Miedo en el búnker

Por Jhonathan Balvín R.

Estoy encerrado en este búnker. Ya estoy perdiendo la noción del tiempo. No recuerdo cuándo empezó la cuarenta, tampoco sé cuándo terminará. De no ser por el ejército de vendedores ambulantes que ofrecen sus productos, el día sería igual que la noche. Al principio buscaba información sobre el virus, pero perdí el interés. Un día decían que el virus se adhiere a la ropa, al otro día desmentían la información; después decían que sí podía adherirse a la ropa, luego desmentían de nuevo la información. Los juegos del exceso de información-desinformación empezaron a mortificarme, incluso dejé de imitar al personaje de La ventana indiscreta: cerraba las cortinas de mis ventanas para evitar que el virus ingresara por ahí. 

A veces escuchaba que la gente aplaudía a las ocho de la noche. De un momento a otro se interrumpieron los aplausos. Mis vecinos, imagino, también recibieron las imágenes en sus redes sociales donde informaban que el virus en España e Italia se había esparcido con ese tipo de prácticas ciudadanas. Después dijeron que esas prácticas no podían esparcir el virus. Después dijeron que existían posibilidades de que el virus se esparciera de esta manera. Y después, siempre hay un después, o por lo menos eso espero, mis vecinos dejaron de aplaudir y yo de leer noticias o revisar informaciones relacionadas con el virus. De hecho ni sé si ya se acabó la cuarentena, sólo sé que mis vecinos siguen sin madrugar para salir a trabajar.

Todos estamos esperando a que se acabe la cuarentena. Algún día se tendrá que acabar, pienso para distraerme del encierro en este búnker, pero me imagino el día que deba salir y me invade el miedo de que exista un rebrote del virus. La última vez que salí tuve que hacer una fila de una cuadra para ingresar al supermercado. Todos estábamos a la espera recibiendo sol en medio del apabullante silencio de la fila. Uno a uno pasaban vendedores ambulantes ofreciendo sus productos, uno a uno cantaban sus canciones los cantantes de música popular, uno a uno interrumpían el silencio ilusionados con recibir un par de monedas. 

Las personas detrás de mí seguían llegando, aumentaba la larga fila en espera de que ingresaran otras tres personas al supermercado. Un grupo de ancianos, reticentes al uso tapabocas, se quejaban del encargado de permitir el ingreso al supermercado por irrespetar sus canas, por condenarlos a realizar la fila; se lamentaban, también, de la imposibilidad de jugar un chico de billar o de sentarse a tomar tinto en la panadería. Por fin llegaba mi turno de ingresar al supermercado, de escaparme de la perorata del anciano de boina de cuadros grandes, quien seguía comunicando su viacrucis por la cancelación de la Semana Santa.

Uno a uno enjaboné, juagué, y sequé los productos que compré; invertí más tiempo en el proceso de desinfección de los alimentos, que en la compra de ellos. Esta nueva rutina la repetiré dentro de poco cuando me traigan los productos a domicilio. No quiero salir, tengo miedo a ser contagiado, tengo miedo, incluso, de acercarme a la puerta, no creo que mi sistema inmunológico resista el virus.

Ahora escuché que sonaba de nuevo el teléfono. Hace tres días que estoy acostado, sólo me levanto para orinar y comer. Sé que los alimentos que preparé están escaseando, que mañana debo cocinar, aunque no sé si llegue a mañana. A veces he pensado en dispararme, pero me da miedo dispararme en el lugar equivocado, desangrarme durante unos días hasta morir, o peor aún, durante unas horas antes de que alguien tumbe la puerta, me rescate y deba soportar el martirio de estar hospitalizado. 

No quiero regresar al hospital. Así que sigo encerrado en mi habitación escuchando el sonido del teléfono. Era una de las secretarias de la compañía que el gobierno autorizó para retomar las labores de producción: que me presente el lunes temprano a una charla sobre los nuevos protocolos de seguridad laboral, que evite usar los medios masivos de transporte.

Me anunció toda esa información pero no me preguntó si yo estoy interesado en retornar al mundo laboral, sin decirme cuántos días faltan para llegar al lunes, sin decirme siquiera si ya se acabó la cuarentena nacional. Por su sugerencia de acudir a la empresa en un medio de transporte alternativo, imagino que todavía no existe una cura. Sabía que algún día la cuarentena se acabaría, pero continúo con miedo de salir. 

El estómago me empieza a doler, tengo un leve dolor en el pecho, mi frecuencia cardíaca aumenta considerablemente, veo el incremento de sudoración en mis manos, no creo que sea un buen momento para abandonar este búnker, inventaré una excusa para no ir a trabajar, el dolor de estómago se hace cada vez más fuerte, no puedo aguantarme, debo ir al baño, no pueden obligarme a salir de mi casa, me siento mareado, todo está dando vueltas, no sé si alcance a llegar, todo empieza a desaparecer. 

 

 

Debajo de la mesa

Por José Daniel Palacios Restrepo y Ruido

En marzo nos hicimos todas las preguntas. Si sería posible que pasara aquí, si sería igual de horrible. Nos preguntamos si de pronto tendríamos con qué responder: si había plata, si había gente, si había gobierno. En un abrir y cerrar de ojos empezamos a deshabitar la calle. Primero los estudiantes, de mil en mil.

 Yenifer en el Parque del Periodista, lugar de interés de Medellín

Antes de que el presidente Iván Duque declarara el 24 de marzo la cuarentena obligatoria en todo el territorio nacional, ya existían las proyecciones epidemiológicas, los casos dramáticos de ciudadanos varados al otro lado del mundo, los testimonios de quienes perderían su empleo, y la inminente crisis económica.

Desinfección al monumento ubicado en el Parque del Periodista

Un mes después, Yenifer hace parte de la empresa contratista de Emvarias encargada de cubrir los espacios públicos con una solución de Amoníaco cuaternario y agua, asegurándose de limpiar los lugares que antes soportaban un millón de personas al día; y que esa noche solo recibieron a Yenifer, Daniel, don Luis y Oscar, para llenar todos los rincones con una mezcla que mata al virus en el mobiliario urbano y en los habitantes de calle que lo pedían.

Retrato de Yenifer mientras desinfecta las escaleras de la estación Parque Berrío del metro

En la noche, cuando se apaga la poca actividad de la ciudad, se reanudan los oficios de desinfección. Nunca antes había sido tan importante limpiar los lugares donde duermen los que a muy pocos importan.

Yenifer y su equipo no tienen un horario establecido, la desinfección de cada lugar de la ciudad puede tardar dos horas o más 

Mientras otros están en su casa, obedeciendo las nuevas normas instauradas a partir de los decretos presidenciales, hay quienes no tienen más opción que ponerse la pijama antifluido e ir al hospital, a la ambulancia, a la emergencia, a la jornada de desinfección.

Al fondo el Museo de Antioquia, mientras Yenifer desinfecta las obras de Fernando Botero y la Plaza Botero completamente vacía

La contingencia de salud pública que ha dejado el nuevo coronavirus, en gran parte del mundo es desigual. Mientras algunos países entierran a sus muertos por haber tomado tarde las medidas, otros enfrentan la pandemia con la certeza de que la situación develará la miseria en la que gran parte de sus pueblos sobreviven: la ineficacia de la burocracia, los pañuelos rojos, las investigaciones sobre desviaciones de fondos. El coronavirus en Colombia y en Medellín empieza a demostrar todos los temas que se hablan por debajo de la mesa, con silencio, hasta que el hambre grita.

Al finalizar la jornada de trabajo, a Yenifer también la desinfectan para evitar el contagio y la propagación del virus.

 

 

Que nos lleve el diablo

Por: Jenny Correales

Colombia, Itagüí, Santa María tercer piso, X de abril de 2020

La vida hoy me sabe a mierda, como casi todos los días, pero elevada a la covid potencia. He sido una especie de Lobo Estepario. Ese fascinamiento de encerrarme en un fuerte cada tarde al terminar las tontas tareas a las que me orilla la sobrevivencia; parecer normal entre los normales. Ahora, con la imposición en los hombros no me apetece el aislamiento, nunca he sido buena cumpliendo normas, menos cuando estas se me antojan amañadas.

Debo confesar que mi naturaleza robusta pero lánguida –parecida a la de los estadounidenses: gordos pero desnutridos–, parece profesar pasos de dictadura, pero es sólo un débil mecanismo para encubrir una esencia melancólica, insegura y quebradiza. No puedo desdeñar de la apariencia fuerte, manipuladora y dominante, pues ha sido un arma suficiente para ahuyentar virosis más peligrosas que la actual.

Mientras escribo doy buena cuenta del pilsenon que he pedido para dominar la ira que me subyuga, –el premio gordo de la cuarentena se lo lleva el diablo. Valga decir que relato buenas migas con el bajísimo, pero hago cuentas como me gusta, en latín: “pecunian numerat”. Aunque no cuento dinero, sí sumo la vergüenza de los pecados capitales a los que hemos sido orillados por el aislamiento obligado.

Y digo vergüenza porque no supongo placer en una lujuria por descarte, o la gula de tragar sólo por si se acaba y luego no hay cómo, mientras otros se mueren de hambre, y la avaricia de los gobernantes acrecienta sus arcas gracias al miedo y el hambre del pueblo ignorante y miedoso. Me pregunto qué diría Hobbes: ¿Y la pereza? ¿Quién da más?

Nos hemos consumido bajo las sábanas saciados hasta los huesos, ya sea de hambre o jartera, pero saciados de tergiverso descanso, ya decía el sabio chino: ojo con lo que deseas. ¿Y la soberbia? Los semidioses del Olimpo nos han invadido. Había olvidado la envidia, esa vieja emoción humana que goza de ser buena o mala según se mire, quizás haya sido un acto fallido no remembrarla. De verdad me da escozor en el ánima no poder estar en una finca con piscina y plata en la cuenta, tomando vino y ejerciendo mi pasión de escritora a las anchas como algunos políticos de turno, con salarios pagos y pensando al nivel del confinamiento del pueblo.

Ni qué decir de la ira, con ella empecé. Esa emoción que en parte es resultado de observar cómo me configuro arte y parte de todos los anteriores pecados referenciados, y el otro medio que catapultó este escrito.

No se decepcionen si no he contado el paso a paso de mi día, hay más de interno que de externo. Quizás el universo interior les emocione más que los actos continuos efectuados al compás de un reloj que no discierne mucho sobre la humanidad de todos y que ha perdido su trono.

Que nos lleve el Diablo.

 

 

Estoy enfermo

Por Daniel Ortega

¿Será que el coronavirus se siente en la barriga? Porque si es así creo que tengo síntomas. Últimamente siento dolor de barriga y náuseas, las náuseas a veces me hacen querer llorar, otras veces me hacen decir cosas que la mayoría de veces no quiero decir, y en últimas, hasta hago cosas que en otro caso no haría. Supongo que el objetivo de las náuseas, entonces, es que alguna cosita se deje salir. Tengo dolor de barriga y náuseas, y yo sé que las náuseas a veces se sienten en la cabeza, pero, ¿en el pecho?, ¿cómo mierdas es que siento náuseas en el pecho? Yo creo que quien vomita esas cosas es mi corazón y la barriga me duele por envidiosa, porque las náuseas le pertenecen, ¿mi cuerpo se siente solo y empezó a generar conflictos y dramas por sí mismo? Que locura.

Cada que estoy enfermo pienso en cómo se sentía no estar enfermo y no logro recordarlo muy bien, me digo que la próxima vez que esté sano voy a intentar de alguna forma hacer más conciencia sobre ese estado ¿Por qué no puedo recordarlo, si estos días estoy recordando tanto? Tengo ganas de culpar al cuerpo, decirle: ¿usted no tiene capacidad de recordar e imitar pues?, déjeme sano, como estaba. Pero yo sé que el cuerpo sí recuerda, sí que recuerda; pero recuerda lo que quiere el malparido.

Thorwald Dethlefsen dice en su libro ‘La enfermedad como camino’, que enfermedad solo hay una: la condición del ser humano de estar enfermo, y que síntomas hay muchos. También dice que los síntomas manifiestan en el cuerpo una sensación de la mente o “el alma”, porque el cuerpo por sí mismo no hace nada; o sino, miren un cadáver: es el “alma” o la mente, o lo que esté ahí adentro, lo que genera situaciones que, si no son resueltas, se plasman en el cuerpo.

Yo digo que tengo varios asuntos por resolver, en primer lugar vivo algo así como una tusa. No algo así, ¡siento una tusa! Una tusa que se transmuta a su vez en varias otras tusas. Para mí una tusa es el proceso de sentir perder algo que uno no quiere perder, y me di cuenta que mantengo perdiendo cosas: las palabras, la voz, el empuje. Creo que uno pierde las cosas porque se van cayendo mientras se busca ese sitio para habitar en el que a veces uno no cabe, y tiene que dejar cosas para entrar porque afuera hace frío y viendo ahí una casita cálida para cubrirse, es muy duro no sacrificar o decidir dejar algo. En ese sentido comprendo al virus y su necesidad de habitar los cuerpos aunque los lastime. He sentido eso también.

Igual el virus no le mete amor a la cosa porque el virus en teoría no está vivo, no hace parte de ninguno de los tres dominios de la vida (arquea, bacteria y eucaria), donde están los reinos conocidos como animal, plantae y fungi; pero al ser acelular es dependiente, solo puede vivir de las células de otros, entrando a un mecanismo con vida para “alimentarse” (usar su maquinaria de traducción y transcripción para poder hacer más copias del virus). Eso no lo hace vivo pero sí tóxico. Aunque parezca claro, hay una discusión sobre si vive o no, porque mucha gente dice: marica, pero si un virus se mueve, se pasa de un lado para otro, y es un agente dinámico de la naturaleza que genera cambios, la transforma, ¡cómo no va a estar vivo!.

Me he dado cuenta hace tiempo que soy muy empeliculado, eso me hace vivir las tusas y las pandemias con un valor o desvalor agregado, según el caso. No sufro solo por lo que vivo o viví, sino también por todo lo que me imagino o me imaginé. Me ha costado entender que soy yo, y solo yo, responsable de las películas de mi cabeza, pero me ha costado aún más entender que esas películas son reales, que existen en la medida en la que me hacen sentir cosas, y al generarse a partir de mis ilusiones, de mis pasiones, ideas, experiencias, miedos, percepciones, todas cosas reales.

En estos días vi una charla sobre los simbolismos de la pandemia dada por Carolina Gaviria, de Naturaleza Profunda, y Mariana Matija, de Animal de Isla, un blog sobre sostenibilidad. Muchas de las reflexiones de este texto surgen a partir de esa charla que todavía está disponible (y lo estará indefinidamente) en @naturalezaprofunda, link en la biografía de Instagram. Con respecto a si el virus vive o no, Caro hablaba de las rocas, que no están vivas, pero están compuestas de los mismos átomos que están en este planeta hace rato, los mismos átomos de los que podría estar compuesto yo, o vos. Hacía referencia a una corriente o libro o algo, llamado/a Ecología Profunda, que nombra a las rocas como nuestra parte inmortal y a nosotros como las rocas que bailan, que chimba, ¿no?

Yo amo las rocas y a varias les he dado hogar en mi casa como representación de mis recuerdos y caminos pisados. No sé si amo a los virus y creo que sí me amo a mí también, pero lo que sí tenemos en común los tres es que somos bien aventureros. Ocupamos un espacio diferente pero común en el mundo y tenemos dos partes: una que se puede ver, tocar, sentir; y otra que es más simbólica, pero que no por ser simbólica es menos real, es más bien la realidad vista desde otro punto, otra dimensión de la realidad.

Este pensamiento simbólico es cada vez más importante dentro de la ciencia para reconocer los elementos semióticos (símbolos, signos y significados) dentro de los sistemas, para encontrar relaciones entre las partes que los conforman (además de información externa que no se tendría en cuenta bajo un análisis únicamente positivista o únicamente desde la razón); y entender que, aunque cada parte por sí misma es importante, el todo es más grande que sus partes. Un ejemplo de esto es el pensamiento sistémico de la Biología.

Como esto es un diario, el diario de una pandemia, voy a seguir hablando de mi diario, pero también de la pandemia. Pandemia viene de pan (todo) y demia (pueblo), como de todo el mundo junto, en lo mismo. Pero yo siento que todos y todas estamos pasando algo bien distinto. A veces me gustaría hacer algo más que compartir en Instagram escenarios de vulnerabilidad, pero reconozco también que en este momento no es mi aporte humanitario, y dentro de mi plataforma cercana veo a mi familia, a mí mismo y a mi tusa. Tal vez todos tenemos nuestro “pan”, nuestro todo para camellarle.

Estos días he hecho ejercicio, comido mejor, aprendido a tocar el ukelele que tenía ahí hace como un año. En un principio todo esto motivado por el discurso de productividad que se había regado, pero luego motivado porque me di cuenta que no me conozco mucho, no sé cuál es mi comida favorita, ni qué partes de mi cuerpo se cansan con mayor facilidad. Ya lo estoy descubriendo. De verdad he estado preocupado por tanto, creyendo que veo el mundo y entiendo cosas, cuando tengo un sujeto aquí por resolver.

No está demás que ese alimentarme mejor esté acompañado de una reflexión sobre cómo la industria alimentaria tiene que ver con la crisis actual o la crisis planetaria. No está demás que la generalidad de cambiar o tener más tiempo para notar hábitos cotidianos nos haga ver también cómo esos hábitos tienen relación con otros asuntos y personas. (Porque si bien mi quehacer permanente o primario no es la ayuda humanitaria, querer salir de esta crisis siendo el más fit o el más productivo es mirarse el ombligo y ya).

Con respecto a mi familia, que también nombro en esa plataforma cercana, algo que también nombraban Caro y Mariana en la charla es que no hay que intentar sembrar en tierra que no se ha abonado. El sentido que deseo verle ahorita es algo muy básico: todos estamos en nuestro proceso y no es buen tiempo de intentar hacerlos veganos a todos y todas, pero sí seguir haciendo lo mío, ver si mis acciones van abonando esa tierrita y podemos ir aprendiendo juntos unos de otros.

Evidentemente este texto está escrito desde el privilegio y no creo que vivir mi situación de esta forma sea romantizar una crisis y si es así prefiero romantizarla que volverla una batalla. “Llega el invasor, el sistema inmunológico lo ataca, ¡vamos ganando la batalla contra el coronavirus!” En la prensa: “medidas en esta guerra contra el coronavirus”. Una guerra es bien diferente a un conflicto y ese discurso bélico es de rechazo a una situación que está sucediendo, que nos hace fijarnos en fechas de finalización que son cambiantes y que aparte suena más feo que este músico empírico tocando su ukelele.

Me parece una cosa mágica como los cayitos de las manos se ponen duros y cómo si practico todos los días puedo pasar más fácil los acordes que antes me parecían una cosa muy imposible. El cuerpo se adapta y yo espero que el corazón o la barriga o lo que sea, también. Todas estas situaciones nuevas me hacen sentir muy feliz dentro de una serie de situaciones muy tristes y angustiantes. Me hacen sentir también que el cuerpo es un teso, adaptable, y que la mente se moldea todos los días con el masaje de los pensamientos (mañana o en unos minutos no me van a gustar muchas partes de este texto, pero bueno, es un diario).

Ese último pensamiento de la fuerza del cuerpo y la mente también es una cosa muy loca de creer frente a una situación que nos ha demostrado tantas debilidades. Tengo un conflicto con el hecho de que existan reinfectados por el virus, lo que demuestra que por superar algo no te vuelves inmune y así pasa en la vida, uno igual tiene que seguir viviendo las cosas. Como cuando me toca irme parado en el bus y solo puedo pensar: “esta no es la última vez que me toca irme parado en el bus”, o con respecto a las tusas.

Pero no quiero tener una guerra con eso, ni tampoco romantizarlo, solo reconocer que puede haber paz porque no es una guerra sino uno o unos conflictos, y la paz no es ausencia de conflictos. Efectivamente creo que no tengo coronavirus porque puedo respirar bien y entender que para exhalar primero tengo que inhalar.

Creo que por eso decidí estos días dejar de hacer parte de varios procesos que venía apoyando y me gusta pensar que personas a mi alrededor decidieron hacer lo mismo por eso. Porque antes de exteriorizar asuntos primero hay que vivirlos y tenerlos bien claros con uno, conversárselos.

Reconocerse como un conjunto sistémico por sí mismo, y como una parte de otros varios conjuntos aún más grandes, es bien complicado, y en este punto, lo juro, solo puedo pensar en mi tusa. Creo que es porque finalmente siempre termino mirándome el ombligo, ¿habrá gente que no? Es que no me entran muchas ganas de entender al mundo con este dolor de barriga, pero yo creo que por lo menos a Daniel ya lo voy entendiendo.

El patio de mi casa

Texto: Malú

Ilustración: Valentina González

En esta situación observo que "el patio de mi casa es particular, se llueve y se moja pero no es como los demás".

Vivo en medio de una pandemia llamada microtráfico. En donde el hambre no tiene cara. Cuerpos de hombres y mujeres expuestos al virus porque el estómago no da espera. Se mueven entre billetes que no son de ellos, pero necesitan camellar, ahora no hay trabajo.

Se escucha: ey, ¿un blond o un crespo? ¿A cómo el popper?  ¿Ha subido o vale lo mismo?

Para esto no hay regateo, los compradores saben muy bien que cuesta una papeleta de perico, o una de tusi, la llamada diadema, ese polvo rosado vendido por la reina del tusi que se hace en mi patio toda la noche y lo camufla en sus pechos. Es una mujer mayor que, para no ser agredida o disimular ante la policía, la acompaña su amante, un migrante mayor que la susodicha ve noche tras noche en el mismo desván.

Yo, desde mi casa, no puedo objetar, porque mi patio es una plaza de drogas. Los mandamás me callarían y sirvo más estando viva. Ellos no usan tapabocas o guantes, dicen que el virus es un invento, que están sanos, otros dicen que si se han librado de los tombos, Dios los librará de esto.

Es normal ver cómo vienen de todos los lados a comprar, como si fuese feria, entre risas musitan: “que falte todo menos la marihuana”.

Juana, una mujer en extrema delgadez, esconde los paquetes entre matorrales mientras llega la hora de la venta. Juana es prostituta, pero en esta situación no puede trabajar, sus clientes están encerrados, por eso buscó la manera de levantar para comprar una libra de arroz, cinco huevos, panela para hacerle cena a sus pequeños, compró además cuido para su gato. Sin importar lo expuesta que esté. No puede coronar hombres, pero posiblemente el virus se la corone a ella.

Marcos, un trabajador de construcción, se le veía pasar a consumir, incluso peleé con él porque el olor a maracachafa, como yo le digo al cannabis, lo evaporaba al lado de mí ventana. Objeté por esta acción, y yo terminé siendo el ogro del barrio.

Marcos esta vez no fue a fumar, ni a comprar, estaba de jibaro, me dolió ver a este tipo comercializar la droga, pero tenía que ajustar para el arriendo porque el cucho de la casa quería sacarlo a él y su familia. Acá no aplica el vivir honradamente mientras pasa la pandemia, eso es para otros sectores, si no paga, hay unos que hacen que pague con fierro en mano. A Marcos no le exigieron un currículum, experiencia, simplemente los lanzan como carne de cañón a movilizar lo que manda la parada en un sector que no cumple leyes.

A mi puerta se han acercado personas que, en su momento, tuvieron abastecimiento pero la situación del covid-19 cambió sus vidas. Señora, ¿tiene manera de ponerme en una lista para una ayuda?, con la cara baja por vergüenza a pedir. Por eso digo que el hambre no tiene cara, le respondo: señor, en cuanto pueda le comparto, porque eso no es cuestión de dar es de compartir.

Mi barrio es otro mundo, en donde cada quien piensa en sí mismo, lucha por sobrevivir a costa de una muerte fija, a los que se les llenan las arcas no les interesan sus trabajadores.

Un mundo tan distinto al de los que, desde el privilegio, están protegidos, ataviados de comida. Pensando en la comodidad de sus casas, en cómo no salir gordos de está cuarentena.

Muchos saldrán como vacas, otros ya no saldrán.

 

 

 

 

 

 

Bandera rojo invisible

Texto e ilustración: Valentina González

En el centro de Medellín ya nos habíamos resignado a vivir día tras día entre el aire más fétido del valle, pero hoy la alerta roja se alza por otras razones igual o más preocupantes. Nos vemos hoy en un confinamiento que está excavando cada día la raja insoldable que separa nuestra sociedad mediante el dinero y la posibilidad de sobrevivir entre la frágil economía.

La crisis no es algo nuevo, la presencia del covid-19 en la ciudad, y en el país en general, solo ha hecho evidente lo que se ha intentado ocultar durante años, porque esta distopía que hoy caminamos tiene raíces profundas en nuestro suelo. Pareciera que los Colombianos hemos cimentado nuestra identidad desde los causes del Hambre, la desigualdad, el miedo y el dolor, no por nada el rojo sigue presente  y creciente en nuestra bandera Nacional.

Hoy escucho desde mi ventana, mientras escribo desde la comodidad de mi clase media, como a pocas cuadras de distancia la gente golpea sus cacerolas y grita porque no hay esperanza. El olvido al que se han sometido los empobrecidos durante años, hace que la única presencia estatal ante la vulnerabilidad de esta cuarentena sea la vigilancia constante del ejército y la policía en las calles, el arrinconamiento e identificación de los transeúntes y los operativos de desalojo en los inquilinatos, ofreciendo casi ninguna solución efectiva para montones de personas que hoy están en riesgo de morir de Hambre.

Entre tanto, veo como el abogado con el que convivo recibe una orden de teletrabajo de su superior, uno de los empresarios más acaudalados de la ciudad. Le ordena suspender masivamente la mayor cantidad de contratos laborales posibles, utilizando todos los tropiezos y vacíos que la ley y los actuales decretos puedan tener. Este Patrón, como muchos otros, no ha logrado tomar suficientes respiros entre whisky y whisky, y se ha olvidado de la situación a la que está arrinconando a quienes han cedido, desde sus derechos mínimos laborales hasta su libre ejercicio de la democracia, con tal de continuar en sus puestos de trabajo.

Cuando voy  al mercado veo como cada vez más y más casas de este borde del centro se van tiñendo de camisas rojas, mientras que en las redes sociales nos invaden con retos creativos para abolir el tedio, o rutinas para mantenerte delgado y sonriente, otras maneras para que no sea tan difícil la autoexplotación desde casa –¿en serio me dicen que soy un héroe si me quedo en casa compartiendo memes, hipnotizado ante las pantallas brillantes todo el día?– Y es cierto, a otro montón de personas no les importan ni saben de esas banderas rojas, solo cuentan los días para volver a la normalidad.

Voy al jardín cuando gana la ansiedad, allí me siento a ver cómo pasa todo en el exterior. Pasa un niño venezolano recolectando comida por todas las casas, pasa una anciana vendiéndome dulces, pasan los carreteros con cada vez menos verduras, pasan los innombrables de la cuadra en sus negocios turbios de siempre, pasan los carros de jóvenes recogiendo ayudas para sus barrios periféricos. Y pienso: ¿es insuficiente esto que logro compartir?, porque la desigualdad es tan evidente y tan violenta, que ahora solo quisiera salir a las calles y romperlo todo, gritar en contra de quienes quieren aumentar sus cuentas bancarias a costillas de la vida de todos. Pero no puedo, ni podré en un buen tiempo.

Es extraño, y sobre todo escalofriante, ver como los libros de ciencia ficción que devoraba en mi adolescencia ahora son ciertos. Este lado de la historia la versión no estará acompañada de alta tecnología ni de viajes interplanetarios, solo nos tocará la avanzada totalitarista ya anunciada. Desde aquí puedo observar la ciudad con la enorme sensación de estar a punto de desbordarse, y con la impotencia de no poder hacer nada al respecto.

La naturaleza recupera su lugar

Texto: Cocorná Consciente

Ilustración: Valentina González

La naturaleza se ha expresado y ha venido recuperando su lugar.

Esta pandemia les dio un respiro a nuestros ríos, un respiro que nunca antes le había dado nuestro sistema socio-económico.

Y la naturaleza agradece, no solo tenemos un ambiente mucho más limpio, sino que nuestros ríos fluyen casi sin basuras, y los animales empiezan a sentir que este mundo también es de ellos.

Hemos cambiado como sociedad; sin embargo, está claro que hay causas que nunca dejaremos de defender.

La naturaleza está recuperando su lugar, de la misma forma es importante que reflexionemos como especie y organicemos nuestras prioridades.

A estas alturas, ya nos dimos cuenta de la importancia de los campesinos, y su incansable labor para alimentarnos, su trabajo es fundamental para nuestra subsistencia y no se nos puede olvidar.

Los médicos, siempre en crisis, han hecho gala de su juramento hipocrático, y han dejado literalmente la vida en hospitales y clínicas, protegiéndonos, y siendo superhéroes de carne y hueso.

Los maestros han hecho lo imposible por seguirnos educando y han puesto a prueba su capacidad de desaprender, para reeducarnos, y ponernos al día con la tecnología.

¿Ya no suena tan descabellada la idea de irse a vivir al campo y cultivar la propia comida, no?

He aquí la importancia de garantizar la soberanía alimentaria, y cultivar nuestro propio alimento, y proteger al pequeño agricultor y recordar para siempre que sin agua no hay vida, que sin maíz no hay país, que sin campo no hay ciudad, y que hay que pensar primero en nuestros productos, por más que en las grandes cadenas sea más barato.

Hay que fortalecer los mercados campesinos y las economías propias.

Hemos vivido tanto tiempo alejados de nosotros mismos, que parecemos extraños ante la soledad, no estamos acostumbrados a nuestra presencia, nos ponemos ansiosos y sentimos que, si no estamos haciendo algo productivo, no servimos.

No está mal frenar un poco, respirar profundo y reinventarse. Sin pausa, pero sin prisa.

Desde nuestras casas seguimos pensando en el patrimonio natural, no se nos pasa por alto el hecho de que existen empresas a las que no les importa el virus, y aprovechan la cuarentena para destruir, contaminar y sembrar el miedo.

Queda prohibido olvidar. Cuando todo esto pase, seguiremos atentos, luchando por la naturaleza, por la salud, por la paz y por la soberanía alimentaria. La naturaleza nos agradecerá y nos dará la razón, porque cuando pase todo esto seremos mejores, habremos revaluado nuestras prioridades y tendremos una idea más clara de lo que significa un territorio libre y en paz.

Ritmos de los días pasados

Texto: Miguel Ángel Romero

Ilustración: Valentina González

Los ritmos marcan nuestros días y son guía del tiempo. La vida que a nivel personal transita entre épocas por distintos ritmos, se ve influida por los de la sociedad que vivimos. Y en nuestro caso han sido los ritmos urbanitas, del hacer, cansar el cuerpo, de la promesa del desarrollo y que en días pasados parecían ser única opción. Ritmos que no dan lugar para pensar sobre ellos.

Pero, así como nuestros ritmos cambian, cambian también los de la sociedad. Durante la cuarentena, que nos ha confinado y obligado a una pausa por causa del riesgo que significa un virus para la vida humana, se ha abierto una brecha en el ritmo monótono y afanado.

Despertarse, alimentarse, transportase, trabajar, alimentarse y socializar, trabajar de nuevo, transportarse de regreso, alimentarse, entretenerse, cerrar los ojos y empezar una vez más; semanas y fines de semanas, meses y años; hacer para tener, tener para ser: ritmos de los días pasados.

Pero desde antes, la pausa impuesta la afrontaban los expulsados por la economía, los que en las márgenes resisten la vida con sus ritmos desempleados, campesinos, indígenas y negros. Las que viven en eterno estado de excepción, de las periferias colonizadas y empobrecidas, las únicas personas que ahora habitan la ciudad y exponen sus vida para la subsistencia de esta en la economía del ahora y del  nunca.  Mientras tanto, una clase media confundida que se creía en diferentes condiciones, se resguarda en sus hogares azuzados por el porvenir.

La pausa ha expuesto las desigualdades que antes eran cubiertas por el mito del desarrollo y sus ritmos del afán. La negación de la pausa o la angustia que produce, se debe a la relación estrecha entre el trabajo y la explotación, el ritmo del capital. En este no hay otro fines diferentes a producir y consumir, y nuevamente producir y consumir.

La disonancia es la ocasión para poner en cuestión la manera en que veníamos dando los pasos. También nos urge a cambiar lo que hasta este momento nos encaminaba hacía un sobre esfuerzo de nuestros cuerpos y pensamientos. En estos días deberíamos preguntarnos el sentido de lo que hemos habituado: el trabajo, el estudio, las relaciones, la espiritualidad, la desigualdad. Reflexión que parte de la realidad y necesidad de acción.

Vivimos un tiempo en el que se han acoplado los ritmos precarios, de los que nunca tienen tiempo y  de los cuerpos sobre los cuales se sostienen los excesos, visiones y realidades del mundo de la minoría que no es víctima del desarrollo. Ahora los parados no son los únicos preocupados por el futuro, ni sólo los marginados tienen en riesgo su vida. Este virus, la cuarentena y sus ritmos han instalado en nuestras casas el interrogante sobre un presente sin alternativas, que de seguir siendo así no tendrá un futuro. 

Mucho más cuando el riesgo está, en que temerosos, los ritmos que se impongan en los nuevos días, no sean los interiores, sino que sea el marcial, el del disciplinamiento de nuestros cuerpos y mentes. La renuncia a la libertad por el ritmo único producto del terror. Por esto, hay que insistir en sentir los pasos y en la elección del camino, cambiar los ritmos frente a los turbulentos que no permiten su reflexión ni acción.

 

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