Carlos Mario Marín Ossa

Carlos Mario Marín Ossa

Monday, 09 April 2018 00:00

El olvido que no serán

Inicio un recorrido desde el Norte del Valle buscando la primera población chocoana en el camino: San José del Palmar. Por una carretera destapada que pertenece políticamente al departamento del Valle del Cauca, se avanza en campero durante cerca de hora y media hasta encontrar una gran pancarta que anuncia el inicio del departamento del Chocó.

La carretera que corresponde al Valle, jurisdicción de El Cairo, se encuentra en pésimas condiciones. De acuerdo a lo que me cuenta el conductor del vehículo el trayecto que ahora realizamos durante la noche, se da en medio de una neblina espesa que cae desde el sistema montañoso perteneciente al Parque Natural Nacional del Tatamá –el cual abarca los departamentos de Risaralda, Chocó y el Valle, por el norte–. Me quedo pensando en el contraste de la riqueza que se invierte en las vías doble calzada que conectan a Cali con Pereira, por donde se mueve el tráfico económico con el exterior y que deja una balanza comercial con saldo negativo para nuestro país.

El trayecto que corresponde al Chocó no presenta una cara más amable. Una carretera con algunos trayectos pavimentados que muestran un deterioro marcado, material fracturado a causa de fallas geológicas, de malos diseños o de materiales de baja calidad. Es lo que nos explica una ingeniera civil que ha trabajado en la región, combinando su profesión con la labor social en estas comunidades. Termina su apreciación señalando la ausencia de un trabajo en la estabilización de taludes y conducción de aguas, que según su criterio, son causantes de los derrumbes que encontramos persistentemente, y de las bancas que han cedido ante las lluvias, mostrándonos abismos impresionantes por donde a diario arriesgan la vida las personas que deben transitar por esta región inhóspita.

Desde la cabecera municipal de San José del Palmar, nos dirigimos hacia el corregimiento La Italia, con lo cual agregamos cerca de una hora más de viaje a un trayecto que nos ha llevado alrededor de tres horas, saliendo desde Cartago, Valle.

Un hogar para escapar de la guerra, la miseria y construir el futuro
En medio de la exuberancia del paisaje, de su gran riqueza natural y humana, campesinos y campesinas luchan a diario por sobrevivir, pese al robo descarado y continuo de la política tradicional chocoana, sumado a la voracidad de las empresas transnacionales y al desprecio de los gobiernos nacionales. Allí, en ese paisaje colosal, las niñas que nacen y crecen en medio de tales desafíos han encontrado un hogar alterno para huir de un destino casi obligado que las condena a la guerra, a la miseria y al olvido. Se trata de la Casa hogar “Paula Montal”.

Este hogar y refugio para las niñas campesinas es dirigido por el sacerdote Juan Fernando Arango Echeverry. Nacido en una familia humilde y trabajadora de Medellín, el padre Fercho, como le dicen algunos parroquianos, es el encargado de mantener a flote este proyecto, con la ayuda invaluable de otra mujer quijotesca: mamá Rosi.

“La Casa hogar es un internado para niñas campesinas que fue fundado por religiosas Escolapias, las cuales han tenido como misión el apoyo y fomento de la educación en comunidades humildes”, me cuenta este sacerdote joven, amable y discreto.

“Aquí las niñas encuentran techo, alimentación y condiciones dignas para vivir y estudiar. De esa forma pueden adelantar sus estudios en el colegio público Normal Superior. Algunos padres y madres, muy pocos, aportan algún recurso para el sostenimiento de sus hijas. Son personas muy humildes que no cuentan con recursos económicos suficientes para vivir”, prosigue el padre. “Nos mantenemos de donaciones que nos hacen algunas personas que entienden y apoyan nuestra causa. Es una gestión y búsqueda permanente para que no falte la comida y lo que se necesita en la casa”.

En la esquina del colegio se observa con frecuencia a grupos de personas con su teléfono inteligente en la mano, utilizando el único punto del corregimiento en donde existe señal de internet.

Rosenda Largacha, “mamá Rosi” como le dicen las niñas y la comunidad, es la mano derecha del padre Fercho. Es la autoridad en el internado y las niñas le profesan un respeto muy evidente, sincero. Nacida en Nuquí, estudió trabajo social por “pobre” y porque las autoridades de su universidad no le dieron otra opción. Pero rápido aprendió a amar su profesión, y decidió ayudar a su gente chocoana.

“En el momento tenemos 27 niñas internas, pero hemos llegado a albergar hasta 45. Se despiertan a las cinco de la mañana, se asean y preparan para estudiar. Asean sus dormitorios y la casa antes de desayunar y salir a estudiar. Al regreso, almuerzan, descansan un poco y retoman el estudio extra clase en los espacios dispuestos para ello. Después viene la cena y rato de esparcimiento. Y la hora de dormir”, me explica mamá Rosi.

Estas niñas llegan aquí luego de vivir situaciones muy complicadas en las veredas, y encuentran un hogar alterno –que para muchas es el único–. Aunque algunas atraviesan conflictos emocionales como resultado de sus historias personales o como fruto de su adolescencia, pudiera decir que todas se muestran agradecidas e incluso tranquilas al tener un sitio suyo. Algunas egresadas hoy son profesoras y apoyan la labor del internado.

La Casa hogar es humilde pero digna. Sus dormitorios son aseados al igual que sus espacios de estudio y esparcimiento. Las niñas cantan permanentemente, con esa alegría y esperanza que llevan en su sangre africana. Contagian felicidad. Incluso paz. Por supuesto, los techos y las ventanas ya piden arreglos, y algunas sillas, cambio. Pero poco a poco se mantienen.

Antes de despedirme y agradecer su hospitalidad, intento lavar la loza que queda después de la cena. Una muestra de amabilidad con María Nelva Hurtado, que nos preparó la alimentación en los días que compartimos. Pero me encuentro con Divanny y Laura Vanesa, las niñas que tenían esa noche la responsabilidad del aseo de la cocina. Sorprendidas porque un extraño, hombre y además huésped se atreva a lavar platos y ollas, por fin me convencen de dejarles algo para asear. Una situación divertida para mí.

A la mañana siguiente me despido y parto de regreso a Pereira, con la esperanza de que al contar esta historia puedan presentarse ofrecimientos de ayuda para este proyecto que construye paz y dignidad. Es la misma esperanza de ellas.

Saturday, 03 February 2018 19:00

Huertas campesinas para la vida digna

Sobre la cordillera central, a sesenta y seis kilómetros de Pereira, capital de Risaralda, se encuentra el municipio de Apía. Enclavado sobre montañas verdes que constituyen un formidable sistema biológico, viven gentes dedicadas a la ancestral labor de la agricultura.

Apía es un municipio cuya economía se deriva principalmente de la producción y comercialización agropecuaria. Allí se cultiva y cosechan frutales como granadilla, pitahaya, aguacate, lulo, mora y tomate de árbol, así como plátano, yuca, arracacha, hortalizas varias, café y caña panelera. También cuenta con un comercio bien organizado, que ayuda a suplir las necesidades fundamentales de esta población.

Apía consta de su cabecera municipal y de 45 veredas, las cuales constituyen más del 90% de los 214 kilómetros cuadrados de su extensión. Allí se pueden encontrar variados pisos térmicos como el medio que abarca 97 kilómetros cuadrados, el frío que abarca 108 kilómetros cuadrados y el páramo con una extensión de 9 kilómetros cuadrados en el Parque Nacional Natural de Tatamá (el abuelo de las aguas). Cuenta con tres ríos, el Apía, el Guarne y el San Rafael. De los cerca de 17.000 habitantes, en su área rural dispersa la mayor parte del campesinado productor se encuentra entre los 55 y 59 años.

Allí, en ese municipio de ancestro campesino, se desarrolla desde hace más de quince años un proceso comunitario llamado Asociación Centro de Gestión Alto San Rafael, en el cual campesinos y campesinas se encuentran para capacitarse, para decidir acerca del tipo de producción agropecuaria que desean trabajar y para buscar canales de distribución que los beneficie como productores, pero también que permita a los usuarios finales adquirir alimentos de calidad con producción limpia, sana, de carácter orgánico y agroecológico.

Un proyecto para buscar la soberanía y seguridad alimentarias
Luego de cubrir el trayecto desde Pereira y sorteando bastantes derrumbes en la vía, llegué al municipio de Apía. Los derrumbes y el estado precario de esta carretera, que aspira conectar el desarrollo industrial y agropecuario del país con el pacífico a través del Chocó, no han sido atendidos debidamente por las diferentes administraciones departamentales y nacionales.

Silvio Orozco Giraldo, ingeniero ambiental que lidera como representante legal esta asociación al lado de otras personas campesinas del municipio, me cuenta que “desde hace cerca de dos años se viene desarrollando un proyecto de huertas comunitarias, el cual fue formulado y presentado ante el Ministerio de Agricultura, para que este destinara los recursos financieros como fruto de los paros agrarios campesinos e indígenas de los años 2013 y 2014, a través de la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular. Dicho proyecto busca mejorar la cantidad, calidad y oportunidad de los alimentos a que acceden las noventa familias beneficiadas, en Risaralda, Quindío y Norte del Valle”.

“Porque la familia campesina tradicionalmente ha cosechado su siembra y destina lo mejor de su producción al comercio, al mercado, dejando para sí lo de menor calidad. Aquí se trata de que el campesino y la campesina separe lo mejor de su producción para alimentarse y alimentar a su familia, que esa producción orgánica y agroecológica permita entregar excedentes de gran calidad a los consumidores finales, comida limpia, saludable”, agrega Silvio.

El territorio lo ordenamos los habitantes
En este proceso de asociatividad campesina, se han dado importantes avances de carácter político, por cuanto estas gentes de forma organizada han entendido y aprendido que el territorio donde ellas habitan se ordena de acuerdo a sus intereses, sueños y necesidades.

Jhon Jairo Rodas es otro de los socios fundadores de la asociación y quien también ha jugado un papel fundamental en el desarrollo de estas comunidades. “Nosotros nos hemos juntado para trabajar y mejorar las condiciones de las gentes del pueblo. Hemos organizado un plan de vida, hecho por las gentes de aquí, y con ese plan de vida hemos influido en la organización del plan de ordenamiento territorial del municipio. Con la asociación logramos conseguir ese proyecto, para hacer huertas y que las familias beneficiarias tengan comida de forma permanente, comida de calidad y sana. Y de paso, se pueda comercializar lo que queda de las cosechas y conseguir unos pesos”.

Con Jhon Jairo me encontré un domingo luego de haber un recorrido desde la cabecera municipal hasta la vereda Alto San Rafael, a bordo del característico jeep Willis, pasando carreteras a través de bosques de niebla, pájaros y la presencia siempre imponente y mística del gran Cerro de Tatamá. Un real paseo por las nubes. Me enseñó entre otras cosas un manual formador para formadores que se trabaja en la escuela de la vereda, un módulo de agroecología que enseña a las nuevas generaciones el valor del campo y de la autodeterminación de sus gentes. Me enseñó su finca y me habló de sus sueños realizados, de su familia y de la alegría de estar con ellos en ese paraíso amado.

Una chamán y curandera
Subiendo hasta la vereda Alto Campana, en una casita rodeada de bosque nativo, encontré a doña Bertha, integrante del proyecto, y quien tiene en su finca una de las huertas. Ella es una mujer de ascendencia indígena, cuyos ancestros han cuidado desde tiempos en que no había historia, al protector de estas tierras: el Tatamá. Allí se refugiaron sus ancestros y ella misma, luego de abrir un portal que los llevó a una ciudad de luz. Ella regresó a este mundo porque debía descubrir su misión y cumplirla, nos cuenta a quienes conversamos con ella. Luego de caminar muchos años por diversas partes de este país, y de criar hijos, logró entender su misión y se regresó cerca de su cerro protector para entregar y recibir amor, y compartir su sabiduría ancestral, la curación de los cuerpos y de las almas.

De regreso a Apía, hablé con Mario Vergara, propietario de ferretería Depósito San Judas y quien ha hecho llave con la asociación para apalancar financieramente el desarrollo del proyecto, mientras que el Ministerio realiza los desembolsos (que siempre llegan posteriores a la ejecución de las actividades). De esta manera el proyecto de huertas campesinas contribuye también a la dinámica económica de una región y un municipio, en donde las gentes se empoderan de las soluciones a sus problemáticas, con dignidad.

No queda duda que Jhon Jairo, Mario Vergara, Hugo León y demás en Apía, así como doña Ana Lucía, don Félix y demás familias en Dosquebradas, Evelio en Calarcá, y demás participantes de este proyecto, con su hospitalidad, cariño e iniciativas, nos conectan de nuevo con el campo y con la vida.

Fotografía: Carlos Mario Marín

En el noroccidente del departamento de Risaralda se encuentra ubicado el Corregimiento de Santa Cecilia (municipio de Pueblo Rico), limitando con el departamento de Chocó. Es un territorio de asentamiento triétnico, con un clima tropical húmedo, bastante caluroso, enclavado en medio de hermosas montañas, de una vegetación exuberante, y bañado por un sinnúmero de ríos cristalinos. Allí, en medio de las montañas, de la paz y de la evocación de un paraíso perdido para la mayoría de la humanidad, viven las etnias indígenas Emberá Chamí y Emberá Katío.

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Dentro de la caótica vida de las ciudades de la globalización y el sistema neoliberal, el siglo veintiuno entró con una característica especial en muchas ciudades de América Latina en lo que a transporte de pasajeros se refiere, y Colombia no es la excepción. Los sistemas de transporte urbano masivo de pasajeros tipo BRT (bus de transito rápido, por sus siglas en ingles), llegaron a grandes ciudades del país, como un modelo de trasporte de características mundiales globalizadas, - modelo impulsado por el Banco Mundial y otras instituciones asociadas -, y convertido en política pública por los gobiernos nacionales desde Andrés Pastrana Arango y Álvaro Uribe Vélez.

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