Cisca

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Wednesday, 08 August 2018 00:00

Las comunidades del Catatumbo

Para las comunidades del Catatumbo, Norte de Santander, el 2018 llegó con el incremento de la confrontación militar y política entre actores armados en distintos municipios de la región, que trae como consecuencia la incertidumbre y zozobra en las comunidades. La situación, sin embargo, se ha estado gestando desde hace varios años a raíz del abandono estatal, causa principal de la violencia en el Catatumbo. En el marco de este escenario, se encuentran la guerra entre insurgencias, el silencio del Estado y una comunidad que ha generado propuestas sociales que buscan, entre tanto, una paz estable y duradera, y un territorio en el que se respeten sus derechos y en el que se viva dignamente.

Para quienes la guerra ha cambiado sus prácticas cotidianas, las razones del conflicto no han sido del todo claras. El desconocimiento acerca de los orígenes de la confrontación armada entre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Liberación (EPL), deja a la población a la expectativa de un cese armado. “Las gentes del Catatumbo no vivimos como se vivía anteriormente; hemos vivido entre pobreza, hemos vivido entre abandono estatal, pero vivíamos tranquilos”, dice un líder social del municipio de San Calixto.

En correspondencia con lo anterior, las mismas comunidades han sido partícipes activas en la construcción de la paz, creando escenarios de participación social e institucional, como lo son el gran Encuentro de El Tarra, que hizo un llamado a no involucrar a la población civil en la confrontación armada, y que tuvo como resultado la creación de la Comisión por la vida, la reconciliación y la paz del Catatumbo. Dicho escenario está conformado por el Comité de Integración Social del Catatumbo-CISCA, la Asociación Campesina del Catatumbo-ASCAMCAT, El Movimiento por la Constituyente Popular-MCP y el Movimiento Comunal de la región.

La Comisión por la vida, la reconciliación y la paz del Catatumbo desarrolló desde su creación la Misión de verificación, acompañada por el Gobierno nacional, organizaciones defensoras de Derechos Humanos nacionales e internacionales y medios de comunicación, quienes reconocieron la crisis humanitaria ocasionada por el conflicto. Igualmente, se conformó la Comisión mediadora para generar una interlocución, respaldada institucionalmente, con los actores del conflicto. Esto dio paso a la instalación de la Mesa Humanitaria, que tiene el propósito de articular un trabajo con la institucionalidad, además de generar un escenario de seguimiento a los acuerdos pactados con el Gobierno y las comunidades en las movilizaciones campesinas.

La Mesa Humanitaria y su apuesta por la paz
La Mesa Humanitaria, originada por la preocupación social frente al conflicto armado, busca realizar un balance de las situaciones que han ocurrido en la región como resultado de la confrontación entre el ELN y el EPL. Del mismo modo, tiene como prioridad atender asuntos de orden estructural con la institucionalidad, detonante de la crisis social de la región, y a su vez, ratificar el compromiso de esta con las comunidades del Catatumbo.

Para la Mesa Humanitaria, la salida a la crisis actual se materializa con el diálogo entre las partes, por lo que es prioritario exigir a las entidades gubernamentales una intervención social, no militar, a través de la creación de una Comisión Mediadora, garante, para resolver problemáticas netamente humanitarias. “La salida de este conflicto no son las armas. La confrontación la resuelve el diálogo”, afirma el presidente de una Junta de Acción Comunal, quien tiene la confianza puesta en la Comisión.

Exigencias para el cese de la guerra en el Catatumbo
Parar la guerra representa la máxima tarea de la Mesa Humanitaria. Para ello, las comunidades exigen a los principales actores –Gobierno nacional y grupos armados– ser escuchadas a través del escenario validado por la población civil del Catatumbo: la Comisión por la vida, la reconciliación y la paz del Catatumbo.

El Catatumbo ha exigido, por muchos años, salud, educación y vida digna. La garantía de los derechos básicos posibilita a las comunidades el crecimiento social, económico y cultural; sin embargo, la escasa inversión social ha obstaculizado el desarrollo comunitario en el territorio catatumbero. El levantamiento armado en el territorio colombiano es, según la historia y las voces de quienes han tenido que hacerle frente, la consecuencia de estos hechos. Por esta razón, las comunidades de base, representadas por las Juntas de Acción Comunal y las organizaciones sociales, exigen al Gobierno nacional detener las agresiones al territorio, consecuencia de la deuda histórica reflejada en la falta de garantía de los derechos y en los problemas de orden estructural.

Pese a que “la región tiene su plan de vida, su plan de desarrollo y su gobierno local construido, el Gobierno ha hecho oídos sordos a la región y ha demostrado poco interés en escuchar”, manifiesta un líder social. La población, que conoce la situación porque la está viviendo, sabe que las declaraciones del Ministerio de Defensa representan la negación de la crisis humanitaria que envuelve al Catatumbo.

La guerra ha implicado graves violaciones al Derecho Internacional Humanitario (DIH), manifestadas en las afectaciones a la población civil, como el sembradío de minas antipersona, confrontaciones en viviendas, desplazamientos y amenazas a los líderes y lideresas sociales y comunales. La población civil hace un llamado urgente a los grupos armados en cuestión, a resolver, con voluntad, sus diferencias a través del diálogo y a excluir de la guerra a las comunidades, respetando los Derechos Humanos.

Las comunidades en medio del conflicto
La gente del Catatumbo se ha caracterizado por su resistencia, por la capacidad de organizarse, social y comunitariamente, para buscar salida a los problemas y recomponer el tejido social que las diferentes olas de violencia han querido eliminar. Hoy, mientas hay un silenciamiento selectivo de quienes se atreven a defender la vida de las comunidades, convirtiéndose en un estorbo para los enemigos de la paz, la posición del Estado se acentúa en la indiferencia.

La guerra en el Catatumbo ha puesto de manifiesto la crisis social, mostrando un panorama desalentador en un territorio de riqueza. La crisis se está reflejando en la salud, en los caminos y vías ahora poco transitadas, en la cotidianidad de la población, lo que genera desesperanza en un territorio que ve lejos la paz. En la Mesa Humanitaria se recalca que “no hay médicos, se necesita un plan de contingencia de salud, […] hay atentados, hay amenazados, no hay tranquilidad”.

En consecuencia, se hace un importante llamado a la protección y garantía del derecho a la vida y a la integridad de las y los habitantes de la región de Catatumbo.

“La comunidad sabe que la presencia institucional ha sido siempre de carácter militar, reflejando una mayor vulneración de los DDHH”, cuentan las comunidades que están sumergidas en la confrontación y afectadas en términos económicos, políticos y sociales.

Thursday, 06 July 2017 19:00

Un legado lleno de esperanza

Trascurrían las décadas de los 80 y los 90, un periodo histórico y convulso para la dirigencia social en el Catatumbo, región donde líderes populares de la talla de José Trinidad Torres brotan día a día de la mano de las comunidades. Trino como le llamaban quienes lo conocian, desde su corregimiento natal San Juancito, en Teorama, emprendió una carrera social, popular y campesina; carrera que era motivada por la esperanza de encontrar soluciones a las necesidades que historicamenete han azotado la región. Así, su lucha por el derecho a la educación, la salud, la recreación, la soberanía alimentaria, la comercialización de doble vía, se convirtió en la apuesta máxima de este dirigente.

Trino Torres fue un dirigente sui géneris, de esos que nacen para dejar huellas de mucho valor para su comunidad; fue cofundador de tiendas comunales y de cooperativas, e impulsor del deporte, a través del cual fomentaba la unión, la integración de las comunidades y sobre todo la tolerancia y la convivencia pacífica. Estaba profundamente convencido que era con la lucha social y popular que se lograba el cambio, las transformaciones y el desarrollo para su pueblo.
Siempre batalló por superarse académica, política y socialmente, pues entendía la importancia, seriedad y exigencia que demanda el desarrollo del trabajo comunitario.

Fue muy solidario, gran hijo, gran esposo, gran padre, y gran compañero, caracterizado por su buen sentido del humor. Así, él es un referente obligado para el momento actual que vive la región y las futuras generaciones que se están formando. Con su ejemplo nos dejó un gran legado donde nos resalta la importancia de ser constantes y perseverantes con el trabajo comunal y social, poniendo como principal sujeto al campesinado y su lucha por el territorio, las transformaciones sociales y el buen vivir.

Sus profecías se hicieron realidad
Desde aquella época hasta nuestros días, la guerra fratricida en contra de los campesinos, campesinas e indígenas del Catatumbo no ha parado. Conociendo la historia y lo nocivas que habían sido para la región la explotación minera, y la profundización de monocultivos, Trino con mucha sabiduría y en compañía de otros dirigentes buscó el fortalecimiento del territorio, para resistir al contexto de agudización del conflicto armado, de la violencia y la barbarie inclemente de los grupos paramilitares, que querían desplazar a toda la población y apoderarse de su territorio. Dicha acción con el propósito de obtener nuevos títulos mineros para otorgarse a multinacionales, mediante el plan minero energético y extractivo planteado por el Gobierno nacional.

Es de anotar que Trino no se equivocó en sus predicciones y lecturas de lo que se avecinaba para la región; a pesar de tan violenta arremetida y el desprecio del establecimiento hacia la población, estas aguerridas comunidades resistieron, y hoy el Catatumbo continúa sembrando las semillas de la esperanza que él emprendió, y ha sido a través de la resistencia, la organización, las movilizaciones, los paros, etc., que han logrado frenar tan oscuros propósitos dirigidos por el Estado para favorecer intereses foráneos, de multinacionales, terratenientes y empresarios de las agroindustrias.

Con su ejemplo mostró que la solidaridad no tiene fronteras ni límites. Él seguirá siendo idea

 

 

 

 

 


de cambio y superación en cada uno de los campesinos y campesinas que siguen su legendaria lucha de transformación; demostrando que los sueños se hacen realidad cuando hay esfuerzo y dedicación.

La dirigencia social y popular se hace al fragor de las luchas, el trabajo colectivo y productivo. Trino fue una de esas personas que se destacó por su particular forma de liderar los procesos organizativos. Así, dejó su legado a la región, a su Catatumbo que tanto amó y protegió, a su gente para que tuviera una vida digna llena de progreso.

La mejor manera de honrar la memoria de José Trinidad es continuar la lucha social, popular y campesina iniciada por él, en compañía de las comunidades organizadas en el Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA) que siempre fueron su respaldo y apoyo real en todas sus gestiones y manifestaciones. Es decir, seguir emulando con su pensamiento, y construyendo paz y progreso auto-sostenible, donde el medio ambiente y la soberanía alimentaria en el marco de la protección del territorio sea el eje fundamental.

Saturday, 29 April 2017 19:00

Un guerrero de corazón

La jovencita salió a casa de la tía por un helado. Su padre, Eliecer Guerrero, hacía días tenía el antojo de comer algunos, pero por no tener nevera los preparó donde su cuñada. Él la esperó en una esquina del andén de la vieja casa, y muy silencioso, como era inusual, tomó el helado, la abrazó cariñoso, luego dio la espalda y a paso firme caminó por la vereda. La niña, con mirada inocente observaba mientras desaparecía en la esquina de la calle de tierra. Eliecer se dirigió al hospital a atender su afección de corazón.


“Cachucha”, como le decían por cariño sus compañeros y amigos, fue un guerrero incansable, de corazón gigante, altruista y filántropo. Con la sencillez, honestidad y su fuerza en el hablar, inspiraba confianza y autoridad, características propias de un líder catatumbero. “En eso coincidimos todos los que lo conocimos”, expresó su hija Yesica, quien continúa con su legado.

El Tarra se erige como municipio
“Yo era líder comunal pero me tuve que desplazar”, esas fueron palabras de Eliecer en el libro Memoria: puerta a la esperanza. Hacia los años ochenta empezó a interesarse e integrar el movimiento comunal que surgía en esa época en diferentes lugares del Catatumbo, incluido El Tarra, lugar donde vivía. En ese entonces, el campesinado con mucho esfuerzo lograba arrebatarle al Estado pequeños proyectos que beneficiaban a las comunidades, así se fueron interesando por la organización y la articulación en la Junta de Acción Comunal.

Eliecer históricamente integró junto con otros líderes y lideresas la  constitución de El Tarra como municipio, donde su principal propósito era mejorar la calidad de vida de sus habitantes, con programas reivindicativos que se habían logrado en el paro del Nororiente, como la electrificación, la construcción de escuelas, de puestos de salud, de vías y de alcantarillado; además fue pionero en la organización de cooperativas campesinas que contribuían a consolidar una propuesta económica para la región.

Como líder innato luchó incansablemente para que su voz se escuchara. Entonces, comenta su hija, no tenía problemas para hacer las cosas, para protestar y para exigir los derechos de las comunidades. Nada era suficiente para detener el espíritu guerrero de este líder de machete y azadón.

Empieza el exterminio
La violencia paramilitar comenzó hacia el año 1997, cuando empezaron los rumores de la entrada de este grupo al Catatumbo. En ese momento la coca se expandía por algunos pueblos, como El Martillo, Filo Gringo y El Tarra. Poco a poco la violencia se fortaleció y empezaron las amenazas contra el proceso organizativo del cual las campesinas y campesinos eran protagonistas. Con la violencia se rompió el tejido social y apareció la descomposición social y el narcotráfico.
 
“El Diciembre Negro” fue anunciado para el año 1998, pero nunca llegó, lo hizo para el Día de la Madre. Contaba Eliecer que fueron crueles las noticias que llegaban sobre las masacres en La Gabarra. El miedo se vertía como una penumbra oscura sobre la gente de la región, se temía que llegaran los “paracos” en la noche y mataran a todos, por lo que se optó por dormir en el monte. Eliecer estuvo en Filo Gringo, o lo que quedó del pueblito, puesto que los paramilitares al llegar y no encontrar a nadie, saquearon y luego quemaron las casas. En el camino dejaron desolación, 36 muertos se recogieron y enterraron en El Tarra. “Algo que solo puede hacer la gente así de violenta, más que violenta, enferma, psicópata, drogados o no sé cómo se podrá definir eso”, atestiguaba.


Nos persiguen donde vayamos
Inició la odisea. La gente vivía atemorizada, aseguraba el líder. Nadie aguantó la situación y comenzaron a desplazarse. Él lo hizo junto a su familia, inicialmente hacía Convención, donde solo pudieron estar seis meses porque allí también llegaron los paras, el horror, las amenazas y las muertes. Luego se dirigieron a Cúcuta donde trataron de instalarse y reconstruir su hogar, pero las condiciones no fueron buenas, el hambre y el abandono del Estado fue el plato fuerte para las personas que sufrían la barbarie del desplazamiento forzado. Eliecer con su espíritu luchador lideraba el movimiento que articulaba desplazados que provenían de los diferentes municipios del Catatumbo. “Él hablaba y lo escuchaban, porque él inspiraba autoridad y no temía hablar con quien fuese para denunciar y exigir garantías”, dice su hija.

En ese momento, decidieron tomar la Catedral de Cúcuta como refugio para los desplazados. Fue un 16 de septiembre del 2002. Alcira, su esposa, recibió a las siete de la mañana la llamada de su marido, quien le pidió presuroso que se dirigiera junto con los niños a la Catedral. Cuando llegaron allí, ya había varias familias. La condición de desplazados hizo que mucha gente en Cúcuta fuese indiferente, por lo que tuvieron que padecer hambre, aguantar el calor capitalino y soportar las incomodidades en la ostentosa construcción. La curia, por su parte, no se solidarizó, solo quería desalojar a las personas que día a día llegaban a la capital norte santandereana a refugiarse del terrorismo paramilitar. Finalmente, en acuerdo con los sacerdotes, la Defensoría y Acción Social, se hicieron acciones para el retorno de las familias a sus respectivos lugares de origen.


El plan retorno
Eliecer regresó a su tierra, mientras que su familia se instaló en Ocaña y continuó siendo como siempre el hombre luchador. La experiencia paramilitar lo motivó más a establecer varios procesos organizativos del movimiento social, lideró el retorno a pesar de que el Gobierno no cumpliera con lo pactado. Siempre tuvo un plato de comida para llevárselo a quien no tenía, y siempre puso a su familia como el centro de su vida, a pesar de las múltiples dificultades por las que atravesaron.

Pero el destino no quería que viera realizado su sueño, y en el 2009 su corazón no aguantó más, no cupo en su cuerpo, fue tan grande que decidió parar. Su hija lo vería en casa por última vez ese día que fue por el helado.

Desde el 2014 se está impulsando en la región del Catatumbo la propuesta de los Territorios Campesinos Agroalimentarios -TCA-  como una figura territorial, sujeta a los planes de vida digna del campesinado. Esta iniciativa es una de las apuestas políticas del Comité de Integración Social del Catatumbo –Cisca-, y junto con los colectivos que lo integran, trabajan para desarrollarla.

Algunos logros obtenidos en la fase inicial de la propuesta, son la socialización con los colectivos, el entendimiento por parte de las comunidades de las diferentes figuras territoriales propuestas para la región, su apuesta por la defensa del territorio y su contribución a la conformación del territorio intercultural del Catatumbo, a través del cual se busca contrarrestar las políticas neoliberales y de extractivismo que tiene el modelo económico, como la agroindustria y la minería y sus efectos nocivos sobre la poblacion y la naturaleza.

Según la cartilla de Territorios Campesinos Agroalimentarios publicada en el año 2015 por el Coordinador Nacional Agrario –CNA- dicha figura surge en el marco de la IV Asamblea de esta organización agraria, con el propósito de reafirmar la defensa de la tierra y el territorio, y fortalecer los planes de vida digna para continuar en la lucha por la reforma agraria, la permanencia en el territorio, la defensa de los bienes comunes naturales, la identidad, la cultura, la economía campesina, la soberanía alimentaria y popular.

“Los TCA son el espacio concebido, habitado y organizado por nuestras familias, comunidades y organizaciones campesinas, donde como campesinas y campesinos establecemos lazos sociocomunitarios para mejorar nuestras condiciones de vida digna en el campo, teniendo principal interés en la conservación, uso adecuado y protección de la tierra, el agua y sus bienes naturales”, por lo que se pueden desarrollar actividades de producción agrícola, pecuaria, pesquera, forestal y mineria en pequeña escala combinada con la agricultura.

Según Yamid Contreras, integrante del equipo político del Cisca “los TCA van más allá de la producción; son una forma de ordenamiento territorial popular, una propuesta de vida y de permanencia en el territorio para el campesinado, son nuestra casa”.

Por su parte Candelario Torres, campesino y Concejal del municipio de Hacarí, nos cuenta cómo se ha venido construyendo la propuesta: “la hemos venido  socializando con los diferentes comités de mujeres, jóvenes, niños y niñas, y se ha construido un conocimiento colectivo de la noción que se tiene de territorio, lo que pensamos de él, cómo queremos vivir, y cómo en la cotidianidad lo construimos”. Además menciona que se ha avanzado en su implementación con el desarrollo de propuestas de soberanía alimentaria y economía campesina, así como el rescate de semillas criollas.


Para Ediver Suarez del equipo político del Cisca “Los TCA buscan el reconocimiento de la territorialidad campesina, la protección de la cultura, la identidad, y la vida de los campesinos y campesinas. Es decir, que sean reconocidos  como sujeto de derecho político, económico, social y cultural, para así desarrollar procesos de ordenamiento territorial popular y gobierno propio”.

En ese sentido manifiesta que en algunas regiones del país existen avances significativos comparados con otros. Por ejemplo Centro-Oriente y Nariño donde han declarado TCA de hecho.  “En la práctica el avance ha sido mayor, el campesinado históricamente  ha construido Territorios Agroalimentarios, entendidos desde la cosmovisión del espacio geográfico, la cultura, la convivencia, el respeto por la naturaleza y la vida. Incluso, en coexistencia con otras figuras territoriales”.

Uno de los retos que tiene esta propuesta, es la de lograr un reconocimiento por parte del Estado al “campesinado como sujeto de derechos, el acceso a la tierra y a la territorialidad con identidad campesina”, a través de un proyecto de ley que pretende adecuar la Constitucion Política a las realidades sociales y a las exigencias del campesinado colombiano mediante la reforma del artículo 64 de la constitución. Esta lucha, plantea el Cisca, debe darse de manera colectiva, y a partir de la organización y la movilización.

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