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El pasado lunes 30 de noviembre, en la ciudad de Bucaramanga, falleció la compañera y docente Evangelina Marín Rueda, producto de un agresivo cáncer. Se fue silenciosa, sin despedirse, sin quejarse del dolor sentido, como era su costumbre discreta.

Evita, como era conocida, nació en Barrancabermeja, tierra de la cual heredó su calidez humana y la templanza de sus ancestros Yariguíes. Fue vocera del movimiento político A Luchar y destacada lideresa social y popular, Camilista y comunera, pero su mayor vocación fue ser formadora social y revolucionaria, sembrando principios y valores. También fue dirigente sindical del magisterio, defensora de derechos Humanos, y cofundadora de la Corporación Regional para La Defensa de Los Derechos Humanos (CREDHOS). Integró el Espacio de Trabajadoras y Trabajadores de Derechos Humanos y el Frente Común por la Vida en Barrancabermeja. Fue parte de la dirección de la Coordinadora Popular de Barrancabermeja, organismo que lideró las luchas sociales en las décadas del 80 y 90.

Se caracterizó por su trabajo fuera de oficinas y escritorios, era del tropel, de la calle, así como pronunciaba un buen discurso, dictaba una charla o conferencia, de igual manera ayudaba a organizar un sancocho en la barricada amaneciendo con los manifestantes durante las jornadas de protestas.

Mantenía viva la consigna de unidad obrero campesino popular. Acompañó al campesinado en las tomas de tierras de Yacaranda, Tienda Nueva y otras; las marchas de mayo y el paro del Nororiente Colombiano. En los años 80 jugo un papel destacado, con micrófono en mano animaba con fervor y alegría los Festivales del Río, las celebraciones en los 1ros de mayo y as marchas callejeras.

Como docente y formadora fue exigente, rígida, con pedagogía se hacía entender. En el debate radical, vehemente y mordaz, lo que contrastaba con su estilo sereno, pausado y cauteloso, generaba polémica pero aceptación de quienes compartimos espacios con ella. Vivió convencida del trabajo colectivo y la construcción de procesos diversos, poco amiga del individualismo, e irreverente a la hora de decir las verdades.

Durante el proceso de la Constituyente estuvo convencida del cambio de las estructuras en el país. Defendió el territorio y los procesos de paz, una paz con justicia social, con democracia, mas no de entrega y rendición. Fue valiente a la hora de jugársela en defensa de la vida. A mediados de los años 80, cuando la Red 007 de la Armada Nacional y el paramilitarismo masacraban en el Magdalena Medio, denunció sin vacilaciones tales crímenes en los consejos de seguridad local y nacional.

En el año 2006, ante las amenazas e intentos de asesinarla, con nostalgia abandonó Barrancabermeja, y se radicó en Bucaramanga, donde continuó su labor docente, vinculada a los grupos de estudio y trabajo de mujeres rebeldes, de luchadores sociales y defensores de derechos Humanos hasta el día de su fallecimiento.

Evita encarnó la mujer rebelde Barranqueña, su porte elegante contrastaba con su humildad y generosidad. Estudiosa, investigadora y locuaz. Queda en nuestra memoria sus llamados de atención a compañeros y compañeras de lucha, los que siempre comenzaba con sus palabras predilectas: “Mire pito”, o mira mita”, que denotaban de entrada su desacuerdo con su interlocutor.

En su familia se le reconoce por ese afán desmedido de proteger a todos. Su amor por su progenitora, hermanos, sobrino y nietos era ejemplar. Era parte del eje de las decisiones que se tomaban en casa, su felicidad era hacer feliz y servir a los demás.

Faltan palabras para describir a tan valiosa compañera de lucha, por eso sin vacilación afirmamos que su perdida física es grande, pero queda su ejemplo de mujer valiente comprometida con las luchas por la paz, con derechos, justicia y democracia.

Durante dos años un grupo de mujeres se acercó a dos comunidades de exguerrilleros, exguerrilleras y víctimas directas e indirectas del conflicto para que narraran con aguja e hilo aquello que quisieran contar acerca de su vida. Era amplia la instrucción porque había algo claro: el hecho de no querer indagar en la herida que aún pulula por la guerra. Los detalles de cuántas batallas, cuántos muertos, cuántos dolores, se dejarían de lado para conocer las añoranzas, las nostalgias y los sentires de mujeres y hombres que dejaron las armas y que están en un proceso de reconstrucción de sus vidas en compañía de los habitantes de las mismas veredas donde alguna vez caminaron uniformados.

Narrar con hilos, así de mágico como suena. Eso es el libro textil (Des)tejiendo miradas. Hilar, bordar y remendar la reconciliación en Colombia, la posibilidad de descubrir, por medio de bordados, tres formas de ver y vivir el posacuerdo. Por un lado, la mirada del y la exguerrillera; en otro tramo, de aquel y aquella que vivió el conflicto armado como víctima directa o indirecta; y, por último, la mirada de las ciudadanas que desde la academia se acercan al querer comprender la complejidad de un panorama de violencia que aún no cesa. El libro recoge tres formas de ver y sentir que se entretejen en un acumulado de tramas y urdimbres desde las memorias plurales y sus diversas aristas para crear una narrativa de paz amplia.

Este libro se publicó con la editorial Periferia Prensa Alternativa y nació del proyecto financiado por Minciencias y el Fondo Newton (Des)tejiendo miradas sobre los sujetos en proceso de reconciliación en Colombia, que se desarrolla entre la Universidad de Antioquia y la Universidad de Aberystwyth de Inglaterra en dos escenarios de reinserción de exguerrilleros de las extintas FARC – EP: la Nueva Área de Reincorporación (NAR) San José de León en Mutatá, y el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) Jacobo Arango en Dabeiba, Antioquia.

Está dividido en 13 capítulos entre los que destacan títulos como Confianzas, Transformaciones, Esperanzas e Incertidumbres, que logran ser un reflejo de los sentires que actualmente se viven en el proceso de reincorporación. En sus páginas las formas bordadas de corazones, mariposas, montañas, casas, y soles reflejan la tranquilidad y libertad que se vive en los territorios; los Reencuentros y los Compromisos, llevados al bordado, se representan en personas, en el paisaje, los animales, en los proyectos productivos. El rojo y el verde son colores predominantes de los hilos que eligieron para bordar: la naturaleza de sus territorios, por una parte, y corazones que simbolizan amor y perdón. Por otro lado se tejen lágrimas, armas e historias de dolor que manifiestan el sentir de la intranquilidad que está generando el posacuerdo con un Gobierno que no atiende los compromisos adquiridos en La Habana. El panorama de reinserción es complejo, pero lo que sí es cierto y visible es la voluntad de los exguerrilleros, exguerrilleras y habitantes de las veredas de permanecer en la cimentación de la paz en la individualidad, colectividad y territorialidad.

Por ello se buscan formas de narrar y dejar memoria, son muchas las maneras de plasmarla: murales, altares que encontramos en carreteras o casas, un cajón con objetos, diarios, una prenda y, por supuesto, las prácticas textiles. Por medio de éstas últimas, diversos colectivos de mujeres durante muchos años han contado sus vivencias a través de una herramienta que trasciende la palabra o la escritura. En Mampuján, en Sonsón, en San Francisco y en muchos otros territorios de Colombia las prácticas textiles han tenido un papel de suma importancia en el lugar de la víctima. Generan la posibilidad de crear procesos de tramitación de duelo en situaciones enmarcadas en contextos violentos, de canalizar sentimientos, de resignificar y transformar vivencias, construir memoria colectiva, realizar denuncias, entre otras. Ahora se le da lugar, también, a aquel que en algún punto de la historia fue actor armado para que narre y cuente con sus manos parte de su vida. ¿Qué sienten?, ¿qué temen?, ¿qué anhelan? son preguntas que se responden a través de diálogos de puntadas, texturas y colores de hilos.

Este es un libro para leer la imagen y a través de ella conocer las emociones. Leer, también, las ausencias de signos y preguntarnos qué nos dicen los silencios. (Des)tejiendo miradas. Hilar, bordar y remendar la reconciliación en Colombia es una apuesta a la construcción de paz en medio de un panorama hostil donde 249 firmantes han sido asesinados. Leernos a través del arte popular y conocer las formas del otro que son tan nuestras, genera contravías a las formas violentas que tenemos que padecer a diario. Se trata de destejer prejuicios que cargamos en las miradas y tejer empatías que nos permitan ver, sentir y vivir al otro. Cocer las brechas que se han abierto durante tantos años para lograr vernos de cerca y saber que las heridas del otro son también nuestras heridas.


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Después de 91 días de huelga hubo acuerdo en el Cerrejón. Sintracarbón y la empresa lograron firmar una nueva convención colectiva de trabajo este 30 de noviembre. Así se puso fin a la huelga más larga en toda la historia de la organización sindical.

En un comunicado, Sintracarbón dijo que esta convención fue firmada a tres años y medio. Irá desde el primero de julio de 2020 hasta el 31 de diciembre del 2021. El sindicato también afirmó que se mantuvieron los beneficios históricos para los trabajadores. Destacaron que las primas de navidad y las vacaciones se mantienen como factores salariales. También se mantuvo el ítem de productividad del 2% y los auxilios escolares, funerarios y para tratamientos médicos.

Otros de los puntos centrales destacados por Sintracarbón en su comunicado son: 100 contratos que pasarán de término fijo a indefinido, el reenganche laboral de 200 trabajadores, la no eliminación del transporte diario a toda la Guajira, Valledupar y Barranquilla. El sindicato también consiguió 700 préstamos para vivienda y un ajuste salarial del Índice de Precios al Consumidor (IPC) para toda la vigencia de la convención firmada con el Cerrejón.
La comisión negociadora de Sintracarbón agradeció a todos sus afiliados y familias por el compromiso que demostraron en estos 91 días de huelga en el Cerrejón. “Nunca fue fácil este proceso en medio de tantas condiciones adversas, pero solo la unidad, la organización y la lucha nos llevó a la suscripción de una convención colectiva de trabajo”, finalizó el comunicado.

Lo que sigue en el Cerrejón
Después de 91 días de parálisis en el Cerrejón, el martes 1 de diciembre se reanudaron las labores en la mina.
Hace una semana, Sintracarbón y el Cerrejón, con el acompañamiento del Ministerio de Trabajo, habían llegado a un acuerdo para instalar mesas técnicas. Estas nuevas negociaciones durarán 30 días calendario y en ellas se hablará sobre el denominado “turno de la muerte”.

Sintracarbón espera demostrarle al Cerrejón que el propósito de cambiar los turnos es incompatible con las actuales condiciones de los trabajadores. La organización sindical cree que, de implementarse, afectaría la seguridad y la salud en el trabajo. Además, consideran que se dañaría el tejido familiar y que incluso afectaría la producción de la mina.
De la misma manera, Sintracarbón quiere conservar puestos de trabajo y el nuevo turno contempla el despido de al menos 1.250 trabajadores.

La huelga más larga
Sintracarbón y el Cerrejón han tenido una relación de más de 40 años. Durante toda esa historia, esta es la tercera huelga que se presenta en la Mina. La primera fue en 1990 y duró 17 días. Esta primera huelga fue declarada ilegal por el gobierno. Según las autoridades de aquel entonces, la misma atentaba contra la economía nacional.

La segunda huelga fue en el 2013. Durante 32 días, las actividades de el Cerrejón estuvieron paralizadas. Después de ese tiempo, se logró firmar una nueva convención colectiva y reanudar las labores.

Así las cosas, la huelga que terminó el 30 de noviembre se convirtió en la más larga de toda la historia de el Cerrejón. Los trabajadores demostraron que tienen la convicción para hacer valer sus derechos. De la misma manera, le mostraron al país su férrea voluntad de diálogo, pues durante todos los 91 días de huelga, siempre estuvieron prestos a negociar con la empresa. Y el final, es evidente: una nueva convención colectiva que defiende a los trabajadores y a la economía de la región.

Intentaba conciliar el sueño, el agotamiento mental no era cuota suficiente para apagar el tren cerebral. El reloj continuaba con su paso firme marcando las 4 y 30 de la madrugada. El silbido de los carros retumbaba en mi vientre, recordándome el diario acontecer estomacal. Me levanto a husmear en la nevera para calmar la fatiga con algunos víveres descuadernados. Una noche más “sin pegar el ojo”, como dicen las abuelas; horas revolcándome en la cama, jaloneando los pensamientos al baúl del descanso, sin lograr el cometido.

Habito en medio de la urbe dentro de la Comuna 9 de Medellín, en el barrio La Milagrosa. Después de calmar la tripa y resignarme a iniciar el día, recordé un lugar al que llaman La Asomadera, años atrás con una amiga lo había conocido. Y bueno, qué más daba, ya no iba a dormir, una caminata podría espantar el tedio mental y ahogar la fatiga. A las 5 y 15 salí de mi morada con mochila en mano y zurriago, por si de pronto en el camino algún loco trasnochado me quisiera empeorar el día.

Una media luna se escondía en las nubes, la oscuridad seguía habitando el techo estrellado. Un viento se paseaba por las orejas despeinándome las greñas y el frío de la madrugada casi lograba congelarme los pensamientos. ¡Jum! creo haber encontrado un remedio para el insomnio: la próxima noche dormiré dentro de la nevera a ver si se me congela la cabezota y se apaga de sopetón.

Cerca de mi casa, “a medio tabaquito”, como dicen los campesinos, queda la reserva La Asomadera. Imponentes guaduales y regios árboles cobijan uno de los pulmones más diversos de Medellín. Hace muchos años no visitaba ese mágico lugar y la verdad poco lo había explorado.

Con mi zurriago ascendía por la reserva, oliendo el rocío, la tierra y los árboles, logrando que mi mente se apaciguara un poco. Al llegar al mirador me encontré con dos particulares personajes que tenían sombrero y un canasto con frutas.
— Buenos días mi señora, ¿madrugó a ver el amanecer? —Preguntó uno de ellos.
— Buena madrugada mis señores, si por acá espantando el insomnio, ¿qué traen en ese canasto?
— Fruticas pa' las ardillas, no demoran en salir a pedir su porción, a las 6 se nos juntan todas.
— ¿Ardillas?, y es que salen a pedir comida.
— Sí mi señora, aguante pa' que las vea a todas en filita y a las aves revoleteando, también.
— ¡Uuy, en serio! yo quiero ver semejante espectáculo, ¿cómo se llaman?
— Mi señora eso sí está como difícil saberlo, son muchas ardillas pa' saber los nombres.
— Nooo… qué cómo se llaman ustedes dos.
— ¡Ah, mi señora! pues yo me llamo Martín Emilio.
— Que combinado tan sabroso.
— Y yo me llamo Neftalí, ¿y usted jovencita?
— Yo me llamo Liesel.
— Ah, que nombre tan raro ese, jovencita. Coja pues bananos y nos ayuda que ya empezó la embestida.

Literalmente era una amistosa arremetida de ardillas. Salieron un montón, llegué a contar hasta treinta, con sus colas saltarinas de acá para allá se acercaban por su festín, las aves también se arrimaban a los troncos donde les poníamos papaya y guayaba. Y mientras el cielo abría su nuevo sol, corríamos a ponerles más alimento a estos seres cantores del amanecer.
— Jovencita, y cómo es eso de espantar el inmonsio, qué animal es ese —me preguntó Neftalí.
— Se dice insomnio, Neftalí, y bueno, no es precisamente un animal, aunque a veces parece un tigre que te agarra y no te deja dormir, pero me refiero a pasar la noche despierta en blanco. Eso significa esa palabra.
— ¡Ah, querrás decir pasar la noche en vela, mi señora!
— Eso Martín, a eso me refiero.
— Estos jovencitos de ahora con tanta carajada de aparatos, ya ni duermen. Yo sí duermo parejo en mi tierrita, desde las 6 de la tarde me encamo en las cobijas y a las 4 estoy en pie.
— Es que no son de por acá.
— Pues este Martín Emilio sí es oriundo de esta comuna, yo vengo de paseo a visitarlo, mi casita queda en Santa Elena y de vez en cuando vengo a atisbar Medellín con mi compadre.
— A mí me gusta mucho este lugar, es como un rinconcito de selva en medio de este tumulto de ladrillos, vivo hace más de cuarenta años en El Salvador y bueno darle de comer a estos animalitos me llenan el alma de alegría.
— Oiga mis señores, he tenido siempre curiosidad de, ¿por qué se llama La Asomadera y cómo fue que se formó semejante bosque?
— ¡Ah! tome asiento entonces porque la historia es larga.
— Qué importa, llegaré tarde al trabajo.
— Bueno, primero lo primero, este lugar, según mis abuelos, le pusieron La Asomadera porque las gentes venían a asomarse, a despedirse de sus visitantes. Era un camino obligado hacia Medellín, los viajeros, comerciantes o arrieros que llegaban desde el sur del Valle de Aburrá debían cruzar por acá. Desde acá se miraba la ciudad y el Valle, un lugar cubierto de cañaverales y con peligrosos barrancos, pero con la sombra de los guayabales. Con el tiempo se fue llenando de casas a lo largo y ancho del camino.
— ¿Y a vos te tocó esos tiempos, Martín Emilio?
­— Pues no mi señora, a mí me tocó toda esta comuna en puras mangas, pero luego se volvió un basurero. Mire y verá, desde acá se pueden atisbar muchos otros morros o cerros, como dicen ustedes los pelados. Vengan, acérquense para mostrarles. Aquí pegadito está El Salvador, de frente está el Nutibara, detrás de este las Tres Cruces; el Pan de Azúcar al occidente, y muy al fondo a la derecha está El Picacho, y entre El Picacho y el Nutibara, El Volador.
— ¡Uy que montón de morros! Solo conozco dos: El Nutibara y El Volador.
— Esta jovencita no conoce es nada. Vaya pa' mi tierrita y verá que le enseño a domar ese tigre que no la deja dormir, a punta de sembrar se le quita la pendejada.
— Ah, Neftalí no me regañe, prometo conocer todos los morros que me han contado, pero, espere que me perdí. Sí en la época de sus abuelos este lugar era lleno de caminos de arrieros y luego a vos te tocó mangas, y después un basurero, ¿cuándo fue que se convirtió entonces en reserva, llena de tantos árboles?
— ¡Ah, mi señora! esa es otra historia y ya son las 7 de la mañana, vamos por un tintico pues pa' calentarnos.
— ¿Tintico? A mí me tienen es que invitar a calentao con frijolitos.
— Usted Neftalí es como comeloncito, bueno, al menos buñuelos y cafecito conseguimos en aquella chacita.
(Nos sentamos en la chacita, pedimos cafecito y al son de los buñuelos, Martín Emilio continuó relatando):
— Como les iba contando, a mí me toco de niño puras mangas, luego pasó a ser un basurero, y después vinieron un par de personajes como en el 89 a poblar esto de árboles: don Hernando y don Hernán, dos caballeros con visión, quisieron convertir el basurero en un paraíso, en un pulmón ambiental para la comuna y la ciudad. Sacaron toda la basura principalmente los escombros, organizaron senderos y sembraron árboles por doquier. Acá existen más de 400 especies nativas colombianas, es como el segundo Jardín Botánico de Medellín.
— ¿Y cuánto de grande es este terreno?
— Son como casi 30 hectáreas—más precisamente, 26,6—, donde habitan algarrobos, guayacanes, cedros, yarumos, guaduas, ardillas, diversas aves, zarigüeyas o chuchas que llaman. Yo antes les decía así, pero con las clases que me han dado acá en la reserva, ya sé que se les dice es zarigüeyas, y que son marsupiales porque guardan su cría en una bolsa cerca de su panza y que no se pueden matar porque son importantes dispersores de semillas.
— ¿Es que dan clases?
— Claro, acá nos enseñan de todo: sembrado de huertas, manejo de residuos, biodiversidad…
— Y yo perdiéndome de todo esto, ¿y, la gente de la comuna también ayudó a la recuperación del espacio?
— Por supuesto, toda la comunidad, con el liderazgo de Don Hernando, limpiamos este lugar y lo cultivamos, de todos los barrios cercanos se venían a apoyar. Desde El Salvador, Las Palmas, La Milagrosa y Buenos Aires. Hoy, después de casi 32 años cuando inició don Hernando y Hernán, tenemos esta selvita para nuestros hijos y los visitantes.
— ¿Y don Hernando todavía existe?
— Claro mi señora, él sigue siendo el guardián de este lugar. Tiene su casita acá mismo en la reserva y con vivero incluido, se llama la Orquídea.
— ¿En serio? Yo quiero conocerlo.
— ¡Pero eso sí será otro día, jovencita! Ya tengo mucha hambre y esos buñuelos apenas me calmaron una lombriz y tengo muchas, además debo de subir a la montaña.
— Sí, tiene razón Neftalí, otro día me llevan a conocerlo. Yo también debo ir a trabajar.
— Sí mi señora, ya son más de las ocho y debemos partir.
— Fue una madrugada increíble, me han sacudido este montón de ruido de la tusta.
— Estos pelados como hablan de raro.
— No le preste atención a este brabucón, también fue un placer conocerla…

Nos despedimos y emprendí el regreso hacia mi casa. Observaba de nuevo el espacio, con otros ojos, con otra piel... Tanta diversidad cultivada por la unión de una comunidad y sus líderes quijotescos. Respirando el camino, me dije: este insomnio lo sembraré en esta tierrita a ver si me nace un arbolito de sueños.

“Mi vida como profe inició con la tiza de cal, recuerdo muy bien como mis manos se rajaban en esa época con el tablero verde. Dos filas en el patio, la de los niños y la de las niñas, y a tomar distancia; manos arriba, manos abajo, a los lados y al frente, ¡niños a formar! Procedimiento que se repetía diariamente al iniciar las clases, además de revisar la medida de la falda de las niñas con una regla—debía estar tres centímetros debajo de la rodilla—, el cabello de los hombres corto y las uñas limpias.

Aún resuena en mí el tañido de la campana que colgaba al lado de la coordinación, y que indicaba el ingreso al colegio, el cambio de clase y la salida. Ésta solo podía ser sonada por una de las profesoras del colegio, ¡ay si un niño travieso se atrevía a tocarla, era llevado a coordinación! Los profes éramos el centro del conocimiento, poder y control, para esto la regla de madera era el mejor dispositivo de miedo y enseñanza. Los libros de texto y cartillas de colores eran nuestro amuleto de enseñanza, en ellas niños y niñas repetían y copiaban la lección. Recuerdo eso de ponerles a realizar planas sin fin en un cuaderno con muchas rayas, era el cotidiano vivir, de aquellas épocas son tantas las historias, podría quedarme mucho tiempo nombrándolas.

También me tocó vivir la llegada de unos aparatos grandes: unos monitores gordos conectados a un cajón metálico, conocidos como computadores. Iniciaba la revolución tecnológica de la educación. Los tableros pasaron a ser de acrílico y con marcadores de tinta borrable, los proyectores de imágenes en acetato y luego un salón especializado para ver documentales o películas en los televisores grandes, empotrados en la pared y custodiados por una caja hecha con varillas. El timbre pasó a remplazar la campana, funcionaba con energía, sin embargo, la campana no había perdido del todo su función, seguía colgada allí para los casos en que éste se dañaba. Con estas nuevas formas fueron desapareciendo las filas en el patio, y las normas de convivencia ya no eran tan represivas. Asignaturas como urbanidad y modales, entre otras, desaparecieron —muchos padres formados en la vieja escuela rememoraban el hecho de que ya no se enseñara la urbanidad de Carreño—. Ni conducta ni comportamiento eran calificados en los informes, los niños y niñas comenzaron a tener más participación y ser el centro de la escuela. Como profesores aprendimos otras formas de enseñar desde las didácticas activas, se habló mucho de educación integral, y de ritmos de aprendizaje.


Y ahora, con todo lo que está ocurriendo, para mí ésta es la tercera transformación que vivo en la escuela. Ya han pasado muchos años desde que inicié como profesora de escuela pública y estoy próxima a jubilarme. En estos tiempos trabajando desde la casa me dispongo para dar clase encendiendo el computador, la cámara y el micrófono—por lo menos tengo acceso al internet, aunque a veces se me cae la señal—; les envió a los niños el link para que se conecten e inicia la clase virtual que con antelación preparé muy bien para que ellos no se aburran. Es extraño encontrarnos así, ellos se metieron a mi casa y yo a la de ellos, solo vemos rostros y estamos dentro de sus oídos para los que usan audífonos, todos ya están en primera fila, muy cerca de mi rostro y yo al de ellos”.

Ella, aunque ha disfrutado de su labor como docente, le agradece a la vida que ya esté próxima a jubilarse y apenas tenga la resolución del municipio se retirará aunque tiene la opción de quedarse mucho más tiempo, hasta que cumpla los 70 años, fecha de retiro forzoso establecida en la Ley 1821 del 30 de diciembre de 2016 para los funcionarios públicos. Con la “anormalidad que trae la pandemia”, siente que en esta “tercera reforma obligada y no planeada” de la escuela ya no tiene el aliento para continuar con la presencialidad mediada por la virtualidad, ni con el modelo de alternancia que se planea para el próximo año.

***

La última reforma educativa se dio luego de promulgada la Constitución Política de 1991, la Ley General de Educación en 1994, fecha en que aún los docentes usaban la tiza de cal triangular, como lo relata la profesora de primaria. Las preguntas del siglo XX eran muy diferentes a las que nos enfrentamos hoy. Los rápidos avances en el campo de la tecnología, el uso de nuevos dispositivos tecnológicos y los medios de comunicación, hicieron que la manera de estar en el mundo cambiara de manera drástica. ¿Cuándo íbamos a pensar que el mundo estaría en nuestras manos mediado por un dispositivo móvil, conectado a la red mundial que conocemos como internet?

Por todo esto, se hace urgente la reforma de la Ley General de Educación colombiana en el marco de los nuevos procesos sociales emancipatorios y los efectos que deja la crisis del coronavirus. Si revisamos las dinámicas legislativas de otros países en el campo educativo, por ejemplo la reforma en México del 2019, o en Chile, Uruguay y Venezuela en el 2009, en Argentina en el 2006 y Perú en el 2003, podemos ver que si bien la transformación educativa no se da solo a través de leyes y normas, estas reformas son muestra de una voluntad política necesaria para transitar a otros modelos de educación que se adecuen al contexto social, cultural, económico y político del país. Un llamado constante de los sindicatos del sector educativo desde hace muchos años.

Ahora que las escuelas están cerradas como espacio físico por el fenómeno de la pandemia, la educación intramural nos plantea múltiples interrogantes: ¿cuál es la función de la escuela?, ¿sigue siendo el escenario privilegiado para la socialización de los niños y niñas?, ¿la escuela es el escenario único de aprendizaje?, ¿qué tipo de conocimientos se quieren enseñar y para qué?, ¿es necesario asistir todos los días durante jornada de seis horas?, ¿urge reformular el modelo pedagógico de la rigidez de las aulas y áreas de conocimiento?, ¿no es más urgente que nunca un modelo educativo que propicie la creatividad en sus alumnos y un pensamiento crítico y reflexivo ante la incertidumbre que nos plantea este nuevo panorama? Podríamos quedarnos haciendo muchas otras preguntas, como las rememoraciones en el tiempo que hace la querida profesora de primaria, pero por ahora lo dejaremos acá.

Aunque la discusión no es nueva, muchas escuelas, especialmente las públicas, siguen soportadas en modelos curriculares anquilosados y alejados de la realidad. Cuando se inició la “anormalidad debido a la pandemia”, las expresiones “no estábamos preparados”, “nos cogieron con los pantalones abajo”, “no tenemos la infraestructura ni la cobertura”, “¿qué van hacer los estudiantes y profesos que no saben usar el computador o no tienen internet?”, o “los niños no van aprender”, se escuchaban constantemente. No obstante, ahora que finalizó el año escolar, el silencio se hace más agudo y poco o nada se pregunta, pesé a que las incertidumbres iniciales crecen o se mantienen, ¿será qué ya están resueltas estas preocupaciones?, ¿qué tanto pudimos avanzar en los entornos académicos para enfrentar los nuevos retos que demanda esta nueva condición?

Si consideramos los datos presentados por el Ministerio de Educación Nacional del 26 de octubre del 2020, entre marzo y agosto, 102.800 estudiantes desertaron de las actividades académicas por falta de conectividad a la internet. A estas cifras les faltaría sumar los desertores entre los meses septiembre y diciembre, que muy probablemente no volverán a las escuelas el próximo 2021. Importante mencionar que muchas de las deserciones que el Ministerio de Educación registró, no son resultado de la falta de conectividad en los hogares, existen muchos casos como el de Stiven, estudiante de 10° de un colegio oficial, quien se vio forzado a abandonar los estudios por la grave situación financiera que atraviesa su hogar, hecho que lo obligó a ponerse a trabajar para ayudar a la economía de su casa.

Mientras el Ministerio de Educación endilga la principal causa de deserción a los problemas de conectividad, es necesario indagar por las demás razones, por ejemplo la obsolescencia de un sistema educativo que sigue fragmentando los saberes y conocimientos en áreas obligatorias y fundamentales, la cantidad de estudiantes por profesor, la falta de presupuesto para las instituciones educativas públicas, entre otras. ¿Qué pasaría si los docentes no tuvieran acceso a internet ni computador para brindar las clases de forma virtual? ¿El gobierno tendría la voluntad de entregarle a cada maestro y estudiante los recursos tecnológicos para la prestación de un servicio educativo gratuito de calidad? Lo que si es cierto, es que los maestros y muchas familias han puesto a disposición sus implementos tecnológicos y de conectividad para el uso público que debería ser brindado por el Estado.

“Al inicio de cada año escolar nos entregaban un kit que tenía un marcador negro borrable, un borrador de tablero, dos lapiceros, un cuaderno, un lápiz, un borrador y un trapo rojo, y eso que variaba dependiendo del colegio y de la voluntad de los directivos. El próximo año, ¿qué nos darán?”

Las historias que nos narra la profesora de primaria dan cuenta de las transiciones tecnológicas por las que ha caminado la educación en Colombia y como los gobiernos siguen aplicando maquillaje a la Ley General de Educación, un maquillaje que solo piensa en la forma, y no en el fondo. La educación pública sigue estando de espaldas a las actuales circunstancias que vive Colombia, y no resuelve los problemas fundamentales formativos de los estudiantes y sus familias.

Gabriel García Márquez compartiría al mundo en 1970 un corto y bello cuento titulado: Algo muy grave va a suceder en este pueblo. En éste relata la historia de un pequeño y próspero pueblo que cayó rápidamente en desgracia, quedando finalmente reducido a cenizas. Aparentemente el origen del problema es un presentimiento de una vieja madre, presentimiento que poco a poco se convierte en rumor y se esparce por el pueblo, llegando a tales dimensiones que la paranoia y el miedo se apropiaron de los pobladores, haciendo que estos finalmente decidan emprender un éxodo sin retorno, llevando a cuestas sus pocas pertenencias y prendiendo candela a sus propios ranchos.

Han pasado cinco décadas y este relato que solo podría surgir de la cálida y ligera pluma de 'Gabo', con su realismo mágico, se debería y podría volver a reeditar, esta vez no en las calurosas tierras del caribe colombiano, sino en medio del escarpado macizo colombiano, el escenario particular: Argelia, Cauca.

***

Son las 2:00 p.m. del sábado 28 de noviembre del 2020, en otra época, a esta hora, las calles del pueblo estarían abarrotadas de personas; los billares colmados de jugadores y bebedores; una “nubecilla” de motos se formaría en cada esquina o calle de la plaza principal; el estridente ruido proveniente de las diferentes cantinas y discotecas se mezclaría, pasando rápidamente de una tecno-cumbia de Los Hermanos Medina, a un corrido popular de Álzate; las familias junto con sus niños buscarían algún platillo “diferente” para comer, entrando finalmente al único lugar del pueblo donde venden comidas rápidas y helados, lugar que también sirve de escenario de encuentro para parejitas de enamorados o grupos de amigos que entre risas y chanzas buscaban departir; las camionetas blancas de Coonstransmicay apostadas a un costado del parque esperarían poder zarpar al próximo viaje, fuese para el Plateado, la Belleza o El Bordo; otros en el pueblo estarían buscando pareja o grupo para ir a bailar en la noche; mientras algunos, aprovechando los pesos dejados por la semana de trabajo, buscarían comprar una camisa, una blusa o un par de zapatos para lucirlos en la noche de baile.

Sin embargo, hoy no es así.

Hoy las calles están casi desiertas y en máximo silencio, pese a ser un día soleado, las pocas personas que deambulan por las calles parecen huir, no se sabe exactamente de qué huyen, pero así lo hacen. Desde ayer (27de noviembre) a las 6:00 p.m. el pueblo se encuentra en medio de un paro armado decretado por el ELN. La mayoría de negocios han permanecido cerrados durante el día, y los pocos –muy pocos– que funcionan, lo hacen a medio abrir. La alcaldía municipal cesó actividades desde el viernes a medio día; la cooperativa de transportadores local también decidió suspender recorridos, buscando preservar la vida e integridad de sus pasajeros y empleados; la bulliciosa galería comercial tampoco funcionó; en el parque principal solo rondan un par de escuálidos perros en búsqueda de algo de comer. Ayer, sobre las 4 de la tarde, dos horas antes de iniciar el paro, algunas personas salían buscando algo de provisiones para la semana: cebolla, tomate, verduras, carne, fruta, lo que estuviera disponible se compraba y se pagaba al precio que los vendedores quisieran vender. Todo el mundo mantenía un paso ligero, nadie se quedaba haciendo conversa con nadie y no había música en el fondo, como suele ocurrir en el pueblo durante los viernes en la tarde, no solo huían de la menuda lluvia que caía, sino de la noche y lo que podía venir con ella.

Lamentablemente en Argelia, a diferencia del cuento de 'Gabo', la bola de nieve no ha venido creciendo por rumores infundados, aquí la bola ha crecido al calor de hechos concretos escritos con sangre. El conflicto armado ha venido escalando en una seguidilla de acciones durante los últimos meses, a tal punto que ya vamos en unos niveles de confrontación donde salir a la calle o recorrer algún camino causa pavor, entrar a zonas como el Plateado demanda de un permiso especial y se requiere de mucha osadía para hacerlo.


El miedo, la zozobra y la angustia se esparcen, apropiándose de las charlas entre los habitantes del municipio, y es que no es para menos, en lo corrido del año son numerosos los hechos que se han presentado en la zona, entre ellos el asesinato de la comerciante Amparo Macías Daza en el corregimiento de El Plateado, ayer viernes 27 de noviembre cuando justo iniciaba el paro. El asesinato de Alinzon Pérez, joven de 14 años proveniente del departamento del Atlántico que se dedicaba a trabajar como payaso en los circos antes de la pandemia. El éxodo de centenares de familias venezolanas durante esta semana, ante las amenazas y panfletos recibidos por el ELN. El asesinato de cinco personas el sábado 21 de noviembre en el corregimiento de El mango, cuando estas departían en discotecas y billares. El asesinato de tres personas en la cabecera municipal el 9 de noviembre, dejando además un joven de 15 años con severas lesiones. El asesinato de Edier Riascos a mediados de octubre, una promesa del fútbol caucano de tan solo 16 años de edad. Ello por mencionar tan solo algunos de los hechos más relevantes acaecidos en el municipio durante el último mes, hechos que han estado acompañados por una seguidilla de comunicados y pronunciamientos firmados por las diferentes estructuras armadas que hacen presencia en la zona, entre ellos el frente Carlos Patiño, el ELN y la Segunda Marquetalia, quienes se declararon una guerra frontal.

Los Consejos de Seguridad, a los cuales asisten autoridades locales, regionales y nacionales ya se muestran como un mero formalismo, al final de ellos las conclusiones suelen ser las mismas: “Haremos lo posible por esclarecer los hechos” y “enviaremos nuevas tropas a la zona”. Es prometer sobre la promesa antes hecha. Además es la misma respuesta de un Estado incapaz: militarizar aún más la zona. El gobierno aún no entiende que no es la solución real y definitiva, que, por el contrario, solo agudiza más los problemas.

Por otro lado, retomando el cuento de 'Gabo', se puede decir que el origen de todos los males no es precisamente el presentimiento de una vieja madre, como pudiese parecer ante una primera lectura del mismo, sino la incapacidad por parte del pueblo, de la comunidad, de ubicar el origen de todos los males y trabajar para cortarlo de raíz.

La pregunta que le correspondería hacerse a la comunidad de Argelia en este momento es: ¿Cuál es el origen de todos sus males?, una pregunta que seguramente no tendrá una única respuesta, que implicará reconocer fallas y responsabilidades históricas de parte y parte, pero de la cual emergerán al menos dos cosas que no se podrán negar: uno, que buena parte del conflicto que a hoy se vive en esta zona del Cauca responde a la disputa de estructuras armadas por controlar el lucrativo negocio del narcotráfico, probablemente si en la zona no hubiese coca, la guerra no se habría exacerbado a los niveles actuales; y dos, que la coca llegó a Argelia porque el Estado nunca llegó a esta región, porque pese a los intentos históricos del campesinado por salir a flote con productos como el café, el cacao, la caña, el maíz, entre otros, lo único que se recibía era más militarización y estigmatización, además de un desgobierno que los condujo una y otra vez a la quiebra y la desilusión.
Nunca olvidaré aquel abril del 2018, cuando cientos de campesinos se congregaron en el polideportivo municipal para firmar el Acuerdo Colectivo de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito, enmarcado en el punto 4 del Acuerdo de Paz. Era esa una nueva oportunidad para empezar a resarcir los daños causados en esta Colombia olvidada. Al momento, casi tres años después, los esfuerzos hechos por el gobierno nacional para la ejecución de dicho plan son una burla para las comunidades, la confianza que se trató de depositar en el gobierno y la institucionalidad fue vulnerada una vez más.

Queda claro que si no se avanza en la solución de viejos problemas, Argelia –tal como el pueblo del cuento de Gabo– tendrá un desenlace no deseado, quizá no con un pueblo ardiendo en llamas, sino marcado por nuevas y más abruptas olas de violencia. Un campesinado más empobrecido que deberá volver a empezar de cero; se tumbará nuevo monte y se ampliará la frontera agrícola para instalar nuevos cultivos. Se bañará con más sangre las montañas caucanas, mientras tanto, ríos de lágrimas buscarán sanar las heridas abiertas. Mientras ello ocurre, los grandes capos estarán campantes paseándose en sus lujosas camionetas blindadas por la zona rosa de Bogotá, buscando nuevos negocios en qué invertir y planeando sus próximas vacaciones en la playa.

*Este artículo fue publicado inicialmente en el portal amigo: revistahekatombe.com.co

“La papa nos la venden naciones varias,
cuando del sur de Chile es originaria”.
Violeta Parra, Al centro de la injusticia

Las escenas son escalofriantes, aunque a muy pocos preocupen: en la carretera que comunica a Bogotá con Tunja y con otros lugares de Boyacá, a la vera del camino cientos de campesinos con bultos de papa las ofrecen a un precio irrisorio (un bulto a 7.000 pesos) o las regalan, que es casi lo mismo. Al momento viene la demagogia politiquera y mediática de quienes, como aves de rapiña, viven del dolor ajeno, para decir que con papatones se va a solucionar el problema que afrontan los cultivadores de papa en el departamento de Boyacá y en las regiones donde todavía se cultiva el bendito tubérculo que transformó al mundo desde hace cinco siglos, pero que con el libre comercio, en Colombia está a punto de ser erradicado de nuestro suelo, con lo que supone esa perdida en términos económicos, sociales, ambientales, nutricionales y culturales. No es poca cosa, porque estaríamos asistiendo al fin de un milenario cultivo y a quienes lo siembran en nuestro suelo.

La papa no es la excepción sino la regla de lo que pasa con la producción agrícola en Colombia, y para explicarlo no se requiere mucha ciencia, puesto que ese es el resultado directo y predecible de la epidemia de tratados de libre comercio que se firmaron con Estados Unidos y los países dominantes en el comercio mundial.

La papa salvó a Europa del hambre
La papa es un tubérculo comestible que se originó en los Andes sudamericanos, en el sur del actual Perú, hace 8000 años. Fue el alimento básico, junto con el maíz, de las civilizaciones precolombinas, las cuales cultivaban miles de variedades, adaptadas a diversos climas y altitudes, incluyendo una que se siembra a 4.300 metros de altura.

A raíz de la conquista de América, los españoles llevaron la papa en 1554 a la península ibérica, en 1567 se sembró en las Islas Canarias. Para no ofender a los Papas católicos, los españoles la empezaron a denominar patata.

Pronto se expandió por el continente europeo, y se convirtió en un alimento de la población más pobre (que era la mayoría) de Italia, Rusia, Prusia, Polonia e Irlanda. En Europa era despreciada por la nobleza que la consideraba un producto ruin (por prevenir de una raíz) no recomendable como alimento para seres humanos. No obstante, se consolidó en el siglo XVII en el momento en que la guerra de los Treinta Años arrasaba con Europa, para mitigar la hambruna, y hasta los ejércitos se abastecían del vital tubérculo.

Fue tal la importancia que la papa adquirió en la dieta cotidiana de la población, que se convirtió en el producto principal del que dependía la subsistencia, como se demostró durante la gran hambruna de Irlanda (1844-1852), cuando una plaga, el tizón, aniquiló las cosechas y produjo la muerte de por lo menos un millón de campesinos y la migración masiva de gran parte de la población de ese país hacia otros lugares de Europa y los Estados Unidos.

En la actualidad, la papa se cultiva en todo el planeta, siendo sus primeros productores países de la Unión Europea, donde se genera el 50% de las exportaciones mundiales. Los europeos se han valido de los tratados de libre comercio para imponerles sus condiciones a los países periféricos como Colombia, cuyo Estado y clases dominantes se han limitado a cumplir las disposiciones que benefician a los europeos y perjudican a los productores nacionales. Esto implica que la papa que salvó a Europa del hambre desde el siglo XVIII, ahora es usada por los europeos para hambrearnos a nosotros, mediante la destrucción acelerada de los productores nacionales de papa.


Libre comercio: el zorro y las gallinas en el mismo corral
Europa tiene una política agresiva en el comercio de la papa que se basa en los altos subsidios que reciben sus productores, lo que permite venderla a bajo precio, por ahora, en el mercado mundial, con lo cual se liquida a los competidores locales. Contra esta política del libre comercio no pueden resistir los pequeños productores, que ven como Colombia, un país productor y auto abastecedor de papa, la importa de Europa, mientras los excedentes se acumulan en los predios campesinos. Esto supone que por cada kilo que se importa, se dejan de demandar dos kilos y medio de los productores nacionales. El principal vendedor es Bélgica, el primer productor y exportador de papa fresca y congelada del mundo, que tiene un millón de toneladas listas para exportar. Esa papa es de muy mala calidad, no es fresca, se encuentra congelada, es insípida, parece caucho, es pequeña y ni siquiera la aceptan los otros países de la Unión Europea, por eso se envía a países como Colombia, donde se producen muchas variedades de papa fresca, de buen sabor y bastante nutritiva.

Recordemos que en Colombia, un país campesino por excelencia durante varios siglos, la papa ha sido un producto esencial que cultivan cien mil cultivadores en 283 municipios de diez departamentos. En Boyacá la papa se cultiva en 86 de sus 123 municipios, donde existen 50 mil familias cultivadoras que generan un millón de toneladas al año, en minifundios de entre media y tres hectáreas, que ocupan en total 50 mil hectáreas. Colombia produce al año 2.7 millones de toneladas de papa y abastece al mercado nacional.

Lo que hoy sucede con la papa es una muestra representativa del impacto destructivo del libre comercio, que no es ni libre ni comercio, sino que es como el zorro libre entre gallinas libres. Sí, el zorro viene sin ataduras a los corrales de gallinas, a nuestros países, y entra sin ninguna restricción, mientras que las gallinas jamás pueden ingresar a las madrigueras de los zorros, siempre protegidas y resguardadas con miles de alambradas económicas, políticas y militares.
Este libre comercio en la producción de papa significa que los cultivadores locales tienen que afrontar una competencia desigual con Estados Unidos y los países europeos, en términos de subsidios y precios. Para producir papas en Bélgica se cuenta con elevados subsidios que les permite que sean vendidas a bajo precio, recurriendo al mecanismo del dumping, con el fin de quebrar a los cultivadores nacionales que no tienen ningún subsidio, ni protección por parte del Estado. Eso hace que los precios de la papa nacional tengan el mismo nivel de hace veinte años y que los cultivadores reciban una cifra exigua, menor en un 50% a sus costos de producción, y diez o veinte veces inferior al precio de venta en las ciudades. Sus costos de producción, más el transporte, son del orden de 32.00 pesos por bulto, mientras que hoy les compran ese bulto a 7.000 pesos.

Ahora bien, la coyuntura de la pandemia acentuó problemas previamente existentes, que se agravaron por la baja en la demanda, como resultado de la perdida de ingresos de la mayor parte de hogares colombianos, lo que les ha obligado a reducir el consumo, e incluso el número de comidas al día, que han pasado de tres a dos. Asimismo, el cierre de restaurantes, hoteles, bares implica la reducción del consumo de papa en un 30%. Para completar, en la producción de papa ya se soportan los efectos del trastorno climático, pues el calor intenso de abril a mayo, alteró el ciclo del producto y generó una cosecha inesperada para octubre y noviembre, lo que incrementó la oferta. Por la Covid-19 y los problemas de hambre que ha generado, esa papa debería ser una bendición alimenticia, por la reducción en el poder adquisitivo de la población no hay gente para tanta papa.

Estos fenómenos coyunturales no pueden alterar lo que se venía dando como resultado de los nefastos tratados de libre comercio con Estados Unidos y Europa, de donde provienen productos y materias primas de origen agrícola a bajo precios, lo que hace inviable a la agricultura colombiana, que afecta en forma directa a millones de pequeños productores, campesinos e indígenas, puesto que por costos no pueden competir con la producción subsidiada en los países centrales.

La caída de los precios de la papa de producción nacional implica perdidas que hacen inviable el cultivo, ya que si la producción de un kilo de papa cuesta 700 pesos, se vende a 200 0 300 pesos. Y en ese contexto, aumentó la importación de papas procedentes de Europa, cuyo volumen viene creciendo a un ritmo del 30 o 40% anual. En este 2020 van a ingresar 65 mil toneladas de papa frita congelada, que equivale a 260 toneladas de la papa producida por los campesinos colombianos.

Este ritmo es la muerte segura, física y cultural, de los cultivadores de papa, atenazados por las múltiples garras del libre comercio (por ejemplo sus deudas con el capital financiero local, el precio de los insumos, los gastos en transporte…) que favorece a los grandes productores multinacionales que son respaldados por sus respectivos Estados en el mundo capitalista hiperdesarrollado.

Esta ruina de los paperos genera desempleo, miseria, éxodo, pobreza y ahonda la desigualdad a nivel interno en el país, todo como resultado del divino y sacrosanto libre comercio, cuya finalidad es precisamente la destrucción de los campesinos, la liquidación de la soberanía alimentaria y la dependencia permanente de la comida que se produzca en el exterior, con lo cual queda clara la sumisión por física hambre a los poderes imperialistas.

Porque, por supuesto, los Tratados de Libre Comercio dejan ganadores y perdedores y entre estos, los que más pierden son los campesinos. Por ello, sería bueno preguntarse cuántos de esos humildes labriegos que salieron a vender regalada su papita a la orilla de la carretera, dejarán de ser campesinos el próximo año, con las implicaciones sociales, económicas y culturales que eso tiene en un país tan terriblemente desigual y violento como Colombia.

Néstor Humberto Martínez, el venenoso personaje que representa los intereses de la oligarquía criminal colombiana, utilizó esa palabreja como Fiscal General de la Nación, para ponerle un nombre sofisticado al ataque que emprendió contra el acuerdo de La Habana y contra dos figuras del proceso de paz, a las que desprestigió y pretendía extraditar. Detrás de este eufemismo se esconde una perversa práctica genocida del Estado colombiano, una trampa, una estrategia de persecución y exterminio, que le sirve al régimen, principalmente, para meter a la cárcel sin formula de juicio a quienes denuncian al Estado por sus actos criminales y corruptos, a los que luchan por la paz y defienden el acuerdo de La Habana y los diálogos con el ELN, a los que ejercen el liderazgo social, a los que defienden el territorio y a los que desde la oposición política proponen una transición hacia la democracia.

Existen Innumerables ejemplos para demostrar que en Colombia la justicia es para los de ruana, como se dice coloquialmente. A un líder o lideresa social implicado, o “entrampado” por la Fiscalía en la comisión de un delito, casi nunca se le niega una medida de aseguramiento de carácter intramural, ósea la cárcel. Además, los medios de comunicación corporativos, chiviados por las autoridades, presentan en vivo y en directo las espectaculares escenas de allanamiento y captura de supuestos terroristas, cuando en realidad se trata de estudiantes de la universidad pública o líderes sociales entrampados por agentes de inteligencia militar, como ocurrió en el caso del Centro Comercial Andino en Bogotá. Años después, y de manera oculta, salen en libertad los supuestos implicados sin que nadie repare su imagen, ni los graves daños materiales y sicológicos causados por el encierro y el escarnio público. Pero hay algo que casi nadie analiza: el demoledor daño simbólico causado contra la propuesta social transformadora, y el debate político que encarnaban esas personas que fueron injustamente privadas de la libertad y señaladas como peligrosos criminales.

Organizaciones sociales como el Congreso de los Pueblos han sido incansablemente perseguidas con esta práctica genocida de la judicialización. Más de 200 casos se han presentado en los últimos veinte años. Uribe inauguró la práctica de las capturas masivas en Arauca, y desde entonces campesinos y campesinas del Sur de Bolívar, Cesar, Sucre, y todo el Sur Occidente colombiano han sido perseguidos sin formula de juicio. La mayoría han tenido que ser liberados meses o años más tarde, sin que los responsables de practicar los montajes judiciales paguen por su crimen.

Uno de los casos emblemáticos es el de Julián Gil, secretario técnico del Congreso de Los Pueblos, ex seminarista y destacado líder comunitario de la localidad de Bosa. A Julián lo venían siguiendo sin que él se percatara, y sin que hasta hoy sepamos en realidad la razón. El 6 de junio de 2018, hacia las 2:30 de la tarde, cuando salió a la puerta de la sede de su organización, fue abordado y capturado por hombres de civil que lo condujeron sin mayor explicación en un carro particular. En el ágil desarrollo del proceso, Julián y su abogado conocieron los graves delitos por los que lo sindicaban: homicidio agravado en grado de tentativa, porte de explosivos, armas y municiones de uso privativo de las fuerzas militares, y el delito de receptación. A pesar de que la Fiscalía no presentó ninguna prueba, ni indicios conducentes a demostrar los delitos que le imputaban, a Julián le impusieron la medida de aseguramiento de privación de la libertad en la cárcel La Picota de Bogotá.

Durante 900 días, casi tres años de encierro injusto, Julián, sus abogados, familia, compañeros y compañeras de trabajo y de lucha social se empeñaron en demostrar que “Juli” nada tenía que ver con los delitos que se le imputaban. La Fiscal, que más que una funcionaria del ente acusador se comportaba como una enemiga de Julián, aseguraba sin pruebas que los movimientos sociales hacían parte de la insurgencia, un señalamiento que gracias a la doctrina del enemigo interno y la seguridad nacional difundida ampliamente por las fuerzas militares y los organismos de seguridad e inteligencia, se convirtió para la sociedad en una verdad incontrovertible que mantiene en medio del odio, el repudio y el riesgo a millones de luchadores sociales.

El 24 de noviembre de 2020, la Juez Primera Penal del Circuito Especializada de Cundinamarca concedió la libertad inmediata para Julián, y lo encontró inocente de todos los delitos por los que fue acusado. Para la funcionaria, el único testigo de cargos presentado por la Fiscalía no tenía ninguna credibilidad porque tuvo varias versiones contradictorias con relación a Julián y el conocimiento de los hechos. Durante los casi tres años de encierro, los daños son incalculables para su familia, su comunidad, su organización social y para el proceso social y popular al que ha dedicado su vida. Nadie conoce las verdaderas razones de esta injusticia, y menos quien es el determinador de estas prácticas genocidas, pero ya es hora de que el país y la humanidad se sacudan de estas mafias que controlan todos los poderes del Estado y manejan hasta el último detalle de la tecnología del poder para poner fuera de combate a sus opositores y seguir manejando a sus anchas un modelo de muerte y un sistema de miseria e injusticia social.

Jorge Gómez Pinilla, en su más reciente columna Atentado al Centro Andino: ¿otro “entrampamiento”?, pone en tela de juicio los procedimientos y detalles que se presentaron en este hecho grave que les costó la vida a tres mujeres en 2017, y en donde el ente investigativo también estaba dirigido por Néstor Humberto Martínez. El columnista nos recuerda que en los magnicidios de Luis Carlos Galán y Jaime Garzón, hubo una extraordinaria y sospechosa eficacia del DAS para capturar a unos falsos culpables. Jorge Gómez se pregunta, “¿…no será que desde tiempo atrás a Colombia la gobierna la “mano negra?” Reflexión dolorosa que va acompañada de un dato de la Silla Vacía sobre los asesinatos que presuntamente cometieron agentes de la Policía en las protestas de septiembre en Bogotá: existen “7.491 denuncias contra la Policía en cinco años y, aunque usted no lo crea, no ha habido una sola condena”. ¿La Fiscalía persigue criminales o a los hombres y mujeres que son el futuro del país?

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