Ritmos de los días pasados

Texto: Miguel Ángel Romero

Ilustración: Valentina González

Los ritmos marcan nuestros días y son guía del tiempo. La vida que a nivel personal transita entre épocas por distintos ritmos, se ve influida por los de la sociedad que vivimos. Y en nuestro caso han sido los ritmos urbanitas, del hacer, cansar el cuerpo, de la promesa del desarrollo y que en días pasados parecían ser única opción. Ritmos que no dan lugar para pensar sobre ellos.

Pero, así como nuestros ritmos cambian, cambian también los de la sociedad. Durante la cuarentena, que nos ha confinado y obligado a una pausa por causa del riesgo que significa un virus para la vida humana, se ha abierto una brecha en el ritmo monótono y afanado.

Despertarse, alimentarse, transportase, trabajar, alimentarse y socializar, trabajar de nuevo, transportarse de regreso, alimentarse, entretenerse, cerrar los ojos y empezar una vez más; semanas y fines de semanas, meses y años; hacer para tener, tener para ser: ritmos de los días pasados.

Pero desde antes, la pausa impuesta la afrontaban los expulsados por la economía, los que en las márgenes resisten la vida con sus ritmos desempleados, campesinos, indígenas y negros. Las que viven en eterno estado de excepción, de las periferias colonizadas y empobrecidas, las únicas personas que ahora habitan la ciudad y exponen sus vida para la subsistencia de esta en la economía del ahora y del  nunca.  Mientras tanto, una clase media confundida que se creía en diferentes condiciones, se resguarda en sus hogares azuzados por el porvenir.

La pausa ha expuesto las desigualdades que antes eran cubiertas por el mito del desarrollo y sus ritmos del afán. La negación de la pausa o la angustia que produce, se debe a la relación estrecha entre el trabajo y la explotación, el ritmo del capital. En este no hay otro fines diferentes a producir y consumir, y nuevamente producir y consumir.

La disonancia es la ocasión para poner en cuestión la manera en que veníamos dando los pasos. También nos urge a cambiar lo que hasta este momento nos encaminaba hacía un sobre esfuerzo de nuestros cuerpos y pensamientos. En estos días deberíamos preguntarnos el sentido de lo que hemos habituado: el trabajo, el estudio, las relaciones, la espiritualidad, la desigualdad. Reflexión que parte de la realidad y necesidad de acción.

Vivimos un tiempo en el que se han acoplado los ritmos precarios, de los que nunca tienen tiempo y  de los cuerpos sobre los cuales se sostienen los excesos, visiones y realidades del mundo de la minoría que no es víctima del desarrollo. Ahora los parados no son los únicos preocupados por el futuro, ni sólo los marginados tienen en riesgo su vida. Este virus, la cuarentena y sus ritmos han instalado en nuestras casas el interrogante sobre un presente sin alternativas, que de seguir siendo así no tendrá un futuro. 

Mucho más cuando el riesgo está, en que temerosos, los ritmos que se impongan en los nuevos días, no sean los interiores, sino que sea el marcial, el del disciplinamiento de nuestros cuerpos y mentes. La renuncia a la libertad por el ritmo único producto del terror. Por esto, hay que insistir en sentir los pasos y en la elección del camino, cambiar los ritmos frente a los turbulentos que no permiten su reflexión ni acción.

 

Por: Nacho Levy de La Garganta Poderosa

Hace un ratito nomás, estábamos empezando a testear el golpe cívico militar en Bolivia, el oxígeno para la ilegítima deuda argentina, la fiebre por militarizar las calles uruguayas, los tapaojos para protestar contra Piñera, los delirios de Bolsonaro en las favelas, la temperatura del parlamento peruano, las fosas comunes en México, el rebrote del bloqueo a Cuba, la curva de las tarifas en Ecuador, el virus que mata líderes en Colombia, el aislamiento obligatorio de Venezuela, la letalidad del racismo, los guantes del capitalismo financiero y las vacunas apócrifas de la OEA, entre todas las trumpas que nos hermanan en una tierra sin coronas, donde la plaga del silencio mata personas, los favorecidos cierran sus puertas y nuestro pueblo trabaja, ¡las venas abiertas de la Patria Baja!

Por ahí agonizaban nuevas verdades, nunca prioridades en las inmunizadas portadas de la región, dramáticamente intubadas al mismo patrón, cuando de pronto cambió el universo. Al reverso de la globalización, sin perder el control de la televisión, una pandemia tumbó al abrazo abriéndose paso, vomitando sus nichos y enterrando a los demás bichos que azotaban a la pobreza: el hambre, el desmonte, un alambre, ningún horizonte, la sequía, la discriminación, la hipocresía, la concentración, la megaminería, el mal menor, la policía con silenciador, la indiferencia, los pesticidas, ¡la convivencia con los femicidas!

A lo amargo y a lo chancho del continente, hoy se extiende ruidosamente un entramado de asambleas populares que vienen hilando ideas desde distintos lugares, porque la pobreza es una sola, pero la entereza es una ola de convicciones, arrastrando durante siglos a millones que no sólo padecimos el colonialismo y la desgracia, ¡nacimos de la misma idiosincrasia! Burlando todas las barreras, vestidas de modas o erguidas como fronteras, nuestras comunidades villeras vienen tirando paredes por las redes con las delanteras de otras favelas que también son escuelas, como las comunidades, las poblaciones, las chabolas, las barriadas, los cantegriles, los asentamientos, ¿hace cuánto tiempo comenzaron los aislamientos? Mal que les pese, América Latina crece sobre su dignidad, bajo techos de chapa, desafiando a la autoridad del mapa, porque nos unimos, porque rompimos el prisma, ¡porque ya no se aguanta! Y porque compartimos la misma Garganta.

Argentina

 tomada de: https://mundo.sputniknews.com/

Atrincherada sobre tierra arrasada, sin pan, trabajo, ni techo, el virus encontró buena parte de su laburo hecho. Recesión, desnutrición, familias desalojadas, policías desbocadas y deudas tan sagradas como fraguadas ya infectaban al Estado, cuando nadie hubiera imaginado alguna limitación para la circulación comunitaria, sólo para evitar una eclosión funeraria.

Sin dudas, el temprano decreto de la cuarentena, valió la pena y endeudó a la alegría: si alguien tiene que esperar, ¡que espere la economía! Se salvaron vidas y se tomaron medidas importantes, pero son cada vez más desesperantes las filas de los merenderos, donde faltan los noteros y sobra la verdad: ya pasamos a disponibilidad, decenas de imágenes que desnudan a las Fuerzas de Seguridad. Mucho, mucho control popular, donde nadie puede aislar a sus tenedores y parece que son tan peligrosos los comedores de la comunidad, tan ladrones y tan turbios, ¡que la Ciudad invirtió 53 millones en teatro antidisturbios!

Cuidarnos nunca implica callarnos las flaquezas, ni privarnos de aplaudir que por fin podamos discutir las grandes riquezas. Reglas vitales para los demás, como la restricción a los cortes de gas, no están cubriendo a las viviendas informales, porque no llegan las garrafas sociales, ni los sachets de agua potable en el kit de la vianda escolar. Ni eso, ni el Ingreso Familiar de Emergencia lograron descomprimir la situación: llega la urgencia, pero tarda la conexión. Y aún faltan asilos para los ancianos menos pudientes que conviven con sus parientes o siguen laburando para morfar, codos con codos: ahora es cuándo, ¡La Patria es aislar a todos!

Bolivia

tomada de: El Comercio

El proceso alfabetizador, la plurinacionalidad, 25 mil kilómetros de ruta, la estabilidad monetaria, los hidrocarburos, el teleférico, La Paz libre de represión y el mayor desarrollo económico de la región, tal vez les molestaron a esos fiscales del carisma, la gente y la democracia que voltean una y otra vez. No les molestaba un presidente boliviano que hablara sólo en inglés. Afuera Evo, arrancó un año nuevo y todo normal. Hoy, el 70% del comercio es totalmente informal, la situación social desborda por los costados y ni siquiera se informa el número de contagiados. Los hospitales están jodidos y los movimientos siguen tan perseguidos como las federaciones del Trópico que juntaron donaciones en el Alto Chaparé, pero fueron retenidas por el Ejército del sálvese quien pueda: la biblia, parece, quedó en la Casa de la Moneda. Hay, sí, un bono de 400 Bolivianos para mayores de 65, viejos beneficiarios del salario social Juana Azurduy, madres recientes y personas con discapacidad, ¿buenísimo, no? Sólo que nadie lo cobró. Y entonces se creó una canasta familiar de 500 bolivianos, para padres de niños en escuela primaria, ¡qué lo parió! Ah, no, tampoco llegó.

Brasil

tomada de: msn.com

Ni el impeachment, ni las fake news, ni el law fare, mostraron un sesgo tan hostil hacia su propia gente: el grupo de riesgo en Brasil es el Presidente. Más de 30.000 contagiados como secuelas de su libre albedrío: sólo 69 testeados en las favelas de Río, 8 muertos. Y casi todos los medios tuertos. Una joven indígena, Yanomami Alvanei Xirixana, acaba de fallecer a los 15 años, "por ese virus letal", ¡pasó 21 días sin hospital! Abrazos, impotencia, ¿una nena? 1597 casos de violencia en cuarentena. Sin aislamiento nacional, un juez del Supremo Tribunal Federal le prohibió a Bolsonaro incidir en cada departamento, pero él siguió abocado a difundir su tratamiento con hidroxicloroquina, totalmente descartado y desaconsejado por la medicina.

"Uma gripezinha". A contramano del planeta, hasta su ministro Luis Henrique Mandetta prefirió confrontarlo, "porque tiene otra posición" y la oposición entera salió a respaldarlo, mientras Sao Pablo resiste a instancias de favelados que autogestionan ambulancias para los olvidados. A contraluz de sus funcionarios, Paraisópolis convocó a cientos de voluntarios para monitorear y coordinar, como en Monte Azul, otro experimento que conmueve: el Comité Popular de Enfrentamiento al COVID-19. Pues según el Instituto Data Favela, la pandemia que finalmente más duela tendrá como síntoma un dolor estomacal, porque hay un 55% del pueblo sin estabilidad laboral: 47% autónomos, 8% informales y muito futebol en todos los canales.

Chile

tomada de: bb.com

El modelo más elogiado desde arriba, ya quedó tercero en la terapia intensiva de la región: más de 7.000 nuevos casos, sobre la misma constitución que ideó Pinochet, miles sin abrazos, miles sin Internet, miles sin ambulancia. Si no pregúntenle a Valentina, vecina de Villa Francia, que perdió un embarazo a manos de los carabineros. O a todos esos compañeros criminalizados por la protesta del 18 de octubre, hoy hacinados en una celda que descubre sus carros de asalto, detrás del alambre: en pleno penal de Puente Alto, rige la huelga de hambre de los referentes más combativos, ¡entre varios casos positivos! Y el Servicio de Menores en Chiguayante no tiene insumos, ni protocolo aislante, pero tiene 25 pibes enjaulados, todos contagiados.

El transporte subió un 125% y la "ley que protege al empleo" puso todavía más feo el panorama de las poblaciones, alivianando las indemnizaciones, ante la plaga del despido y las suspensiones. Ni a los besos les pusieron frenos: las mascarillas cuestan 1.000 pesos chilenos y la cuarentena se pierde en la espera para cobrar el seguro, mientras crece la hilera de la gente sin laburo. Y sí, además un 70% más de hombres denunciados por agresiones en sus propios hogares, para complementar las represiones que intentaron silenciar todas las manifestaciones. Pero nada, no se ve nada en los estrados, en los balcones, en los bazares: 460 contagiados de lesiones oculares.

Colombia

tomada de: El País Cali

Hace mucho tiempo que la información real dejó de circular: para la televisión internacional, Colombia es una serie de Pablo Escobar. Mejor no hablar de medio país hundido en la economía informal, ¡un 87,7% en la base del tejido social! Todos sepultados, los datos fuertes: 3.621 contagiados y 166 muertes. Hasta al 27 de abril, una cuarentena sin opción y sin una sola medida de contención. ¿La devolución del IVA para el estrato 0, 1 y 2 del sector trabajador? Aguarde en línea, por favor. ¿El auxilio familiar de 160 mil colombianos? Ya quedaron en manos de nombres inventados o copiados con antelación de programas que también fallaron por corrupción. ¿El fondo de emergencias con 14,8 billones de las arcas departamentales? Se inyectarán a los bancos, ¡siempre tan serviciales! Sin opción, los movimientos sociales conviven con la persecución de sus militantes y una cama de terapia cada 60.000 habitantes, aunque un 80% están ocupadas por otras enfermedades. Hay municipalidades sin la más mínima disponibilidad vital, sin Unidad de Cuidados Intensivos en ningún hospital, así como hay 824 familias emberás que han sido desplazadas, obligadas por "enfrentamientos". Y entre tantos tratamientos medulares, los paramilitares avanzan por todas las vías, por todos lados: en sólo 14 días, 14 líderes asesinados.

Cuba

tomada de: https://mundo.sputniknews.com/

Aislada del egoísmo, históricamente confinada por el cinismo, Cuba se adelantó a la cura de la posverdad, cultivando la cultura de la solidaridad. Justo ahí, donde la United Fruit sembraba su propia corona, hoy no hay ninguna persona encerrada en su egoísmo: hay 32 víctimas en un país condenado a vivir del turismo y el barcomenudeo, sobre la cuarentena crónica que impone un bloqueo, aun cuando no exista conmoción en el resto del planeta. Sin especulación, se amplió la provisión por libreta: un jabón de tocador, dos de lavar, un detergente, una lavandina, dos libras de chícharo y una pasta dental, más la canasta básica habitual. Y más inversión estatal para la producción de arroz, plátano, huevos, carne de cerdo y frijoles, pero también más remedios y más controles.

Amén del tratamiento epidemiológico, se distribuyó un medicamento homeopático para elevar el sistema inmunológico y, aun con los comercios cerrados, todos los asalariados mantuvieron sus condiciones. Se sumaron subvenciones, se han congelado las deudas con el Estado y se ha garantizado la luz, el agua y el gas, reajustando presupuestos y acompañando las medidas sanitarias, con la reducción de impuestos y cuotas tributarias, ¡sin concesiones! Ahora falta resolver cuestiones de la logística barrial, para evitar el aglomeramiento y garantizar el distanciamiento social. ¿Las clases? Luchando, se vienen dando por televisión de acuerdo a la edad, desde la adaptación hasta la universidad, pero lo mejor del pueblo cubano sigue siendo esa mano siempre lista: 800 médicos en misión internacionalista, que hoy nos erizan la piel. ¡800 veces, Fidel!

Ecuador

tomada de: depor.com

Ojo eh, ¡datos es-ti-ma-ti-vos! Con 9.022 casos positivos y "unos 456" fallecidos, alguien podría sospechar de ciertas manipulaciones en la información, ¡pero llegaron las donaciones! Son cajones de cartón. Desde su atril, la alcaldesa de Guayaquil envía féretros reciclados, entre sanatorios colapsados y velatorios improvisados, ¡alegría para los oídos de la gente! Hay esperas de 3 días para ser atendidos "telefónicamente", porque sólo "hay disponibilidad" si empacás tu cuarentena y te vas a otra ciudad, cuidándote del virus que toma por asalto y te mata en el asfalto. Lavándose las manos, levantaron 150 cuerpos humanos atacados por gérmenes no tan extraños: en estos dos años, echaron a 3.000 trabajadores de salud y ahora crece la industria del ataúd que no sirve, por supuesto, para enterrar ese 30% del presupuesto que un año atrás pudo evitar este avance.

Que en paz descanse. Gran parte de la enfermería y hasta el Hospital de la Policía tienen vetados los insumos elementales, como si el 43% de los contagiados no trabajara en los hospitales. Ya renunciaron la ministra y el director del Seguro Social, porque los necios no valoraron sus maravillas: 300% de sobreprecios en las mascarillas. ¿Las barriadas? Unos 5 millones de personas desempleadas, 62% precarizadas antes de abril y un bono social para 900.000. Pero eso sí, el último 23 de marzo priorizaron el pago al FMI, ¡326 millones de dólares están ahí! Y Lenín Moreno paseando por las Islas Galápagos, invocando marines y no precisamente de los mandarines, para cuidar a los demás. Que no vuelva. Nunca Más.

México

tomada de: The New York Times

"Para no dejarles un vacío de poder a los sectores más reaccionarios", López Obrador les lleno las calles a los virus más revolucionarios, que todavía no llegan a los barrios donde grita La Garganta, ¡pero coparon la playita en Semana Santa! Ese turismo viral que nos pasea en ambulancia resultó fundamental para "la Jornada Nacional de Sana Distancia", que se incumplió estrictamente en todos lados. Y ya nos van llegando los resultados: 535 nuevos contagiados y otros 9 cuerpos velados, sólo en el escenario hospitalario. Y no, en el barrio San Juan Bosco de Villa Guadalupe, Zapopan, no avanza el coronavirus, pero tampoco alcanza el pan, porque la demanda creció un 20% y al momento sigue congelada la economía informal, tan congelada como la mercadería del gobierno municipal. Previo a esta cuarentena tardía, México ya sufría diez femicidios por día, el 40% en su propio hogar. Pero esa curva también se comienza a empinar, porque aumentaron un 60% las denuncias de violencia intrafamiliar. Por lo demás, el sistema sanitario no da más, sigue faltando el equipamiento para el personal y esta semana debieron improvisar un bono extrasalarial, porque van 5.014 infectados a nivel nacional: el primer caso llegó en febrero y 332 acaban de fallecer. Un verdadero vacío de poder.

Paraguay

tomada de: TeleSur

Paraguay no tiene dengue, el dengue tiene a Paraguay. Un enemigo menos invisible, nuevas muertes que causan las crisis, "un enfrentamiento entre bandas", escribirían los peones de cipayos: 27.000 dengues contra 7 millones de paraguayos. Uno cada 259 del otro lado, ya cayó picado, 0,03 de cada diez. Ya murieron 53, pero los medios constituyen una gran tapia, en un país con apenas 700 camas de terapia. En Itapúa, por ejemplo, hay "4" a disposición. Y nuestra olla popular en Encarnación acaba de aumentar un 33% sus comensales, gracias al aporte de otras organizaciones sociales.

Fueron insuficientes los bolsones municipales y un 80% de los trabajadores son independientes o informales, de modo que no hay paciencia, ni bono de emergencia, porque resultó tan compleja la inscripción que sólo se cobró en Asunción. No circula tan rápido como la represión, que ya dio imágenes de nuevas torturas, tan pero tan claras como oscuras. Hay una colección en video que comienza en Estrella y Montevideo, donde grabaron a un cuidacoches verdugueado y picaneado. Mala educación oficial, que hoy se presupone virtual, una gran idea que no aplica en todos los lugares: el 30% de nuestra asamblea no tiene celulares. Y del 70% que pudo comprarlo, casi nadie puede recargarlo, porque no puede laburar, ni cobrar, lógicamente. ¡Teléfono, presidente!

Perú

tomada de: https://mundo.sputniknews.com/

Disuelto su parlamento y resueltas sus discusiones, para muestra valen 1.000.004 botones. UNO) A los pies del Cerro El Pino, en Lima, Maura escatima el agua para limpiar porque no tiene cómo llegar al estanque y la bomba que llena el tanque funciona dos horas diarias, a veces, aunque la población diurna se duplicó en estos dos meses. DOS) Desde Cantagallo, Ronald grita que no hay cómo esperar a mayo: se fueron las changas, llegaron los flagelos, ya no puede ni vender caramelos y come una vez al día, porque no recibió todavía esos 380 soles del Subsidio de Emergencia atrasado, "que demuestra la presencia del Estado". TRES) Un asco: bajo el Cerro de Pasco, Marcos Castañeda gestiona desesperadamente una operación urgente para su hija Sheli Kiara. Necesitaba que viajara, pero están encerrados sin tratamiento, hacinados hasta el momento en una habitación, esperando alguna solución. CUATRO) Al igual que otras tres mujeres asesinadas en cuarentena, a Claudia Vera la balearon por buena frente al RENIEC, la misma entidad que le negó su identidad en el Distrito Independencia, donde reina la prepotencia del alcalde Marco Antonio Ramírez, un transfóbico, por donde lo mires. UN MILLÓN) Sí, un millón de pequeños agricultores se plantan a contramano del Gobierno peruano que, sin respuestas frente a todas sus protestas, decidió levantar el piso de su colaboración: ahora les da permiso para trasladar su producción.

Uruguay

tomada de: as.com

Vamo' arriba, ¿el coronavirus acecha? Todavía no tanto como la Derecha y su gobierno flamante, que no tuvo drama en patear la cuarentena para adelante, pero no pudo esperar sin elevar las tarifas en la adversidad: un 10,5% la electricidad, un 10,7% el agua y un 9,78% la telefonía, ¡más arriba no se podría! Con la escuela suspendida, las viandas de comida se retiran por portería, a razón de 85 pesos por día, ¿cómo la ves? De propina, un bonito de 1.200 por mes. Hasta ahí, ponele, todavía. Pero se complejiza la situación, escuchando a la asamblea del barrio Chón, donde Jeni debió hacer una fila de 40 personas para obtener los únicos alimentos que sus 4 hijos iban a comer, el día que su almuerzo fue cancelado: cuando lo retiró, estaba en mal estado.

Y sí, ahí quizá queda más claro por qué suena tan raro el #QuedateEnCasa, mientras la tele amasa sus ideas gourmet: Jaque lleva a sus hijos a la plaza, ¡para que hagan sus tareas con Internet! Sobre los avatares sanitarios, el gobierno prometió 1.000 tests diarios, que por ahora son 200. Mientras tanto, van 517 casos confirmados, 298 recuperados, 9 fallecidos y miles de carreros subsumidos en otro país, ese que habitan los compañeros del barrio Juntos de Nuevo París, donde Raquel llamó al médico por enésima vez, hasta que finalmente llegó, ¡3 días después! La revisaron y le diagnosticaron "coronavirus positivo, por prevención", sin hisopado, ni más confirmación que la intuición del doctor, ¿qué podría ser peor? A lo mejor contratar un astrólogo para que haga su trabajo, así no se nota tanto que les importamos un carajo, ¡vamo' abajo!

Venezuela

tomada de: eluniverso.com

Habitué del primer plano internacional, gracias a la moral que resguarda Derechos Humanos cuando los presuntos tiranos tienen posturas de izquierda, aunque las peores dictaduras les hayan importado siempre una mierda, hoy Venezuela tampoco goza de tal preocupación del afuera, ¡salvo que pinte votar una invasión extranjera! Desabastecida hace años, ya no resultan extraños los sabotajes, ni los ultrajes perpetrados por distintas vertientes de la inseguridad. Y nuestro grito es un grito entero: hubo una masacre en el barrio 23 de Enero, que no se le puede endilgar a otros países, ni a la pandemia viral, ni a las guerras contra otros karmas.

Se lo adjudican a Tres Raíces, un grupo paraestatal que interviene territorios con armas. Tolerancia cero para la especulación internacional. Y para toda represión estatal. Detrás del telón, un malón de problemas nuevos, como el cartón de huevos que sufrió un aumento del 53% o el kilo de queso que trepó al pedestal y alcanzó al salario mínimo vital. De la realidad real, muchísimo aval para el Plan Nacional de Educación, mediante una buena conjugación de la televisión y los contenidos curriculares, con acceso a los sectores populares. América Latina la tiene jodida y esa Venezuela elegida para toda demonización no ha sido, ni será la excepción, pero ahora más que nunca necesitamos organización, para que ninguna solemne civilización se atribuya la categorización de ninguna rea barbarie. Al carajo la OEA, ¡aquí no se rinde nadie!

Por Mariana Álvarez

El miércoles 18 de marzo estaba en un avión, sentada en mi silla favorita: la que da a la ventana. Dejaría de mirar flechada el Pacífico para conversar con un hombre sentado en la silla B. Él de Envigado, Antioquia, panadero y trabajador independiente. Desde el viernes estaba en el aeropuerto Tocumen de Panamá intentando regresar a Colombia y no había podido. El vuelo inicial que lo traería de vuelta estaba para unos días después, y de no ser por la posibilidad económica, la presión familiar y la decisión a tiempo, él y yo estaríamos en la lista de colombianos atrapados en aeropuertos por el covid-19.

El vuelo 613 aterrizó a las 13 horas en Rionegro y apenas toqué suelo y bajé unas cuántas escaleras, dimensioné la angustia de mi mamá, y entonces la realidad que estaba ya permeándonos. Llevaba tapabocas y antibacterial a la mano. Confieso que en un principio, con las primeras noticias lejanas del virus, la conspiración era mi hipótesis. Ahora tenía claro que la pandemia había llegado para quedarse. El primer chequeo fue la temperatura. Hacíamos fila como las niños en Halloween para que les den un dulce, amontonados.

–37 grados. Bien. Pase –me dice una de las enfermeras.

Continué para atiborrarme en otra fila: migración. Imaginen la fila anterior, sumada a un trámite de mayor espera y combinada con los vuelos que seguían llegando en el afán de no quedar por fuera, de que no les cerrarán las puertas aéreas con nubes gigantes. Logré hablar con algunas personas en la fila y todas adelantaron sus vuelos, así fuera por unas horas, un día, semanas, o meses. Mientras avanzamos a paso lento, una mujer joven intenta caminar pero sus pies son como gelatinas y cae al suelo, su maleta hace del golpe un ruido más fuerte y todos volteamos a verla. Las enfermeras corren, estiran sus brazos hacia nosotros, mostrándonos su mano completa como diciendo alto ahí. Le levantan los pies a la nena, le hacen cientos de preguntas que ella responde con los ojos cerrados. Al parecer llevaba días en el aeropuerto, sin dormir bien, y sin poder comer porque ya no tenía dinero.

Llegó mi turno. El del cubículo 7 fue el hombre que me dio la bienvenida con la información de que en un solo día, Colombia había alcanzado una cifra de 100 contagiados y que, a diferencia de otros países que apenas recepcionaban el virus, era un número alto por lo que la curva ascendía de manera muy rápida. ¿Recomendaciones? 15 días obligatorios en casa, el lavado de manos constante, y lavar toda la ropa más la mochila inmediatamente.

Y ahí estaba yo, una vez más diciéndole a mi mamá que tenía la razón.

¡Qué locura!

Los primeros 15 días estuve completamente encerrada, ni siquiera salí a la tienda del barrio que queda a 10 pasos de mi casa; lo sé porque hace unos días que fui, los conté. Todos los días intento hacer algo distinto para que el desespero no se me clave en la cabeza, y el cansancio no se me enquiste en el nervio ciático que está tensión hace meses. Pinto, escribo, leo, dibujo, hago un curso, veo películas, series o novelas, juego cartas o parqués, bailo, me aprendo un poema, cocino, como, toco guitarra, hago ejercicio, salgo a pasearme con Dulce (mi perra), limpio, hago yoga, ordeno cajones, duermo, me canso, y vuelvo a empezar. He pensado mucho en las presos. Son también testigos de la injusticia. Cuando los motines en las cárceles, el corazón me dejaba de bombear y lloraba en las noches. ¿Cómo hacen catarsis de su encierro? Cuántas cosas no podrán hacer. Cuántas cosas más les harán.

A veces no puedo dormir. Y eso me aterra porque me encanta dormir. Me quedo dando vueltas en la cama. Pensando. A veces voy al patio y miro si está la luna o escucho en la madrugada los pájaros que creo están en todo el mundo y roncan de la misma manera. En la mañana, es increíble cómo suenan y conversan entre ellos. He visto más de los que volaban antes. Un día, mirando al cielo vi a una mamá (creo) con sus polluelos bebés, iban en fila. Eran tres. Parecían tener todo ese azul profundo para ellos solitos.

¡El precio del encierro es incalculable!

He pensado mucho en las mujeres en casa con sus agresores. La violencia aumenta conviviendo con él 24/7 y no sé qué tan oportunas son las líneas de atención que se han visibilizado a nivel nacional. A veces, incluso pienso, a riesgo de parecer loca y descarada, que no sé cuántas mujeres menos seremos cuando este confinamiento termine, por negligencia, por imposibilidad, por miedo. Y eso me aterra. Me da rabia y me hace cerrar los ojos mientras hago una negación con mi cabeza.

¡El precio del encierro es incalculable!

Pienso también en las habitantes de calle, en las del laburo diario, en las que tienen miedo, en los niños y niñas que no comprenden el encierro, en las migrantes, en los que quedaron atrapados en otros lugares, otros países, con otras gentes e idiomas que no se entienden. Pienso en las que extrañan, en las que están lejos de casa, de su madre; en las que no pueden enterrar a sus muertos, en las que tienen a sus muertos en casa, en las que no tienen casa; en las que quedaron sin trabajo, en las que están enfermas, en las que están gestando o pariendo, en las que siguen trabajando sin garantías, en las que se juegan la vida, en las líderes que asesinan.

Todos los días me despierto y quiero creer y pensar que vamos a aprender la lección. Que esta confabulación de la realidad, como causa y consecuencia de lo que históricamente se ha construido e impuesto, es una bofetada a las clases, a los gobiernos, a los pueblos, para despertar del letargo del discurso, de los idealismos, del oportunismo. Quiero creerlo, y si no es posible al menos imaginarlo. Por eso también opté por confinarme de las noticias, de las actualizaciones en cifras, de las historias tristes. Esta es la alternativa que he encontrado, como alguna vez lo explicó Pepe Mujica en una entrevista: el pesimista no es más que un optimista informado. Eso sí. Si hemos de volver a la misma mierda de siempre, quedará claro para la cronología que hoy trenzamos, que la pandemia es aún más grande y afecta el corazón y la conciencia.

 

 

Nuestro mundo compartido

Texto: Semillero Acción Colectiva, Ciudadanía y Problemas Públicos - Julián David Álvarez

Ilustración: Valentina González

 

El optimista y el pesimista, el hombre que cree que todo se arregla y el hombre que

cree que todo acaba mal se pasean argumentando sobre el emplazamiento de un

campo de batalla. Ambos se enredan en peroratas, enronquecen, gesticulan. Ambos

extraen del paisaje pruebas que apoyen sus tesis. Y en efecto, durante ese tiempo, la

hierba sigue creciendo sobre las tumbas y los muertos pudriéndose bajo la hierba

Peregrina y extranjera, Marguerite Yourcenar

 

La literatura me ha hecho encender el ánimo para pensar el tema que estamos –y estaremos– obligados a pensar por mucho tiempo. El Coronavirus se ha metido, sino a nuestros pulmones, sí a nuestra vida, y, pareciera, nos la ha transformado. A manera de consolación, me sigo sirviendo de rutinas, de libros, de obligaciones; sigo visitando los sitios de mi recreo y me aferro al reposo que brinda la cotidianidad.

Se ha hablado tanto del Coronavirus que hoy empieza a asumir el ropaje de lo predecible y lo trillado. Y, sin embargo, es una experiencia que comenzó tan solo hace unos meses y que no para, ni de asfixiarnos, ni de interesarnos. Tampoco hay de otra. Un virus que me impide salir de casa y que amenaza con apropiarse de la vida de mi abuela, una mujer de ochenta y dos años oxigenodependiente –¿quién no? –.

Esta pandemia que nos excava la cotidianidad, nos obliga a abastecernos, nos encierra en nuestras casas, nos distancia de los otros y nos empuja a las pantallas; esta pandemia que nos ocupa y nos impide parar, que no quiere que ‘enloquezcamos en el silencio’, que nos agobia con sus noticias tan trágicas como reales, es un acontecimiento que tiene más de anamnético que de novedoso.

Nos recuerda que nuestra cotidianidad era la misma excavación, el perpetuo asunto de la supervivencia; que las casas no son necesariamente un lugar seguro, y los otros no siempre han estado cerca de nosotros, ni nosotros de ellos, y basta una imagen para olvidarnos del mundo. Pero también nos recuerda que éramos felices, lo que bastaba para ser indiferentes. Y hasta la propia indiferencia es relativa.

Relativa, porque la ociosa y valiosa confortabilidad en la que a veces nos sumergimos es un bien escaso para la gran mayoría. Más el miedo –y las servidumbres que lo acompañan– es una presencia que a cualquier vida le cuesta arrinconar. El Coronavirus nos produce miedo, y, como todos los miedos, trasciende las superficies de la 'naturaleza' para transportarnos a la patria de la política y la moral. Por ello es controlable, remediable, corregible, subsanable. Precariamente, sí, pero suficiente para el pesimismo asolador que agobia y en el que nos quieren mantener.  

Una carta de la escritora estadounidense Susan Sontag, al escritor japonés Kenzaburo Oé, decía: “El ácido vendaval de la modernidad se ha llevado muchas cosas. Pero lo que no desaparecerá es la pasión, porque vivimos dentro de cuerpos, porque tenemos ojos y orejas y lenguas y narices y dedos y piel. Lo que no desaparecerá es la alegría, en la medida en que nazcan niños, y en la medida en que haya algo que nos aproxime a la ‘naturaleza’, y en la medida en que haya literatura y arte y música y baile. Lo que no desaparecerá serán el dolor y la enfermedad y la muerte. Lo que no desaparecerá será la maldad humana”.

No es una motivación trágica la que impulsa esta escritura. Como dice Sontag, lo que no desaparecerá es la alegría. El Coronavirus ha nacido en nuestro mundo, pero la injusticia en él pareciera ya habitar desde sus orígenes, al igual que la dicha.

El mundo del que hablamos no concierne al mundo herido de ‘Occidente’ cuya fragilidad ha sido más que probada; el capitalismo neoliberal, sistema económico y de gobierno, ha tenido que ceder frente a la crisis. Tampoco se trata de ‘nuestro’ mundo que, quizás, por primera vez, la peste y la angustia ha tocado sus puertas; ni del mundo de las celebridades cuyas plataformas de exposición adornan la tragedia que los mira de soslayo; ni del mundo de los ‘otros’, puesto que siempre han sido nosotros mismos; ni del mundo de la información mediática y el espectáculo que persiste en hacernos creer que las imágenes reemplazan el mundo, cuando tan solo lo duplican.

Hablamos del mundo de todos, sin excepción alguna. El mundo de la fragilidad compartida. Fragilidad sobre la cual construimos un futuro derrumbamiento. Inevitable, por fortuna. El Coronavirus ha tocado ‘nuestro mundo’, ha abierto un fructífero campo de investigación, producción artística y literaria, ha creado un futuro best seller, un monumento a la memoria cuyos obituarios estarán llenos de ‘viejos’.

Hacemos parte de una vida en la que soñar un futuro que prescinda de la necesidad es comúnmente pensada como derrota. Y más cuando aferrados a una individualidad espuria, negamos que hacemos parte de un deber compartido de comunidad. Quizás el despertar de la consciencia ‘global’ esté eternamente en fuga, pero que en la actualidad se detenga un instante en nuestros cuerpos, posibilita una actitud de acogida a las súplicas que vienen del pasado y que renacen en el propio sufrimiento.

Deudores de obligaciones heredadas e ineludibles, el Coronavirus –y los engranajes políticos, económicos y mediáticos que lo arropan– nos recuerda el saldo con onerosos intereses. Nos recuerda nuestros lazos de interdependencia. Y, pese a ello, Yourcenar nos dice: Como Casandra, la Historia profetiza, y lo mismo que a Casandra, nadie le hace caso. Los vencedores prefieren ignorar que todo acaba con una derrota, y a los vencidos nos les gusta que les recuerden que hay pocas víctimas que sean inocentes”. De la tragedia del Coronavirus, cuya existencia no es ni una prueba, ni oportunidad, mucho menos un castigo, somos todos responsables. Y no hay respuesta que no sea una exigencia de justicia.

Semanas de una pandemia

Por Arturo Buitrago

 

–Yo ya estoy acostumbrada a no salir. Toda la vida he vivido por acá y siempre he estado encerrada como dicen. Pero, ¡yo no lo estoy!, está es mi casa y aquí he vivido desde hace unos 40 de los 49 años de matrimonio que tuve. Hace un año y medio enviudé, y acá normalmente vivo sola, pero estos días está mi hija y la nietecita, a ella si le están haciendo daño estos días.

Yo lavo ropa, sábanas y colchas todos los días, hago la comidita, cuido mis maticas que tengo sembradas en tarros y todo lo que sirva como matera, las cebollas de rama, desyerbo. El matorral nunca para de crecer, todos los días hay mucho que hacer. Así le transcurre a uno la vida mientras le llega lo que a todos nos llega: la muerte, y eso que tiene uno seguro.

Doña Martha es mi vecina, tiene aproximadamente unos 70 años y su rostro arrugado marca los caminos del tiempo. Ella y yo vivimos en el corregimiento San Antonio de Prado de Medellín, en una dinámica social rural diferente y yo tampoco me siento encerrado, aunque en los medios la llamen cuarentena, aislamiento social, días inusuales, confinamiento, crisis del capitalismo, un secuestro estatal por el bien del común, bueno esto último no lo dicen esos medios, pero sí algunos analistas y columnistas de opinión.

Si se han presentado variaciones en la cotidianidad y eso me gusta. Ha pasado ya la primera semana. Una semana en la que intercambiamos ese ¿cómo vas?, ¿cómo estás?, ¿a qué se dedica? con aquellas amistades o familiares por diversos medios de comunicación. Una primera semana en que las personas empezamos a hablar más pasito, a hacer menos ruido, a regular el volumen de los equipos de sonido, a estar alejados del desconocido, como si estuviéramos asistiendo a un funeral.

En la segunda semana están variando un poco los cuestionamientos: ¿cómo voy hacer para pagar las deudas?, ¿me pagarán los que me deben?, ¿y ahora cómo hago para….? Pasamos a una semana de más incertidumbre, especialmente para aquellos que no tienen ni una cuenta bancaria, ni un ahorro debajo del colchón, a los que ya no les presta el “cuenta gota”, para aquellos que viven de la relación directa con el otro y que no la puede suplir con ninguna tecnología, ni con wifi. Casi el 90% de personas en Colombia necesita de esa relación directa, ya sea por una necesidad económica o de relacionamiento social.  

–Mijo, ayer subió una camioneta y tiraron cuatro canastas de codornices al monte, a ese yerbal, y están saliendo a buscar comida. Qué pesar, y tanta gente con necesidades, deberían haberlas regalado a los barrios más pobres donde la gente no tiene que comer. Mire, ayer cogí estás 6 y acá las tengo en esta jaulita, y están colocando huevitos, pero son muchas las que hay allá por la cidrera. Vamos y cogemos más.    

Con esa invitación nos fuimos y la camisa enroscada como una bolsa no me alcanzó para meterlas a todas. Tocó ir por una caja grande. Más de 30 animalitos y 15 huevos recogidos en el monte en una hora. Los dueños no tienen cómo comprarles comida, y esos huevos en estos momentos la gente no los compra. “Hay que hacer rendir la poca plata para las cosas necesarias”, me dice doña Martha. Al otro día de estar recogiéndolas con ella, subieron varias personas de los barrios y también personas de la vereda porque muchos están sin que comer.

–Ayer me hice un caldo de codorniz, me quedó rico, y voy a buscar más –me decía Juan, un vecino que está buscando todos los días estas codornices en el monte–. Las puse a pitar unos minutos y luego le eché cebolla de rama, sal y papas, y listo el almuerzo de hoy.

Además, han vuelto a aparecer por estos lares los vendedores de verduras y frutas en carros con megáfonos que anuncian la papa, la cebolla, la papaya, el mango, el plátano y otros productos del campo. Hay momentos en que creo que no está pasando nada en el planeta hasta que enciendo la radio y escucho sus noticias. 

La tercera semana, que aún no llega, creo que se van a agudizar las preocupaciones económicas propias del modelo mercantil en que vivimos. Y las preguntas serán: ¿qué vamos hacer?, ¿nos va tocar rebuscárnosla como sea?, ¿qué nos inventamos para no morirnos de hambre y de aburrimiento?

Las particularidades existen y muchos desde la primera semana se han preguntado por las incógnitas que llegaran con la tercera semana. Aquí es donde queda demostrado que ante el Estado todos somos diferentes y que cada persona tiene una forma particular de estar en la vida. Va a ser muy difícil para el Estado solucionar estas particularidades porque siempre nos han tratado como iguales ante la ley y no lo somos.

Desde adentro

Texto: Alexander Arboleda

Ilustración: Valentina González

 

Si se piensa como una enseñanza humana, el confinamiento es una técnica que sirve para dimensionar cuáles son los límites físicos y mentales con los que cuenta un individuo o una sociedad. Digo mental porque, en cierta manera, se cree que estos limites pueden ser definidos por voluntad, algo así como El límite está en tu cabeza o cualquiera de esas frases que te hacen crear horizontes momentáneos a corto plazo. Confinarse es establecer un límite frente a algo y actuar en el rango previsto para ello.

Ahora que la situación de salud pública obliga a gran parte de la población mundial a confinarse, hay muchas lecciones que salen de este ejercicio no voluntario de protegerse contra algo que no se ve pero que hace mucho daño, e incluso que puede ser mortal –y Colombia sí que sabe de estas presencias invisibles–.

La primera es la ilusión del límite. Nuestra sociedad tecnológica ha logrado lo impensado: la interacción en tiempo real desde casi cualquier parte del planeta. Esto nos crea la idea de que el límite es solo un concepto que se crea pero que se diluye fácilmente con la evidencia. Por ejemplo, el teletrabajo es una tendencia que, de manera silenciosa, venía transformando la manera de laburar, pero que luego de esta experiencia se quedará definitivamente. Casi todos los empleos urbanos que se benefician directamente de la tecnología están demostrando su adaptabilidad a la circunstancia: clases y trabajos virtuales, oficinistas, estudiantes y docentes que cumplen horario escolar o laboral con la pijama puesta y con el tazón de cereal a un lado de su computador. La presencialidad no se ve en este momento innecesaria, pero sí prescindible para lograr ciertos objetivos. De esta manera, el confinamiento es solo una circunstancia. La vida sigue tanto adentro como afuera de tu límite. La única diferencia, en apariencia, es la frecuencia con la que debes salir a proveerte.

La segunda lección tiene que ver con la angustia del afuera. La última vez que salí a la calle tuve cierta sensación de peligro, de amenaza. No por algún tipo de agorafobia o por miedo, sino por la sensación de que mi lugar, así como el de los otros transeúntes que veía a esa hora –tipo 11 de la mañana– estaba adentro. Pero no sabía exactamente a qué me refería con ese adverbio. Estaba seguro de que no significaba lo mismo para mí que para algunos que veía por ahí. Sabía que mi adentro inmediato era mi casa, mi habitación, era la reunión virtual que tendría a las 3 de la tarde con mis colegas docentes, era el libro de Bolaño que me esperaba para quemarme la cabeza un rato, era la cerveza que iba a tomar en la noche. Sé que el adentro de la señora que cuidaba los carros en la calle por donde vivo es totalmente diferente. En su adentro, hay una habitación que hace las veces de cocina y dormitorio, compartida con otros siete miembros de su familia. Sin lectura. Sin balcón para ver caer el día. Probablemente sin cerveza. Así, el afuera es una opción negada, pero el adentro es una posibilidad dolorosa –y muchas veces horrorosa– para muchos.

La tercera lección –no la última, pero sí la suficiente por este día de cuarentena– es la idea de la incertidumbre. Entre mensajes de moral y esperanza que circulan a diario por redes sociales, radio y televisión, se esconde la sensación de no saber qué va a pasar. Cada quien busca la manera de camuflar esa incertidumbre en optimismos desbordados –como los mensajes de los traders o las oraciones devotas–, o en pesimismos silenciosos, como bombas de tiempo –al mejor estilo de los desposeídos, del trabajador de a pie que no tiene como costear la comida para su familia, de los fatalistas–. Esta incertidumbre solo esconde la certeza de que nada va a volver a ser igual. Cada quien tendrá que descubrir qué cambió, cuando suceda.

Es un momento de shock en todos los sentidos. Se busca ocultar, esconder la fractura, simular un estado (¿Estado?) de control. La gente espera. La gente se confina, a su manera. La que puede.

 

Texto: Sergio Alejandro Calderón Vergara

Ilustración: Valentina González

 

Es cierto que la pandemia ocasionada por el covid-19 nos pone en un lugar difícil como sociedad. El encierro –o también llamado aislamiento preventivo obligatorio– saca al sujeto de su escenario cotidiano de socialización y lo pone en uno totalmente diferente. La reducción de la movilidad social y el estado de excepción son legitimados por las grandes mayorías sociales bajo el argumento de “salvaguardar la vida”.

En este contexto, los estados–nación, en diferentes regiones del mundo –con menos fuerza en Asia–, han declarado los estados de excepción para atender efectivamente la crisis sanitaria global que se manifiesta en sus territorios. Colombia es uno de los países que apela a esta vía y le apuesta, con cierta celeridad, al fortalecimiento de los mecanismos formales de control social a través de la institución militar.

Desde una perspectiva geopolítica, la participación de las fuerzas militares en el modelo de intervención que han venido utilizando los estados-nación, en razón de prevenir la propagación del también llamado “nuevo coronavirus”, no dista mucho entre regiones. La fórmula es la misma: crear pánico y vender seguridad. Mientras se niegan variables socioeconómicas.

Según Giorgio Agamben en su artículo La invención de una pandemia, los decretos y leyes –en el marco de esta contingencia global– aprobados por el gobierno italiano “por razones de salud y seguridad”, “da lugar a una verdadera militarización de los municipios y zonas donde se desconoce la fuente de transmisión de al menos una persona o en que haya un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus”. Argumenta además que “una fórmula tan vaga e indeterminada permitirá extender rápidamente el estado de excepción en todas las regiones, ya que es casi imposible que otros casos no se produzcan en otras partes". En Colombia el escalamiento de las medidas militares se dio de forma precipitada.

En un contexto de desempleo y trabajo informal, con grandes indicadores de injusticia social, la militarización de los territorios en razón de mantener el orden social poco o nada aporta al mejoramiento de la crisis. Escalar el control social formal por la vía de las fuerzas militares sin tomar medidas estructurales que mejoren las condiciones materiales de existencia y garanticen la seguridad humana, el bienestar social, y el cubrimiento de las necesidades básicas, agudiza e intensifica la crisis socioeconómica. Al mismo tiempo que configura un panorama social donde impera el pánico y la histeria colectiva, donde las grandes mayorías sociales –sumidas en el miedo y la ignorancia– no se percatarán de que el estado está dando un tratamiento de guerra a una crisis sanitaria que implica un tratamiento humanista.

La diferencia entre control social formal e informal radica en que el control formal propende por el cumplimiento obligatorio de las leyes, normas o mandatos sociales por parte de la población en general, y dispone de instituciones que despliegan diferentes mecanismos de castigo cuando un sujeto incurre en una conducta “desviada”, es decir, incumple la norma. Generalmente lo ejerce el estado. Por control social informal se puede entender el cumplimiento de las leyes, normas, o mandatos sociales sin acudir a mecanismos de pena o castigo. Lo ejerce la sociedad sin necesidad de que haya vigilancia oficial. Se manifiesta a través de la vergüenza, el sarcasmo, la crítica, el ridículo y la desaprobación.

El gran objetivo del control social es el mantenimiento del orden social, por tanto se hace efectivo cuando el sujeto lo interioriza y se auto-controla en razón de no afectar el orden social en el que vive y se desarrolla.

En consecuencia, lo que está en discusión no es el acatamiento del estado de excepción o no. Sino cómo y en qué contexto se da. Se coincide en que la medida más efectiva para prevenir el contagio y la propagación del virus es el aislamiento. Sin embargo, como ya se ha mencionado en repetidas ocasiones, no todas las personas tienen las condiciones materiales básicas necesarias para la subsistencia digna, por tanto se ven forzadas a salir de sus casas –si es que tienen casa– a buscar el mínimo vital. El estado, por tanto, no puede responder a esta situación con la imposición del control social formal para evitar el desorden –como lo ha venido haciendo con la militarización de los territorios–. Ese es un tratamiento violento e inhumano.

La situación ideal sería una donde la seguridad humana se convierta en prioridad. Es decir, en la que esté asegurado el mínimo vital y las personas no se vean forzadas a incumplir la medida de aislamiento preventivo obligatorio. Donde el control social informal impere. Osea, donde se tengan todas las garantías para utilizar –entre las mismas personas– mecanismos de control social informal (la vergüenza, el sarcasmo, la crítica, el ridículo y la desaprobación) contra la persona que esté incumpliendo la norma porque quiere y no porque le toca. Para ello el estado tendría que replantear su modelo de intervención de la crisis. Tendría que humanizar sus políticas, aumentar el gasto social, ampliar la cobertura pública de derechos básicos (salud, alimentación, vivienda), regular sectores económicos privados, y bajarle a la militarización. El control social formal, inhumano y violento, no sería necesario en una sociedad postcapitalista.

Otras pandemias que se olvidan

Nunca el gobierno colombiano había estado tan preocupado por proteger la vida de los ciudadanos. Como tampoco se había evidenciado tal nivel de exigibilidad social por el derecho a la vida y a la salud. El covid-19 se presentó en nuestra realidad –de forma espontánea– como una amenaza de muerte. Espontanea en el sentido de que no dio chance de preparación. Muy similar a lo que ocurre en los territorios donde ingresan de repente actores armados a realizar “limpiezas sociales”. La gente entra en un estado de pánico colectivo al sufrir un trastocamiento abrupto de su realidad social.

En Colombia hemos vivido pandemias similares. El asesinato sistemático de líderes sociales que ya supera los 70 homicidios en lo corrido del año, es, sin duda, una “pandemia” de las más atroces que vive nuestro país. Hasta ahora, ha matado más personas que el covid-19. Si bien estas dos realidades no son equiparables, sí permiten avizorar hacia donde se inclina la balanza de prioridades estatales y sociales en lo referente a la protección de la vida. El estado no está presente, ni previniendo ni erradicando el virus de la matanza de líderes y lideresas sociales. Como tampoco las grandes mayorías sociales están exigiendo el derecho a la vida de estas personas y sus comunidades.

En este contexto queda claro que unas vidas valen más que otras; que el estado no pudo desentenderse de la pandemia por covid-19 –que no es menor– tan fácilmente como sí lo hizo con el asesinato de líderes sociales –que tampoco es menor–; y finalmente queda claro que el discurso de la empatía tan sonado por estos tiempos, se agota en tanto una realidad no afecte al “yo” directamente. Es decir, la empatía funciona –y se promueve– cuando el yo está en peligro constante, como con el coronavirus, que se sabe que las posibilidades de contagio son simples y se pueden dar en cualquier lugar. Ahí la empatía es efectiva, pero es egoísta.                                                                                

Con el asunto de los líderes sociales funciona a la inversa. Como el liderazgo social no se contagia y mata únicamente a los que lo ejercen, no hay lugar para la empatía, por tanto no se promueve. Los líderes sociales abandonados por punta y punta.

 

El mundo seguirá igual

Texto: Juan Camilo Gallego Castro

Ilustración: Valentina González

 

En mi mesa de noche hay una pila de libros a mitad de camino. Hace casi un año que me cuesta terminarlos. Llego a la casa y estoy demasiado cansado, pareciera que solo los utilizo como un ritual antes del sueño, pues con dos páginas, a veces media, me quedo dormido.

Esto cambió desde que empezó este simulacro de fin del mundo. No paro de trabajar en casa, es cierto, pero tengo espacio para leer de nuevo una historia fascinante sobre ciudad de México, que escribió Juan Villoro, o el perfil del periodista Alberto Donadío. Estar en casa me reconforta, es transitar de nuevo por las hojas de mis libros. Trabajo en una ONG y en una universidad, a lo mejor comprendan por qué en el último tiempo las lecturas de noche fueron esporádicas.

No viajo las tres horas diarias entre mi pueblo y Medellín, ni estoy corriendo para llegar a tiempo a una entrevista o una reunión, ni renegando por que el bus que tomo en la terminal es el lugar más caliente de toda la ciudad. No está el aire contaminado ni el calor sofocante, ni el estrés ni el afán ni el temor de que abran un bolsillo del morral mientras voy en el Metro. Solo en este momento soy consciente de todo eso.

Sigo madrugando como siempre. En la sala encuentro a mi mamá escuchando la misa de las siete. No más empezaba la cuarentena, un bello sacerdote, abrumado ante la iglesia vacía, dijo que le olía a muerte, que le olía a sangre. Debe ser un buen consejero para mantener la calma. Con el paso de los días se la pasa vendiendo cirios, el de cincuenta y el de cien mil.

En la mañana intento escribir o entrevistar a alguien. Mientras, me acompañan un par de perros. El más grande acaba de cumplir diez años y el pequeño, al que llamo Satanás, hoy cumple seis meses. Es un lobo, ya se tragó dos billetes de cincuenta mil y persigue las gallinas de mi abuela como un poseso. Ya desplumó un par de gallos que, por suerte, se salvaron con mi aparición.

Al final de la tarde me reúno con mi familia y jugamos parqués. Es posible que haya pasado una década desde la última vez que estuvimos tirando dados. Mi hermana será mamá en tres meses. Mi sobrina no puede escucharme, pero en esta época de miedo y precaución es un mal momento para nacer; mi mamá está conmigo siempre, pero mi papá está por fuera casi toda la semana, mientras transporta legumbre entre Medellín y Sincelejo. Una vez allá, va hasta Cartagena o Barranquilla. Esta vez le tocó en la capital del Atlántico, en donde lleva dos días esperando que carguen su camión porque la cantidad de carros para cargar es más larga que un viacrucis. El viaje de regreso será eterno.

No mucho ha cambiado en estas semanas, salvo que estoy todo el día en la casa y que mi papá está expuesto todo el tiempo a ese virus del que no paran de hablar en las noticias. Mi única licencia para abrir la puerta de la calle es salir con mis perros a las cuatro de la tarde, luego de comer. Continuamos con las rutinas de siempre, pero con el encierro de nunca. Esto nos tomará varios meses más. El mundo sigue igual de ruin allí afuera. En estos días he escrito sobre personas que perdieron sus trabajos o que les cambiaron el salario de forma unilateral, de campesinos cocaleros a quienes les están erradicando sus matas de manera forzada, aprovechando esta situación, de exguerrilleros que ahora se tienen que ir de Ituango porque este Gobierno no les garantiza su propia existencia, de hidroeléctricas en una región como el Oriente, en donde antes eran guerrillas y paramilitares y ahora son empresas públicas y privadas que quieran quedarse con cada río que encuentran libre.

El mundo seguirá igual. No creo en las encuestas que preguntan si somos más solidarios que antes. No cambiará el sistema, seguiremos en el capitalismo, en la misma depredación de la naturaleza. Cuando todo esto acabe, lamentaremos las vidas que no están, seguirán matando líderes sociales, continuará el amago de presidente y el aire de Medellín volverá a ser la misma mezcla de hollín e ineptitud de algunos políticos y funcionarios públicos.

Mucho han comparado a la Segunda Guerra Mundial con el Coronavirus. Al final de la primera surgió la ONU, se firmaron acuerdos y tratados, el mundo supo lo cruel que era la guerra, pero le siguieron las guerras de Corea y de Vietnam, de los Balcanes y el Golfo Pérsico, de Afganistán y Siria. Igual aprendimos, igual nos seguimos matando. Decimos que nuestras vidas no serán iguales luego de esto, pero, a lo mejor, y como en la guerra, todo seguirá siendo igual.

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