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Nada es gratuito en esta vida. Nada cuesta tanto como aprender. La primera vez que corrí por una calle fue a riesgo de que mi madre me alcanzara, con una chancla de caucho en la mano, para reprenderme por haber roto el vidrio de una casa vecina. Me persiguió durante varias decenas de metros agitando su temible chancla de color azul y un par de líneas blancas, mientras juraba dar conmigo; cosa que no logró gracias a que, una vez ganada la esquina de la cuadra, salté a la avenida que por allí cruzaba, y tirándome sin temor entre los carros, gané la otra acera, y quedé lo suficientemente fuera de su alcance como para girar y verle del otro lado, con su rabia frenada en seco, más preocupada que enojada, ante mi temeraria y poco considerada actuación.

–Ahora arreglamos Gabriel. ¡En juego largo hay desquite! ¿Me escuchó?, -gritó mi madre mientras daba media vuelta y echaba en el bolsillo de su delantal la vieja chancleta.

Después de una hora volví a casa. Había reunido el suficiente valor para retornar y vérmelas con mi madre. No tuve que golpear el portón porque doña Flor, una señora que vivía con nosotros, estaba saliendo de casa en ese momento. Entré despacio y subí las escaleras con el sabor del castigo en mi boca; imaginaba a mi madre saltando sobre mí con el fuete en la mano. Sin embargo, nada pasó. Llegué al saloncito donde mi vieja tenía la máquina de coser y los arrumes de retazos de tela apilados en bolsas plásticas, y no la encontré allí. Un pantalón sin costuras salía por un lado de la SINGER, abandonado a mitad del trabajo. Aún la luz de la cosedora estaba encendida, y me pareció que la marca de las nalgas de mamá en el viejo asiento donde se hacía para trabajar, estaba fresca. Un extraño presagio rompió mi miedo y sin más demora me dirigí al cuartito donde ella y yo dormíamos. La puerta a medio cerrar guardaba un murmullo apagado que identifiqué al instante; mi vieja lloraba contra la almohada de la cama.

–Mamá. ¿Qué pasó? No llore, –le dije una vez ingresé al cuarto.
–Hijo vea –me contestó mientras secaba apresuradamente su llanto–, usted no sabe ni se imagina qué hubiera hecho yo o cómo hubiera quedado si a usted le pasa algo cuando cruzó como un loco esa avenida.

Sus ojos se fijaron a los míos como imanes, consumidos por un sentimiento que iba más allá de mi comprensión. Recuerdo los goterones tibios que corrieron cuesta abajo por sus mejillas, y que fueron a dar sobre sus manos curtidas y trabajadoras. Yo no contesté. Solo supe que el dolor siempre lo infringen otros, y que es de nuestra condición humana producirlo, como en ese momento lo hacía yo con mi madre. La abracé y le expliqué que no era mi intención dañarla y mucho menos romper aquel vidrio de la casa vecina, y que no podría menos que correr si no estaba dispuesto a pagar lo que no merecía, es decir, sus chancletazos en mi huesudo trasero.

–Gabriel –exclamó con ternura–, hubiera podido ser el vidrio más caro de mi vida si a usted le hubiera pasado algo. Corre, corre, no es ese el problema, pero que tu carrera te garantice vivir.

Nunca olvidé aquellas palabras de mi vieja. Por eso, la última vez que corrí antes de caer preso por primera vez, fue para vivir.

La policía me buscaba hace meses. Me enteré por un amigo que trabajaba en la institución que la orden era matarme. No obstante, con el riesgo curtiendo mis zapatos, me lancé a un nuevo robo. Todo parecía estar bien planeado y la salida del sitio asegurada. Pero, por más que uno cree controladas las situaciones, siempre hay la posibilidad de que algo impredecible suceda y rompa el precario equilibrio de la sorpresa. Nuestro robo terminó en escándalo y el repliegue se nos complicó; lo que parecía una salida segura tomó la forma de un callejón sin salida, una boca oscura con dentadura y saliva de lobo.

Cuando todo lo vimos perdido, optamos por entrar a un local donde funcionaba una fábrica de calzado. La policía, por supuesto, venía tomándonos por los pelos y se fijó en el movimiento que hicimos. Con agilidad bajamos la reja del local y nos tomamos el sitio con todo y empleados, incluyendo dos clientes que se encontraban en el lugar. Desde el interior del establecimiento oímos los radios de los policías por donde informaban nuestro paradero. Al poco tiempo, motos y carros con sirenas encendidas coparon la calle. Por supuesto, habíamos inspeccionado la fábrica en busca de alguna salida por techo o ventanas; no encontramos nada. La boca del lobo se había comenzado a cerrar.

–Somos la Policía Nacional. Ríndanse. Están rodeados, -nos decían por megáfono.
Mientras mis otros causas custodiaban a los rehenes, yo me dirigí con cautela hacia un muro cercano a la reja y les grité que no nos entregaríamos sin la presencia de un oficial que garantizara nuestras vidas, y frente algún medio de comunicación.

Una hora más tarde, llegó una voz distinta que se me presentó como mando de una estación de Policía, y por supuesto, me garantizó una captura legal y el respeto a nuestras vidas frente a un reportero de un periódico popular de aquellos años.

De las cuatro personas que participamos en el asalto, tres fuimos capturadas y judicializadas por hurto y porte de armas. En la actualidad, la toma a la microempresa nos la hubieran cobrado como secuestro. Total, aquella carrera desesperada donde nos la jugamos con hacer pública nuestra situación, nos salvó la vida. Correr no fue el problema y la carrera nos garantizó vivir.

Las múltiples piruetas que dan nuestros pasos en el camino de la vida, nos van construyendo el escenario al que tenemos que enfrentarnos en cada momento. Dicho de otra forma, uno construye su presente y su futuro. Me uní al camino de la delincuencia por necesidad. Crecí en condiciones de escasez económica, de no tener cómo pagar la renta del pequeño apartamento donde vivía con mi madre, de comer arroz con huevo y aguadepanela todos los días; pero lo que nunca faltó fue dignidad. Con dignidad aprendí a vivir, aunque pusiera en riesgo mi propia vida, con dignidad pagué mi pena anterior y, ahora, con dignidad asumo esta nueva condena que es suficiente para otra historia, pero que contaré en otra oportunidad.


El feminicidio es la expresión más extrema de la violencia contra la mujer;

se trata del «asesinato de mujeres por hombres motivados por el odio,

el desprecio, el placer o la suposición de propiedad sobre las mujeres»
(Diana Russell, 2008: 27)


Evelin llevaba 45 días trabajando. Cinco meses después de su cumpleaños número 18 consiguió un trabajo, mientras Cristian, a pesar de tener 20 años y no estudiar, argumentaba no poder ayudarle con los gastos de la niña por la falta de posibilidades laborales. La única motivación que tenía Evelin para trabajar era sacar adelante a su hija. “Déjeme en paz, no me llame más, trabajo porque tengo una hija por quien ver”. Esas fueron las palabras que la guarda de seguridad de la empresa le escuchó pronunciar el día en que fue asesinada.

Evelin fue abordada por Cristian después de ser dejada por la ruta de la empresa al lado de su casa, no sabemos cuáles fueron los argumentos con los que él logró que ella accediera a conversar. El único testigo presencial de que estaban juntos fue un menor de edad que pasaba por el lugar y que por cosas del destino la conocía, porque crecieron en el mismo barrio. El testigo declaró que pudo escuchar cuando ella le gritaba que no quería tener nada más con él, momento en que vio cómo Cristian la agarraba del cuello y la metía a la fuerza en un vehículo, mientras el testigo se retiraba del lugar, afirmando lapidariamente que “no hice nada porque en peleas de pareja no se debe meter nadie”.

Evelin Dayana Blanco Prieto era una joven de 18 años de edad, trabajadora de la empresa petrolera estadounidense Nabors, y gracias al salario que devengaba lograba sacar adelante a su hija de 18 meses. Evelin creció en una casa de trabajadoras petroleras, su mamá es la única mujer que en el departamento del Meta ejercía el oficio de Cuñera, una actividad absolutamente masculina en la industria, pues requiere de fuerza y precisión para usar la boca de un taladro petrolero.

Evelin tuvo siempre el ejemplo de su madre, una mujer que se equiparaba sin miedo con los hombres, que sacaba adelante a sus hijos sin tener una figura masculina cerca, una mujer que estuvo incondicionalmente para su hija como madre y como amiga.

Gracias a la magia de las redes sociales, Evelin entabló una relación con un desconocido por Facebook. Cristian Navarro se mostró como un hombre maduro, comprensivo y amoroso. Su relación, a pesar de ser un torbellino de pasiones y dolores, terminó en una maternidad, en una oportunidad para renacer y establecer un hogar lejos de su familia.

La relación sentimental con Cristian fue descrita en el juicio como un verdadero ciclo de violencia: iba y venía de la casa de su madre con su hija en brazos, intentó huir de las agresiones, intentó cubrir con maquillaje los moretones que su cuerpo evidenciaba, intentó mentir a sus amigos y amigas cuando extrañados preguntaban por el comportamiento de su perfil de Facebook, el cual manejó Cristian como una medida más para controlar a quien consideraba que era de su propiedad. Evelin estaba sumida en un mundo de dolor, no podía ser ella, no podía compartir con sus amistades y cada vez estaba más lejos de su familia, motivos que la llevaron a tomar la decisión de dejarlo.

En Colombia, según el Instituto Nacional de Medicina legal, la violencia de pareja reportó 940 feminicidios en 2017; y en los dos primeros meses del 2018 se reportaron 149. Entre el 1 de enero del 2013 y febrero del 2018 se contabilizaron un total de 5375 mujeres asesinadas, de las cuales 163 fueron documentadas en el Departamento del Meta. En cuanto a las causas, la asfixia, método de muerte utilizado contra Evelin, fue el tercer factor de muerte con 468 casos.
Evelin murió el 10 de diciembre del 2017, el concepto del médico forense determinó Muerte Violenta por Comprensión Extrínseca del Cuello: “ella tenía hematomas en el cuello, visibles por lo grandes, estrangulamiento, compresión constante sobre el cuello, la cual debió durar entre tres y cinco minutos”, declaró el Médico Forense en una de las audiencias.


Tan grandes y violentas debieron ser las lesiones del cuello, que permitieron evidenciar el motivo de la muerte a pesar de que el cuerpo no tenía pelo, había perdido parte de su piel y estaba totalmente inflamado debido al alto grado de descomposición en que quedó, pues fue arrojado a una alcantarilla donde permaneció por cinco días. La intención de Cristian estaba clara, no solo quería que muriera como pago por la ofensa de querer dejarlo, un derecho que al parecer es exclusivo de los hombres; además se encargó de que el cuerpo que recibiría su familia estuviera desprovisto de dignidad, fuera irreconocible y tuviera la huella tatuada de lo que una mujer debía pagar por la osadía de retar la autoridad de su excompañero.

Evelin va a cumplir dos años desde que nos dejó. En septiembre de 2019, luego de sentir cómo se laceraba mi alma de mujer feminista cada vez que veía a Cristian reírse en las audiencias, o cada vez que escuchaba a su abogado usar la repugnante frase “ella se lo buscó, para qué lo llamaba”, logramos el fallo condenatorio: Cristian deberá reposar sus ímpetus de macho en una cárcel por los siguientes 39 años.

Ya te puedes ir Evelin, ya hicimos justicia, ya sabemos qué decirle a Luciana cuando crezca y pregunte por qué el victimario, su padre, paga por un daño irreparable. Ningún tipo de violencia es de poca importancia, ninguna situación amerita silencio… un grito, un simple grito hubiera salvado la vida de una joven de 18 años, y le hubiera permitido a una bebé de 18 meses crecer al lado de su madre.

“Ahora mismo, escribe un libro, un libro que estará construido con las voces de más de setenta mujeres que dieron su testimonio de vida en entrevistas individuales y colectivas, y que a su vez desea dejar su aporte con una textura cautivadora en la recuperación de la memoria histórica de las mujeres de la región y sus formas de resistencia”.

Así termina el preámbulo de Vidas de historia. Una memoria literaria de la OFP, libro que compila las experiencias y los sentires de la Organización Femenina Popular. A continuación presentamos tan solo un retazo del trasegar de esta organización que nació en el Magdalena Medio en 1972:

Capítulo 2: Un mapa del territorio
El Hachazo, una isla en medio del río Magdalena, era famoso por unas tablitas de armar tabacos en las que se había aparecido La Inmaculada Concepción. Eran tres piezas de madera que le habían servido por décadas a una abuela de la isla en el oficio de armar cigarrillos y que juntas componían, con relieves inusuales, la imagen de la Virgen. Las personas de los municipios aledaños y los propios habitantes de El Hachazo le pagaban “manda” a la Virgen en las fiestas, intercambiando tabaco y velas por favores.
Un grupo de familias había llegado muchos años atrás a la isla, huyendo de la violencia que los asolaba río abajo. La isla se levantaba en la mitad del río y, aunque no era muy extensa, tenía tierra suficiente para alimentar a quienes habían llegado sin otra cosa que sus manos para labrar. Además, no tenía dueño, como sí lo tenían las tierras por allí, y al final les había gustado que fuera una isla, les parecía que estando rodeados de tanta agua y tan aislados, nadie iba a juntar ganas para ir a molestarlos; y así fue, al menos por un tiempo.

Muchos años después aparecieron los remolcadores que transportaban ACPM y comunicaban a El Hachazo con Paturia, al oriente del río, y con Canaletal al occidente. A todo el mundo le pareció muy bien poder salir de la isla con facilidad. A veces las crecientes se llevaban las cosechas, y las personas –que ahora eran tantas que la isla apenas podía sostenerlas– dependían de la pesca durante meses. Los remolcadores dieron trabajo a algunos y constantemente les cambiaban su pescado por ACPM que luego revendían en Canaletal y Paturia.

Los guerrilleros, por su parte, no tardaron en imaginar que la gente de El Hachazo traficaba noticias de una orilla a la otra para el Ejército; algunos intentaron explicarles que no era así, otros decían que las explicaciones sobraban porque la guerrilla no quería otra cosa que el monopolio del ACPM. Fuera como fuera, una noche, después de un combate a lado y lado del río, los guerrilleros llegaron a la isla y les dieron una hora para salir de ahí. El pueblo entero se acomodó como pudo en las pocas lanchas que había y navegó rumbo a Canaletal. Así, desplazados por segunda vez, los habitantes de El Hachazo se dispersaron río arriba y la isla de nuevo quedó desierta.

Algunas familias llegaron a San Pablo y con ellas un bebé que había nacido la noche del destierro en una de las lanchas. Al bebé lo habían apodado “Capitán” y era nieto de una mujer menuda y vivaz, hija de uno de los habitantes fundadores de la isla. Ella había hecho las veces de partera y había cortado, sin titubear, el cordón umbilical de su nieto con una minora.

En San Pablo, las familias de El Hachazo invadieron unos terrenos baldíos en las afueras, cerca del río, y allí, en una sola noche, levantaron sus casas con plástico, palos y los restos de un remolcador que encontraron encallado cerca de ahí. Entre la invasión y el río la vegetación era tan densa que los guerrilleros usaban ese tramo como corredor hacia el pueblo. Los soldados del Ejército no tardaron en imaginar que la gente de la invasión colaboraba con los guerrilleros y llegaron una noche, echando abajo lo que encontraron a su paso. Lo único que se mantuvo en pie fue una lámina de zinc, que en la casa de la mujer menuda y vivaz usaban como puerta, porque las mujeres de la familia se habían aferrado a ella como si se tratara de una persona. Aquella lámina de zinc era lo único que habían atinado a traerse de El Hachazo en el apuro de la huida y constituía su patrimonio material.

Un par de años después, con ayuda de la OFP, la familia del “Capitán” pudo levantar una casa de material; gracias a aquellas mujeres, el barrio se asentó con una solidez inédita para las familias desplazadas que habían llegado a San Pablo.

Los viejos habitantes de El Hachazo juntaron fuerzas para volver a la isla, porque, habiendo encontrado dónde hundir sus raíces, estas habían recuperado la memoria del primer suelo. “Capitán” tenía cuatro años entonces. La mamá lo llevó con ella para que conociera el lugar del que habían venido, el que su bisabuelo había fundado. Nadie esperaba lo que encontraron. Las crecientes habían desbarrancado la tierra durante esos años y el agua la había arrastrado río abajo y se había sembrado una nueva isla en la que apenas empezaba a alzarse una vegetación tímida. Algunas personas vivían allí y todavía le daban el nombre de El Hachazo. La mujer se sentó con el “Capitán” a esperar el remolcador de la tarde para devolverse a su casa. Mientras veían el sol ponerse al otro lado del río, la mujer se sintió feliz de golpe, con la certeza de que las aguas nunca cargan lo mismo.

Capítulo 6: Pausa y pensamiento
Necesitaba un motivo para volver a Barranca. Por las noches me sentaba en el apartamento que nos habían asignado en Bogotá a pensar en eso. Yo no quería ser una muerta en vida, una desplazada, no quería vivir lejos de mi casa, de mi tierra, lejos de la lucha que llevaba tantos años realizando. Estábamos amenazadas hacía tiempo las tres mujeres que coordinábamos la organización. Y habíamos decidido no dejar Barranca. Pero una tarde nos llegó la razón más persuasiva, tenían ubicados a nuestros hijos y los amenazaban también. Así que le avisamos a las organizaciones internacionales que nos acompañaban hacía varios años y nos sacaron de Barranca.

Una vez en Bogotá todo parecía funcionar bien. Los niños estaban contentos de estar juntos y de vivir en un apartamento cómodo. Además, nos traían comida, nos visitaba mucha gente que quería conversar con las defensoras de Derechos Humanos del Magdalena Medio, teníamos lo que necesitábamos y nos estaban ofreciendo albergue en varios países europeos. Pero yo sentía que no me podía ir. Ya en viajes que habíamos hecho antes yo había visto a refugiados de otros países y la tristeza que traían consigo era impensable para mí.

Así que cada noche, después de dormir a los niños, me sentaba a mirar por la ventana esa inmensa ciudad. Miraba esas luces y pensaba qué podía hacer para regresarme. Y no fue una noche de esas en que descubrí el motivo, fue una mañana cuando me levanté y abrí la nevera del apartamento. Había tanta comida en esa nevera, les ofrecimos tantas cosas a los niños que yo empecé a pensar en los demás desplazados del Magdalena Medio. Pensé en las muchas mujeres que yo había conocido en ese año de tanta violencia. En los pueblos enteros de gente que vimos durmiendo en las calles para salvarse de que los masacraran. Cuántas de esas personas que nosotras habíamos ayudado en esos años podían salir desplazados y vivir en las condiciones en que nosotras estábamos viviendo. Pensé en el hambre, el miedo, el abandono en que debían vivir y al mediodía llamé a mi marido a avisarle que me regresaba. Los miembros de la comunidad europea que nos ayudaban se pusieron furiosos al comienzo, me rogaban que no me fuera, que no debía poner en riesgo mi vida. Pero con muchas y muchas palabras logré que entendieran que no podía abandonar a mi gente.


Nosotras habíamos logrado reunir alrededor de la organización innumerables mujeres y reaccionar en masa contra las intransigencias de los paramilitares. Les recordé cuántas veces fuimos a sacar los muertos del río o a traerlos del monte cuando los paras decían que el que recogiera muertos era ya otro muerto. Y nos llamábamos una a la otra, y así en cadena estábamos en pocos minutos tantas mujeres que no había quién fuera capaz de detenernos. Les recordé que habíamos logrado enfrentarnos a esos hombres, que ya no teníamos miedo de mirarlos a los ojos. Porque más de una vez esos hombres nos habían acorralado y nosotras en gavilla encontrábamos maneras de enfrentarlos.

Les recordé esa tarde en que habíamos organizado el Carnaval por la vida. En los barrios hicieron carrozas y las llevaron al parque. Nosotras estábamos trayendo los refrigerios y otras cosas más cuando llegaron esos hombres al parque y les rompieron lo que habían hecho para el Carnaval y los mandaron a esconderse, “o es que no saben que después de las seis no puede haber nadie por ahí vagabundeando”. Cuando llegamos al parque no había ni un alma y solo quedaban los restos de la destrucción, eso que sabían muy bien dejar esos hombres por donde pasaban. Pero una vez nos paramos nosotras en el parque la gente empezó a salir de las casas. No los habían logrado amedrentar tanto como para que la gente abandonara la idea del Carnaval. Nos estaban esperando. Nunca olvidaré la alegría que sentí en ese momento. Cuando vimos salir de las casas montones de hombres, mujeres y niños que vinieron a celebrar con nosotras. La OFP les traía a esas personas una sensación de seguridad que les permitió burlar la orden de los paras y continuar con la fiesta que teníamos planeada.

Hablamos de las casas de refugiados que creamos después de que nos robaron la casa, porque no íbamos a dejar que se llevaran más casas ni que mataran a las personas a las que les quitaban las casas o a las que amenazaban. Habíamos vivido tantas cosas en esos años, y tanta gente seguía necesitando de nuestra ayuda, de esa fuerza que ya conocíamos y que, aunque nos podía matar en cualquier momento, como habían hecho con otras compañeras, nuestra resistencia se había vuelto ya el sentido completo de nuestra vida. Les recordé tantas cosas a los amigos extranjeros y a mis compañeras que terminaron aceptando que debíamos regresar.

Pasamos cuatro meses metidas, con los niños, en la sede central de la organización, escondidas, pero trabajando sin parar. Pensando nuevas capacitaciones para que los niños de los barrios no se metieran en grupos armados, nuevos gestos para hacer en la ciudad, para que no pudieran quitarnos las ganas de vivir y de luchar. Para que no se nos acabara nunca el calor humano que nos había mantenido vivas a las mujeres que estábamos cerca de la organización. Yo nunca me arrepentiré de esa decisión. Había que volver, debíamos seguir enfrentando el miedo para soportar y no entregarles nuestras vidas. No podíamos dejar que esos hombres de armas y agresividad decidieran cómo iban a vivir la vida nuestras hijas y nuestros hijos. Nosotras no habíamos parido hijos para la guerra. Eso no. Y ahí estábamos, decididas a seguir soportando hasta que esta guerra pueda terminar.

Sobre la disolución del Congreso del Perú
El 30 de septiembre del 2019, Perú marcó un hito en la política de América Latina. Por exigencia del pueblo, y amparado en la Constitución Política, el presidente Martín Vizcarra disolvió el Congreso.

En Perú, como en muchos países latinoamericanos, existe una corrupción endémica que abarca desde los estratos más altos (funcionarios que se lucran con los proyectos), hasta los más bajos (sobornos a los policías de tránsito). El parlamento peruano tenía 130 congresistas, que representaban a 24 departamentos; en su mayoría eran congresistas de la derecha, del APRA y Fuerza Popular. Estos partidos tienen serias investigaciones por corrupción, y sus líderes han sido procesados por el caso Odebrecht.

Hasta antes de julio del 2018 la corrupción era motivo de comentarios, la gente sabía que con un poco de billetes se puede hacer lo que sea; pero otra cosa distinta es cuando la información estalla, salpica a todos, cuando las personas se dan cuenta de la magnitud del problema. Ahí es cuando la población dice: ¡Basta!

¿Qué tuvo que pasar para que se diera ese estallido? Pues una de las investigaciones periodísticas más importantes sobre corrupción en Perú reveló la información. Todo inició con la investigación denominada “Los audios de la vergüenza” o “La desarticulación de los cuellos blancos del Puerto” del Instituto de Defensa Legal (IDL – Reporteros). Cada domingo, a partir del 7 de julio del 2018, se difundía por internet un audio nuevo donde se podía escuchar cómo jueces importantes negociaban casos o hacían favores, como la reducción de una pena o la libertad de un violador de una niña de 11 años. En uno de los audios se reveló cómo se escogían a dedo a los jueces más importantes del país para favorecer determinados casos. Cada audio era más escandaloso que el anterior. A partir de ese 7 de julio se conoció la putrefacta corrupción peruana, ensuciando a varios miembros de las grandes instancias de poder.

Ante esta situación, la población no pudo más, se indignó. Miles de personas salieron a marchar en diferentes ciudades, comerciantes, universitarios, taxistas, gremios y hasta estudiantes de colegios. Por un día el Perú se detuvo y alzó su voz contra la corrupción. Exigían que se fueran todos; la población peruana ya no creía en nadie, ni en el Congreso, ni en el Ejecutivo, mucho menos en el sistema judicial. Fue en ese contexto que su presidente dio un mensaje a la nación, por el clamor popular, y planteó realizar un referéndum con cuatro reformas constitucionales para hacer frente a la corrupción.

En ese referéndum se aprobaron tres reformas: Reforma al Consejo Nacional de la Magistratura, que radica en hacer la elección de los altos mandos del poder judicial de forma transparente y monitoreados por el Defensor del Pueblo. La segunda reforma se planteó para fiscalizar la financiación de los partidos políticos, y evitar casos como el de Odebrech. La tercera busca evitar la reelección de parlamentarios.

Fue así que empezó a generarse un clima tenso entre el Ejecutivo y el Legislativo peruano. El presidente Martín Vizcarra proponía otras reformas importantes para luchar contra la corrupción, pero al Congreso no le importaron mucho; echaron a la basura todos los esfuerzos del pueblo y del Ejecutivo.

Mientras el Congreso creía que podía hacer lo que quería por tener la mayoría congresal, la población se iba dando cuenta de la crisis política del Gobierno. En cada ciudad que visitaba el presidente, la población manifestaba su descontento: ¡Presidente cierre el Congreso! ¡Que se vayan todos! Esto sumado a la campaña por redes sociales de diferentes colectivos sociales y hasta páginas de humor (memes). El pueblo peruano estaba asqueado de la corrupción, harto de ver que los que deben proteger la constitución, los parlamentarios, son los que más se aprovechan de su cargo. Era hora de hacer cambios drásticos.

En julio del 2019, el presidente Vizcarra, ante la negativa del Congreso de acatar las reformas contra la corrupción, presentó un Proyecto de Ley cuyo objetivo era adelantar las elecciones presidenciales y congresales. Esto no era de agrado para dichos congresistas, pues equivale a quedarse un año sin su jugoso sueldo, un aproximado de 30 millones de pesos colombianos mensuales, y quedarse sin sus beneficios, incluyendo la inmunidad parlamentaria que los cubre para que sigan desfalcando al Estado.

En septiembre, el Congreso eligió a varios miembros del Tribunal Constitucional, es decir, a los jueces que estarían a cargo del caso Odebrecht, en el que muchos congresistas están implicados por sobornos. Los congresistas escogieron a sus jueces.

Por ello, el 30 de septiembre el presidente le dio un ultimátum al Congreso, y presentó una cuestión de confianza; los congresistas no podían elegir a los altos mandos del poder judicial. Ellos negaron la propuesta sin imaginar que, como respuesta, el presidente anunciaría la disolución del Congreso.

La población quedó extasiada con la noticia, era como si Perú ganara un mundial de fútbol. Por fin estaban sacando a toda la sarta de mantenidos estatales; la gente corrió al Congreso, salieron con banderas, camisetas de Perú, era una oportunidad única para disfrutar la caída de la tiranía y escribir una nueva página con tinta de esperanza para su nación.

Posteriormente, instancias internacionales como la Organización de Estados Americanos (OEA) ampararon esta disolución del Congreso peruano. Los entes peruanos encargados de estructurar las elecciones del parlamento, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), se encuentran realizando gestiones para que en enero del 2020 se den las elecciones congresales.

Actualmente algunos ex congresistas peruanos están siendo investigados y procesados por diferentes delitos, esto a razón de que el 30 de octubre se acabó su inmunidad parlamentaria. A finales de octubre salieron los famosos Codinombres (códigos de los nombres de aquellos que fueron sobornados por ODEBRECHT). Varios congresistas peruanos –como la congresista Luciana León del APRA, partido del Ex Presidente Alan García– están empezando a ser procesados, y esto solo es el inicio de una investigación judicial que pretende sacar a la luz a todos los involucrados en estos vergonzosos sobornos.

Todos recordamos al niño Alan Kurdi, nacido en la ciudad kurdo-siria de Kobane, pero poco sabemos de su pueblo: los kurdos. Son una comunidad distribuida principalmente entre Turquía, Siria, Irak e Irán. A ellos, la comunidad internacional les prometió un Estado en 1920, pero nunca les cumplieron. En esos mismos años, Turquía fue creada a partir de las ruinas del imperio Otomano y bajo el ideal de tener una sociedad homogénea, con una sola cultura y lengua.

Por esto, los kurdos nunca fueron aceptados como parte de Turquía, sus nombres fueron prohibidos, sus costumbres perseguidas y su identidad negada. En 1978, los kurdos decidieron crear una organización política llamada el PKK: Partido de los Trabajadores de Kurdistán. Esta organización intentó por varios años generar acciones políticas de reconocimiento, pero se estrellaron con una gran represión por parte de Turquía, con lo cual optaron, en 1984, por la lucha armada. Así me lo explicaron sus líderes hace pocos meses.

Luego de la caída de la Unión Soviética, el PKK replanteó sus paradigmas y optó por un modelo que no busca ya tener un Estado propio sino por hacerse un lugar digno dentro de los países donde los kurdos viven. Así las cosas, los kurdos le han apuntado a un modelo llamado “confederalismo democrático” que podemos resumir en una mezcla de democracia directa, feminismo y ecologismo, sin poner en duda las fronteras actuales. En Turquía, a pesar de las restricciones y la represión, se hicieron con más de 100 alcaldías.

La situación de los kurdos en los países vecinos tampoco era la mejor. En Siria, a los kurdos se les fue retirada la nacionalidad en 1962, perdiendo sus derechos. En Irak, en 1988, Sadam Husein asesinó a más de 180.000 kurdos, usando armas químicas entregadas por Estados Unidos. De hecho, en la ciudad de Suleymania hay un museo que recuerda a las víctimas mediante 180.000 pedacitos de espejo en los que, me decían, uno se puede mirar para ver si su alma es pura.

En el caso iraquí, la dirigencia kurda está bajo el control de dos apellidos: Talabani y Barzani, ambos acusados de corrupción y clientelismo. Ellos no ven con buenos ojos al PKK, ni tampoco a las fuerzas de resistencia de Siria, conocidas como Unidades de Protección Popular. Allí en Irak, luego de la caída de Sadam Husein, se estableció un gobierno federal para la zona kurda, con cierto grado de autonomía, pero en el cual los líderes mencionados han reproducido los mismos vicios de poder del pasado.

En Siria, la más frágil de las zonas, los kurdos se enfrentaron a la discriminación del gobierno de Bashar Al-Asad y a las atrocidades del Estado Islámico. Contrario a todo pronóstico, los kurdos no solo resistieron, sino que triunfaron en batallas épicas como la librada en la ciudad de Kobane. En esa zona, los kurdos y otros pueblos han venido construyendo en los últimos años un modelo de administración autónoma, que ha traído la tranquilidad al norte de Siria, e incluso ha alojado miles de refugiados de Irak y de desplazados de otras partes del país.

Hoy la guerra de Siria tiene tres zonas: una bajo control del gobierno, el norte bajo control de los kurdos, y una tercera zona donde continúan los enfrentamientos entre diferentes actores, entre ellos los residuos de los grupos radicales islamistas.

Como pude verlo hace pocos meses, hay decenas de campos de refugiados y desplazados, cuya administración kurda es bastante satisfactoria. Además, allí están las familias del Estado Islámico, mujeres y niños que no pueden ser acusados de lo que hayan hecho sus padres. También hay prisiones donde están bajo custodia miles de prisioneros del Estado Islámico.

Esa administración kurda en Siria es un “mal ejemplo” para los kurdos de otros Estados de la región y una gran preocupación para Turquía. Los turcos han bombardeado a los kurdos más allá de su territorio. Por ejemplo, en Irak, en el campo de refugiados de Makhmour, están vivas las huellas de las incursiones turcas.

Ahora, Turquía decide atacar el experimento kurdo de autonomía en Siria. No es cierto que allí haya bases terroristas; de hecho, fueron los kurdos los que derrotaron al terrorismo islamista para beneficio de toda la humanidad. Tampoco es cierto que desde allí se amenace a Turquía. Pero el odio turco a los kurdos, especialmente del actual presidente Erdogan, lo lleva a golpearlos en Siria.

La ofensiva empezó hace pocos días. Aunque, en rigor, es una ocupación de territorio sirio y un crimen de agresión, se dice que hubo una reunión entre servicios de inteligencia turcos y sirios, ya que ambos se benefician de una derrota kurda. De hecho, las mayores reservas de petróleo de Siria están en el norte, donde están los kurdos.

La zona ya es receptora de miles de desplazados y refugiados, por tanto, la propuesta de Erdogan de crear una “zona para que retornen los refugiados sirios” es una excusa. Cuando enfrentaron al Estado Islámico, muchos civiles kurdos y de otras comunidades fueron evacuados. Hoy, muchos de ellos piden armas. En caso de un caos en esa zona, se facilitaría la liberación de los miles de prisioneros del Estado Islámico y, por tanto, del reverdecer de este grupo.

Parece que la táctica kurda será llevar la guerra a Turquía, con la vieja fórmula de que la mejor defensa es el ataque. Por eso, hay unidades que han cruzado para atacar territorio turco y es de esperar que las tropas del PKK en Turquía hagan otro tanto.

Las protestas regionales y mundiales no son tanto a favor de los kurdos, como en contra de Turquía, quien juega a recuperar su liderazgo regional guiado por su nostalgia del imperio Otomano. Una parte de la izquierda mundial, que ha defendido al genocida gobierno de Siria, mira a los kurdos con desconfianza. Su argumento de que “los kurdos están con Estados Unidos” tiene varios errores: son algunos líderes kurdos de Irak los que tienen vínculos con Washington, no todos los kurdos. Además, en una guerra como la de Siria, donde estaba en juego su supervivencia, estos entraron en la coalición contra el Estado Islámico, como Bolívar, en su época, recibió apoyo del imperio británico.

Después de visitar los pueblos y cementerios del norte de Siria, es insostenible acusarlos de terrorismo. El sueño kurdo ya no pasa por un Estado independiente sino por nuevas relaciones sociales al interior de los Estados que habitan. Al igual que ante otras minorías, la comunidad internacional mide, estudia, espera y solo dará pasos para salvaguardar sus propios intereses.

“Es como una invasión extranjera, alienígena […] vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”, sentenció en la conversación que se filtró el 22 de octubre Cecilia Morel, primera dama de Chile, quien en 2017, según la declaración patrimonial del presidente Sebastián Piñera, contaba con un patrimonio de 160 millones de dólares, cifra que sumada al patrimonio de su esposo superaba los 800 millones.

El testimonio es una manifestación verbal del subconsciente clasista que habita en quienes están en lo más alto de un sistema que, en palabras del periodista Joaquín Estefanía, presenta evidentes síntomas de fatiga. La democracia en Latinoamérica cada vez es más vieja y menos democrática en sus decisiones y en sus beneficios. Y al mercado, ese santo que sería capaz de regularlo todo, cada vez le cuesta más regular al millonario que se enriquece gracias a la pobreza de cientos de millones. El matrimonio entre la democracia y el mercado es una bomba de tiempo. La pregunta es si existe una solución práctica e ideológica a esa mezcla radioactiva.
Basta con mirar a Chile. El más neoliberal de los sures neoliberales que incendió la furia contenida de los jóvenes aumentándole 30 pesos al boleto del metro. El oasis neoliberal latinoamericano que el viernes 8 de octubre, dos días después de la medida, ya ardía y era incapaz de contener la cólera que inundaba las calles de su capital. “El metro [chileno] es la empresa pública más eficiente y democrática, transversal, modelo de servicio público. El usuario vive en toda una “cultura metro”. El metro es limpio. Es bello. Es ejemplo. Es lo que está bien. Hasta este viernes lo era”, escribió el periodista Cristian Alarcón después de viajar a Santiago de Chile y ver la erupción ciudadana.

30 pesos colmaron el civismo y la paciencia de un país en donde el salario mínimo equivale a 301.000 pesos chilenos –es decir 1.348.775 pesos colombianos–, y en el que las familias de menores ingresos gastan aproximadamente 30% de sus sueldos en transporte. El salario mínimo en Chile es uno de los más altos de América Latina, pero no lo suficiente en un país que, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), concentra el 26,5% de la riqueza en el 1% de sus ciudadanos; la población más rica de Chile percibe ingresos 11 veces más altos que la población más pobre.

Resulta fácil justificar la legitimidad de las protestas encabezadas por los jóvenes que tienen que recurrir a préstamos bancarios, quedando muchas veces con una deuda vitalicia, para pagar una carrera universitaria que cuesta entre 25.000 y 50.000 dólares. Ningún otro país de Sudamérica tiene un ingreso per cápita como el de Chile. Pocos tienen un crecimiento económico como el suyo, y una taza de pobreza que no supere el 8%. Pero la chilena es una clase media precarizada, con altos gastos de vida, y que no puede vivir sin hipotecarle su futuro a los bancos.

Por eso, a pesar del toque de queda, la militarización, la represión, las torturas, y los asesinatos que evocaron las épocas de la sangrienta dictadura de Pinochet, los chilenos, especialmente los jóvenes, salieron a las calles a quemar ese espejismo capitalista. Cuando Cristian Alarcón le preguntó cuáles son las similitudes entre estos furiosos jóvenes veinteañeros y ellos, su amigo chileno, que ya supera los 40, le respondió que “la pasión por la ideología, la política y tratar de salvar el mundo”, pero que a diferencia de ellos, los de ahora “se radicalizaron, una suerte de fatalismo, que ya nada es tan importante, y por eso les da lo mismo ponerse en riesgo ellos mismos. No tienen miedo”.

“Cría cuervos y te sacarán los ojos”, reza el refrán. Los jóvenes a quienes la democracia mercantil solo les ofrece la catástrofe, la frustración, y la deuda como único futuro posible, hoy tienen en jaque el proyecto neoliberal que representa Piñera. De los 36 países que integran la OCDE, Chile es el segundo con la mayor tasa de suicidio adolescente. El suicidio es la segunda causa de muerte en Chile; un niño, niña o adolescente se suicida cada dos días. Uno de esos suicidas en potencia podría ser ese joven que Ennio Vivaldi, rector de la Universidad de Chile, vio marchar el 28 de octubre mientras sostenía “un pedazo de cartón en que había escrito: “El crédito de estudio me tiene tan endeudado que no les conviene dispararme”. Ese joven, ese cartón, ese rector viendo al que podría ser su alumno, son la síntesis más cruda de la generación tragada por ese agujero negro llamado democracia capitalista.

Vivimos tiempos de vacas flacas para la iglesia católica y para la democracia. Ambos credos pierden fieles a granel. El año pasado, Marta Lagos, directora del Latinobarómetro, dijo que fue un annus horribilis –un año terrible– para la democracia en la región. Cifras de la organización indicaban que en 2010 el 61% de los latinoamericanos confiaban en la democracia. Cifra que en 2018 se redujo al 48%. Además, el 28% de los ciudadanos de los 18 países encuestados por el Latinobarómetro se declararon indiferentes ante la forma de gobierno.

El problema es de forma, también de fondo. La democracia ya no inspira la esperanza que despertaba a finales del siglo XX cuando Suramérica pasaba la página de las dictaduras militares. Tampoco parece ser el medio para satisfacer las demandas de la clase pobre y la clase media que quiere seguir escalando. Las ciudadanías parecen haber encontrado en las calles el escenario político más efectivo y democrático de todo el andamiaje estatal. “Eso demuestra que los espacios tradicionales, el parlamento, las mesas de concertación social, están desgastadas. Hay un problema grave de comunicación entre la ciudadanía y los Estados de cualquier tipo de filiación política”, aseguró el analista político Víctor de Currea Lugo en entrevista con Cablenoticias.

En octubre las protestas masivas paralizaron Ecuador debido al alza del precio del combustible y las medidas económicas incluidas en el programa financiero firmado con el Fondo Monetario Internacional. El 24 de octubre los uruguayos marcharon en contra del plebiscito que pretende reformar la Constitución e implantar reformas en materia de seguridad. Desde febrero una insurrección ciudadana en Haití exige la renuncia del presidente Jovenel Moise. En enero de este año se registraron multitudinarias marchas en Perú en contra de la corrupción y en apoyo a los fiscales que investigaban a los involucrados en el caso Odebrecht. El año pasado los estudiantes colombianos marcharon y clamaron por una reforma educativa. En julio los puertorriqueños colmaron las calles de San Juan después de que se filtraran las conversaciones en las que Ricardo Rosselló y sus colaboradores hacían comentarios homofóbicos, discriminatorios y se burlaban de las víctimas del huracán María. En octubre del año pasado, los chalecos amarillos paralizaron la capital francesa por el alza del precio de los combustibles y la injusticia fiscal. 22 semanas completan las marchas en Hong Kong contra la ley de extradición a China. El 14 de octubre, horas después de conocerse la sentencia contra los líderes del proyecto independentista, los catalanes salieron en masa a las calles de Barcelona. Y la última semana de octubre, las calles del Líbano y de Irak estuvieron llenas de personas que protestaban por la corrupción y la crisis económica.

En Latinoamérica y en el mundo las calles se han convertido en la forma de comunicar y canalizar el desencanto y la frustración de los hijos de la democracia, la inflación, y la desigualdad. Son cándidas las lecturas de aquellos que piensan que este es el inicio de una primavera latinoamericana. Hay que darle las justas proporciones a lo que pasó en Ecuador y a lo que está pasando en Chile. Aunque se lograron revertir las medidas, las movilizaciones no logran generar cambios estructurales en el contrato social que rige la región. Lenín Moreno sigue al frente de la presidencia y con las intenciones intactas de dejar la economía ecuatoriana en manos del FMI. En Chile cambiaron ocho ministros, pero Piñera no parece estar dispuesto a dejar su cargo ni apoyar la asamblea constituyente propuesta por algunos sectores. Sí deberíamos agradecerles a los ecuatorianos y a los chilenos por recordarle a la clase política las palabras que pronunció Salvador Allende en su último discurso: “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

En el corto y mediano plazo, al menos en América Latina, es muy probable que la efervescencia social continúe. En el carácter reivindicativo de las movilizaciones radica su capacidad –y necesidad– de propagación. Más aún si la gestión económica así lo exige. Latinoamérica es una torre de babel cuyo único dialecto común es la desigualdad. El último informe de la Cepal indica que el 30,2% de la región vive en la pobreza, y 62 millones, es decir uno de cada diez latinoamericanos, viven en la extrema pobreza. El informe también expresa que el 40% de la población empleada recibe ingresos inferiores al salario mínimo establecido por su país, y que el 48,7% de las mujeres reciben pagos laborales inferiores al salario mínimo establecido.

El panorama es preocupante, pero cada cifra lo hace más desalentador. Latinoamérica completa seis años de estancamiento económico. Anualmente la región ha crecido menos de 1%. La economía y el comercio interno no crecen al mismo ritmo que crece la población. La región invierte el 1,8% de su Producto Interno Bruto en infraestructura y servicios, mientras que la Cepal asegura que es necesario destinar el 6% a estos rubros. El organismo también proyecta que en 2019 el valor de las exportaciones disminuirá 2% y el de las importaciones 3%. El precio de 26 de las 30 principales exportaciones de la región ha bajado: el azúcar de palma 33%, el carbón 22%, y el petróleo 10%.

Hoy Latinoamérica paga las consecuencias de no aprovechar la bonanza económica que dejaron las materias primas entre 2003 y 2011, época en la que la región creció un 5,4% anual. En 2008 América Latina aportaba el 8,8% de la producción mundial y el 12,3% del crecimiento económico global. Esa bonanza económica no se tradujo en una industria local fortalecida, ni en creación de capacidades. Los millones de personas que salieron de la pobreza gracias a los programas sociales no fueron insertadas a la macroeconomía. Nuestra lógica no evolucionó, nuestra vocación económica siguió –y sigue– siendo subsidiaria y extractiva. El año pasado un artículo de la revista Opera publicado en estas páginas ilustraba el mal proceder brasileño, antecedente de la bancarrota actual de la primera economía sudamericana: “Los bienes más relevantes para el desarrollo del país eran aquellos que Brasil más importaba. Para pagar la cuenta, producía y exportaba productos básicos que, para un proyecto de desarrollo nacional, no tienen gran relevancia. Tal vez el esfuerzo pudiera dar resultados en 30 o 40 años, pero en este continente el mundo político parece siempre girar más rápido que el económico”. El caso brasileño es aplicable a cualquier país de la región.

La economía es un factor determinante en la salud de una democracia. Y pocas cosas determinan tanto la gestión económica como la ideología política. El año cerrará con un nuevo mapa político. La llegada de Alberto Fernández a la presidencia de Argentina equilibrará un poco el discurso, y menguará al raquítico Grupo de Lima creado para “liberar” a Venezuela de Nicolás Maduro. Se esperaba que México abanderara la voz del progresismo, rol que no está en los planes de López Obrador. La izquierda seguirá siendo minoría. Después de 15 años de ser gobernado por la izquierda, todo indica que Uruguay se alineará a la derecha junto a Bolsonaro en Brasil, Lenín Moreno en Ecuador, Piñera en Chile, y Duque en Colombia. Sin embargo, a la derecha dura le costará recuperar la legitimidad lastrada por sus malas gestiones, deberá preocuparse por ordenar la casa antes de querer solucionar los problemas de Venezuela, y le será difícil mantener el poder conforme sucedan las elecciones.

Latinoamérica necesita una izquierda –de momento dividida y algo desorientada– capaz de capitalizar la crisis de la derecha y de la democracia. Una izquierda y un movimiento social que sigan apostándole a lo que saben hacer: oposición; y que refine su discurso, su propuesta de futuro y su manera de llevarlo a la práctica. Una izquierda que una vez vuelva a ser poder acate el llamado del expresidente chileno Ricardo Lagos, quien en una entrevista con El País de España aseguró que quienes salen hoy a las calles de su país demandan que “el Estado provea más bienes gratuitos que permitan tener una mejor educación, una mejor salud, una mejor vejez. En otras palabras, que la sociedad empiece a avanzar para que todos seamos iguales en dignidad. Es lo que el filósofo Norberto Bobbio llamaba un mínimo civilizatorio. Toda sociedad, dice él, tiene que tener algo en que todos los ciudadanos seamos iguales”.

Dicen que el filósofo e historiador mexicano Miguel León Portilla decía que “aunque el espejo negro esté empañado, el reflejo que está ahí somos nosotros”. Eso somos, una región que ha parido buenísimos candidatos, pero muy malos gobernantes; una región que poco aprovecha sus atributos. No es necesario sobre diagnosticarnos. El escritor mexicano Emiliano Monge, cual taita mesoamericano, explicó en una columna cuál es nuestro sino: “Los zapatistas lo dejaron claro hace ya casi veinticinco años: este sistema está en contra de la vida y de la comunidad. Y estos dos aspectos –la vida y la comunidad, en sus más amplias acepciones– han sido, son y seguirán siendo el centro de todo aquello que en América Latina, durante muchos, demasiados siglos, hemos sido”.

Los migrantes se convierten en noticia mundial, de efímera duración, cuando mueren decenas o cientos de seres humanos tratando de alcanzar una frontera esquiva en cualquier lugar del mundo, como en el mediterráneo europeo, en el norte de México o en Turquía… Son imágenes de dolor las de los niños ahogados, solos o junto con sus padres, o las de niños enjaulados en el “país de la libertad” (Estados Unidos), o las de familias enteras que marchan con lo que llevan puesto y unos pocos enseres, dejando atrás el territorio donde nacieron y vivieron, y al que no volverán a ver en mucho tiempo o quizás nunca más.

Esas imágenes, que de vez en cuando circulan en los medios de desinformación mundiales, parecieran no responder a ninguna lógica, ser producto de la mala suerte, no estar relacionadas entre sí, como si fueran resultado de hechos aislados y fortuitos. Esto es lo que se nos quiere hacer creer, porque la desgracia de las migraciones sí tiene explicación, la que se encuentra relacionada con el accionar del capitalismo, cuya lógica destructiva y desigual en el plano mundial origina la movilidad forzada de millones de seres humanos en el planeta entero, en la que predomina la tendencia a que los pobres busquen escapar de los lugares en que viven (inhabitables, contaminados, asolados por la guerra y la muerte y donde no existe ninguna perspectiva de que la situación vaya a mejorar), para dirigirse a los paraísos capitalistas, donde esperan encontrar una vida mejor y asegurar su subsistencia. Esta utopía en general no se corresponde con la dura realidad, pues tendrán que soportar nuevas y viejas formas de opresión y explotación.

En los países capitalistas centrales (de Europa y Estados Unidos) y en países rentistas (como Arabia Saudita) sí que se sabe qué puede hacerse con esos millones de trabajadores expulsados por las buenas o por las malas de sus hogares, puesto que esa es la reserva laboral (abundante y barata) que requieren para mantener sus economías y para realizar los trabajados domésticos y de cuidados, indispensables para garantizar la reproducción de esas sociedades.

Las mujeres migrantes desempeñan un papel esencial en las actividades de cuidados, por lo que puede hablarse de un intercambio desigual de afectos que se complementa con el intercambio económico (y ecológico) desigual que resulta de la relación entre los países capitalistas centrales y los países periféricos. Las mujeres y sus familias son las que soportan esta dura realidad poco nombrada, pero que hace parte del “costo oculto” de las migraciones y que vale la pena examinar. Sin las mujeres, literalmente, la economía capitalista mundial no podría funcionar.

Trabajo de cuidados y cadenas globales de cuidados
En el capitalismo de nuestros días es primordial el trabajo de cuidados que se desempeña principalmente en el hogar, y que involucra actividades como cocinar, planchar, lavar la ropa y la loza, servir alimentos, limpiar espacios y objetos, y atender a niños, ancianos, enfermos, discapacitados o mascotas. Gran parte de ese trabajo es realizado por mujeres, tanto el de su propio hogar como el de otros hogares o sitios de trabajo en los cuales se ha implantado la lógica del servicio doméstico, como sucede en escuelas, colegios y centros geriátricos…

Aunque cada país tiene un mercado laboral interno de los cuidados, el capitalismo ha construido cadenas globales de cuidados. Estas cadenas podrían definirse en forma escueta como el establecimiento de vínculos personales y afectivos de tipo laboral (sea o no remunerado) entre personas pertenecientes a distintos países (a menudo situados en diversos continentes), para desempeñar labores de cuidado, principalmente de tipo doméstico, y servir a quienes en esta relación cuentan con los recursos económicos y cierto tipo de poder para hacerse a dichos servicios (prestados por mujeres en su abrumadora mayoría).

La constitución de las cadenas globales de cuidados está relacionada con varias modificaciones en la economía capitalista mundial. Por una parte, la incorporación de grandes cantidades de mujeres en los países centrales al mercado laboral, lo que implica que muchas familias puedan contratar a mujeres provenientes del extranjero para que realicen las labores domésticas; asimismo, se destaca el envejecimiento de la población, lo cual requiere una gran cantidad de trabajadoras para atender a ese segmento de la población, que se incrementa en forma sostenida. Por otra parte, ha cambiado la configuración de las migraciones internacionales con el aumento de mujeres jóvenes que se trasladan de un país a otro, de un continente a otro. Adicionalmente, estas mujeres, que generalmente son madres jóvenes sin compañero sentimental, se ven obligadas a migrar fuera de su país por las difíciles condiciones de trabajo y de vida que soportan.

La paradoja del dar afecto a otros y no a los suyos
Las mujeres jóvenes parten fuera con diversos rumbos, algo que se da tanto de Sur a Norte como de Sur a Sur. Mujeres sudamericanas viajan a Estados Unidos o a los países europeos; peruanas y bolivianas se van para la Argentina; filipinas se van a trabajar a Arabia Saudita; o centroamericanas terminan como empleadas domésticas en el sur de México.

Al margen de esos variados destinos geográficos, una cosa sí es clara, siempre sucede lo mismo: las mujeres que migran como trabajadoras domésticas y de cuidados en el extranjero, abandonan de manera forzosa a sus hijos y parientes, para ir a cuidar a los hijos y parientes de otros. Esto puede hacerse en condiciones de trabajo asalariado, usualmente mal remunerado, o incluso pueden terminar convertidas en esclavas o semi-esclavas de sus “civilizados patrones”. Y quienes las reemplazan en la labor de cuidar a sus hijos son otras mujeres, más pobres que las que partieron, que son sus hermanas, madres, tías o primas. Estas, a su vez, asumen el cuidado de los que no son sus hijos. Tal es el brutal costo de la migración de las mujeres: abandonar la labor de acompañar, formar y educar a sus propios hijos, a los cuales verán tiempo después, solamente a través de internet (como si el afecto corporal de una madre pudiera sustituirse con relaciones virtuales), o no volverán a ver nunca.

Un aspecto importante en este intercambio desigual de afectos, radica en que los cuidados no desaparecen, simplemente se transfieren, lo que tiene consecuencias para toda la vida, tanto para las madres que migran como para los hijos que quedan. Es un hueco imposible de llenar, por más que las madres sustitutas hagan su mejor esfuerzo.

Por su parte, los hogares donde se emplean a las mujeres migrantes tienen una doble “ganancia”: siguen manteniendo la unidad maternal, puesto que la madre natural regresa en las horas de la noche, luego de trabajar, y acompaña a sus hijos los fines de semana, con lo que eso implica en términos filiales y afectivos; y, para completar, bebés, niños y jóvenes reciben el afecto de la mujer migrante, afecto del que ya no gozan ni podrán disfrutar sus propios hijos. Esto es lo que podemos caracterizar como el intercambio desigual de afectos, un rasgo detestable del capitalismo contemporáneo.

Desde que tuve uso de razón, los campesinos de la vereda estaban peleándose para que subiera la trocha. Yo me volví vieja en este ejercicio y la carretera sigue igual, no ha caminado más de ahí.

En los 80's éramos muchos jóvenes vinculados a la Unión Patriótica. Eso fue como un sueño. Pensábamos que con ese proyecto político iba a haber mejoría en las regiones, Y en nuestra vereda Campoalegre del municipio El Castillo. Pensábamos que iban a llegar las carreteras, la luz, las escuelas, los colegios, lo que no teníamos; pero no lo hemos logrado, mi municipio sigue igual, en mi vereda la escuela está ahí porque la gente la sostiene y la carretera aún no ha llegado.

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Mi nombre es Aidee Moreno Ibagué, vicepresidenta del Sindicato de Trabajadores Agrícolas Independientes del Meta (Sintragrim) y miembro del Comité Ejecutivo Nacional de Fensuagro. Soy responsable de la Secretaría Nacional de Educación y Formación Agraria y sobreviviente del genocidio contra la UP.

Mis padres nacieron en Mesitas del Colegio (Cundinamarca), de allí fueron desplazados por la violencia antisindical de la época; mi papá era sindicalista, uno de los campesinos esclavizados por las grandes empresas del boom cafetero. Él es muy rebelde, tiene 80 años y todavía se defiende, por eso estuvo en la cárcel. Producto de esa persecución ninguna hacienda le daba trabajo, lo aislaron y entonces fue a parar a los Llanos orientales. Allí mi papá ayudó a fundar el sindicato a finales de los setenta.

Mi mamá se llamaba Tránsito Ibagué de Moreno, fue asesinada en el año 2000 en Villavicencio, hacía parte del sindicato, de la Unión de Mujeres Demócratas, y militante del Partido Comunista. Cuando nació la UP también se vinculó al proyecto político.

Soy campesina, nacida y criada en el campo, y así me identifico. Aunque las circunstancias me han llevado a vivir mucho tiempo en la ciudad, yo tengo mi parcela allá en mi territorio, amo el campo y me enorgullece.

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En el campo, para poder ir a la escuela, nos levantábamos por la mañana muy temprano, porque mi mamá hacía de comer para los trabajadores durante la cosecha y de seis a ocho de la mañana atendíamos las gallinas, los marranos, molíamos el maíz de las arepas, mis hermanos ordeñaban, había responsabilidades para cada uno, lo que no pasa en la ciudad. Mi mami, mujer muy sabia, un día me dijo que tenía que ir a otro lugar a estudiar para superarme.

En 1984 me fui para Villavicencio. Allí me encontré con otros jóvenes campesinos y nos vinculamos a los Jóvenes Patriotas en el departamento, empezamos a hacer todo un trabajo. En esa época no hacíamos parte del sindicato, mi papá sí era del sindicato y andábamos de su mano siempre.

Para mí fue muy doloroso que me sacaran del campo y me pusieran en la ciudad. No me pude adaptar, fue muy difícil porque el ritmo de la ciudad también era diferente. En el campo somos muy disciplinados para la lectura, para las reuniones. Cuando llegué a la ciudad me encontré unos jóvenes relajados, aunque comprometidos… ellos tomando cerveza, aguardiente y a mí no me gustaba eso. Hacíamos actividades, por ejemplo, salíamos a hacer pintas en la calle, a escribir que no estábamos de acuerdo con alguna cosa. En el campo era diferente, nos encontrábamos los sábados para estudiar los documentos políticos de Marx, de Lenín, el periódico Voz, discutir las noticias, hacer propuestas y después jugar fútbol.

De la Juventud Comunista, muy joven, pasé a militar en el Partido Comunista y terminé mi estudio de primaria. Viajaba a las regiones como delegada del Partido y de la UP para hacer trabajo, desde muy joven.

***


El sindicato fue supremamente aporreado por la violencia, teníamos muy buena dirigencia en el departamento de Meta y todos se vincularon al proyecto político Unión Patriótica, era una opción de vida, una opción política.

Me casé con Evaristo Amaya Morales, dirigente de la UP, y quedé embarazada de mi hijo mayor. Nos fuimos a vivir a Granada, Meta, para estar más cerquita del trabajo regional, y después nos fuimos a vivir al municipio de Uribe, del mismo departamento. Allá llegué y me vinculé al proceso organizativo con las comunidades, no había todavía sindicato en el municipio entonces empezamos a ver cómo se organizaba, mi esposo era el Personero del municipio.

Allá viví hasta 1993, después me vine para Villavicencio porque tenía que estudiar, ese fue el compromiso, terminar el bachillerato. En 1994 entré a trabajar a la Asamblea Departamental, y estaba Pedro Malagón de diputado por la UP, él era un campesino de pura cepa, brillante, presidente del sindicato. Por esos días asesinaron a mi esposo y luego en 1996 fue asesinado Pedro Malagón, ya habían asesinado a muchísimos campesinos dirigentes y militantes de la Unión Patriótica.

Poco a poco nos fuimos quedando huérfanos, no se podía ir a la región. Fue una persecución tremenda a mi familia. A mi mami la asesinaron en el año 2000, ella además venía vinculada con Provivienda, y no estaba amenazada. En el 2001 salí desplazada de Villavicencio para Bogotá.

Antes el sindicato tenía muchas seccionales, estaba en El Castillo, Mesetas, Lejanías, Puente de Oro, Cumaral, Restrepo, Uribe, pero hubo un momento en el que el sindicato dejó de funcionar, fueron muchos los asesinados en las regiones. Y ya para el 2000 el sindicato no estaba en el departamento, no había dirigentes, todos estaban muertos.

Arrastré a mi familia hacia Bogotá. Mi hermano Oswall se quedó en Villavicencio, era defensor de derechos humanos y lo mataron en el 2002, una tragedia terrible, no lo esperábamos porque él tampoco estaba amenazado.

***


Lo que nos tocó vivir a nosotros fue traumático. El campesino llegaba a la ciudad con sus botas de caucho, corriendo, si acaso con el sombrero y su poncho para meterse a los tugurios de Bogotá, sin un trabajo, sin con qué comer.

A mi casa llegaron mis hermanos desplazados, había que buscar una solución. Yo estaba trabajando en Bogotá y un día dije: no puedo trabajar viendo a toda la gente del departamento del Meta desplazada. Renuncié y me puse a organizar la gente en Bogotá. Así comenzaron las reuniones por localidad, llegamos a tener reuniones donde nos encontrábamos 400 personas del departamento del Meta. Empezamos con nuestros compañeros que eran los hijos de la dirigencia de esa época, nos dimos a la tarea de ver cómo activábamos el sindicato.

Así que sacamos delegados por localidad, y de esos delegados asistieron 84 compañeros a la asamblea. Después nos tocó irnos a Villavicencio de manera clandestina, por seguridad, a legalizarnos ante el Ministerio de Trabajo, porque no lo podíamos hacer en Bogotá.

Aquí hicimos un trabajo con los campesinos desplazados, nosotros llorábamos con ellos al ver que no había con qué, que les tocaba pedir en las calles. Hicimos muchas acciones como organización agraria acá en Bogotá. Nos tomamos un barrio que se llama Riveras de Occidente, nos metimos a esas casas buscando soluciones. Ahí el Gobierno había abandonado unas casas de interés social y con la lucha se logró que les diera la ayuda humanitaria hasta por seis meses y se consiguieron cosas.

***


Un día cualquiera de 2006 hicimos una asamblea grandísima. Ahí dijimos vamos a hacer una consulta: ¿Quiénes quieren volver a la región y quiénes quieren quedarse en la ciudad de Bogotá? Porque nosotros consideramos que era la hora de volver, había bajado un poco la situación en el Meta. La mayoría decidió retornar y Fensuagro fue un resorte muy importante, porque teníamos muy buen relacionamiento con organizaciones. Recuerdo que una vez mi hermano Raúl me dijo:
–Vea mamita, si me van a matar que me maten, yo me voy para la finca.
–Pero si en la finca no hay nada, le respondí-, porque la finca estaba tomada por los paramilitares.
–Yo no resisto esta ciudad, me he enfermado tanto que tengo dizque el colesterol subido, los triglicéridos subidos, se me está subiendo el azúcar. Yo me voy, si me van a matar que me maten. Cogió su maleta y se fue.

Él logró meterse a la finca de mi papá y la rescató, se puso la tarea de organizar el sindicato allá.

 

Luego el viejo también se devolvió. Cuando llegamos a la región eran solo hombres, muchas mujeres se quedaron en las ciudades, hubo mucha separación de los hogares. Un día llegué a la finca y encontré a mi papá, que tenía para la época 71 años, sembrando plátano, tenía un semillero de café, había sembrado en un pedacito maíz, en otro frijol. Entonces me dije: si mi papá todavía mira opciones de vida, cómo es que nosotros no vamos a hacer estas cosas, vamos a hacerle.

Mandamos a limpiar una loma y sembramos. Los vecinos nos decían, pero para qué joden con eso, pero nosotros teníamos que dar ejemplo, del ejemplo es que se construyen las cosas. Sembramos una maicera y les dimos semilla a vecinos de la vereda. Hoy en día la gente siembra su maíz y su frijol, ninguna casa campesina de ese sector sufre por comida. Así el sindicato comenzó a coger fuerza, hoy tenemos 668 afiliados en todo el departamento.

Yo no he regresado de tiempo completo, pero trabajo en todas las regiones. A pesar de que me enfermé hace siete años, voy y por allá no siento nada, la ciudad es más pesada para mi salud. Así que viviendo en Bogotá contribuyo al trabajo organizativo en el departamento del Meta.

***


Hemos gritado a garganta abierta y en las calles para que se conozca quiénes fueron los que orientaron y pagaron los crímenes de tanta dirigencia en el país, porque formar un dirigente lleva muchos años y acabarlo de la noche a la mañana es una cosa bastante lamentable, también sabemos que se actuó en el país con el contubernio de las Fuerzas Militares y el apoyo de los grandes grupos económicos, industriales, ganaderos, terratenientes y políticos en cabeza del Gobierno nacional.

Además, en este país se crearon pactos como el de Chicoral para acabar con los campesinos, quitarles las tierras. Por eso para nosotros es muy importante el tema de la verdad que nace del Acuerdo de La Habana, porque nos va a permitir esclarecer un poco lo que sucedió. Creo que este proceso que estamos llevando, de hacer encuentros, de conversarlo, de contarnos y conocernos, de saber qué le pasó al sindicato de industria, al bananero, al de los profes, qué le pasó a los campesinos, de contarnos esa historia para que otros puedan recogerla e investigar, es muy significativo, es la tarea que tenemos que seguir haciendo.

*Este artículo hace parte de la alianza entre la Escuela Nacional Sindical y Periferia con el propósito de visibilizar la violencia antisindical en el país y las apuestas del sindicalismo ante el SIVJRN.

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