Carlos Mario Palacio

Carlos Mario Palacio

Friday, 02 November 2018 00:00

¡Es domingo de feria digna!

Rosmery Agudelo vive reproduciendo lo que aprendió de su padre, Juan Agudelo, de 80 años. Madrugar antes de que salga el sol, cumplir con la rutina hasta que se esconda la tarde, profanar las oraciones de la virgen, levantarse tomando agua panela, criarse con regaños incluidos, y darle la bienvenida a la noche para retomar, de nuevo, a las 4:30 a.m.

Para ella, trabajar lo representa todo. Y el descanso es el resultado de un esfuerzo ganado. “El cuerpo me acostumbró desde niña a trabajar a diario”, comenta Rosmery. Por eso, en su casa está prohibido refunfuñar. “¡Si usted se queja no sirve!” Aprendió que el silencio es indispensable para equivocarse menos.

En San Francisco, Antioquia, las normas del campo se deben practicar con rectitud y sin mediocridad. Lo más importante para esta mujer, con aproximadamente 40 años de edad y dos hijos, son los domingos de feria campesina. Mientras hablamos, no para de señalarme que pocas veces ha dejado de participar en la feria, y que cuando lo hace es por fuerza mayor. Desde el 2011 participa con otras madres de familia en este mercado campesino. “Pasé de vender la yuca, el plátano, el limón, el frijol, a transformar esos mismos productos en una bandeja paisa que me dejará mayores ganancias”. La bandeja paisa viene acompañada de una tazada de limonada hecha en la mañana de cada domingo de feria.

- ¿A cómo vende el plato de bandeja paisa? -. Se retrae por unos segundos: “El frijol con el que hago la bandeja paisa se llama Lima y lo cosecho en la finca de mi esposo”, me cuenta mientras golpea con las manos un cortaúñas. “¿Ha probado la tinta del frijol? Trato que el plato quede tintudo para darle al arroz un toque distinto”. ¡Ahora sí –concluye–: vale 6000 pesos la bandeja!”.

El cacao de la Maravilla
“Nuestra devoción se cumple antes de acostarnos, y a las cuatro de la mañana me voy para donde tengo los santos y rezo. A las siete escucho la misa por la radio. Reflexiono. A los tres dulces nombres ­–Jesús, María y José–, les entrego las labores del día. Ellos son mi guía, mi compañía a donde quiera que vaya. Jesús, José y María. Que nos libren de todo mal y peligro”. Esa es la devoción diaria. Así comienza el amanecer de Margarita Daza en la vereda La Maravilla, bajo la protección de sus oraciones. Vive con el temor de que le estanquen el agua cristalina que riega a San Francisco, rincón de cascadas y promotor del turismo ecológico.

A Margarita la despierta la costumbre. Si a las cuatro de la mañana la alarma no ha sonado ella le sale adelante. El cantar de los gallos nunca falla, desde la una de la mañana están dando lidia, descansan de las dos hasta las tres de la mañana, y a las cuatro retoman su canto hasta las seis.
– ¿Cuál es el producto típico de la vereda?
–Ha escuchado el cacao de La Maravilla.
–No señora.
– Mira, sin cacao la feria no es lo mismo. Si no fuera por el cacao no hubiéramos dado el primer paso para potenciar la seguridad alimentaria. Es transformado por quienes conformamos la Asociación de Familias Guardabosques (Asofagua). La persistencia a la hora de fabricar este típico producto nos enorgullece y es un ejemplo claro de los procesos organizativos liderados por la Asociación Campesina de Antioquia –ACA–­.  

Aquí el cacao manda la parada, porque hay motivación y ganas de salir adelante. Sin embargo, todo lo bueno lleva un proceso minucioso y lleno de paciencia. Son seis pasos que requieren varias horas de trabajo. Al final, el producto estará en el mercado y la pasta de chocolate se remojará en la batidora con agua o en leche caliente. Cuando el palo de cacao ha cumplido dos años después de la siembra, empiezan a germinar los primeros granos, que son seleccionados según su grado de madurez. Tuestan el grano en un sartén y lo pelan. Quitan la cáscara del cacao hasta quedar en almendra. Muelen la almendra en la máquina de la ACA y sacan el licor del cacao caldudo como si fuera tinta de chocolate. Ese caldo se echa en el diseño del molde y finalmente lo ponen en el refrigerador durante varias horas para empacar el cacao y comercializarlo en el mercado.

Pueden preguntar por el toldo de Margarita y Socorro. Seguramente la buena atención ayuda a que los vendedores y los compradores se sientan identificados con la fiesta del trueque. Mientras tanto, Margarita improvisa una oficina para la recolección del dinero ganado con el sudor de la frente.

Las Soñadoras del Pajui
Entre mujeres se entienden. Tienen un sueño en común. Llevan reunidas diez años. En el 2008 les llamó la atención trabajar en grupo las huertas campesinas. Cuando dialogan, la palabra les ofrece cambio. Cada una tiene el derecho a ofrecer nuevas ideas. Se reúnen los jueves antes del domingo de mercado campesino. Hablan pausado, seguras de que la lucha nunca acaba. Sus tareas son varias, y tienen prohibido utilizar cualquier conjugación en negativo, piensan que si lo hacen comienzan los problemas. Caminan hacia el mismo lado, sincronizadas. De ahí parte el principio fundamental de las Mujeres Soñadoras del Pajui: buscar un fin colectivo que potencie las capacidades individuales. Para las Soñadoras la unión es el valor central del grupo. Nancy, la presidenta, guía este proyecto integrado por 10 mujeres.

¿Qué le podría faltar a la feria campesina? Ya está la bandeja paisa, el chocolate y la mazamorra. Pero… ¿Y el sancocho? Estas mujeres se encargan de preparar el mejor sancocho de San Francisco. Cuesta solo 7000 pesos. Trae arroz, ensalada, papa, plátano, limón... El domingo, a las seis de la mañana, se encuentran para preparar el delicioso plato. Y cuando cae la tarde reparten los beneficios colectivos de la venta, que serán destinados –­aseguran- a los regalos de navidad de sus hijos.

Cuando a Nancy la ponen a hablar de la feria dice, entre risas: “Con la feria campesina me voy a pensionar. Yo nunca he dejado de participar”.

*Artículo original publicado en la edición nº 4 del periódico del Movete.

Wednesday, 24 October 2018 00:00

Un viaje por Cuatro Esquinas

Llegas a aquel sitio que se ha convertido en patrimonio cultural de Cocorná, Antioquia. Nadie lo sabe, casi nadie. Encuentras un perro lamiendo una bolsa negra abandonada. Ante cualquier señal de movimiento, los gallinazos se abren para no volver, y la miseria permanece inmóvil. Allí donde solo llegan toneladas de basuras, donde se reúnen las historias a conversar, donde el ojo humano solo ve destrucción, advierto, al observar por unos minutos, el despreciable entorno que muy pocos se atreven a visitar. Concluyo enfático que lo que un día estuvo en nuestras vidas ahora muere lentamente en boca de los gusanos, los insectos y los gallinazos que se pelean por un alimento descompuesto que para ellos representa la necesidad su supervivencia.

Corea y sus cuatro esquinas: el cementerio, el matadero viejo, el burdel y el relleno sanitario. Aquí también vive la calma, una que llegará para quedarse y terminar en otros brazos.

Pasa que en Corea nadie tiene vida, lo percibo mientras me encuentro debajo de una sombra que sale todos los días a esta misma hora como señal de acompañamiento. ¿Vida? Pero si estamos en la tierra. Hay vida cada cinco minutos cuando pasa una moto manejada por una joven, cuando don José Luis sale a la puerta con su bastón y una mujer a extender una muda de ropa al sol. De repente todo vuelve a la normalidad. Otra vez Corea se queda fúnebre.
De lejos un cúmulo de objetos decora el apartado lugar. De cerca un olor fuerte sofoca mi paciencia. Caminas y ves abandono, por momentos quisieras detenerte y morir. Me pregunto por qué llegué hasta aquí, ¿será que el destino me llevó a hablar con la soledad ahora que estoy vivo?

Todo el mundo solía evitar bajar hasta Cuatro Esquinas, donde convergen los contrastes. Los lunes, por ejemplo, se escucha la maldición de un vocabulario adaptado al machismo; los martes y los viernes la brisa despierta la intranquilidad producida por nuevos olores; los jueves los recicladores se llevan lo poco que queda, y los sábados el sepulturero se encuentra con esos que murieron para luego existir.

Relleno sanitario
Se puede considerar a Cuatro Esquinas como un terreno miserable y triste, al que le han dado la espalda y se la seguirán dando. Allí ha llegado la dignidad propia de un país injusto que solo reconoce a su gente humilde cuando está viviendo una tragedia.

Claro que ya hay una tragedia, invisible, tibia. Unos metros al oriente, hacia la vereda San Antonio, las gallinas se la pasan picoteando las hojas de guayabos, acechando a sus presas. Detrás, a unos diez metros, doña Rumelia Jaramillo coge sus dedos y los pasa por su cabello de arriba a abajo para armar una trenza. Verse bella a pesar de sus arrugas. Su marido, Manuel Giraldo, coge la radio al tiempo que pasan las motos esquivando las piedras. Hasta luego –me despido de ellos y continúo el camino–. Bueno, a la orden, que le vaya bien y vuelva.

Si me devuelvo y camino un poco más de diez minutos, ya no son las gallinas, sino el rugido de unas motos manejadas por unos niños que no sobrepasan los trece años. En un pueblo pequeño la ley se mantiene escondida, las normas no se cumplen, y los policías transitan por las calles como simples observadores.

A tan solo unos metros está el relleno sanitario. Veo partes de televisores, colchones arrugados, juguetes incompletos, todo lo que estuvo en unas manos. Cosas que terminaron abandonadas por nosotros. Aquí la justicia no existe, tal vez porque al final de cuentas el discurso del capital consiste en decirle a las personas, “consuman aceleradamente” y digan “hasta aquí llegue”.

En Colombia un relleno es un simple avatar de la vida, una palabra conjugada con los más deshonrados calificativos, un lugar que cuando llueve se desquita con los habitantes, los animales y los muertos que habitan a Cuatro Esquinas. Si eres turista, ambientalista o un curioso que quiere indagar sobre el proceder de las basuras, te dirán: Cuatro Esquinas, o Corea. Son y significan lo mismo. Solo cambian las referencias. Se llama Corea porque el padre de una de las primeras familias combatió en esa guerra y al volver quedó este apodo en alusión a su trabajo. Por su parte, el nombre de Cuatro Esquinas proviene de un antiguo prostíbulo, cuyo auge permaneció constante hasta tomar fuerza y convertirse en testigo de varias peleas.

El antiguo matadero
El verbo matar hizo parte de la idiosincrasia de Cocorná. Es un símbolo que aún guarda una estrecha relación con la mayoría de los habitantes. Y como la muerte, también el matadero es cuestión del pasado. Quizás a los cocornenses nos afectó tanto la violencia que no queremos saber nada de ella.

Según Mioriente, en el año 2017 no se presentaron víctimas por actos de intolerancia. En el 2018 ha sido distinto. En marzo acribillaron con arma blanca a una pareja de abuelitos. El pueblo marchó dos veces con banderas blancas: una el día del entierro, y la otra, el sábado 21 de abril. Somos un pueblo unido socialmente, pero dividido políticamente.

Las rejas del matadero todavía se conservan, ya no como matadero, pero sí como la feria ganadera que se realiza los lunes cada quince días. Por ser un pueblo rodeado de praderas tupidas de bosques, ganado y agricultura, y cuya población es de descendencia campesina, el lunes se viste para la ocasión: de sombrero, poncho y sogas de cuero.

Los ganaderos montan en sus caballos muy de noche. Las reses son traídas de las veredas a punta de rejo para ser intercambiadas al mejor postor. Los gallos traídos de San Francisco, Santuario y Cocorná se preparan para el círculo de rechifles. Algunas reses se devuelven con el amo, y algunos llegan al extremo de sacrificarlas en otro matadero porque el de Cocorná ya cerró sus puertas.

El cementerio
Muy pocos asimilan lo sagrado que es un cementerio para un católico. Por obligación pensaría que, así como los domingos se visita la iglesia, se debería también visitar el cementerio donde reposan los que un día estuvieron en nuestras vidas. Sería un acto para pedir por el descanso eterno de quienes ahora están en los recuerdos.
El cementerio, una negligencia convertida en abandono. El blanco del cementerio está invadido por el verde del musgo que sale por el deterioro propio de la intemperie y el olvido. Veo los dos ángeles que tocan un instrumento de viento, los reparo, no son lo mismo que antes. ¿Qué pasa con el cementerio? ¿Es ahí donde voy a parar algún día?

Sin embargo, se ven avances adaptados a la era tecnológica. Las cámaras de seguridad cuidan el entorno, aunque se mantengan apagadas. Las rejas están aseguradas por una cadena gruesa difícil de violar. A un lado, en la entrada, las ramas caen de a poquito. Ya no hay huecos disponibles. Los NN oscilan entre los 50 y 60. Nadie los reclama, unos ya pasaron los cuatro años, otros los veinte.

En la parte de atrás permanecen tres lápidas con sus respectivos cadáveres que cargan el peso de su peregrinaje por la tierra. Probablemente las familias no se acuerden de ellos. O esperan que la Fiscalía proceda a llevárselos; o que continúen allí indefinidamente.

Mientras tanto, el sepulturero –de gorra, chaqueta reflectora, y botas cafés–, transita conmigo al tiempo que el frío se asienta y los pájaros comienzan a cantar.
–Un día me tocó venir a las seis y media de la tarde. Tenía que cerrar la llave del agua que estaba abierta. Miraba de reojo hacia mi espalda, pero no vi nada raro. Al cabo de unos días, mi otro compañero me dijo que se le había aparecido una mujer con una bata blanca. Se salía y se metía del hueco donde estaba su cadáver.

El burdel
Los envases de cerveza se convirtieron en la fiel compañía. Cuando la gente parte de Cuatro Esquinas deja el recuerdo abandonado. Por el calor que está haciendo me dan ganas de comprar una cerveza y dejar mi recuerdo. Nada de eso. Prefiero limpiar que ensuciar. Proteger que contaminar. No todo es paupérrimo como muchos creen. Cuando hay muerte, también hay espacio para la vida. En Cuatro Esquinas han crecido familias numerosas. Solo don José Luis levantó a dieciséis hijos: cuatro mujeres y el resto hombres. Ahora las familias oscilan entre los tres y cuatro hijos.

En el año 2000 el ruido lo promovía el intercambio de disparos, en medio de un conflicto que nos arrebató el derecho a dormir en paz. Ahora la bulla proviene de dos cantinas.

–Yo no le paraba bolas a la bulla. Llevo treinta y cinco años viviendo en Cuatro Esquinas–, dice José Luis. Me mira y remata: -Vea estas canas, mire el pie como lo tengo, detalle la casa en la que vivo, la gente de Cocorná es como si nada. Solo tengo un par de panela, media caja de huevos y un machete encima del escaparate. ¿Podés decirle al Alcalde que me regale unos cuantos bulticos de cemento para cuadrar la entrada?- Creo que la vejez es el reflejo de los actos que uno construye con el paso de los días.

Thursday, 07 December 2017 19:00

Mi casa entre el lodo y la inundación

De regreso a Marinilla estaba perdida por la gritería de la muchedumbre. “Desalojen, desalojen”, decían los bomberos con las caras salpicadas de pantano.

–Soy Claudia la dueña de esa casa que se le está entrando el agua.

Minutos después me estrujaron hacia la salida. Encima tenía la maleta negra en la cual cargaba los papeles personales, los papeles judiciales del barrio, los accesorios, además del sueño de la comunidad “La Quebradita” que esperaba el juicio final de la Gobernación.

El reloj suizo vibró por primera vez a las cinco de la mañana con la intención de levantar a Claudia de las cobijas rigurosas que utilizan los marinillos. Se paró de su cama en forma de marcha, se estiró como un resorte, se persignó como lo hacía todos los días y se dirigió a la tina del baño.

Se duchó cantando los vallenatos del Binomio de Oro, según dice es la única forma de desestresarse.  Se secó, se enjuagó los dientes postizos y se dirigió a la pieza para retocarse la cara. Claudia -cuarentona jodida, sonrisa resplandeciente, pelo rojizo como la sangre, seduciendo como de costumbre a sus vecinos por su forma particular de arreglarse- tenía como fin protestar frente a los encopetados y lujosos edificios de La Alpujarra.

Salió de Marinilla a las siete de la mañana. A las 8 y 30 ya estaba en el centro de Medellín por su ímpetu de gloria. Cuando se bajó del bus de Sotramar, estiró la mano derecha y se la puso a un Renault amarillo vivo de los años 80.

–Señor me lleva a la Gobernación por favor.

–Sí mi amor-, le respondió con voz morbosa el taxista.
–¿Cuánto cuesta?
–Para usted mi amor, solo 5000 pesitos y le abro la puerta gratis como se lo merece.

Vio los edificios magníficos de la Gobernación y le preguntó a un peatón la dirección que tenía en la libreta. Por fin llegó al despacho de la Secretaria de Gobernación y diligenció la correspondiente cita. El gobernador la estaba esperando a las diez de la mañana. Tocó la puerta tres veces.

–Señor gobernador mucho gusto. Mi nombre es Claudia del municipio de Marinilla y vengo para cuadrar los papeles del proyecto La Quebradita–, dijo segura de sí misma.

–Listo señorita, bien pueda entre a mi despacho y conversemos acerca del tema.

Pasaron dos horas y salió la señora con una emoción en su brazo, como si se hubiera ganado la lotería. Le pregunté el motivo de semejante felicidad y no tardó en decirme que los papeles habían cumplido con todos los requisitos y aproximadamente en un mes comenzarían con la remodelación del barrio y la quebradita.

Cuando se bajó del bus de Sotramar miró hacia el fondo de la calle donde quedaba su digno hogar. Desde la distancia observó una multitud acompañada de los carros del cuerpo de bomberos y pensó que algo malo estaba pasando.

De repente aceleró las pisadas hasta llegar a la zona acordonada por unas cintas rojas y negras que advertían “lugar de peligro, por favor no pasar”. Claudia vio su casa entre el lodo y la inundación. Del desespero se le olvidó la advertencia de la cinta. Se agachó unos cuantos centímetros, caminó por la acera cinco metros con el bolso terciado. Abrió la puerta verde de la casa. “¡Uyyy mami!”, le respondieron los hijos encima de los colchones y los ratones flotadores.

-Tranquilos mijitos, voy a decirle a la comunidad que el gobernador nos va a solucionar el problema con el cauce de la quebradita. Todo comienza el mes entrante.

*Este artículo es resultado del taller de Prensa Escrita durante el proceso de Comunicadores Comunitarios del Movimiento social por la vida y la defensa del territorio, MOVETE.

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.