas de pan entrelazadas en un canasto anunciaban el sustento del día. A su lado una mujer joven vendía agua y más allá otra ofrecía café en grandes termos. En la acera del frente las notas de un bandoneón crepitaban con nostalgia mientas un viejo entonó con voz gastada Arrabal amargo… El ruido y el movimiento de la urbe impregnaron cada espacio de monotonía. Lejos de ser un caos sin forma, todo evocaba una sinfonía compuesta por sonidos opacos, voces alegres, notas musicales y el transcurrir incesante de los automóviles. La vida estaba presente en cada elemento, en la dureza del metal y los árboles que generosos daban su sombra a la mitad del pavimento.

–Negro corre…que se viene la policía.

Todos a uno recogieron sus cosas armando grandes mochilas y trataron de perderse entre la multitud. Las calles se apretaban como un laberinto, el cual recorrió echando nerviosas miradas hacia atrás. Desandando varios trechos trató de superar una empinada acera pero dándose por vencido decidió girar por la esquina hacia el abasto principal. A lo lejos avistó un hombre a caballo… sintió que no tenía escapatoria.

El tercer camión casi lo golpea de frente. Era una fila casi inagotable que abarcaba toda la carretera y se extendía hasta donde permitía la mirada. En los ojos de los militares no se anunciaba la victoria. Uniformes desgastados, caras pálidas y barbas de varios días, manos temblorosas que intentaban articular un símbolo de despedida.

–Che negro, por favor regálanos un pan, tenemos hambre.
Andrés se acercó mientras su mano generosa alargaba una hogaza.
–Héroe, ¿de dónde vienes y a dónde vas?
–Me llamo Leonardo, soy de Chivilcoy y todos venimos de las Malvinas.
–No había comida… frío, mucho frío… atacaban con bombas…yo traté de salvarlo… tenía miedo… la noche asustaba­–, todos venían de un infierno congelado en las Malvinas.

Nunca supo cuántos camiones recorrió o por qué lo hizo. Los panes se multiplicaban junto con los abrazos y las manos que le agradecían. Los nombres de provincias, pueblos pequeños y ciudades se entrelazaban con apellidos y calles donde los que volvían deseaban regresar. Lágrimas o solo silencio, ojos que perdidos en la nada daban testimonio de una guerra donde todo se había perdido desde el principio.

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido.

En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie te dio.

Recordó la jaula que llevaban los mineros a las entrañas de Potosí. Una mina que asesinaba a los hombres o los devolvía convertidos en escoria. La guerra era igual, solo los muertos o los generales se cubrían de gloria, los demás sobrevivían para repetir en sus cabezas los horrores y pasar noches enteras recordando los nombres de los que no estaban.

Los camiones comenzaban a perderse en el horizonte. Las sonrisas devolvieron a esa calle un poco de dignidad antes de que todo volviera al silencio. Ese día Puerto Madryn se quedó sin pan.

El sol se ocultó silencioso, indiferente.

En la medida en que la lógica del capital se ha ido expandiendo por el mundo –un proceso que tan solo se ha logrado plenamente en los últimos treinta años–, la mercancía se ha impuesto como la razón suprema de la existencia humana. Aparte de ese hecho incontrastable que ha significado convertir a la tierra en un gran bazar planetario, donde todo se compra y se vende, otra característica del capitalismo realmente existente radica en que las mercancías cada vez duran menos, y tiende a dominar lo efímero, lo fugaz, lo instantáneo. El capitalismo es cultor del presente, dimensión temporal que le sirve para reducir la vida humana a pocos actos: comprar, consumir y contaminar. Los seres humanos en este mundo capitalizado hasta los tuétanos no tenemos ni pasado, ni futuro; estamos encadenados al presente hedonista, sin sueños, utopías, ni esperanzas, salvo que consideremos que el celular es la utopía, que el consumo es el sueño del edén hecho realidad y las esperanzas se reducen a poseer una cantidad de cosas inútiles y dañinas, que lanzan las empresas capitalistas a toda hora para envenenar el alma y el cuerpo y destruir los ecosistemas, con tal de obtener fabulosas ganancias.

Esta realidad capitalista domina el mundo material y la producción de ideas, hasta el punto que estas últimas también se han hecho desechables. Como norma dominante, ya no hay ideas sino ocurrencias y disparates, que se venden como si fueran aportes extraordinarios al saber humano, cuando en el fondo son estupideces, como se ve a diario en las universidades del mundo entero, convertidos en centros de la ignorancia generalizada. Esas universidades se parecen cada vez más a los centros comerciales, donde las ideas se hacen desechables, y aunque no tengan ninguna importancia creadora que beneficie a los seres humanos, a sus promotores solo les interesa enriquecerse, como se demuestra con las tonterías que promueven el “pensamiento positivo” y baratijas por el estilo.

Nada ni nadie parecería perturbar ese “mundo feliz” del capitalismo, que habría logrado auto-reproducirse al infinito, mediante la producción ininterrumpida de mercancías y su consumo generalizado. Nada importarían las desigualdades sociales, ni la explotación intensificada de los trabajadores en los cinco continentes, ni la destrucción de los ecosistemas, porque el dominio del capital marcharía hacia el crecimiento eterno, ahora impulsado por las pretendidas nuevas lógicas de acumulación, basadas en el espejismo del dinero como creador de riqueza (D-D', la ficción dineraria), que generarían las nuevas tecnologías informáticas. Este estribillo fue el que se repitió durante dos décadas, tras el fin del socialismo burocrático y la desaparición de la URSS, cuando el triunfalismo del “nuevo desorden mundial” proclamó que habíamos entrado en una nueva época, de dicha eterna, sin crisis, ni sobresaltos para un capitalismo que llegó hasta proclamar el fin de la historia. En ese momento (1989-2007) aparentemente desapareció el nombre que encarna al principal crítico del capitalismo, Karl Marx, a quien se volvió a declarar muerto y se efectuaron muchos cortejos fúnebres en la década de 1990.

El capitalismo y sus ideólogos mundiales, envalentonados con su triunfo en la Guerra Fría, pudieron respirar tranquilos porque el espectro de Marx y el comunismo había pasado a mejor vida. Como ha acontecido en diversos momentos en la historia del capitalismo desde el siglo XIX, la idea coetánea de la muerte de Marx y la consolidación de un capitalismo sin crisis ni contradicciones, resultó ser una especulación sin sentido. Esos ideólogos de la prosperidad eterna del capital hacían suya la pretensión que el propio Marx criticaba con ironía en su tiempo, hablando de las crisis: “Todos quieren la competencia sin sus nefastas consecuencias. Todos quieren lo imposible: las condiciones de vida burguesa, sin las consecuencias necesarias de estas condiciones”. La crisis capitalista que se inició en el 2007, y se mantiene en estos momentos, puso de presente que Karl Marx en realidad nunca se había ido, que su espíritu crítico y combativo siempre nos ha acompañado.

Una semántica revolucionaria
Marx inauguró una tradición teórica hace 170 años, que sigue viva y se mantiene como un instrumento para luchar por la transformación de la realidad capitalista. Haber construido una semántica social y política, radicalmente crítica, es uno de los aportes imperecederos de Marx, cuyo abandono por parte de importantes sectores de ese híbrido que se sigue llamando “izquierda”, ha tenido consecuencias desastrosas. Porque una cosa es la necesidad de actualizar el contenido de los términos con referencia a las modificaciones del mundo real, y otra muy distinta es su abandono con el pretexto de que la realidad ha cambiado tanto que es otra y que para aprehenderla ya no sirven los términos críticos de la tradición teórica de Marx.

Ese cambio de terminología no es fortuito: es el resultado de una estrategia del capitalismo, tendiente a eliminar de la conciencia de los seres humanos la posibilidad de pensar el mundo de otra forma a las ideas dominantes, generadas por el mismo capitalismo. Dejar de utilizar los conceptos de explotación, capitalismo, clases sociales, lucha de clases, plusvalía –para solo mencionar algunas de las desarrolladas por Marx– no es un cambio decorativo, sino que es una mutación decisiva: significa renunciar a las posibilidades analíticas (no solo descriptivas) para comprender la realidad, y sobre todo políticas para enfrentarla.

Cuando se deja de utilizar el término explotación, por ejemplo, se está renunciado a comprender lo que está sucediendo en el mundo del trabajo a nivel mundial y se pierden los nexos existentes entre generación de valor (que efectúan los trabajadores mediante la explotación) y la ganancia obtenida por los capitalistas y acumulada en forma de riqueza monetaria o de capital físico. El abandono del término explotación impide desentrañar lo que se encuentra tras el dato estadístico (apartemente frío), que denota un contenido aberrante de la sociedad capitalista, como el que suministró la ONG Oxfam a comienzos de 2016, cuando se indicó que solamente el 1% de la población mundial tiene más riqueza que el 99% restante. ¿Cómo entender esta tremenda disparidad si no se habla de explotación? Eso nos remite a lo que sucede con los trabajadores por doquier, una gran mayoría de los cuales soporta las condiciones laborales del siglo XIX, y cuya fuerza de trabajo genera la inmensa riqueza que beneficia a una reducida porción de la población mundial, formada por multinacionales y grandes capitalistas.

Marx nos enseñó a usar unos términos que dotan de identidad a los anticapitalistas del mundo y nos suministran unos instrumentos analíticos y políticos, que deben ser enriquecidos porque no son pétreos e inmutables, con el estudio de la realidad concreta. Renunciar a ese lenguaje es perder un soporte básico en la lucha anticapitalista, es como hallarnos huérfanos, sin una brújula que oriente nuestras luchas y acciones. Perder nuestro lenguaje no es cualquier cosa, es deponer de entrada las armas de la crítica radical para enfrentar al capitalismo.

Un pensador crítico
Marx fue un pensador crítico, en tres sentidos. En una primera dirección, la crítica apunta a desentrañar los mecanismos específicos que caracterizan el funcionamiento de las relaciones sociales capitalistas, como una realidad histórica, que ha sido presentada desde sus orígenes como una relación natural, eterna e inmodificable. A esa labor crítica, Marx consagró la mayor parte de su existencia, sobre la que nos dejó unos cimientos invaluables, que se constituyen en las piezas más notables del anticapitalismo jamás escritas y que, por lo mismo, le granjearon el odio eterno de los capitalistas de todas las épocas.

En un segundo sentido, la crítica devela las adulteraciones ideológicas de la “ciencia económica estándar”, que en su tiempo incluía a lo mejor de la economía clásica. Se trataba de demostrar que, tras las categorías de la economía, se ocultaba la pretensión de presentar como natural al capitalismo, como si no fuera una relación social sujeta a sus propias contradicciones, y como si además el fetichismo de esas categorías no fuera la expresión más profunda del fetichismo de la mercancía y el dinero.

Pero Marx no es un crítico que critica porque sí, como sucede a menudo con los iconoclastas o nihilistas, sino que tiene en mente una sociedad alternativa al capitalismo (aunque, por desgracia, en esa dirección haya avanzado poco, por múltiples y variadas razones), lo que es el tercer sentido de la crítica. La apuesta de Marx es por una sociedad emancipada, en la que los productores asociados rijan sus propios destinos.

De estos tres sentidos del término crítica, sobresale el último, si se consideran los intentos fallidos de avanzar en esa dirección durante el siglo XX. En efecto, la derrota de los proyectos anticapitalistas en el intento de construir el socialismo ha hecho que se acepte en algunos círculos liberales y de izquierda del mundo el sentido de la crítica de la realidad capitalista y de las categorías que los encubren, pero que se dude de la posibilidad de alcanzar el tercer sentido de la crítica, el de construir otra sociedad distinta y superadora del capitalismo.

El fracaso de esos proyectos no invalida la urgencia de construir alternativas al capitalismo, porque ahora esa necesidad es más apremiante ante la crisis civilizatoria, que pone en peligro la supervivencia de la humanidad, la terrible realidad que hoy enfrentamos. Aquí hay un punto discutible o que por lo menos requiere precisar algún tipo de matiz. Nos referimos a la idea de Marx sobre la abundancia en una sociedad futura y alternativa al capitalismo. Habría que aclarar qué se entiende por abundancia, si es simplemente el poseer cosas materiales sin límite alguno –lo cual ya sería característico de los países capitalistas super-desarrollados, empezando por Estados Unidos– o hacer extensivo ese consumo de un 20 o 30% de la población mundial al resto de la gente del planeta (un poco como lo que podemos denominar la delirante “opción China”). Este significado material de abundancia es en la actualidad imposible de alcanzar, porque nuestro planeta tierra, el único habitado y habitable, es finito en recursos y en energía, y de él no se puede extraer materia suficiente para concederle a siete mil millones de seres humanos los lujos y despilfarro que caracteriza al habitante promedio de los Estados Unidos. Para que eso fuera posible, se necesitarían nueve planetas como la tierra, de los que no disponemos.

La idea de abundancia en Marx debe ser entendida en un sentido más profundo, que suponga la satisfacción de las necesidades vitales de los seres humanos, junto con las necesidades históricas indispensables, y disfrutar de tiempo libre para enriquecer las relaciones humanas (abundancia de tiempo y de relaciones y no de cosas). Abundancia, en esta dirección, apunta a construir una sociedad plena de vínculos afectivos, con mucho tiempo libre para disfrutar, y sin que el trabajo sea un castigo, ni una pesada carga alienante.

Un pensamiento revolucionario y vivo
La obra de Marx expresa un pensamiento revolucionario fructífero, vivo y en diálogo permanente y crítico con lo más valioso de la ciencia y el conocimiento de su tiempo. Marx se veía a sí mismo como un “devorador de libros”, con lo cual quería decir que estaba al tanto y le interesaba lo que se produjera en términos de conocimiento. Ese saber enciclopédico que caracterizaba a Marx, y sorprendía a quienes lo conocieron, no pretendía acumular saberes o títulos, algo que caracteriza a los pedantes doctores y profesores universitarios de nuestros días, sino que estaba destinado a convertirse en la materia prima de una elaboración intelectual muy original, cuyo objetivo era alimentar la lucha de los trabajadores contra el capital.

Si bien Marx dialogaba con la ciencia de su tiempo, no era un cientificista convencional, que atesoraba saberes para él, sino que consideraba que “quienes tienen la suerte de poder dedicarse a los estudios científicos deben ser también los primeros en poner sus conocimientos al servicio de la humanidad”. Un saber al servicio de la humanidad es un lema que resume lo que era y quería Marx, y también debería guiar la actividad de los trabajadores del pensamiento y de los militantes revolucionarios que procuran seguir la senda anticapitalista de Marx en nuestros días.

En ese esfuerzo intelectual, Marx fue influido por lo más notable del pensamiento de su época, el fermento que nutre su síntesis crítica, y por supuesto, también por concepciones eurocentristas, progresistas y evolucionistas. Estos son algunos aspectos que resaltan los críticos de Marx, entre los que se incluyen algunos poscolonialistas, desconociendo que gran parte de las afirmaciones eurocentristas y progresistas fueron rectificadas en otras obras, lo que desde luego no implica desconocer algunas páginas desafortunadas como las que escribió sobre Simón Bolívar. Así, para señalar un ejemplo, la afirmación de Marx a comienzos de la década de 1850, sobre las pretendidas bondades del capitalismo inglés en su expansión por la India, son superadas con la demoledora crítica que realiza años después sobre el carácter colonialista y opresor de ese capitalismo, no solo en el continente asiático sino en el propio suelo europeo, como acontecía en Irlanda.

La vida y lucha de Marx demuestra su carácter de revolucionario, comunista y anticapitalista. Hoy no nos sirve un Marx “políticamente correcto”, momificado para regocijo de los apologistas del capitalismo, sino aquel pensador radical que nos invita a sublevarnos en el siglo XXI, como él lo hizo durante el siglo XIX. Por eso, las nuevas generaciones seguirán escuchando el trueno relampagueante de Karl Marx, un pensador que nunca se fue, sino que siempre vivió entre nosotros, en las luchas abiertas o encubiertas que nunca han cesado de librar los trabajadores y los explotados y oprimidos del mundo entero contra el sistema del capital.

Los alcances de la participación en Colombia han estado en permanente disputa entre las clases dominantes y el pueblo, que se expresa de diferentes maneras en los movimientos sociales, los partidos de izquierda y las comunidades, principalmente. Esto sucede porque los espacios y mecanismos de participación de la sociedad que existen en la Constitución Política son irrelevantes e ilegítimos, ya que no tienen la capacidad de materializar los resultados de esa participación en políticas públicas.

El ejercicio de la democracia está cada vez más restringida a espacios electorales y de representación; no se promueve la participación directa y vinculante que le permita a las comunidades contribuir en políticas de diseño de su territorio, acordes con su vocación productiva; tampoco facilita definir el uso o destino de sus riquezas. Por el contrario, las clases dominantes en Colombia han desarrollado por siglos formas de dominación que incluyen la desaparición, el asesinato y la judicialización de líderes para desarticular los procesos sociales que actúan como sujetos de transformación.

Sin embargo, el logro de una paz estable y duradera genera expectativa y esperanza en la población; parar la guerra y construir un ambiente donde la acción política esté libre de violencia está al centro de los debates y de las dinámicas territoriales; esta expectativa potencia la organización, la movilización y la construcción de agendas y espacios para avanzar en la solución política al conflicto social y armado.

El incumplimiento del Gobierno a los acuerdos de paz firmados con las FARC; la falta de voluntad para acordar el punto de participación de la sociedad en la construcción de paz, en el proceso con el ELN, y la ausencia de pedagogía necesaria para que la sociedad se entusiasme, no ayudan en nada al ambiente social y político que legitime el proceso de paz y las transformaciones que requiere el país. Por eso es necesario superar los obstáculos y dificultades que las organizaciones sociales, las comunidades y en general la sociedad civil encuentran en ese camino.

El enfoque de la paz
Una cosa piensa el Estado sobre la participación de la sociedad en la construcción de la paz, y otra las comunidades. Por un lado, el Estado quiere una participación pequeña, simple, que recomiende o incida, pero que no sea vinculante, es decir que no obligue. Las comunidades quieren todo lo contrario. Para el Estado, alcanzar la paz tiene que ver con la superación de la confrontación armada, por lo tanto su principal apuesta es la desmovilización de las fuerzas insurgentes y la entrega de sus armas. Así, cesarían las acciones militares sobre las fuerzas armadas estatales, y se posibilitarían las actividades económicas en los territorios, a las grandes empresas nacionales y extranjeras.

Las comunidades consideran imperativo resolver los problemas históricos de pobreza y exclusión que son la causa del conflicto armado y la ausencia de la paz. Por ejemplo, el acceso a la tierra para millones de familias; el manejo soberano y el beneficio común de los bienes de la naturaleza; la garantía de los derechos sociales, políticos, culturales y ambientales, entre otros. Es fundamental que el enfoque sobre la paz contemple las más diversas posturas, y no simplemente las que llevan a una mesa de negociación las dos partes; el enfoque de paz también debe ser una construcción social y democrática.

La cultura política
Desde el mismo Estado y a través de diversos estamentos gubernamentales se fomentan prácticas antidemocráticas, violentas y corruptas, que unidas con las carencias sociales y económicas promueven una decadencia de la cultura política en toda la sociedad. Los medios masivos de comunicación empeoran este triste panorama, pues con sus prácticas, en lugar de generar capacidad de razonamiento, reflexión y actitud crítica, alimentan la mediocridad, el odio, el egoísmo y la indiferencia de la sociedad hacia los asuntos políticos y públicos.

Además, el desprecio por la vida y la justificación de la violencia, la muerte y la desaparición del contrario han provocado tal insensibilidad social, que le da vía libre a los violadores de derechos humanos para actuar con la mayor impunidad. La falta de garantías para la vida, las acciones colectivas y la defensa de los territorios, es el resultado de estas prácticas sociales y políticas. Entonces estas realidades, en vez de incentivar la cultura de la participación, la reducen, la coartan y la hacen lejana a las aspiraciones de las comunidades.

Se necesitan garantías
El Estado carece de la voluntad política para orientar a su amplia institucionalidad en la aplicación, promoción y defensa de los derechos fundamentales de los colombianos y colombianas. Especialmente en el disfrute de los derechos humanos, económicos, sociales, culturales y políticos. Las Instituciones no disponen de mecanismos, espacios, recursos y decisión para el ejercicio participativo en los territorios, desde los sujetos políticos activos y desde las estructuras sociales locales y sectoriales; esta situación hace inviable la incidencia en la realidad económica, política, social, ambiental e ideológica por parte de las mayorías excluidas en sus territorios.

La negociación entre el Gobierno nacional y el ELN en la ciudad de La Habana-Cuba, tiene por delante no solo la superación de todos estos vacíos de la democracia colombiana, sino el complejo momento político que incluye el fin del gobierno Santos, y la incertidumbre frente a la postura en materia de paz de su reemplazo en agosto de 2018.

Poner a jugar las experiencias
Es en este contexto que las organizaciones sociales y políticas que le apuestan a la paz con justicia social deben jugársela toda, para así provocar una política estatal de continuidad del proceso de paz. Como se ha dicho, es necesario construir un enfoque común y democrático, pero especialmente promover y ejecutar en la práctica hechos de participación.

Para eso se deben articular los procesos sociales y políticos, y con ellos dinamizar el movimiento por la paz, poniendo al frente las experiencias territoriales, las agendas, los espacios colectivos y las aspiraciones de vida digna de miles de personas. Por ejemplo, la propuesta de las mujeres, de diálogos territoriales por la paz que se instalaron en Barrancabermeja el 18 de mayo de 2018; o la Comisión Étnica por los derechos territoriales que logró, en el proceso con las FARC, un acuerdo para los pueblos indígenas y negros, y que puede seguir ganando terreno con sus apuestas colectivas, autónomas y territoriales; o la Mesa Social Minero Energética y Ambiental que ya tiene propuesta construida intersectorial y colectivamente en el marco de la soberanía nacional; así mismo regiones como el Magdalena Medio, Arauca y Suroccidente que de forma sostenida en el tiempo han construido alianzas, propuestas y espacios locales, sectoriales, interétnicos y demás, están preparados para hacer escuchar la voz de la región en este proceso de paz.

Me llamo Arnulfo Joven, tengo 57 años y llevo los últimos seis trabajando en la defensa de los Derechos Humanos en el municipio donde nací: Pitalito, Huila. Soy tecnólogo en soldadura, especialista en soldadura de alta y baja, y trabajo en mi casa actualmente. Cuando no hay contratos con empresas fuera del departamento, entonces trabajo en la casa mía.

¿Por qué violan tanto los derechos humanos?
Hago parte del Comité Permanente por la defensa de los Derechos Humanos en Colombia (CPDH) desde el 2012, a raíz de tantas violaciones a los derechos humanos (DDHH) en Colombia.

En Pitalito somos nueve miembros del CPDH, y estamos muy pendientes en cuanto a cualquier eventualidad donde se requiera: en la salud, la educación. Anteriormente las batidas que habían, cogían a los muchachos, súbanse al carro y hágale. Eso se ha frenado, en parte, por la cantidad de denuncias que hemos hecho, ya que no perdemos conexión con la dirección nacional.

El Gobierno municipal o departamental no nos apoya en nada. Pero no es su obligación como tal, porque en la defensa de los derechos humanos nadie puede interferir en nuestra labor. Aquí el alcalde actual, Miguel Antonio Rico Rincón, delegó a los miembros del CPDH en Pitalito para participar en el Concejo Municipal de Paz y Derechos Humanos, pero la administración creó eso y se quedó en el papel. Del sindicato y de diferentes organizaciones, incluso del clero, llamaron a conformar ese Concejo Municipal de Paz y Derechos Humanos, pero no avanzó porque el alcalde no le puso atención. Sólo hizo dos reuniones, trajeron gente de la Gobernación departamental, pero de ahí no pasó nada más.
De pronto a veces uno busca que los entes territoriales en defensa de los DDHH, es decir, la encargada de la personería pública, la personera, se fije más en este tema. Que no se fijen más en la parte lucrativa que es lo que generalmente hacen. Sólo quieren figurar y ganar dinero a costa de eso. De entrada, nos preguntamos: ¿por qué se violan tanto los derechos humanos? Porque las personas no saben cuáles son o no saben que los tienen. Cada uno debe conocerlos, y ese es nuestro objetivo.

El Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos está avalado por la Federación Interamericana de Derechos Humanos. Existe en Colombia hace 40 años. Además, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) nos ha capacitado también, pero somos víctimas del conflicto armado interno, porque los enemigos de la paz nos ven como enemigos de ellos.

Luego de uno estar acá, llega a la conclusión de que siempre las personas afectadas son de estratos bajos. Los que han llevado del arrume en Colombia son campesinos, vendedores, desempleados. Pero eso sí, cuando llegan los comicios, las elecciones, esos que han golpeado y abandonado a la sociedad, vienen a buscar votos, a buscar cómo engañar a esas personas y seguir con el poder.

Los gobiernos logran que los colombianos sean violentos entre sí
Uno acá ha afrontado situaciones difíciles. Los paros campesinos que ha habido en 2013, 2014 y 2015, donde hemos sido gaseados por el mismo ESMAD. Recuerdo muy bien que estuvimos con la periodista, que en paz descanse, Flor Alba Nuñez... ella como periodista y nosotros, estuvimos al frente defendiendo a los campesinos que eran quienes reclamaban sus derechos. La protesta en Colombia no está prohibida. Es uno de los derechos fundamentales en nuestro país, y ha sido satanizada.

Flor Alba Nuñez fue asesinada por hacer bien su trabajo, por ser buena periodista. Ella se enfocó en trabajar con nosotros, porque a ella también le afectaba la violación a los derechos humanos. Ella también sentía cuando el campesino era estropeado, cuando al vendedor le quitaban sus cositas, se las llevaban, lo ultrajaban, le quitaban el sustento diario. Ella trabajaba principalmente para La Preferida, la emisora comunitaria, y nos daba el espacio para que las comunidades nos expresáramos sobre algunas irregularidades que ocurrieran en Pitalito.

Es muy duro ver cómo los gobiernos logran que los colombianos sean violentos entre sí. Ponen a un policía a que golpee a un campesino, y ese policía es hijo de un campesino, o un soldado disparándole a un campesino…

La guerra no la vamos a resolver en dos o tres años
El proceso de paz ha sido fructífero no sólo para nosotros como defensores de derechos humanos, sino para todos los colombianos. Ya no hay tomas de pueblos. El mismo soldado dice: "Estamos relajados, ya no hay ese temor tan grande de las tomas guerrilleras". Ya la ración de campaña incluso está muy a un lado. Entonces todos nos hemos beneficiado con este proceso de paz. Ahora, que existen los enemigos de la paz, existen, pero los que quieren continuar la guerra pues claro, siempre van a ser cizañeros en cuanto a los diálogos de paz, pero esa guerra que vivimos durante más de 53 años no la vamos a resolver en dos o tres años, falta mucho por hacer.

Ha habido líderes sociales y defensores de derechos humanos víctimas mortales del conflicto armado, porque somos muy estigmatizados solo porque no estamos de acuerdo con los atropellos que hace el Estado contra el ciudadano. Y por eso nos tildan de auxiliadores de la guerrilla, de izquierdistas, de todo eso, pero nuestro trabajo se enfoca en defender todos los Derechos Humanos.

De todas maneras, después del proceso de paz todo está calmado, hasta el momento, en esta parte del territorio. De pronto por ahí problemas en la salud, inconformidades de la gente con ese tema, pero en cuanto a desplazamiento, amenazas, pues mentiría si digo que las hay justo ahora, pero estamos en alerta porque los acuerdos de paz no se están cumpliendo a cabalidad.

Al fin y al cabo, le apuesto a construir la paz, y quisiera que hubiera un cambio en estos gobiernos que han construido la guerra, y que quieren seguirle apostando al conflicto armado.

En 1987, 120 mil campesinos del nororiente colombiano se movilizaron por intricados caminos desde sus veredas hasta varios puntos de concentración, con las exigencias sobre sus hombros de mejoras en las vías de comunicación, en la salud, la educación y en la política agraria. Sus demandas no eran un asunto menor en una región abandonada y que paradójicamente concentraba la mayor riqueza petrolera de Colombia para aquella época. Hasta Valledupar, Tibú y Ocaña llegaron las grandes movilizaciones, entre las cuales había delegaciones de la región binacional del Catatumbo.

Gustavo Quintero era un joven campesino. Su padre participó activamente de este paro mientras él cuidaba la cosecha de cebolla y solo hasta los últimos días se uniría a esta manifestación “El paro de nororiente en ese tiempo no era porque uno quisiera, sino cuando echaron a salir todos esos proyectos: a hacer carreteras donde no había que hacer, puentes donde no había ríos, escuelas donde no había niños, entonces la gente de acciones comunales era muy fuerte dentro de la región y salió a ese paro”, cuenta Gustavo. Después de este paro comenzarían a aparecer las obras en esta tierra abonada con la lucha de campesinos, pero también con la de los indígenas Barí y los trabajadores petroleros.

“Sembrar pa' botar”
Gustavo heredó de su padre la historia de permanencia en el territorio y con ella los conocimientos sobre la cosecha de la cebolla, el maíz y frijol, los cultivos tradicionales del Catatumbo. “En ese tiempo era muy lindo porque uno de Ocaña no traía casi nada, porque en la misma finca uno producía lo que era la caña, el maíz, el mismo café, la leche porque tenía uno la vaquita, el huevo porque tenía la gallina, las semillas porque uno mismo las seleccionaba, uno mismo las sacaba y vendía la que no necesitaba, y la semilla la volvía a dejar para producir la siembra", recuerda sobre aquellos días de juventud Gustavo, quien ahora tiene 53 años y vive con su familia en una vereda del municipio La Playa, en el Catatumbo Alto.

El abandono estatal ha sido caldo de cultivo para que surjan todas las formas de violencia en la región. Desde finales de la década del 90, con la irrupción del Bloque Catatumbo de las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia, se desató una guerra sin cuartel que obligó a gran parte del campesinado a desplazarse hacia los centros urbanos. Tras los paramilitares, llegó la coca, con ella la estigmatización y persecución del Gobierno, quien además llegó con su proyecto de un campo sin campesinos impulsando la siembra de grandes extensiones de palma, cacao y caña de azúcar.

Hoy en día no solo prolifera la coca, sino que también se han impuesto por el mercado y el Gobierno semillas de origen foráneo que generan dependencia del campesino a estas. Anteriormente cebolla peruana competía con la criolla, entonces un campesino vendía una carga de cebolla a precio de mercado en 150 mil, pero en este momento en el mercado se compra la carga de cebolla peruana entre 50 y 30 mil pesos. Por esto, entre los jornales de la familia y los costos de producción, solo le quedan al campesino saldos en rojos en sus cuentas. Esto teniendo en cuenta también que con la semilla peruana el campesino la siembra y tiene que volver a comprarla, en cambio, con las semillas tradicionales de la región como la cebolla común ocañera un campesino cosecha hasta siete veces. “Acá era poca la coca que se sembraba, pero entonces al ver que toda la máquina del Gobierno quería acabar toda la producción campesina natural, uno compraba semillas pa' sembrar y no le daba, tenía que buscar otra cosa, entonces si usted tenía coca en la finca yo tenía que llegar a jornalearle, era mejor que sembrar pa' botar”, sostiene Gustavo.

En el 2002, mientras Gustavo trabajaba en su finca fue interceptado por el Ejército, acusado de ser colaborador de la guerrilla. Fue retenido durante cuatro días en el batallón de Ocaña, pero como dice él, todavía no estaba pa' esa hora, y logró ser liberado. De ahí en adelante continuaron las amenazas y le tocó desplazarse de vereda en vereda para salvaguardar a su familia: “si van a hacerle daño a uno, van a hacerle a todos los de la familia, y ahí aferrado a Dios, porque yo creo mucho en la religión y que hay un Dios en el cielo, aferrado a eso y más aferrado a la tierra”. Para Gustavo la guerra que ha vivido el Catatumbo ha tenido el objetivo de expropiarlos de la tierra en que han vivido y de sus riquezas naturales.

Integración, vida y territorio
Con el paramilitarismo se desarticuló el trabajo comunal, muchas juntas y cooperativas se acabaron en la región. La zozobra, el miedo y el desplazamiento se tomaron las veredas. Gustavo aún recuerda que cuando viajaba de un lugar a otro tenía hasta que negar el apellido.

Sin embargo, llegando el 2004 y a pesar de la desconfianza decidió participar de unas reuniones a las que lo invitaron algunos conocidos. Así en septiembre de ese año se realizó el Encuentro Comunitario del Catatumbo “Integración, Vida y Territorio” llevado a cabo en San Pablo en el municipio de Teorama.

“En medio de esta historia tan gris que nos ha tocado vivir, hemos aprendido a resistir, a enfrentar, pero también a construir alternativas a estas realidades y es así como desde el CISCA desde el año 2004, decidimos retornar al territorio, recuperar el tejido social, reconstruirlo y apostarnos a la permanencia con la vida digna en el territorio”, dice Germin Sanguino, integrante del equipo político del Comité de integración social del Catatumbo –CISCA-.

Otro líder que vivió este momento fue José De Los Santos, quien llegó desplazado del César y ha sido presidente de la junta de acción comunal de Filo Gringo desde muy joven. En sus palabras “El CISCA es un proceso que nosotros levantamos a través de la ruptura social que tuvo la región del Catatumbo por la arremetida paramilitar. Considero que no hemos vivido el tiempo en vano”. Para el CISCA la vida en el Catatumbo tiene que ver con un plan de vida con garantía de derechos sociales, económicos, políticos, culturales y ambientales para los catatumberos.

Planes de vida
En principio cuando se hablaba de plan de vida algunos campesinos creían que iban a ser proyectos del Gobierno, y que como en otras ocasiones, les dirían cómo cultivar para dejar atrás sus tradiciones. Sin embargo, los planes de vida apuntan a que haya una economía solidaria fortalecida y a la construcción del territorio, no solamente como espacio geográfico sino desde el relacionamiento social, económico y cultural con el espacio que se habita.
“El plan de vida para nosotros es volver a recuperar las semillas naturales, volver a recuperar el campo como era el campo colombiano. Que a lo que usted vuelva a producir va a tener la semilla de cebolla criolla, que sea la semilla de frijoles hasta el tiempo que quiera tenerla, no acabarla, sino que si usted necesita entonces usted me dice: yo necesito tantas semillas de cebolla, tengo tanto de frijol. Entonces yo le digo: hagamos el cambio o se la presto para que no se acabe. Que yo tengo la gallina criolla, como hago yo, o la señora suya decirle a la señora mía: me echa la culeca, me da media, o me presta los huevos para volver a recuperar la gallina criolla… o todo para volver a recuperar el cerdo criollo, para volver a recuperar la vaquita criolla. Que si yo a usted lo llevo a la vereda donde yo vivo, le pueda dar un mal de estómago y que diga hay que buscar una vaca para hacerle un bebedizo de leche”, explica detalladamente Gustavo.

De esta manera en las veredas y corregimientos del Catatumbo los campesinos han venido implementando las cooperativas para truequear sus productos entre ellos y no tener que desplazarse hasta las ciudades principales. Un ejemplo de esto es la tienda comunitaria de San José del Tarra. Gustavo lleva allí sus cargas de cebolla cultivadas en su finca, las vende o cambia por otras cosas como yuca, café o comida. La propuesta que hay es llegar a otros municipios cercanos como El Tarra o corregimientos como Filo Gringo para no tener que llevarla hasta Ocaña, en donde nada más el desplazamiento resulta muy costoso para el agricultor.

Lo que buscan los campesinos es vender sus cosechas a un precio justo, y posibilitar el intercambio de sus productos. En la cooperativa de La Vega de San Antonio también se ha comenzado este trabajo, sin embargo, el conflicto que afronta la región no es indiferente a estos espacios. Así Gustavo, quien es miembro del consejo de la cooperativa, manifiesta que no se han podido reunir y esto no permite que avancen estas propuestas.

 

***

 

Del paro del nororiente hasta ahora continúa ese clamor del campesinado del Catatumbo, que se ve aún en los caminos de lodo y en las precarias infraestructuras, pero además en la demanda de autonomía para planear su territorio y su vida. Por esto, en los últimos años los campesinos y campesinas del Catatumbo se han movilizado por su reconocimiento como sujetos de derechos y en contra de una estigmatización que corre desde lo más alto del Gobierno, con afirmaciones como la que hizo Juan Manuel Santos en donde comparó esta bella región con la calle del Bronx en Bogotá, con esa miopía que no ve ni entiende al otro y que lo nombra todo desde el prejuicio. “Por eso cuando a mí me dicen que quiero un paro, a mí me da alegría porque yo sé que de ahí vamos a sacar mucho no pa' uno como persona, sino pal común de la gente” concluye Gustavo.

Hay muchos países en el país que funcionarios y citadinos no conocen ni quieren conocer. Los malos padres como Colombia son así: engendran huérfanos que luego la selva del olvido devora.

En el Catatumbo —país atravesado por un río del mismo nombre, conformado por 10 municipios campesinos del nororiente del departamento de Norte de Santander— el 90% de las prácticas económicas son informales —no pagan impuestos ni están insertas en la macroeconomía del país—; las montañas, monumentales e inmarcesibles, son una colcha hecha de retazos verdes y marrones; los periódicos y el maní son bienes escasos, y el pavimento es tecnología futurista; se pesca, se crían animales, y se siembra tomate, cebolla, pepino, frijol, café, pimentón —no en las mismas proporciones de antes—; la gasolina se empaca en tarros plásticos y se vende en los corredores de las casas; hay un oleoducto, circula mucho dinero, y sobra la pobreza; los conductores enredan cadenas en las llantas de los camiones para sortear las trochas imposibles, abismales, inciertas, peligrosas, que en épocas de invierno dejan veredas y corregimientos incomunicados por quince o más días; izan banderas blancas en casas e iglesias cual manto tutelar; la gente lava la ropa en las quebradas; hay un médico y una enfermera por cada tantos millares de personas; el liderazgo, la pujanza, y la participación en las juntas de acción comunal y otros escenarios organizativos se heredan de padres a hijos; el miedo y los fusiles hacen las veces de ley y Estado; predios cercanos a casas y escuelas están contaminados con minas —soldados perfectos que “no necesitan comida ni agua, no tienen sueldo ni descanso, y esperan a su víctima por treinta años o más”—; no existen los centros comerciales, poco importa la marca de la ropa, y las casas están decoradas con pintas del ELN, el EPL y las FARC. El Catatumbo —que significa casa del trueno en lengua Barí— es más territorio que Estado.

Del Gobierno central y local los catatumberos solo han recibido muestras de indiferencia y soberbia, sin embargo son conscientes que sin la institucionalidad es imposible solucionar las disputas territoriales entre indígenas y campesinos, diseñar y poner en marcha los Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), y encontrar una alternativa rentable a los cultivos coca, ese enemigo fecundo que entorpece la paz en la región:

—Si aquí no hay inversión social no va a haber paz; en el Catatumbo siempre va a haber guerra. Hoy hay unos armados, pueden entregarse, puede que se acaben, pero mañana se vuelven a armar porque las raíces siguen vigentes, y cuando la raíz queda en la tierra por algún lado retoña nuevamente —asegura Ismael López, integrante de la Comisión por la Vida, la Reconciliación y la Paz del Catatumbo.

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La violencia fue una plaga extranjera que llegó al Catatumbo en las primeras décadas del siglo XX. Hacia 1930 la empresa COLPET llegó a Tibú, municipio que limita con Venezuela, para explotar la riqueza petrolera de la zona. El 90% de los indígenas Barí, ocupantes ancestrales del municipio más pobre de la región, fueron exterminados por la fiebre del oro negro.

Cinco décadas después, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, grupos como la Sociedad de Amigos de Ocaña y La Mano Negra asesinaron y estigmatizaron a campesinos señalados de tener vínculos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Liberación (EPL), cuya presencia en el Catatumbo se remonta a los años setenta.

A partir de 1998, los paramilitares asediaron la región con el propósito de erradicar cualquier átomo guerrillero. El profundo desprecio por la vida que sentían el Bloque Catatumbo y el Frente Fronteras sembró el terror hasta el 2004. A lo que se sumaron los abusos y las ejecuciones extrajudiciales por parte del Ejército y la Policía.

La línea de tiempo pegada en el salón comunal del corregimiento Filo Gringo, municipio de El Tarra, demuestra que la guerra deja miles de víctimas y pocos vencedores. Allí están consignados los momentos más significativos acaecidos entre 1903 y 2013. Hechos puntuales como la masacre de 1985 perpetrada por las FARC en Campo Yuca donde murieron siete personas, la toma del corregimiento San Pablo por parte del ELN y el EPL en 1987, o la toma de los paramilitares que incendiaron el corregimiento de Filo Gringo en el 2000, son solo algunos sucesos. Una línea de tiempo que honre la memoria de cada víctima sería igual o más larga que el río Catatumbo.

Nadie dice conocer las razones específicas, pero todos coinciden en que la confrontación entre el ELN y el EPL se veía venir. Los combates que empezaron después de las elecciones del 11 de marzo y continúan hasta el día de hoy, aunque el Gobierno asegure lo contrario, provocó un desplazamiento interno de más de seis mil personas que se concentraron en 37 refugios humanitarios, de los cuales quedan aproximadamente nueve.

De momento el conflicto tiene pocas probabilidades de acabarse. La coca y las armas son resultado de las carencias educativas, sanitarias, culturales y económicas. Tal abandono es un ecosistema ideal para perpetuar la guerra: por más que ellos no vayan a la guerra, la guerra vendrá hacia ellos. Mientras siga siendo más rentable cultivar coca que sembrar cacao, el control por la comercialización de los insumos para procesar la droga, y las rutas estratégicas para transportarla, seguirá derramando sangre y multiplicando viudas.


(¿Habrá alguien realmente interesado en cosechar los frutos de estas guerras que primero matan y luego preguntan?)

 

***


Blanca Ortiz lleva 22 años atendiendo pacientes en este puesto de salud que parece un cascarón hueco. El lugar, compuesto por una sala, tres piezas y paredes impolutas, es amplio, oscuro y subutilizado. Las camillas y los instrumentos médicos son los mismos que Blanca encontró cuando llegó al corregimiento La Vega de San Antonio procedente de Ocaña, municipio ubicado a tres horas en moto y más de cinco horas en bus.

—A mí me toca ser enfermera, ginecóloga y nutricionista al tiempo —dice.

Entre una respuesta y otra, esta madre soltera de 50 años que viste un saco de lana morado, tiene las cejas finas, la papada generosa, mirada escéptica y las piernas llenas de bellos finos que se filtran por las medias veladas como tunas, aprovecha para insistir que el puesto de salud necesita con urgencia un médico y otra enfermera.

El contrato de Blanca no especifica cuántas horas debe trabajar a la semana ni a cuántos días de descanso tiene derecho por año. Durante 22 años ha cargado con abnegación de cristiano su cruz. Sabe que el suyo es un trabajo de 24 horas, pues nadie, por más que quiera, escoge a qué horas enfermarse. Puede que el papá traiga al hijo en la mañana porque lo mordió un perro o que a las doce de la noche una joven llame a su puerta porque a la abuela se le alteró la presión.

A Blanca le sobra voluntad pero sus poderes curativos son limitados. Aparte de que la dotación es escasa, como enfermera no está autorizada para recetar medicamentos, y aquellos que son de venta libre muchas veces no se consiguen en el corregimiento. En caso de que el cuadro médico del paciente sea grave, Blanca no tiene otra alternativa que remitirlo al hospital de La Playa, a dos horas en moto de aquí, siempre y cuando la carretera y el clima lo permitan. Si allí consideran que no es una urgencia, el paciente debe devolverse y pagar los setenta mil pesos que cobra la ambulancia. Por eso, insiste Blanca de nuevo, necesitan un médico de tiempo completo. Las brigadas de salud, asegura, sirven de poco y nada.

—Hicieron una brigada por el refugio humanitario que hubo, pero hace seis meses no venían. Están viniendo cada seis, cada tres meses. Mucha gente pierde el viaje porque ellos no los van atender a todos. Cuando hay brigadas es como arriando mulas. Llegan a las ocho de la mañana y se van a las tres de la tarde, solo atienden a 50 personas —dice, y al instante descarga una catarata de lamentos—. El puesto de salud no es solo esto. De aquí para adentro es inmenso, hay espacio para urgencias, partos, laboratorio… No funciona porque no hay dotación. No hay oxígeno que es algo tan elemental, toca utilizar el oxígeno de la ambulancia. Me tocó conseguir un minutero para estar llamando a La Playa y facturar lo que se va haciendo todos los días. Mira los escritorios que tenemos. A mí no me interesa tanto la dotación, una mesa se consigue, a mi lo que me interesa es que hubiera un médico.

 

***


Nunca antes había tenido conciencia de la proximidad de la muerte. Sucedió en la Vereda Mesitas, un caserío del tamaño de una cuadra alargada construido sobre una montaña de Hacarí. Eran las 12:55 del mediodía. Estábamos prestos a almorzar para continuar con la reunión entre los integrantes de la misión humanitaria de verificación, y la comunidad de Mesitas y de otras veredas aledañas.

Cuatro explosiones sucesivas, una de ellas cerca a la escuela donde recibían clase 46 niños, estremecieron el espacio, el tiempo y los nervios. Las detonaciones vinieron acompañadas de ráfagas que chocaban contra las latas de los techos y silbaban en los oídos. Descartado cualquier síntoma de peligro, la reunión se reanudó según lo establecido. La misión fue despedida con otra detonación y más ráfagas que retrasaron la salida de la vereda. Minutos más tarde, la ONU ordenó encender motores y pisar el acelerador si escuchábamos disparos. Finalmente salí de Mesitas con el temor de que en cualquier curva podría estar esperándonos la muerte.

El hecho no le arrebató la vida a nadie. La guerra mata —despacio y en silencio— la capacidad de asombro. No sé si sentí más pavor por el hostigamiento o por lo naturalizados que están los pobladores con la guerra, por la gracia que les producía nuestro miedo, por los chistes ácidos, por preferir grabar un video con el celular antes que refugiarse. Cuando la guerra se va queda el miedo, que es como si la guerra no se fuera nunca. La guerra se enquista como una bacteria, las balas se vuelven otra ave más del paisaje, la noticia no es el tiroteo sino el silencio de los fusiles, los hombres tutean a la muerte, y la vida deja de ser un milagro para convertirse en una casualidad.

 

***


Como en casi todos los poblados del Catatumbo, la vía principal es el punto neurálgico de San Pablo, corregimiento de Teorama. Allí se consiguen los condimentos para el almuerzo, el alambre para cercar la finca y el último chisme de la vecina.

Pasado el mediodía el sol reverbera sin misericordia. Luz Marina Rueda nos guía hasta la escuela que lleva el nombre de Henry García Bohórquez, en homenaje al comandante de policía asesinado por la guerrilla. Las instalaciones, sostiene la profesora, son inapropiadas para educar aproximadamente a 300 niños. Hay ocho salones para nueve grupos, el grupo que no tiene salón recibe clases en el corredor central.

—Tenemos hacinamiento. En recreo esto parece la Cárcel Modelo —dice Luz Marina mientras se mueve con agilidad por la escuela.
El salón de preescolar, además de ser estrecho, tiene dos boquetes en el techo y los ventiladores carcomidos por los años. La escuela cuenta con kiosco digital pero faltan computadores. El televisor plasma, el servidor y la impresora son adornos cubiertos de polvo. En estas condiciones se educan las futuras generaciones.

Así mismo se encuentra el colegio del corregimiento. El inmueble está deteriorado y la planta de administrativos y docentes no da abasto para brindarle educación de calidad a 1400 estudiantes. Debido al contexto, Carlos Samuel Rodríguez, rector de la institución, afirma que necesitan con urgencia un psicoorientador capaz de mitigar los efectos inmateriales del conflicto.

—Los niños en primaria son muy agresivos por el ambiente de discordia que se vive entre la misma comunidad y por el conflicto entre los grupos al margen de la ley. Desde muy pequeñitos ellos hacen la parodia de ser narcotraficantes. O dicen yo quiero meterme a tal organización o al ejército para vengar la muerte de mi papá, de mi mamá, de mi hermano.

Le pregunto al rector quién les brinda ayuda psicosocial a ellos, a los profesores que invierten su vida en una batalla que parece perdida cada que un estudiante deja el colegio para dedicarse a raspar coca. Samuel responde que no hay mejor psicólogo que la costumbre, pero advierto que su único apoyo es la esperanza de que todo esto puede y debe cambiar.

—Fuera elegante que no hubiese conflicto en esta zona. Que hubiese tranquilidad para hacer salidas de campo, que los niños pudieran salir a cualquier hora y hacer prácticas pedagógicas por fuera del corregimiento, sin ningún temor de que nos vamos a encontrar con un artefacto explosivo o una mina antipersonal. Fuera lo más elegante tener este pueblo en paz.

 

***


30 años después este país llamado Catatumbo sigue reclamando lo mismo que reclamaba en aquel paro de 1987: vías de acceso, servicios públicos, soberanía territorial, proyectos productivos, adecuación de las instalaciones educativas y médicas: condiciones de vida digna. El Gobierno responde a las exigencias con ayudas míseras y escuadrones militares que convierten a la población en escudo y trinchera. Ante tal orfandad el Catatumbo se labra su propio destino: instala peajes comunitarios para recaudar dinero y hacerles mantenimiento a las carreteras; forma cooperativas y asociaciones para comercializar sus productos; hace memoria; otorga el rol protagónico que corresponde a la mujer; establece normas de convivencia; y reclama instancias legales de diálogo con la institucionalidad y las insurgencias.

El Catatumbo abruma, hiela la sangre, inspira, y desvela el lado más humano de ese instinto que nos aferra a lo único valioso que tenemos los colombianos: las ganas de vivir la vida.

La pregunta que queda adherida en la conciencia, como un pegote hecho de remordimiento, es la que nos hizo un campesino en el refugio humanitario de la vereda Tarra Sur a todos los que participamos de la misión humanitaria que recorrió este país durante cinco días, en especial a los representantes de la Defensoría del Pueblo, la Secretaría Departamental de Víctimas y el Ministerio del Interior:
—¿Ustedes cuándo van a volver?

La calidad del roble, de la ceiba roja, el cedro, la tolúa y la melina, principalmente, persuadían a cientos de campesinos pobres, la mayoría liberales desplazados por la violencia bipartidista de los años 50, a adentrarse en las selvas del Sur de Bolívar. Desde Antioquia, Santander y la Costa Caribe llegaban por el río Magdalena para internarse días enteros en la manigua y cortar gigantescos árboles de finas maderas, que posteriormente se llevaban los barcos de vapor hacia otras latitudes. Así levantaban el sustento para ellos y sus familias, y aunque la marañosa montaña se iba convirtiendo en su hábitat natural, de vez en cuando les recordaba el poder de su embrujo, el enigma de sus profundidades y la oscuridad de sus secretos. Perderse en la selva siempre fue un riesgo, aún para los más avezados aserradores, y sobrevivir a cualquier precio incluso matando micos y ahumándolos en la hoguera para no morir de hambre, una opción; las historias, las anécdotas y los azares de los colonos fueron uno solo con la espesura y permanecen estampados para siempre en sus montañas; los hombres se quedaron con Micoahumado, la selva se alejó y se llevó a los micos choibos que muchas veces les sirvieron de alimento.

Primero lo colectivo
Eso cuentan las montañas, los ríos de la región, y también don Julio Arboleda y don Isidro Alarcón, descendientes de los viejos colonos que sembraron sus raíces hace más de cinco décadas en la tierra libre de ese corregimiento del Sur de Bolívar, al cual le dieron hasta el nombre que lleva; Micoahumado fue construido palmo a palmo por ellos, y por las pisadas rebeldes de jóvenes guerrilleros que caminaban sus sueños de revolución en los años 60. Algunos, como Fabio Vásquez, uno de los fundadores del ELN, y el “viejo Raúl”, oriundo de la región, gastaron sus botas, dejaron su sudor en esas trochas, y se compenetraron con los primeros habitantes de la región que se congregaban en el nuevo caserío. Hacia el año 1964 entre todos convirtieron a Micoahumado en centro de encuentro, trueque y mercado, en hogar de muchas familias. Primero fue la colectividad y la solidaridad; luego la población y su cultura liberal y revolucionaria. La institucionalidad siempre estuvo ausente, por eso las necesidades desde entonces se resuelven en comunidad.

“Mi papá fue el primer presidente de la junta de acción comunal —comenta Isidro—, vean como es la vida, el Estado nunca hizo presencia, pero cuando vieron que las cosas marchaban bien gracias a la comunidad entonces ahí sí llegaron, pero con la Policía para desalojar a la gente de las fincas y las casas, porque esa zona había sido declarada reserva forestal desde el año 59. Entonces había enfrentamientos directos entre los campesinos y la Policía, por eso tenemos fama de rebeldes y nos estigmatizan como guerrilleros, pero lo que hemos hecho siempre es defender la autonomía y la forma de vida que construimos en el territorio. Aquí desde el principio casi todo fue colectivo; si se mataba un cerdo se repartía, si se cogía buen pescado se distribuía, se intercambiaban productos porque la región tiene tres pisos térmicos y la comida nunca faltó. Igual si una borrasca le tumbaba el techo a una casa, todos íbamos en convite y la reconstruíamos. Somos ricos viviendo aquí, así no tengamos riquezas materiales, pero sí autonomía y autoridad propias”.

De problema en problema
Por allá en 1973, gracias a la pujanza de sus habitantes, Micoahumado fue elevado a corregimiento, y un tío de Isidro fue el primer Inspector; resolver las necesidades de primer orden como los servicios públicos, la salud, la carretera, los profesores, seguía siendo tarea de todos y todas. El primer acueducto fue hecho con el trabajo de la comunidad, y ante la demanda de esta, la tubería fue donada por la institucionalidad. Al mismo tiempo que los valores colectivos construían comunidad, las amenazas afloraban. La bonanza marimbera atentaba contra la cultura laboriosa, el modelo productivo y la solidaridad de la gente de Micoahumado, pero fue sorteada gracias no solo a la solidez del proceso social, sino también a la aparición a mediados de los 80 de otro problema mayor, la siembra de coca, las montañas de dinero y la cultura traqueta.

“La situación se puso muy complicada, porque empezó a entrar mucha gente extraña a la región. La plata “fácil” se enquistó en casi todo, afectando las costumbres y prácticas de la gente. Las guerrillas de las FARC y el ELN tenían visiones diferentes frente al manejo de la coca: mientras el ELN prohibía su siembra, las FARC, recién llegadas al territorio, eran permisivas no solo con la siembra sino con el negocio. La cosa se puso tan difícil que tocó promover un debate: las FARC, la coca, o el ELN? La comunidad decidió que las FARC tenían que irse, y los cultivos de coca sustituirse. Entonces se llegó a un acuerdo con el ELN en la vereda La Guácima: las comunidades se comprometían a sustituir los cultivos, y el ELN a construir las carreteras para que la gente sacara sus productos; las semillas, las cerdas de cría, y otras iniciativas productivas las donaba el ELN, y luego compraba parte de la producción para su propio consumo. La gente cumplió y el ELN construyó todas las carreteras que hoy día comunican a Moralitos con Micoahumado y sus veredas”, relata Isidro.

Llegan los paracos
Detrás de la economía del narcotráfico estaban los grupos paramilitares; el manejo y provisión de los químicos se hacía desde los municipios de Morales y Arenal. La estrategia de penetración que inició con el cultivo de la hoja de coca y su comercialización, ahora se complementaba con la amenaza psicológica y luego con su presencia física en el territorio. Después de incursiones aisladas y amenazas de masacres, cientos de paramilitares entraron a Micoahumado.

“Eso fue terrible —manifiesta don Julio Arboleda—, era el dos de diciembre de 2002 y cerca de 600 paramilitares entraron al pueblo apoyados por las Fuerzas Militares y sus helicópteros. Empezaron a meterse en las casas de la gente y se aprovechaban de todo lo que había. La guerra con el ELN estalló, duraban todo el día dándose plomo. A los líderes les tocó meterse montaña adentro y cuando la cosa mejoraba regresaban; el proceso organizativo evitó el desplazamiento permanente, como ocurrió en otros lugares. El ELN exigía que nos saliéramos del pueblo para poder entrar y sacar a los paramilitares, pero nosotros no estábamos dispuestos a dejar lo que mucho nos había costado. Y más encima los paras acusándonos y amenazándonos por guerrilleros. Estábamos entre la espada y la pared”.

La Asamblea Popular Constituyente
En 2001, el sacerdote Joaquín Mayorga fue a celebrar la eucaristía a Micoahumado. Él había estado en Mogotes, Santander, en el proceso de Constituyente Popular, y le dijo a don Julio que iría en diciembre de 2002 a pasar navidad y que le reuniera gente para trabajar el proceso constituyente también allí. Pero cuando llegó ese diciembre de 2002, ya los paramilitares se habían tomado el pueblo.

“Sin embargo —comenta don Julio—, con Octavio Gil, Andrés Trilloz y con el apoyo de gente y organizaciones de varias regiones, entre ellos Pacho de Roux, la gente de Desarrollo y Paz, y el obispo Gómez Serna, creamos una comisión de diálogos de la comunidad de Micoahumado, para entablar conversaciones con la guerrilla. Se pudo conversar con los comandantes Samuel y Mosquera, y acordar que levantaran varias medidas que perjudicaban a la comunidad, como el bloqueo al ingreso de alimentos, desminar las zonas aledañas al acueducto, y permitirle a la comunidad resolver de manera autónoma la salida de los paramilitares. El ELN accedió. Entonces hablamos con los paras y les tocó también aceptar. Luego los diálogos fluyeron de manera permanente y el 15 de enero del 2003 se fueron del corregimiento los paras”.

El proceso constituyente continuó y el 14 de marzo de 2003, con una Asamblea de unos 80 delegados del corregimiento y sus veredas, se instaló oficialmente la Asamblea Popular Constituyente por la justicia, la vida y la paz; en ese entonces había más de 200 casas, más de mil personas. La Asamblea proyectó colectivamente el corregimiento. Se pusieron unas reglas de juego, unas normas de convivencia y unos principios de respeto a su territorio.

“Lo más importante –continúa don Julio— fue recuperar la memoria de lo que se había hecho en comunidad, la importancia del trabajo colectivo y solidario, la autonomía del proceso y la defensa del territorio. A partir de ese momento mandatamos que la gente no pelearía, ni se mataría, ni se robaría entre sí. No admitiríamos presencia de gente armada ni uniformada, ni ingiriendo licor. Nadie se prestaría para trabajar como informante de ningún grupo armado legal o ilegal. Establecimos un aporte económico de todo mayor de 15 años que trabajara para invertir en las necesidades del corregimiento. Y así muchas cosas para recuperar la convivencia, la autonomía y el amor por nuestro proceso”.

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