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Aquellos Zapatitos de Lana

Un sobresalto le quitó el sueño. Eran apenas las cuatro de la madrugada y un pálido temblor trajo consigo las preocupaciones que cargaba a cuestas desde hacía ya dos semanas. Su mente divagaba entre los recuerdos de ella y el gran temor de no volver a verla. Jugaba con su imaginación añorando besarla de nuevo , entretener sus manos en el vaivén de sus rizos destellantes de sol y detenerse allí, en su mirada profunda y cálida, que tantas veces compartieron como la más sutil manera de decirse tantas cosas. Aquellas cavilaciones se opacaban ante tanta incertidumbre, ante el presentimiento que la noticia que suponía, pero que no deseaba, estaba cercana y que había sido eso lo que perturbó su sueño.

Desde aquella llamada lejana la tarde del tres de junio, Ricardo solo podía pensar en el momento en que le avisaran lo inevitable, aquello de lo que era consciente desde el mismo momento en que María, la madre de ella, le pronunció esas terribles palabras:
–La bajaron del bus y se la llevaron; no sabemos nada de ella.
Él solo atinó a murmurar un tímido “tranquila”, sabiendo que desde ese instante su corazón no tendría ya un momento de sosiego.

Sus días transcurrieron entre las habituales clases en la universidad y las cotidianas actividades políticas de su activismo social. Unas y otras fueron un refugio silencioso para el dolor que lo albergaba. Calló y trató de concentrarse, pero que nada le saliera bien fue la manera como la vida se encargó de recordarle sus culpas y mortificar su espera.

Hacia las diez y treinta de la mañana, cuando el pálido temblor ya era un nudo de espinas en su pecho, la llamada llegó y solo escuchó la retumbante voz de María al otro lado.
–Nos la mataron, me quitaron la vida.

***
Erika llevaba ya cuatro meses viviendo en Dabeiba, en pleno corazón del paramilitarismo en el Urabá antioqueño. Había llegado para trabajar con la Defensoría del Pueblo; era su primer trabajo desde que se graduó como socióloga en la Universidad de Antioquia.

Esa mañana tomó el bus un poco retrasada, había trabajado hasta muy tarde en un informe que develaba la complicidad estatal con los crímenes de los paramilitares en esa región abrupta y olvidada de nuestra geografía. Un informe mas escueto, pero igual de preocupante, había quedado sobre el escritorio del Defensor del Pueblo. Él solo le echó una desinteresada mirada y le dijo lapidariamente:
–Esto no se puede presentar, olvídelo.
Durante la hora larga que duró su recorrido pensó en el informe, el cual había decidido llevar en medio de todos los papeles de su historia clínica y todo lo demás para sus trámites en la capital. No tenía claro qué hacer, sabía que era algo difícil, que le podría representar riesgos y que sus hallazgos y denuncias no iban a significar problemas para nadie más que para sí misma. Pero su convicción le decía que callar era equivalente a ser cómplice de tantas atrocidades.

Recostó su cabeza sobre el tibio vidrio de la ventana, cerró sus ojos pretendiendo refugiarse en el sueño y esperar que este, en clara sinfonía con el vaivén del viaje, le regalara algunas claridades frente a lo que debía hacer apenas saliera de su cita médica en Medellín. De repente, como un estremecimiento que no se anuncia, su mente evocó el recuerdo de Ricardo, lo imaginó a su lado apoyándola, dándole las fuerzas para emprender ese paso; sintió sus manos entretenerse entre sus rizos y su mirada buscando sus ojos para decirse tantas cosas. Se reprochó no haberle dicho nada en tantos meses luego de haberse distanciado, y pensó que luego de todo aquello que debía hacer, también debía llamarlo y contarle lo que hasta entonces había optado por callarle.

Apenas empezaba a sentir sus ideas entre el naciente sueño cuando el bus se detuvo intempestivamente, y vio subir en él a esos hombres que miraban con brillo amenazante y sus conciencias infundadas en la nada, mientras taladraban la tranquilidad de los viajeros leyendo una lista con varios nombres. En medio de ese estruendo se hallaba el suyo. Solo hasta ese momento supo que ya no habría tiempo para seguir preguntándose qué hacer.

***
Ricardo buscó en noticias algo que le confirmara lo que María había pronunciado. No encontró nada, ni una referencia, ni siquiera una línea, una vez más los grandes medios ocultaban unos muertos mientras entretenían con banalidades y mentiras.

Rompió en llanto, se paralizó, se puteó a sí mismo por sentirse tan culpable de no seguirla, de no haber aceptado su propuesta de partir al sur y emprender allí una vida juntos como tantas veces habían imaginado. Le pesaba en el alma su existencia toda, el haber sido tan cobarde disfrazado de compromiso para no haberse salido de su cómoda rutina y emprender el camino que ella le proponía. Supo que eso jamás se lo perdonaría y sería su condena apenas merecida.

Aquella tarde del 17 de junio caminó hacia aquel rincón de la montaña que ambos tenían como refugio vital de sus amores. Allí, junto a la inmensa roca en que cinco meses antes sus cuerpos y sus almas se amaron por última vez, Ricardo sepultó en una pequeña caja sus cartas y todos aquellos detalles que componían su recuerdo de ella.

***
Transcurrieron 14 días desde que los paramilitares la bajaron del bus y se la llevaron con rumbo desconocido, hasta aquel 17 de junio de 2003, cuando su cuerpo apareció tirado de cualquier manera sobre una de las vías que conducen de Dabeiba hacia Medellín.

Solo María, aquella tarde del tres de junio, angustiada ante la espera de su hija que no llegaba a la cita médica, supo comprender que el dolor profundo que albergaba su pecho solo se podría desvanecer ante la posibilidad que apareciera; pero supo también que ese dolor no se desvanecería nunca. Miró lo que llevaba en sus manos y apretó contra su pecho aquellos zapatitos de lana que había tejido ella misma para Erika, y que ya nunca podrían calzar sus pies ni sentir sus pasos.

No tenía qué decir ni qué hacer el señor Iván Duque en sus primeros meses de mandato, iba de tumbo en tumbo haciendo el oso en sus giras internacionales, llevando razones de su jefe a la monarquía española, y ofreciendo conferencias sobre los siete enanitos en el foro de la Unesco; también adueñándose a su conveniencia de los resultados del Acuerdo de paz en Europa, mientras aquí en Colombia los hacía trizas. Llegó a tener tan solo el 23% de favorabilidad después de anunciar una reforma tributaria disfrazada, de respaldar abiertamente al corrupto y criminal jefe de la Fiscalía, y luego de pagar favores a los expresidentes a través de nombramientos de sus esposas o exesposas: una embajada para doña Nohra Puyana, otra para doña Ana Milena Muñoz; la mermelada se le agotó muy pronto cubriendo las deudas de campaña electoral. Duque se quedó a merced de Álvaro Uribe, ese que sí sabe cómo subir en las encuestas a punta de odio, guerra y señalamiento.

Hay que reconocer que las acciones armadas de la insurgencia del ELN en la Escuela de Cadetes General Santander de Bogotá, y la arremetida mediática y económica del imperio contra Venezuela le dieron respiración artificial a un Gobierno desorientado como el de Duque, que con cada acto demostraba su falta de experiencia y de gobernabilidad. El discurso de Duque claramente influenciado por Uribe y sus asesores se puso a la ofensiva. Y los medios masivos, los compinches y cómplices de fechorías rápidamente se montaron en la estrategia de señalar los enemigos a enfrentar. Ahora Duque y los uribistas tenían qué decir y que hacer, jugar a la guerra con la sangre y la vida de los demás, práctica en la que les sobra experiencia y experticia.

No obstante, el nivel de popularidad de Duque inflado a punta de encuestas y de la sumisa postración de los medios masivos no alcanzó los niveles esperados. El desprecio por los problemas del país y su claro respaldo a las élites y a los responsables de desfalcos y desastres ambientales como el de Hidroituango, así como el ataque a la JEP, y su silencio ante el genocidio contra líderes y lideresas sociales le sigue pasando cuenta de cobro en un país que trata de sacar la cabeza y reaccionar ante el desgobierno.

El discurso de la guerra sin duda le dio réditos a Duque por unas semanas y lo sacó parcialmente del lodazal en que se encontraba, pero sus cartas jugadas sin cautela y con tal fanatismo y servilismo a los designios del polémico Donald Trump le podrían pasar una nueva cuenta de cobro ante el fracaso del 22 y 23 de febrero, donde actuó como general invasor sin éxito.

Iván Duque creyó ciegamente en el poder omnímodo del imperio norteamericano, y se envalentonó con el precario apoyo de un grupo de países que los medios masivos se encargaron de calificar a los cuatro vientos como “mayoría”, cuando en realidad no son ni la cuarta parte del sistema de universal de naciones; el mismo Duque se tragó el anzuelo mediático que tendría la tarea perversa de convencer a la humanidad sobre la “tragedia humanitaria” que vivía el pueblo venezolano y desviar la atención de las verdaderas intenciones gringas sobre su petróleo.
Los medios, en especial, ocultaron las consecuencias fatídicas de la guerra mundial que podría desatarse por la confluencia de factores de poder global, como los que representa no solo EEUU, sino Rusia, China, Irán, entre otros países que tienen intereses en la región y poseen armas nucleares.
Lo cierto es que a Cúcuta y al concierto por Venezuela no llegó Donald Trump, pero sí sus peones Piñera de Chile, Abdo de Paraguay, y más nadie. Duque se quedó solo, con su sonrisa socarrona y nerviosa, escuchando a los destemplados “artistas” que fueron convocados para el concierto “Venezuela Aid Live”. Ni el concierto, ni los camiones o gandolas, como dicen los venezolanos, llenos de supuestas ayudas “humanitarias” que nadie pudo ver ni saborear, lograron calentar la temperatura de las personas que se encontraban en las inmediaciones de los puentes fronterizos, como para atreverse a pasar por encima de la guardia venezolana e introducirlas por la fuerza al vecino país.

Tampoco fueron capaces de insurreccionar a las masas “desesperadas” y hambrientas que anunciaban los medios masivos, a los cientos de jóvenes encapuchados contratados por la oposición venezolana, ni a los paracos entrenados ofrecidos gustosamente por el Gobierno colombiano, con el fin de generar el ambiente propicio de guerra, caos, muertos y heridos, de los que se culparía a la guardia y a los agentes de seguridad chavistas.

Todo esto se llevó a cabo sin éxito, y las pruebas navegan por decenas en las redes sociales que en directo fueron testigos de la anarquía vivida en territorio colombiano y a la vista de las autoridades. Por lo menos dos camiones con supuestas ayudas humanitarias fueron incinerados por los propios “manifestantes” bajo la mirada cómplice de servidores públicos colombianos.

Las críticas contra el mandatario colombiano no se hicieron esperar, ya que muchos colombianos y colombianas sufrían el rigor de las tragedias invernales en Chocó y otros puntos del país, sin recibir la misma atención y solidaridad que su Presidente ofrecía en otras latitudes.

Algunos diputados de la oposición venezolana que se vinieron a Colombia a dirigir el desorden y pagar a los vándalos, fueron agarrados a trompadas por no cumplir su compromiso; y uno de ellos, Freddy Superlano, investigado por corrupción a manos de Odebrech, por andar bebiendo y celebrando por anticipado la caída de maduro, fue drogado junto a su primo Carlos Salinas en un motel de Cúcuta por dos mujeres, causándole la muerte a Salinas. El senador republicano, Marco Rubio, quiso utilizar esta situación mediáticamente para dejar en el ambiente un asesinato por envenenamiento en su desayuno. Es la catadura de quienes están detrás de la provocación militar contra Venezuela.

La resaca del lunes 25 de febrero llevó a los alicaídos presidentes de 10 países que hacen parte del debilitado grupo de Lima a reunirse en la ciudad de Bogotá en medio de protestas contra la intromisión imperialista en América Latina, y en contra de la guerra con Venezuela. La declaración que salió de esta reunión es tan larga como insípida y babosa; 18 puntos que refuerzan y explican de diferentes maneras que Maduro debe salir, y que afianzarán el “cerco diplomático”.

Tal vez toda esta novela haga reflexionar a los colombianos y colombianas frente a los problemas que aquejan al país, y le exijamos con movilización y protesta a Duque que gobierne y resuelva la grave situación de pobreza, hambre y violencia que cunde en los territorios de Colombia. Para eso fue que lo eligieron, no para andar jugando a la guerra y al invasor con la vida de los demás

Por Aldana Martino

 

El feminismo popular es, para decirlo sencillamente, el movimiento político y social del siglo XXI que vino a transformarlo todo. Y cuando digo todo, me refiero exactamente a eso. Transforma nuestras vidas y nuestros vínculos, pero también transforma los programas políticos y sobre todo, la forma de hacer política.

En Argentina, el movimiento feminista es sin lugar a dudas el más dinámico en la pelea contra el neoliberalismo. Y tiene tanta fuerza que se expandió incluso a nivel mundial, provocando esta “cuarta ola” feminista que tiene, al menos en nuestro país, características particulares respecto de las anteriores.

La primer y más importante característica es su impresionante masividad. Explotó el 3 de Junio del 2015, en la primer movilización convocada con la consigna “Ni una menos”, luego de uno de los tantos femicidios que ocurren todos los días. Esa primera movilización fue casi un vómito, un grito colectivo para exigir que paren de matarnos. La calle se llenó de cientos de miles de mujeres. Aunque todavía con poco contenido político, nacía en ese momento un fenómeno que no pararía de crecer.
Casi cuatro años después, es fácil notar la expansión cuantitativa y cualitativa de los cambios que el feminismo está generando en nuestra sociedad. Comenzamos exigiendo algo tan básico como poder vivir, pero luego empezamos a hablar del acoso y la necesidad de caminar tranquilas por la calle sin que nadie haga ni diga nada sobre nuestros cuerpos. Develamos que lo que hasta ahora naturalizábamos como “piropo” en realidad es acoso y se trata de un ejercicio de poder de los varones sobre nosotras.

Pusimos en cuestión masivamente los estereotipos de belleza que condicionan nuestras vidas en múltiples sentidos, la brecha salarial que existe entre hombres y mujeres porque nosotras ocupamos los trabajos peor remunerados y el rol meramente reproductivo asignado a la mujer, que implica una reclusión al ámbito privado y la realización de trabajo no pago en nuestras casas, y que a lo largo de la historia fue una de las piedras angulares del desarrollo productivo del capitalismo.


El punto más importante de la organización y la lucha fue la pelea que dimos durante este año por el aborto legal, seguro y gratuito. Si bien es una consigna que en nuestro país es bandera del feminismo hace décadas, este año se masificó al compás del crecimiento del feminismo en general. En un contexto de constantes retrocesos en materia de derechos, de haberse votado a favor en el Senado de la Nación, el aborto legal hubiera sido el único derecho efectivamente conquistado durante estos tres años de neoliberalismo brutal que está viviendo nuestro país, eso habla de la potencia del feminismo.


No lo conseguimos, pero ganamos de todas formas. Un tema que era tabú en nuestro país, por el peso fuertísimo de la Iglesia católica entre otras cosas, se instaló como pocas veces había sucedido con una pelea antes. Fue asumida por toda la sociedad: desde hace un año que una no puede caminar por la calle sin ver pibas con el pañuelo verde atado en la mochila, en el cuello, en la muñeca.


El derecho a abortar de forma legal, segura y gratuita, no sólo implica terminar con las muertes de cientos de mujeres y cuerpos gestantes que abortan en la más absoluta clandestinidad y en condiciones inseguras. Implica también poder decidir soberanamente sobre nuestros cuerpos y sobre nuestras vidas, terminando con el mandato de la maternidad obligatoria. Se trata, además, de nuestro derecho al deseo. De recuperar el goce que nos arrebataron cuando se ligó nuestra sexualidad a la reproducción.
La movilización popular que generó esta lucha fue una de las más grandes de los últimos tiempos. Fuimos 2 millones de personas en la calle sólo en la Ciudad de Buenos Aires, y miles en el resto del país, aguantando bajo la lluvia las casi 24 horas que duró la sesión en la Cámara de Diputados, en la que sí obtuvimos una victoria. Fuimos todavía más cuando el tema se discutió en el Senado Nacional. En este año electoral, las listas de todos los espacios políticos deberán armarse teniendo en cuenta esta agenda, y la postura de cada candidate respecto de este punto en particular. Si no es este año, será el que viene, o el otro, pero el aborto va a ser legal en la Argentina.

El feminismo es un movimiento político, y como cualquier otro, también está en disputa. Sin embargo, el sentido imperante del feminismo hoy es el del feminismo popular, y esto implica dos cosas fundamentales. Por un lado, que el feminismo es también del colectivo LGTTTBIQ, de las travas, travestis, trans, lesbianas, y todas aquellas identidades no binarias que son quienes han encabezado el debate contra el biologicismo conservador, y con quienes estamos transformando hasta el lenguaje para que nos incluya a todes. El feminismo es también multiétnico y multicultural, sencillamente porque concebimos la libertad de ser quienes queremos ser como un derecho y como una cuestión política y colectiva. Contamos con un piso importante para esto: durante el gobierno de Cristina Kirchner, conquistamos la Ley de matrimonio igualitario y la Ley de Indentidad de Género, que declara que hay tantas identidades de género como cada une se autoperciba, sin importar el sexo biológico asignado al nacer.


Por otro lado, que el feminismo sea popular implica también que entendemos que hay que ponerlo a dialogar con toda la sociedad, y que así como no hay socialismo, o Patria liberada, o justicia social, sin feminismo, tampoco hay feminismo sin todo eso. Por eso, si bien estamos avanzando en cambios culturales y estructurales muy profundos, sabemos que no podemos abandonar la disputa por el poder, y en Argentina en particular, por el poder del Estado. Así, asumimos el desafío de construir organizaciones políticas y sociales mixtas, transformandolas a su vez para que las compañeras nunca más quedemos relegadas en nuestros propios espacios ni militemos en ambientes violentos.

En este 2019, nuestro país es escenario de una de las paradas más importantes en esta América Latina que se disputa entre la avanzada conservadora que quiere el fin del ciclo progresista y popular, y las resistencias e incluso gobiernos populares que sostienen el proyecto soberano e igualitario para nuestros pueblos. Que Mauricio Macri sea elegido nuevamente y gobierne cuatro años más, o que sea desplazado por un proyecto popular, puede cambiar para un lado o para otro toda la correlación de fuerzas del continente.


Con esa batalla en la mira, las feministas avanzamos, aportando a la política no sólo la militancia de siempre, sino lazos colectivos y solidarios para construir otra política, que nos contenga a todes. Porque no hay forma de derrotar al capitalismo sin derrotar al patriarcado.

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