Liezel López

Liezel López

Monday, 05 February 2018 19:00

El último librero

Marcación de espacio - tiempo: Centro de Medellín, 9 de enero, 2018. Nota diagnóstica: antídoto para el olvido. Ser humano: don Fernando Navarro

De pie, jugando yoyo en el semáforo de Sucre con la playa, meditaba acerca de cuál sería mi nuevo empleo; amortiguando un poco la ansiedad, en cada sube y baja imaginaba los diferentes escenarios. Estaba harta de ser mesera aguantando borrachos y horarios extremos para poder terminar la universidad.

Como una bruma de sol, recordé mi anhelo de trabajar en una librería, rápidamente me fui del semáforo a buscar un internet. Buscando librerías de la ciudad, encontré una que me llamó la atención por un fragmento de su portafolio: “Venta de textos con énfasis en promover la educación del pueblo colombiano…”. Se trataba de la Librería América, que para mi sorpresa había sido fundada en el año 1944. Me dije: ¡carajo! 74 años en la ciudad, allí es donde quiero laborar.

Al día siguiente, con mi currículo en mano, tomé rumbo a la Librería América, ubicada en el pasaje Boyacá. Me recibió un señor muy amable de ojos tenues y sonrisa contagiosa: don Fernando Navarro; me preguntó qué necesitaba, le respondí: “quiero trabajar en su librería”. El caballero esbozó un huracán en su rostro y dijo: “mija por dios, cierro en tres meses”.

Me quedé un poco paralizada y triste. Creo que don Fernando notó mi desanimo y trató de alegrarme diciendo: “no puedo darte empleo pero puedo enseñarte del oficio de ser librero y todo lo que quieras saber de esta librería”. Di un saltico interno y le respondí: “¿en serio?, ¿cuándo podemos comenzar?”, “de inmediato”, aseveró don Fernando.

Antes de iniciar sus historias y enseñanzas, don Fernando preguntó cuál era mi interés por trabajar en una librería; le respondí que siempre había soñado con un trabajo donde pudiera aprender y leer durante la jornada y no aburrirme. Después de mi respuesta, don Fernando inició a contarme: “para ser un buen librero es necesario tener una memoria prodigiosa para recordar los títulos y sus autores, ser paciente y de mente muy abierta para escuchar las diferentes opiniones, a todos no les gusta lo mismo; además comprender que vender libros no es como vender zapatos, el libro se debe sentir como un portal a otros mundos, sentir la curiosidad por las letras en sus páginas, no percibirlo como un objeto sin vida. Un libro es un antídoto para el olvido. El oficio de ser librero se va construyendo con aprendizaje y magia, magia para inducir a los lectores en pasajes secretos que los ayude a formarse y a divertirse”.

Luego agregó: “Me convertí en librero hace 55 años por herencia de mi padre, Jaime Navarro, un gran hombre enamorado de la lectura, fundó esta librería el mismo año en que yo nací; cumplimos los mismos años cada vuelta al sol, la librería y yo”. Lo interrumpí con un leve ademán para preguntarle qué clases de libros vendía, cómo era la comercialización de los libros cuando inició su oficio y si había conocido muchos escritores.

“En la librería América se encuentran toda clase de libros en idioma español, desde filosofía, medicina, novelas, hasta textos escolares. Las editoriales exportadoras en lengua hispana provienen de España, Argentina y México en ese orden de importancia. Cuando inicié este oficio los encargos de libros se hacían por correspondencia, las editoriales mandaban sus catálogos con las novedades y tocaba hacer pedidos grandes que justificaran el costo del transporte, ya que se traían en barco desde España, en avión era muy costoso; al año se hacía máximo dos pedidos. Ahora es muy sencillo, en pocos días puedes tener el libro que quieras, antes las personas debían esperar hasta ocho meses para obtener un libro y además cubrir los altos costos del transporte.

Las librerías en mi época y hasta más o menos los años 90 nos encargábamos de enriquecer y renovar el inventario de libros de las bibliotecas públicas de la ciudad; actualmente ellas se contactan directamente con las editoriales, perdimos esa labor con las instituciones.

Muchos intelectuales y escritores me visitaban. Personas como el señor Aguirre, Joaquín Vallejo, Gonzalo Arango, Aura López, William Ospina, venían a realizar sus compras de libros y a enterarse de las novedades. Me gustaba ayudar a los escritores que no eran tan conocidos ofreciendo sus obras y promocionándolas, solía decirles en muchas ocasiones una frase que inventé para animarlos y sacarles una sonrisa: no sé quién es más Quijote, si usted que los escribe o yo que los vendo”.

Me reí al instante por la frase. Estaba sorprendida con cada detalle que iba escribiendo aquel personaje con su voz: un sobreviviente, un verdadero maestro. Sentía que leía un libro con mis oídos, con mis ojos, al escuchar sus palabras, al observar sus gestos dispersos en el aire.

Le pregunté con insistencia, ¿don Fernando, las librerías de tu época aún existen? ¿Por qué motivo vas a cerrar la tuya? “Mija, las librerías que fueron fundadas en el centro, contemporáneas con la América ya no están; la Nueva, la Pluma de Oro, la Continental, la Omega, la Aguirre, la Anticuaria… todas ellas cerraron; la América es la última de mi época que queda en la ciudad. Y esta librería no es la única que he cerrado, tal vez sí la ultima; tuve otras dos librerías asociado con familiares por este mismo sector, una se llamaba Don Quijote y la otra América 2, ambas las cerré hace unos quince años.

Voy a cerrar la librería porque ya no tengo cómo sostenerla, las ventas no compensan los gastos. Además van a vender el local, no podría pagar una renta. Son diversos los factores que conllevan a esta crisis. En primera instancia el deterioro del centro, anteriormente, este pasaje lo llamaban la Calle Real, hoy es la Calle del bullicio, las personas dejaron de venir, ya no es un espacio agradable para visitar; por otro lado, tenemos la piratería, los bajos salarios de las personas en Colombia para acceder a los libros, el costo del papel, la devaluación de la moneda colombiana en referencia a los libros exportados, el poco interés de las personas por la lectura en nuestro país, la revolución digital, esa sí que nos ha afectado a todos los libreros; pero de algo si estoy seguro, el libro impreso no va a desaparecer, es más saludable para los ojos, práctico para portarlo y no se descarga.

Es una tristeza inmedible, es inexpresable la sensación que me produce el cierre de mi última librería. Lo mejor es no pensar, que se acabe el pensamiento. He querido tanto este lugar y mi labor; el poder aportar a las generaciones un conocimiento. Ser librero es de los oficios más bellos que he conocido, te visitan personas con diferentes formas de pensar y te dejan sus inquietudes, sus huellas impregnadas en sus mentes por las páginas leídas”.

“Tal vez no sea la última librería que vas a tener, don Fernando”, le dije, “de pronto encontremos apoyo de organizaciones para conseguir un espacio donde tener la librería, y de paso yo pueda cumplir mi sueño de ser librera”.

 

Marcación de tiempo: miércoles 15 de abril, 2015. Nota diagnóstico: reingreso a la Universidad de Antioquia en el programa de Biología, Individuo: mujer niña en búsqueda…

Una soleada mañana cubría mi tercer día de clases, mientras la espuma del café desaparecía en mi boca, mi mente iba y venía en diversos cuestionamientos. Era extraño volver a deambular por los pasillos de la universidad después de haber estado por fuera casi cuatro años. La plazoleta Barrientos un poco vacía, soplaba recuerdos de tiempos de agite, correr de acá para allá, entregar informes, salir de clase antes, luego ir a trabajar y así una rutina día tras día, en la cual el conocimiento no tiene espacio-tiempo de trascender y asentarse en la mente para ser digerido o en el mejor de los casos rumiado, pero al menos, como dicen en los pasillos de la universidad, lo importante es cumplir con los requisitos y aprobar las materias lo antes posible para poder graduarse y salir a buscar un mejor sueldo pero esta vez con un título.

De solo recordar el remolino de libros, informes y horas laborales mi mente produjo un carril de estornudo frenético y un rápido sacudón de cabeza me hizo volver al presente, respiré y exhalé en voz alta: “… otra vez lo mismo: trabajar y estudiar a medias…”

Reingresé a la Universidad de Antioquia para terminar de estudiar biología, carrera que había iniciado en el año 2007 y por dificultades económicas me tocó abandonar cuando estaba en el quinto semestre. Ahora que estoy estudiando de nuevo, se me han presentado los mismos problemas, ya que el programa de biología no brinda horarios alternativos en las materias de ciclo básico que tienen secuencia con otras materias de profundización; horarios que permitan estudiar a las personas que debemos trabajar al menos 8 horas diarias, por ejemplo sábados, o en horas extremas como después de las 6:00 pm o las 6:00 am.

Por el contrario, los horarios que se ofrecen, en la mayoría de materias, ocupan ambas jornadas mañana y tarde, por ejemplo, dos materias del ciclo básico de quinto semestre que deben tomarse juntas para poder cursar materias del siguiente nivel, tienen el siguiente horario: Genética y laboratorio; con clase teórica dos veces por semana, los días martes y jueves de 4:00 pm a 6:00 pm y práctica de laboratorio de 10:00 am a 1:00 pm los días miércoles. Ecología y Laboratorio; con clase teórica dos veces por semana, los días martes y jueves de 2:00 pm a 4:00 pm y práctica de laboratorio de 10:00 am a 1:00 pm los días viernes.

Para nadie es un secreto que, si necesitas trabajar por el sustento económico, cualquier empresa te exige entre 6 a 8 horas continuas disponibles, en su mayoría diurnas. Algunas pocas brindan la oportunidad de elegir una sola jornada fija laboral y cuando estudias en ambas jornadas difícilmente se puede negociar. Ante esta situación es cuando te conviertes en mercenaria malabarista del tiempo laboral; emplearte en horarios extremos y en simultáneos trabajos como: mesera, vendedor de tiempo completo con mostrador en la mochila, entregar periódicos en la calle, repartir volantes, animador de fiestas, entre otros. No significa que tener diversos y simultáneos empleos desmerite el esfuerzo; sin embargo, en medio de tanta pirueta económica a qué hora puede una persona formarse para lograr ser un profesional investigador y creativo, con niveles de profundización que permitan el descubrimiento de nuevas rutas y alternativas del conocimiento tanto en su desarrollo teórico como práctico, especialmente en el campo de la biología.


Y mientras seguía caminando con paso firme hacia el bloque siete, para entrar a clases, me pregunté si yo era la única en esta situación de los horarios y el trabajo, ya que debo pagarme todo el sostenimiento: arriendo, servicios, comida, fotocopias y ayudar a mi familia con algún aporte económico y lograr que mi barco lleno de nobles aspiraciones pueda profundizar en el mar del conocimiento; no tengo la opción de elegir entre estudiar o trabajar, debo realizar ambas y poder formarme como una investigadora y no simplemente aprobar los cursos fugazmente.

Cuando llegué a clase, no me quedé con la duda y me dispuse a preguntarles a los compañeros de biología y en los “huecos” a otros estudiantes de diferentes semestres. Les preguntaba básicamente: ¿Trabaja y estudia al mismo tiempo? ¿Cómo se sostiene económicamente, solo o por sus padres o crédito estudiantil? ¿Debe responder económicamente por otras personas fuera de usted? ¿Pertenece algún grupo de investigación de la universidad?

Los resultados fueron sorprendentes, sin entrar en análisis estadísticos dispendiosos, pude darme cuenta que la mayoría de estudiantes de biología son sostenidos económicamente por sus padres, no tienen obligaciones con otras personas y un alto porcentaje pertenece a estratos del cuatro en adelante; además participan de semilleros y grupos de investigación paralelo a su jornada académica; muy pocos compañeros andaban en mi situación de laborar y estudiar; estos estudiantes presentaban promedios académicos bajos y retrasos en varias materias, por lo difícil que es estar en esta situación.

Entonces me surgió otra duda, qué otras universidades de la ciudad de Medellín ofrecen el programa de Biología; encontré que a nivel de educación pública solo la Universidad de Antioquia desde el año 1974 tiene abierto este programa y en educación privada dos universidades la ofertan: el CES que tiene el programa de biología hace sólo siete años con un costo promedio por semestre de 5 millones de pesos y la universidad EAFIT que tiene el programa hace cuatro años con un costo promedio por semestre de 7 millones de pesos.

Después de mis análisis e indagaciones, me pregunto ¿Para qué estrato socio-económico está dirigido el programa de biología en la Universidad Pública? Si en la educación pública universitaria a nivel de pregrado encontramos estas dificultades en las cuales al menos las tarifas son medianamente asequibles; qué diremos entonces en los niveles más altos como especializaciones, maestrías, doctorados y posdoctorados, donde las tarifas por semestre dan risa de sólo verlas. ¿Cómo personas del común que han logrado terminar algún pregrado, con diversas obligaciones económicas, ganando salarios que no superan el millón y medio y estoy exagerando a veces ni siquiera ganan 1 millón, pueden acceder a otros niveles de profesionalización?

A esta problemática las personas intentan dar solución buscando obtener alguna beca, compitiendo con los exigentes requerimientos como: publicaciones en revistas indexadas, dominio de un segundo idioma, altos promedios, límite de edad. Sin embargo es sabido que quienes con alta dificultad, lograron graduarse de un pregrado trabajando y estudiando, no tienen buen dominio de un segundo idioma, en su mayoría están “pasados de edad”, a lo sumo tienen una publicación y mucho menos obtuvieron altos promedios durante su pregrado. No queda otra opción que resignarse con un pregrado o endeudarse y a medias estudiar y laborar.

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