Juan Alejandro Echeverri

Juan Alejandro Echeverri

Monday, 09 April 2018 00:00

Abrazos que derriban fronteras

Son pocos los temas mediáticos que están tan mal contados como sucede con Venezuela. La ola de migrantes venezolanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar, por culpa de la fractura económica planeada desde países y organizaciones internacionales contra el vecino país, ha sido un tema banalizado por los medios de comunicación. El abordaje mediático –mucho más político que analítico– ha puesto poco interés en los matices y antecedentes de la crisis migratoria. Día a día los medios se convierten en cómplices y promotores de la xenofobia que empieza a impregnar a la sociedad colombiana.

La nobel de literatura Svetlana Alexiévich dijo alguna vez que “solo el amor puede salvar a los que están contagiados por la ira”. Armados de amor y fraternidad, movimientos sociales de todo el país convocados por la Mesa Social para La Paz, se dieron cita el uno y dos de marzo en Cúcuta y San Antonio del Táchira para discutir y proponer soluciones políticas al drama migratorio; hacer un llamado simbólico al hermanamiento entre ambos países; y darles un fraterno abrazo a los hermanos venezolanos.

Los padres de Bladimir Agudelo, asistente al evento Uniendo Pueblos por la Paz, fueron dos de los seis millones de colombianos que desde los 70's migraron a Venezuela huyendo de la violencia, el hambre, o la falta de oportunidades. A pesar de ser venezolano, para Bladimir las fronteras políticas y genéticas solo son mentales:

–Esto de colombianos y venezolanos para mi significa realmente muy poco, no siento ninguna diferencia. Mis viajes constantes con mis padres a Cúcuta han construido una imagen mental según la cual estoy pisando mi territorio, mi territorio es esta frontera hermosa. No siento que aquí haya ninguna línea divisoria, que humanamente seamos especies distintas, por el contrario, he construido una identidad que va de la mano. Regiones como el oriente de Venezuela o el occidente colombiano son más extrañas que este conjunto de connacionales que han sido mi vida. Desde mi primo en La Guajira hasta mi novia en el Casanare es un solo país.

Distinto a lo que muchos piensan, el puente Simón Bolívar no es el principio y el fin de dos países, sino el corredor que une dos habitaciones de una misma casa. El pasado dos de marzo, la mayoría de colombianos que asistieron al evento cruzaron por primera vez la frontera. Lo que para muchos fue una novedad, para Bladimir es un ritual familiar que le eriza la piel:

–Después de muchos años en Venezuela mi papá tenía cédula de residente y mi mamá no tenía ningún documento. Yo ya tenía alrededor de 10 años. Nosotros teníamos la costumbre de ir casi todos los fines de semana a Cúcuta y regresar a Venezuela. Los domingos en la noche era terrible porque en cualquier momento podían pedirle documentos a mi mamá y devolverla. Ella les decía a los guardias: “no tengo documentos, pero mis hijos son venezolanos, tienen cédula, partida de bautizo”, y pasaba. Había una especie de petición a los dioses: “Ay coño, que esta vez no nos pidan la cédula porque todo el hijueputa pedo allí”. Lo mismo pasaba cuando cruzaban los tíos o los primos que no tenían documentos. Mi familia se fue para Venezuela en la gran migración de finales de los 70s. Me acuerdo cuando venía todos los fines de semana. A mí me daban 10 bolívares de merienda, aquí eran algo así como 120 pesos. Con eso yo compraba chocolates, caramelos, invitaba a mis primitos, hacíamos cualquier cantidad de cosas. Para este último viaje yo tuve que sacar tres salarios mínimos de Venezuela, para pagar el transporte o los cigarrillos aquí en Colombia.


En San Antonio del Táchira, sobre la Avenida Venezuela, los asistentes al evento se congregaron en torno a una tarima donde artistas locales y colombianos pregonaron consignas en favor de la unidad, la solidaridad, y la resistencia de los pueblos. El momento más emotivo de la jornada tuvo lugar cuando los connacionales de ambos países se dividieron en dos grupos, de un lado los colombianos agitaban banderas rojas, del otro ondeaban banderas amarillas en manos de los venezolanos. Una vez dieron la señal en la tarima, los asistentes se mezclaron en un solo abrazo y gestos de camaradería que dejaron al descubierto el lado más humano de ambas naciones.

La xenofobia entre venezolanos y colombianos no es un fenómeno nuevo. Desde la separación de la Gran Colombia en el siglo diecinueve han existido interesados en popularizar la idea de que somos pueblos antagónicos. Sin embargo, la historia nos recuerda que juntos fuimos capaces de arrojar un imperio al mar y hacerlo devolver para España. Y la masiva asistencia al evento Uniendo Pueblos por la Paz confirma que todavía tenemos un futuro en común.

Eras un hombre pero tenías la determinación de una catástrofe. Nervios y voluntad de acero. Te llamabas Temístocles, pero tu hermana Eloísa te bautizó ‘Temis’ porque a sus compañeras de colegio les parecía muy largo tu nombre, y los bonaverenses tienen la costumbre de acortarlos para hablar más rápido. En el Barrio Oriente, donde fuiste presidente de la Junta de Acción Comunal, creían que eras un desocupado por ir de casa en casa preguntando si las tarifas del agua y la luz habían subido, por recoger los recibos y traerlos de nuevo con las tarifas normalizadas, “ya viene don ‘Temis’ a cansar, dele lo que sea”, decían. Gracias a Maricel Murgueitio te graduaste como Administrador de Empresas, tú estudiabas y trabajabas en Acuavalle al mismo tiempo, ella te hacía las tareas.

Era normal que a las cinco de la tarde aún no hubieras almorzado. Entrabas a las oficinas de la Alcaldía sin necesidad de pedir cita. Lograste intervenir en un consejo comunitario organizado por el ex presidente Álvaro Uribe, cosa que –dicen– era tan difícil de hacer. Tenías un archivo de más de 90.000 folios que contenía leyes, fallos, derechos de petición, y otros documentos que fuiste reuniendo en casi 30 años de lucha. Te lanzaste varias veces al Concejo Distrital, pero las comunidades por las que tanto luchaste no te respaldaron. Trataron de amedrentarte echándole pintura roja a las pancartas de tu candidatura. Estabas convencido de que sin territorio no había vida y que no valía la pena tener vida sin territorio, eso te trajo problemas.

A Luis Bravo y a ti los amenazaron más de seis veces. “Ese man como que tiene algún santo que lo cuida, yo he venido dos veces a matarlo y no lo he encontrado”, respondían los malos cuando iban a tu casa y tu mujer les decía que no estabas. Te ofrecieron un esquema de seguridad pero pediste protección colectiva, “yo necesito que toda la comunidad sea cuidada”, decías. INVÍAS te llevó a hoteles cinco estrellas en Cali y te ofreció cinco mil millones para que “dejaras de joder”. También te ofrecieron puestos en la Alcaldía. Nunca aceptaste. Para muchos –tal vez para ti también– era muy extraño que no te hubieran asesinado antes. Ese sábado 27 de enero, cuando Dionicia Rocendo le dio a su nieta la noticia del asesinato, la niña de seis años respondió: “Ay abuela, ¿por qué mataron a ese señor tan bueno?”.

–Yo creo que a ‘Temis’ no lo vamos a dejar de llorar. A una persona como ‘Temis’ no la deberían de asesinar porque era una persona útil para la sociedad que defendía los derechos de las comunidades. Los barrios por los que él transitaba, y Buenaventura, hoy están como un barco sin timón porque al capitán le quitaron la vida–, asegura Dionicia, líder de la Comuna 2.

***

Temístocles Machado nació en Bagadó, Chocó, el 12 de diciembre de 1958.  Fue –algunos dicen que todavía es– uno de los nueve hijos de Juan Evangelista Machado y Raquel Rentería. Estando Temístocles muy chico, su papá vendió sus pertenencias y se trasladó con su familia a Buenaventura, Valle del Cauca.  Los Machado se instalaron en la Comuna 6, que para ese entonces era una zona selvática donde Juan Evangelista les enseñó a sus hijos a cultivar guama, yuca, sandía, coco, cacao y otros productos.

Además de padre, Temístocles también fue madre, pues según cuenta Rodrigo Machado, uno de sus hijos, su mamá abandonó el hogar cuando él y su hermano estaban muy pequeños.

—Él nos cambiaba y nos peinaba para ir a la guardería. No le gustaba que andáramos descalzos ni con los pies sucios–, recuerda Rodrigo.

 

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Nadie sabe cómo nace una vocación, al parecer don ‘Temis’ heredó el liderazgo de su padre, quien fue el primer presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Isla de La Paz.

Como líder de la Comuna 6 Temístocles logró que los barrios Isla de la Paz, Oriente y La Cima tuvieran acceso al agua y al alumbrado público. Se reunió con los victimarios que asesinaban a los jóvenes de la comuna. Y también gestionó casetas comunales, vías de acceso, y lugares de esparcimiento.

—Gracias a nuestras travesuras [con ‘Temis’], hoy contamos con 3 o 4 horas de agua—, dice Dionicia Rocendo.

—¿Diarias?

—No, cada tres días. Aquí usted abre la llave y se asusta, es más probable que le salga una culebra que una gota de agua.

De aquellos cultivos y matorrales donde trabajaba el papá de Temístocles nada más queda el recuerdo. Hoy en la Comuna 6 truenan las carrocerías y roncan los motores de las tractomulas que transitan día y noche por la zona.

A finales de los 90’s, cuando el INVÍAS propuso construir una arteria vial que atravesaría la Comuna 6 por la mitad, los tres barrios por los que luchaba don ‘Temis’ se convirtieron en territorios estratégicos para dinamizar y expandir la actividad portuaria de la ciudad. Desde entonces –y hasta el día de hoy– los habitantes de Isla de la Paz, Oriente y La Cima han sido hostigados por personas ajenas a la comunidad que alegan ser herederas de los predios donde están construidos los barrios.

Temístocles, indómito y valiente como su padre, asumió la defensa del territorio. De forma empírica se volvió un experto en jurisprudencia. Logró demostrar que el título de propiedad que poseía uno de los reclamantes había sido expedido por el INCODER cuando este organismo aún no existía. Y demostró que la cédula de la abuela –que supuestamente le había sucedido los predios al despojador– era falsa.

—‘Temis’ le podía hablar a usted dos días de leyes y normas –asevera Dionicia.

Para cada alegato Temístocles tenía un documento que lo respaldaba. Durante 18 años viajó un sinfín de veces a Bogotá para exigir la titulación de los predios que les pertenecían y demostrarles a los diferentes organismos estatales que su comunidad estaba enfrentando un intento de despojo.

—Él siempre andaba con tres maletines. Sabía exactamente en qué sitio y en qué maletín estaba la prueba. Y se sabía de memoria el texto. Tenía una memoria fotográfica (…) Hablaba mucho. Era un hombre que necesitaba ser escuchado —dice Daneyi Estupiñán, integrante del Proceso de Comunidades Negras (PCN), movimiento político que acompañó de cerca la lucha de don ‘Temis’.

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“Irme sería como olvidarme de mí mismo, de mi historia. Las necesidades las he padecido desde niño, no se lo niego. Así también le tocó a mi papá y él nunca se fue, siempre estuvo en el territorio, no le dio miedo. Si yo me llego a ir, los jóvenes que me escuchan dirán que me ganó el miedo a las amenazas, a los grupos armados. Nunca lo haría”, le dijo don ‘Temis’ a un reportero de Pacifista el diciembre pasado.

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Más de 400.000 personas viven en Buenaventura. Esta ciudad –de caos meticuloso, en cuyo firmamento sobresalen grúas gigantes como si fuese atacada por un pulpo de acero, construida con mucho ímpetu y poca planeación, rodeada de mar y esteros, y donde al parecer hay más comercio que capacidad adquisitiva– es un triunfo del hombre sobre la naturaleza.

La mayor parte de lo que hoy es Buenaventura hace siglos fue mar. Con basura, tierra, barro, y piedras los colonos fueron ganándole terreno hasta convertir una selva llena de zancudos en un hervidero humano.

—Eso lo hicimos lo más de fácil. Nosotros le dábamos el voto al político de turno, y él nos daba la basura (…) En el trabajo de relleno nosotros peleábamos, nos enamorábamos…  la mamá le decía a uno: “hoy viene fulanito, póngalo a tirar pala a ver si sirve”. ¿Y el muchacho por visitar la muchacha qué no hacía? –, comenta Dionicia Rocendo entre risas.

Buenaventura también ha sido teatro del crimen y el horror. Según el Centro de Memoria Histórica “entre 1990 y 2012 se cometieron 4.799 homicidios, y entre 1990 y 2014 un total de 152.837 personas fueron víctimas del desplazamiento forzado”.

—Creemos [como PCN] que nosotros no somos víctimas del conflicto armado, sino que somos víctimas del desarrollo; porque el conflicto armado no es un fin, sino un medio para consolidar la plataforma económica del enclave portuario—, argumenta Daneyi.

Este recodo del pacífico está incluido en 17 Tratados de Libre Comercio. Y cuenta con cuatro plataformas portuarias a las cuales el Gobierno nacional pretende añadirle 14 más. A pesar de los miles de millones que circulan a diario por el puerto de Buenaventura –tal como lo explica Víctor Vidal, integrante del Comité del Paro Cívico y del PCN–, este frenesí económico ha consolidado la desigualdad y la pobreza:

—Nosotros vivimos en conexión con el mundo. Por su ubicación estratégica, en Buenaventura hay dinámicas formales y hay dinámicas informales que mueven gente, mueven droga, mueven armas, etc. Somos conscientes que eso es un potencial y a la vez un riesgo; todo el mundo quiere controlar lo que genera riqueza, y Buenaventura genera mucha riqueza. El tema de Buenaventura no es una cosa de riñas callejeras, ni de pandillas. Aquí hay un control armado que intenta controlar el territorio y la comunidad para controlar negocios. Nosotros insistimos que el problema no es de los grupos armados, el problema es del modelo económico que ve a Buenaventura, simplemente, como un potencial económico.

—¿Proponen algún modelo para evitar esa maldición armada? – le pregunto.

—En un puerto como el de Buenaventura por donde solo pasa la carga –aquí no hay fábricas, aquí no hay nada– es totalmente inequitativa la relación producción portuaria-calidad de vida. Hay un puerto público, pero en concesión a un privado, entonces la actividad portuaria es privada. Toda esa riqueza se genera para unas 20 familias. Controlar a Buenaventura territorialmente es controlar la actividad portuaria, el mercado local, el mercado regional, controlar la política. Por otra parte, cuando usted hace estudios sobre la violencia en Buenaventura, se da cuenta que los barrios con más violencia son aquellos donde hay o se va desarrollar un megaproyecto. Para solucionar la problemática hay que tomar medidas muy grandes: concientizar al Estado, y a los llamados empresarios, de que la vida debe estar por encima de la producción. Nosotros no decimos que no haya actividad económica, pero necesitamos que eso compense a todos. La actividad portuaria no se hace si no hay territorio, si no hay bahía, si no hay canal, y eso es de todos los bonaverenses, no es de la empresa. Para que pueda existir la actividad portuaria los ciudadanos tenemos que sacrificar nuestro medio ambiente, nuestra movilidad, nuestra tranquilidad, nuestra salud. Todos nos sacrificamos para que funcione pero no todos nos beneficiamos. Necesitamos disminuir los impactos pero potenciar los beneficios.

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Estoy reunido en una de las casetas comunales de la Comuna 6 con varios líderes que conocieron a don ‘Temis’. La humedad y el calor se pegan silenciosos por todo el cuerpo. Miradas marchitas, silencio sepulcral y músculos tensos reinan en el salón.

Don ‘Temis’ siempre le aconsejó a doña Ana Campaz que dejara de fumar. Ella lo veía e inmediatamente botaba el cigarrillo. Doña Ana –piel tostada, pelo pajizo, camisa rosada, poseída por el llanto y el dolor– es la primera en invocarlo: “No era un amigo trásfuga. No hemos tenido un líder como él, ni lo conseguiremos así: honesto, respetable, y verdadero”.

Luego interviene Armando Torres: “Por él fue que no nos sacaron del barrio. Este líder no solamente lo perdió Buenaventura sino Colombia. No hay otro líder que lo reemplace. No creo que alguien más dedique el tiempo, y disponga de su capital, para servirle a la comunidad como Temístocles Machado”.

Hablar de don ‘Temis’ duele tanto como escuchar hablar de él. Luis Bravo no recuerda cómo lo conoció, pero asegura que no pasaba más de 15 días sin hablar con él: “He perdido hijos, enterré a mis abuelos –dice tembloroso y preso del llanto–. Pero no sé qué me pasa con ‘Temis’. Creo que no voy a ser capaz de superarlo. Hay mucho que hablar de ‘Temis’, es una cosa infinita”.

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Tu historia con Leila Andrea Arroyo –cofundadora del PCN– comenzó con un regaño. Ella te llamó para proponerte unas capacitaciones sobre jurisprudencia y derechos humanos en la Comuna 6, tú la “vaciaste”. Te molestó que contrataran gente externa para realizar una tarea que tú tenías la capacidad de asumir.

–Después de escuchar a Leila me queda claro que miles de lágrimas, miles de palabras, nunca serán demasiadas–.

—El que se haya concretado el asesinato es demasiado duro. Aunque uno espera que pueda ocurrir por el contexto tan complejo, no perdemos la esperanza de vivir por lo que hemos luchado, y verlo. Los ojos de don ‘Temis’ no lo van a ver; pero creo que era suficiente lo que había hecho. Había días que se sentía extremadamente solo y frustrado. Había que sacar valor, y hablarle muy fuerte, y decirle que no era tiempo de desmoronarse (…) No se fue de cualquier manera. Ese mismo sábado estaba programando una reunión en la Comuna 6 para el día jueves. Murió en su ley. No les dio el gusto a los demás de retroceder. Nunca se vendió. Por sus principios se mantuvo firme y eso solo lo hacen personas honestas. No se llevaron solo al líder, se llevaron a esa persona humana. La mejor forma de honrarlo es promoviendo que haya más gente como él: personas íntegras y de valores, no perfectas. Personas convencidas de que hay que luchar por lo que se es, sin dejarse pisotear por nadie.

 

 

 

 

 

Saturday, 03 February 2018 19:00

El Guayabo: metáfora del despojo

Hay algo que a mí me duele en el alma: ver cómo mochaban los cultivos, eso es un asesinato. Eso siempre me ha dolido a mí en la vida. Con tanta hambre que hay en un país como Colombia, por cada árbol que usted mocha está asesinando a cien personas.

Yo estaba escondido, mirando todo, llorando, impotente. Viendo cómo sacaban a mi mujer, a mi mamá, a mi hermano, a la gente. Si tan siquiera hubiera tenido un palo para tirarle al ESMAD, me hubiera sentido un poco feliz. Pero hasta eso me quitaron.

Mi familia tenía más o menos 50 reses, sembrábamos maíz, yuca, vivíamos del pancoger, con eso le di estudio a mi hija. De esas 25 hectáreas dependía todo este corregimiento: los propietarios de las tierras, los arrendatarios, los que vendían la leche, los que hacían el quesito. Todos nos beneficiábamos. Si nosotros perdemos esas tierras que hemos trabajado por más de 50 años, a la mayoría nos toca irnos de acá. El día del desalojo el pueblo quedó en silencio, como si hubieran matado a alguien.

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Son más de un centenar de campesinos iracundos, afligidos, insumisos. No es la primera ni la última vez que intentan recuperar lo que les arrebataron: los predios San Felipe y Altamira. La mayoría lleva trapos sobre la cabeza y un machete o una estaca en la mano.

Una parte del grupo peregrina durante cuarenta minutos por un camino entorchado de verdes y serenos pastizales. El resto irrumpe por los potreros para flanquear la casa. Nadie sabe qué se va a encontrar -tal vez llueva gas lacrimógeno, quizá suenen disparos al interior de esas cuatro paredes naranjas- pero todos, como yo, van preparados para lo peor.

En la parte trasera de la casa, un hombre echa varios barriles en la canasta de una moto y abandona el predio antes de que los guayaberos se hagan con el control territorial del lugar. Más tarde nos enteramos que con él escaparon varias armas cortas.

Una pareja con dos bebés en brazos, un anciano con el esternón desnudo que no aparenta sus 67 años, y un joven de 18 años son inmovilizados sin violentar su integridad física. Tienen los ojos aindiados, harapos sucios, y la mirada perpleja de quien nunca ha sido dueño de su propio destino.

Mientras los guardias campesinos interrogan a los ocupantes del predio, los dueños legítimos sacan las pertenencias de la casa: colchones, la ropa de los retenidos, un ventilador, un aire acondicionado, elementos de arriería, frenos para caballos, ollas, el esqueleto de una cama, una escopeta y 28 cartuchos que, según reconocieron los ocupantes del predio más tarde, habían sido traídos hasta la finca por Rodrigo López Henao el 13 de diciembre del año pasado, después de que la fuerza pública desalojara violentamente a las personas que allí se encontraban trabajando.

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A orillas del río Magdalena, uno de los cementerios vivos más grandes del país, queda El Guayabo, corregimiento de Puerto Wilches, Santander. Si este río hablara, solo hablaría de muertos, de llanto, de dolor, de injusticias, de victimarios impunes.

En El Guayabo vivimos una familia de casi 600 personas; en invierno, las calles de tierra se convierten en lodazales; los niños solo pueden estudiar hasta octavo de bachillerato; los enfermos de gravedad los llevamos a Simití porque Puerto Wilches está a 3 horas en lancha; las gallinas desfilan por las salas de las casas; los marranos casi siempre están empantanados; los vallenatos de Diomedes Díaz son nuestro himno nacional; nos burlamos de nuestro propio miedo. Aquí nunca viene el Estado, solo el ESMAD y la fuerza pública para atacar a los campesinos.

Antes de que Rodrigo López apareciera el 17 de septiembre del 2002, los paramilitares ya habían entrado a la comunidad. Los campesinos les teníamos que pagar una vacuna de diez mil pesos por hectárea, veinte mil pesos por cabeza de ganado y dos mil pesos por cada bulto de lo que usted cultivaba. Los campesinos resistimos, dijimos “no, aquí mandamos nosotros”. Ellos maltrataban a la gente, la llevaban obligada a los paros, les pegaban, y nos sacaban de las tierras. Llegaban cada cinco días haciendo disparos, la base paramilitar la tenían en Vijagual, a veinte minutos de aquí. Siempre la intención de ellos fue venir a asesinar a alguien… pero cuando venían a matar preguntaban: “¿qué es lo que pasa en este pueblo que cuando uno viene a asesinar las ganas de matar se le quitan?”. Ellos no entendían por qué siempre se ponían a tomar.

Mi nombre es Erick, Erick Yesid Payares, líder del corregimiento El Guayabo. Estoy motilado con una precisión milimétrica. Soy alto y macizo. A veces voy por la vida descalzo. Han intentado matarme tres veces. Hace unos años emitieron una orden de captura en mí contra, estuve seis meses y tres días huyendo de la autoridad. Me presenté a la Fiscalía y en estos momentos tengo libertad condicional. Sonrío, sonrío todo el tiempo, porque tal vez sea el mayor acto de rebeldía contra tantas injusticias.

Yo era un pelado muy penoso, le huía a la gente. Era el 2002. Estábamos en los playones y nos avisaron que había llegado el dueño de la tierra, un tal Rodrigo López Henao acompañado por un inspector de policía que en estos momentos tiene detención domiciliaria. Cuando escuché que ese señor estaba tratando a la comunidad de guerrillera, diciendo que al papá lo habíamos desplazado nosotros con la ayuda de 60 hombres armados de la guerrilla… de mí salió como una rabia: “Ellos no son guerrilleros. Guerrillero usted que llegó con los paramilitares y trataron de asesinar al señor Alfredo, ¿no se acuerda?”, le dije. Ese día comenzó mi liderazgo.

En el 2012 apareció Rodrigo López con unos procesos jurídicos, con amenazas, con ayuda del poder político. Cuando salió la ley de víctimas, la 1448, Rodrigo fue incluido como víctima de desplazamiento forzado. Nos tocó hacer incidencia en Bogotá. Le expusimos el caso a la Unidad de Víctimas, gracias a Dios se demostró que fue él quien llegó con los paramilitares y lo excluyeron de la ley. También tenía las tierras blindadas en el registro de Tierras Abandonadas y Despojadas Forzosamente. Restitución de Tierras también le tumbó eso. Los representantes del Gobierno que participan de la mesa de interlocución han dilatado las medidas para darle solución a la problemática. Llevamos cinco años en este litigio jurídico y los abogados dicen que puede tardar diez años más.

Después que le desalojaran la finca a 'El Profe', el 11 de noviembre del 2014, ese señor metió 11 tipos armados haciéndolos pasar como una empresa de seguridad privada, pero eran puros paracos. Amenazaban a la comunidad, hacían retenes, atropellaban a la gente. Instalamos un campamento humanitario como acto de resistencia, porque estaban mochando los cultivos de cacao, las matas de plátano. Apenas alcanzamos a estar un mes en el campamento. Tener doscientas personas en un campamento requiere recursos, apoyo político, y no lo hubo. Los 11 paramilitares, que todo el tiempo estuvieron ahí, se dieron cuenta de nuestra debilidad. Tumbaron el campamento, pero la comunidad reaccionó. Ellos comenzaron a hacer disparos y la comunidad tomo la decisión de entrar, eran como 300 personas. Ellos salieron corriendo y los rescató el Ejército.

En varias oportunidades hemos retenido personas armadas en los predios. Más tardamos en dejarlos a disposición de la Policía de Vijagual o Barrancabermeja, que ellos en dejarlos libres. El pasado cinco de enero el señor Rodrigo López volvió con un grupo de hombres armados a amedrentar a la comunidad. Y el ocho de enero miembros del Ejército y la Policía llegaron hasta el corregimiento para fotografiar, requisar y empadronar a los campesinos que estaban trabajando en las parcelas.

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El capitán del Ejército acaba de llamar al celular de Erick para informarle que llegará en la madrugada a El Guayabo. Rodrigo López denunció que guerrilleros encapuchados del ELN secuestraron en horas de la mañana a sus trabajadores, ellos, diligentes y oportunos como siempre, quieren corroborar si la información es cierta.

Amanecemos invadidos por casi 40 miembros de la Policía, el Ejército y el Gaula. Los que llevan fusiles miran como robots que no parecen tener ni un átomo de humanidad. Dan miedo, pero también producen acidez estomacal. La comunidad los increpa tratándoles de hacer entender que desconfían de ellos, que esta no es su casa, que no son bienvenidos, que no son guerrilleros.

Aunque el plan era hacer entrega de los detenidos y del arma a representantes de la Defensoría del Pueblo, la Procuraduría o la ONU, estos nunca atendieron el llamado. No queda otra opción que dejarlos a disposición de los invasores. Los retenidos les aseguran a los funcionarios que no están secuestrados y que la comunidad ha sido hospitalaria con ellos. Firman un acta en la cual dejan constancia que quieren quedarse en el pueblo hasta que tengan las garantías de una entidad civil. Horas más tarde –a espaldas de la comunidad y desconociendo el acta que ellos también firmaron– la Policía y el Gaula convencen a los retenidos y se los llevan en una de sus lanchas.

Los ánimos están caldeados. La comunidad se siente traicionada una vez más. Para hacer entrega del arma y los cartuchos también se hace un acta. El capitán de la Policía se quita los guantes y manipula la escopeta con un cinismo retador. Consumado el acto de entrega, el capitán del Ejército dice que ellos “solo cumplen órdenes”.

Los verdugos se van río arriba. Sopla un sinsabor entre los guayaberos, como si tuvieran la certeza que, un día no muy lejano, esa arma pude acabar con la vida de uno de ellos.

***
La zona que fue corredor estratégico para el paramilitarismo y el narcotráfico en el Magdalena medio –entre los departamentos de Santander, el sur de Bolívar y el sur del Cesar–, pasó a ser una zona de impacto estratégico de megaproyectos como el puerto multimodal de Barrancabermeja, el ferrocarril del Carare que pasa cerca de los playones, y el dragado del río Magdalena que no es para los campesinos sino para los ricos. Además, estamos seguros de que aquí hay oro y petróleo. También vienen incrementando los monocultivos de arroz y palma de aceite. Un coronel del Ejército y un fiscal de la Nación echaron 1516 búfalos a los playones para secarlos y sembrar palma. Han muerto peces. Destruyeron los pastos naturales. Están destruyendo toda la fauna de un patrimonio de la comunidad.

Mi rol, como líder campesino, es defender los derechos humanos a través del derecho a la tierra, un campesino sin tierra no viviría en este planeta. El alcalde de Puerto Wilches saca pecho diciendo que en diciembre ellos les traen un carrito y una muñeca a los niños. Yo le dije: “Nosotros les hemos dado regalos mejores: el estudio, el amor. Todo lo que ellos visten es de la tierra. Ese es el mejor regalo que usted les puede dar a estos niños: dejar que sus padres trabajen la tierra”.

—¿Erick no te da miedo asumir esa responsabilidad?
—Miedo sí. Yo le tengo más miedo a la cárcel que a la muerte. La cárcel es oprimir a la persona, tenerla ahí encerrada, eso mata más.
—Cuando escuchas en las noticias que mataron a un líder, ¿qué sentís?
—Impacta, es duro. Se pregunta uno: ¿el próximo seré yo? Da miedo. ¿Le digo qué hago? Muchas veces apago el televisor. Lo apago. No soy capaz de ver eso.
—¿Nunca pensaste en salir de El Guayabo?
—No, esta es mi tierra, yo aquí muero. Yo de aquí no salgo jamás. Por otra parte del país no cambio esto.
—¿Cómo te imaginas El Guayabo en diez años?
—Ay hermano, si Dios me tiene con vida, me imagino una comunidad de paz. Una comunidad llena de comida. Una comunidad próspera. Ver feliz a todo el mundo. Que cada campesino tenga tierra, ojalá Dios me diera esa oportunidad. Ojalá cuando ustedes vuelva, no estemos hablando de esto, sino comiéndonos un pescado; que yo le pregunte cómo está su familia y usted me pregunte cómo van mis cultivos.

Sunday, 26 November 2017 19:00

Campo popular y soberano con aroma de mujer

El campo colombiano florece gracias al sudor de la mujer campesina. Históricamente su fuerza y resistencia han sido alimento fundamental para mantener viva la lucha del campesinado. En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el Coordinador Nacional Agrario (CNA) reconoce la necesidad de otorgarle el reconocimiento y el protagonismo que ellas merecen.

Marylen Serna, integrante de la Junta Nacional del CNA y Vocera del Congreso de Los Pueblos, asegura que la fecha es propicia para reivindicar la mujer como un sujeto político que demanda “participación en espacios de decisión para que la conducción política sea también el reflejo de nuestras perspectivas, nuestros sueños, y nuestras propuestas”. 

Según la vocera, la representatividad política femenina debe partir del “autoreconocimiento” de las mismas mujeres.  Marylen también aclaró que los responsables de las inequidades no son “los hombres y sus malas intenciones, sino la sociedad que les inculca comportamientos machistas y patriarcales”. Por lo tanto, para reivindicar el rol de la mujer, sin convertirlo en una disputa entre géneros, “necesitamos hacer un análisis crítico del modelo económico y político que es opresor con las mujeres”.

Si bien el patriarcado está enquistado en la cultura a nivel global, Cristina Hernández, coordinadora de la Red Europea de Hermandad con Colombia (Redher), señaló algunos matices de la problemática: “En España, y en toda Europa, la mujer se ha separado bastante de la naturaleza. El sistema capitalista nos ha imbuido la idea de que la mujer tiene que equipararse al hombre, pero no en materia de derechos sino en la misma manera de vivir el capitalismo. Aquí en Colombia la mujer es muy campesina todavía, tiene unos valores muy cercanos a la naturaleza. La mujer campesina colombiana tiene una fuerza y un apego a su tierra que los europeos desgraciadamente hemos perdido”.

La representante de Redher manifestó que el Coordinador Nacional Agrario avanza por un buen camino en lo que a reivindicación política de la mujer se refiere: “El CNA es una de las organizaciones que lucha por combatir y acabar el patriarcado. Ellos se han dado cuenta que las compañeras son fundamentales para la lucha campesina y para todo tipo de lucha. Hasta que no consigamos la liberación de la mujer, quienes nos declaramos revolucionarios no seremos capaces de transformar el mundo”.

En Villa Hermosa-Tolima existe un proceso que ejemplifica el empoderamiento del brazo femenino en el movimiento social. Andrea Calderón, integrante de la Asociación Comunitaria La Esmeralda, cuenta que muchas niñas de su vereda “participan de este tipo de eventos deliberativos, tanto a nivel local como regional”. Aunque la sociedad tiene una deuda con el sentir femenino, el campo popular y soberano tiene aroma de mujer.

 

 

Por su tesón y capacidad de resiliencia, la mujer constituye un pilar fundamental del sector agrario colombiano. El Coordinador Nacional Agrario (CNA), que celebra del 24 al 29 de noviembre su 6ta Asamblea Nacional, reconoce la necesidad de construir una propuesta agraria que refleje y reivindique el papel de la mujer en las luchas históricas del campesinado.

Marylen Serna, integrante de la Junta Nacional del CNA y Vocera del Congreso de los Pueblos, se refirió a las condiciones necesarias para que la mujer logre tener una representatividad política en los movimientos sociales, agrarios y populares:

¿Cuáles son esos espacios donde la mujer reclama mayor protagonismo?

La importancia de la mujer viene desde la casa. Nuestro primer escenario de lucha es el reconocimiento de nuestro aporte en la familia y la posibilidad de hacer parte de las decisiones que se toman en el hogar. Un segundo escenario es la comunidad: las organizaciones comunitarias, las juntas de acción comunal… lugares donde las mujeres asistimos masivamente. El otro campo es la sociedad donde la mujer sigue siendo subvalorada y ha sido convertida en un objeto de comercio.

¿Qué demandan las mujeres de estos espacios?

Más allá de ser hermanas, mamás e hijas, que seamos vistas como sujetas políticas, con sueños y con apuestas. Si aportamos haciendo la comida, arreglando el salón, o desde una secretaría, debemos tener también derecho a que las decisiones incluyan nuestras propuestas.

¿Qué paso nos falta dar para garantizar la representatividad que reclama la mujer?  

El primer paso, siempre lo he dicho, es el auto-reconocimiento de las mismas mujeres; que sepamos quiénes somos, cuál es nuestro aporte, cuál es nuestro quehacer en la sociedad. Hemos estado obligadas a conformar organizaciones para poder tener nuestras propias propuestas, nuestras propias iniciativas, no debería ser así. Es fundamentalmente que se le dé a la mujer el espacio que se merece y que se ha ganado.

¿Cómo lograr que esa lucha femenina no se convierta en una disputa entre géneros?

Esa es una de las grandes dificultades que tiene la lucha de las mujeres.  A la mujer organizada se la ve como una amenaza, como que si las mujeres se reunieran para conspirar en contra de… Hay que hacer una labor de ambos lados. A nosotros como mujeres nos corresponde valorar el papel de los hombres. El problema en esta sociedad no es que el hombre tenga una mala intención, sino que la sociedad lo ha formado en un comportamiento machista que responde a un patriarcado. Sin embargo, el problema no se soluciona reconociendo las actitudes excluyentes, para evitar la confrontación, y la división de las organizaciones comunitarias, se requiere de un análisis crítico del modelo económico y político que es opresor con las mujeres.

¿La representatividad de las mujeres en el movimiento social va en el camino indicado?

Falta muchísimo. A pesar de que existe el feminismo y el movimiento de mujeres, nosotras todos los días tenemos que hacernos con un lugar para ser visibles; para llegar a instancias decisivas sin tener que trabajar tres veces más que un compañero, sin necesidad de trabajar cinco años para llegar al mismo punto al que un compañero llegó en menos tiempo.

 

 

Wednesday, 25 October 2017 19:00

La misma sanguijuela

“El pasado nunca está muerto, ni siquiera es pasado”. William Faulkner, a quien se le atribuye la frase, nunca dejó claro si era una advertencia o el suspiro de un hombre resignado. Lo que sí está claro es que, al igual que el pasado y la materia, la violencia cambia sus patrones, muta el nombre de sus victimarios, pero nunca desaparece.

Casi cuarenta años lleva una sanguijuela violenta, codiciosa y perversa amenazando los signos vitales del Oriente antioqueño. Las hidroeléctricas fueron su primera manifestación. El mal servicio y los altos costos de la luz, sumados al desplazamiento que provocó la inundación del viejo Peñol para construir la represa de Guatapé, desencadenaron lo que sería un precedente de organización y movilización ciudadana: el Movimiento Cívico del Oriente. La cacería de brujas contra los líderes de la organización demuestra que el Movimiento Cívico fue un actor incómodo para los intereses económicos que descubrieron la riqueza productiva de la región.

A los acicates políticos se sumó la perversa lógica de la guerra armada en la década de los 90.  La población del Oriente antioqueño –sobre todo de sus municipios periféricos- quedó atrapada en un conflicto inmisericorde, de todos contra todos y todos contra todo, entre las guerrillas, los grupos paramilitares, y las milicias del ejército. Veredas totalmente deshabitadas; municipios gobernados por el miedo, el luto, el silencio… el shock, sería el saldo de un conflicto que azotó la región cual plaga egipcia.

Paradójicamente, la presencia de los grupos armados mantuvo vírgenes y protegidas algunas riquezas del territorio, y postergó la ejecución de megaproyectos planeados desde los ochenta. Hoy los fusiles solo truenan en los recuerdos de las víctimas, pero todavía truenan. El fin de la guerra trajo consigo otro tipo de violencia silenciosa que tiene la misma capacidad de destrucción de un mortero, nociva para los vigentes procesos de retorno, y revictimizante con la población retornada.

La riqueza hídrica es la mayor bendición y la peor maldición del Oriente antioqueño. Según un mapa elaborado en el 2016 por Nathalia Ávila, investigadora de la Universidad Federal de Paraná, a las nueve centrales hidroeléctricas activas en el territorio, la locomotora mineroenergética pretendía sumarle otras 39: cinco de ellas se encontraban en construcción, 18 tenían licencia ambiental o concesión de aguas, 12 estaban en trámite de licenciamiento, y cuatro habían sido negadas.  

Dichos proyectos ofrecen regalías, carreteras, escuelas, indemnizaciones, y prometen ser motores de desarrollo y progreso. La oferta seduce a las Administraciones municipales carentes de recursos fiscales y a las comunidades olvidadas por los entes locales.

Al respecto, Fredy Díaz, integrante del Instituto Nacional Sindical, afirma que: “No puedo entender extractivismo sin la violación de derechos humanos. Las tasas más altas de desplazamiento están en sitios donde se han logrado imponer los proyectos hidroeléctricos, mineros o pozos petroleros”. Además, Díaz sospecha que las administraciones municipales apoyan este tipo de proyectos porque suplen obligaciones del Estado, quien tiene la responsabilidad de garantizar las escuelas, carreteras, y parques construidos por las empresas.  

La microcentral El Popal, ubicada en el sector conocido como El Ocho en jurisdicción de Cocorná, es una de las nueve centrales generadores de energía identificadas por Nathalia Ávila. Donde los turistas y los cocornenses antes se bañaban y hacían sancochos, hoy hay letreros que dicen: “Riesgo de muerte”, “prohibido lanzarse de los muros o nadar en este sitio”. A un lado del puente construido sobre el muro de contención, se ven piedras gigantes como huevos prehistóricos desnudos por la merma del caudal, y la Casa de Máquinas que capta el 75% del río para producir 19.9 megavatios de energía. Al otro lado, ronca una retroexcavadora mientras saca sedimento del río represado. Así son los cadáveres de los ríos cuando mueren: tan marrones y estáticos que producen una filosa tristeza.

“Este charco nos daba la posibilidad de que estas comunidades afectadas por el conflicto se volvieran a encontrar, volvieran a construir esos lazos campesinos tradicionales. Al quitarnos el charco nos impiden esa reconstrucción del tejido social, que para mí es una de las grandes pérdidas con este proyecto”, afirma Sebastián Guzmán, integrante de la Corporación Cocorná Consiente que brinda acompañamiento a las personas afectadas por el proyecto, y la cual gracias a la movilización social logró suspender otros dos proyectos energéticos que quisieron asentarse en el municipio.

Benito Guarín, sobreviviente del exterminado Movimiento Cívico e integrante de la Asociación de Pequeños Productores del Oriente antioqueño, ASOPROA, también manifestó su inconformidad con este tipo de proyectos: “Se generan recursos enormes en la región, pero no llegan a los campesinos. El campesino no pasa de arreglárselas para conseguir con qué comer. La vereda La Aurora [zona de influencia de El Popal] en verano es invivible porque la vereda se queda sin agua. Estos proyectos tienen muchas implicaciones. Por ejemplo, el abastecimiento regional: las 5.000 hectáreas inundadas dejan de producir comida. Al dejar de producir, los alimentos hay que traerlos de afuera y eso encarece el costo de vida”.

Otro ejemplo es San Carlos, municipio donde actualmente funcionan tres centrales hidroeléctricas, y el cual sigue siendo atractivo para las empresas que quieren producir energía. Celsia, filial de la empresa Argos, desde el 2012 llegó al corregimiento de Puerto Garza con la pretensión de utilizar 27 de los 140 kilómetros del río Samaná Norte para construir una hidroeléctrica llamada Porvenir II que producirá 352 megavatios.

La comunidad es reticente al proyecto, entre otras cosas, porque la economía pesquera estaría amenazada con el represamiento del río, y como lo explica Alexis Giraldo: “La central Punchiná ha operado más de 30 años en la zona y, hoy por hoy, no vemos los resultados del desarrollo que nos trae a nuestras comunidades”. Durante cinco años, los habitantes de la zona han conformado ocho comités de concertación para debatir el plan de manejo ambiental presentado por Celsia, solicitar información, exigir la inclusión de análisis no tenidos en cuenta, y llamar la atención de la Administración municipal. La puesta en marcha de Porvenir II aún no empieza, pero Puerto Garza está empecinado en defender “nuestra empresa: el río. La empresa de los campesinos, de los pobres”.

El río Dormilón, en San Luis, también ha sido amenazado a muerte en más de una ocasión. Los Vigías del Río Dormilón conformaron una veeduría ciudadana que recurre a las vías legales y a la manifestación pacífica -en marzo de 2015 caminaron por la autopista Medellín hasta la sede principal de la Corporación Ambiental (Cornare)- para mantener la fuente hídrica libre y protegida de las ambiciones hidroenergéticas. Según los Vigías, la defensa del río no solo responde a motivaciones ambientales, sino también a la preservación de un lugar cargado de simbolismo para el municipio: “El río cierra brechas, ayuda a que el elitismo desaparezca. Ahí interactuamos todos, eso hace que una sociedad sea más equilibrada en términos de relacionamiento”, asegura Evelio Giraldo, integrante de este colectivo.
La amenaza hidroenergética que se extiende por todo el territorio llega hasta el municipio de Sonsón. Son dos las terminales hidroeléctricas que captan las aguas nacientes en el páramo –el cual cumple la función de esponja: en épocas de verano evita la sequía de los arroyos, y en invierno retiene el agua evitando las crecientes y avalanchas-. Las miradas ahora están puestas sobre el río Aures. Los habitantes de las veredas La Loma, Naranjal Arriba y La Habana manifiestan su preocupación por los taludes que provocan las carreteras abiertas por la empresa responsable del proyecto sin tener los permisos requeridos. Además, aseguran los afectados, la empresa vierte los desechos en los nacimientos de agua y la maquinaria pesada deteriora las redes de abastecimiento.

Humberto Blandón, por ejemplo, hace un año que no puede acceder a la parcela donde antes trabajaba. La empresa le impide el acceso porque el terreno está ubicado en la zona de obras. “No nos dejan trabajar, ni nos quieren comprar la tierra”, se queja Blandón.

Las quejas y reclamos de los habitantes no encuentran amparo en la Administración municipal. Wilfran Henao argumenta que la empresa y la Alcaldía se aprovechan del desconocimiento de la población y su poca capacidad organizativa para dilatar los tramites y darle oportunidad de maniobra a la empresa, “es triste que esto terminara en manos de extranjeros”, dice Wilfran. Mientras que Carmenza Carmona sostiene que la problemática es consecuencia de un obsoleto Plan de Ordenamiento Territorial que no se actualiza desde el 2001: “El sector público nunca supo explotar nuestras potencialidades rurales. Ahora llegan los privados y lo aprovechan a su manera”.

Campo sin campesinos
La ambición energética no es el único conflicto socioambiental latente en el Oriente antioqueño. Los proyectos enfocados a la conservación ambiental, amparados en normativas del Gobierno nacional, también son motivo de preocupación.

En San Francisco hay 84 familias adscritas al programa Banco2. El proyecto, diseñado por Cornare y replicado en distintas partes del país, es un fondo que recibe recursos de empresas privadas que buscan compensar económicamente las afectaciones ambientales causadas por sus operaciones. Con ese fondo la Corporación Ambiental les paga a los campesinos que se comprometen a cuidar los bosques y las fuentes hídricas.

Aunque la iniciativa cuenta con el respaldo de las autoridades municipales, Andrea Echeverri, integrante de Movete (Movimiento Social por la Vida y la Defensa del Territorio), plantea algunas objeciones: “Es una amenaza de despojo de los territorios. Lo que hace Banco2 es poner un precio, de alrededor de 10.000 pesos, a la tonelada de carbono emitida. Banco2 permite que se amplíen las fronteras hidroeléctricas, mineras y deforestadoras. ¿Quiénes aportan a Banco2? Empresas contaminantes: Ecopetrol, EPM, Anglogold Ashanti, Asocolflores, Argos, Sumicol Corona. El programa busca proteger los bosques, pero pone condiciones muy restrictivas que desconocen las tradiciones campesinas. Según la lógica, en este país puede contaminar el que puede pagar. Hay gente que la meten a la cárcel por cortar tres frailejones, cuando una empresa puede llegar a cortar tres mil”.

De momento, Banco2 funciona en cinco zonas declaradas por Cornare como áreas de reserva forestal protectora, que abarcan nueve de los 23 municipios del oriente; uno de ellos es Sonsón. Carmenza Carmona asegura que: “En la actualidad hay una conflictividad: los campesinos quieren retornar al territorio de donde fueron desplazados y la Corporación Ambiental y la Administración municipal les dicen que no pueden porque es una zona de reserva forestal. En [el corregimiento] Río Verde les dicen que no pueden tumbar bosque, que no pueden cultivar… Los campesinos preguntan qué pueden hacer y Cornare responde que la información ya fue socializada. La comunidad dice no tener conocimiento y Cornare presenta listados de reuniones donde aparecen estudiantes de la Universidad de Antioquia e integrantes de corporaciones que no tienen nada qué ver. En Río Verde se declararon en desobediencia a la institucionalidad. El campesino no conoce las leyes. El programa de Banco2 les da cada dos meses 600.000 pesos a los campesinos, así tengan 100 hectáreas, les pagan por cuidar dos y el resto no las pueden utilizar. Cornare es el mayor terrateniente que tenemos en Sonsón”. Los campesinos cuentan preocupados: “a mí me pidieron la escritura y, cuando me quiero salir del programa, Cornare no me la quiere entregar, entonces ¿yo soy dueño de la finca o no?”

Andrea Rendón ha investigado la maraña jurídica que hay detrás de las reservas forestales. Rendón encontró medidas que generan suspicacias. En primer lugar, dice ella, “contrastando la caracterización de algunos mapas, en algunos casos, el área delimitada para la reserva está contigua a un embalse. Y en otro caso, el área delimitada del embalse está dentro de una reserva”.  Por otra parte, en las áreas de reserva forestal está prohibido realizar procesos de licenciamientos para construcciones destinadas a salud, educación o vías, pero sí se permite la instalación de redes de transporte de energía o estudios de suelo. Además, muchas áreas de reserva truncan los procesos de reparación a las víctimas del conflicto porque delimitan terrenos considerados baldíos, condición que anula, inmediatamente, cualquier posibilidad de otorgar o formalizar títulos de propiedad.

Por último, Andrea aclara que: “Si se trata de un predio que está en situación de informalidad, ubicado en zona de reserva, el campesino que habita ese baldío no tiene derecho a recibir compensaciones por la casa que construyó, por la cosecha, por las vacas, etc. Eso va en detrimento patrimonial del campesino que de por sí es pobre”. Ante este panorama, Rendón plantea una hipótesis: las áreas de reserva forestal están pensadas para sacar a los campesinos y proteger el agua que utilizarían los futuros proyectos hidroeléctricos.

Durante catorce años Orlando Botero estuvo obligado a vivir en el exilio, por culpa del conflicto armado. Hace tres años regresó a su lugar en el mundo: la vereda La Honda, en el Carmen de Viboral, donde nacen los ríos Melcocho y Santo Domingo. Tras ser declarada como zona de reserva forestal, por los boscosos cañones de La Honda se escuchan ecos de la guerra. “A Cornare lo vemos como ese ente policial que persigue y sanciona. Ellos no quieren que estemos acá, quieren que egresemos a las filas del desempleo, los campesinos estamos en vía de extinción”, dice con una amargura sepulcral.  

Epílogo
Después de visitar una Zona Veredal Transitoria de Normalización en el Meta, Diego Aretz llegó a la conclusión de que, tal vez, los culpables de la guerra y la violencia, son aquellos “que no quiere[n] acabarla”. Este manto de duda que se cierne sobre el Oriente antioqueño no es nuevo. Si queremos que haya un futuro posible, lo dijo Andrea Echeverri,  “el momento actual nos llama a la unión y un despliegue de creatividad desde los pueblos para enfrentar este modelo que está acabando con la vida”.

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