Cisca

Cisca

Saturday, 07 September 2019 00:00

En busca de verdad y justicia

Cayó la noche y La Gabarra se oscureció, no precisamente porque la luna se escondiera tras las nubes, sino porque ellos quitaron la electricidad. Era un sábado, y el pueblo, pese al temor silencioso, continuaba en su cotidianidad. Se rehusaban a creer en los rumores, “que vienen en la vereda 25, que vienen en la 28”, se decía. Pero esa noche, el 21 de agosto de 1999, llegaron los paramilitares. Fue en ese momento que la historia del corregimiento de La Gabarra, municipio de Tibú, cambió para siempre.

“Llegaron varios camionados de paramilitares, se apoderaron del pueblo, duraron media hora, el terror fue mucho”, recuerda el profesor Pedro Josías Buitrago. El cura tocó las campanas para pedir ayuda, pero fue en vano. “La llegada de ellos aquí al pueblo fue como la invasión de los españoles a América”, compara Pedro.

Ese día, más de 35 personas fueron asesinadas en el pueblo, y otras más fueron desaparecidas. Los habitantes de la región cuentan que además, durante los días siguientes, muchas más fueron asesinadas en los campos. Con este hecho los paramilitares anunciaron el inicio del control territorial en el Catatumbo, con la mirada cómplice del Ejército nacional, quien ese 21 de agosto removió los puestos de control antes de la llegada de los paramilitares.

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Veinte años después, otra visita interrumpió la cotidianidad de La Gabarra. El sábado 17 de agosto entraron al pueblo buses de la empresa Catatumbo, camionetas y motos. Venían de distintos lugares: Medellín, Bucaramanga, Cúcuta, Bogotá, Cesar y de otras partes de la región del Catatumbo. Esta vez no se trató de camiones plagados de armas y maldad, sino de niñas, niños, jóvenes, mujeres, hombres, personas de la tercera edad y miembros de la comunidad Barí que le cumplían una cita a la verdad y a la justicia, y sobre todo, a la resistencia al olvido.

El domingo 18 de agosto de 2019, diferentes organizaciones y colectivos de la región unieron fuerzas para, a través de expresiones artísticas y culturales, conmemorar los 20 años de la masacre y reivindicar la vida y lucha de quienes se fueron y de quienes sobrevivieron.

Cantando al sol como la cigarra
El reloj marcaba las cinco de la mañana cuando a través de un megáfono la guardia campesina anunció que la hora había llegado. Las diferentes delegaciones salieron a las calles acompañadas de la banda del colegio. Entre la melodía de las liras, el retumbar de los redoblantes y el estallido de la pólvora, se dio inicio a la alborada, un recorrido por todo el pueblo.

Desde puertas, ventanas y balcones los habitantes se acercaban a mirar qué era lo que estaba ocurriendo, ¿por qué en un pueblo donde todas las actividades normales comienzan a partir de las siete de la mañana se presentaba tanto escándalo de madrugada? La respuesta era: las víctimas no se olvidan. Las calles que en su momento fueron testigos de la barbarie, este 18 de agosto se vistieron de iniciativas de memoria y resistencia.

Por los que se fueron pero aún están con nosotros
Con la alborada se dio inicio a la mística en el parque principal. De manera simbólica se hizo, junto con familiares y amigos de las víctimas y la comunidad, un homenaje a la memoria de las más de 30 personas asesinadas. Bajo el intenso calor y acompañados de la canción “sobreviviendo” de Víctor Heredia, visitantes del evento declamaron poemas y realizaron puestas en escena. Encarnaron y expusieron las cifras y vivencias de ese 21 de agosto. Posteriormente le dieron la palabra al padre Víctor Hugo, quien estuvo presente el día de los hechos, y finalmente, el acto simbólico culminó con las palabras de tres caciques de la Comunidad Barí.

Los rostros que no se olvidan
En el parque principal, en biombos de cartón, estaban los rostros y los nombres de quienes partieron aquella noche. En estos marcos fotográficos estaban el río y las canoas, las calles y su gente, los bailes, las denuncias y las luchas que han conmemorado tal atrocidad.

Un árbol conservó en sus ramas renglones que recordaban a las víctimas desde sus gustos, pasiones y quehaceres; relataron lo que las fotografías no alcanzaban a contar: los sueños, las familias y los amigos. Eran líderes amantes del fútbol, defensores de la tierra y de la acción comunal. Ismael tenía talento para la carpintería, Juan José para las matemáticas y Nelson amaba las fiestas. En árboles de Palma paraíso, Pera de agua y Crotos, próximos a plantar, se sembraron palabras de amor. “¡Gracias! ¡Le extrañamos! ¡Jamás le olvidaremos! ¡Espero se encuentre bien!”, eran expresiones que se repetían en las cartas que los familiares, amigos y amigas de las víctimas les regalaron. La galería fotográfica fue un espacio de encuentro para contar historias, rememorar escenas… para tenerlos cerca.

Colores y experiencias para la memoria
A una cuadra del coliseo, la juventud se unió para llevar, con botes de pintura, un mensaje que perdurara en el tiempo, y rechazaron así la militarización y el extractivismo. Los murales recordaron los hechos perpetrados hace 20 años, pero también exaltaron a los hombres y mujeres que han alzado los brazos en favor de su comunidad.

Mientras el color se convertía en un acto de memoria, los micrófonos del coliseo le apostaron a la reflexión. Fue el momento del Foro “20 años en Búsqueda de la Verdad y Justicia”. En la conmemoración intervinieron diversos participantes: Luz Elena Galeano Laverde relató su experiencia como víctima de La Escombrera, en la Comuna 13 de Medellín; el profesor Pedro Josías Buitrago recordó las vivencias que padeció su comunidad y su región cuando los paramilitares arremetieron, y el periodista Gearóid Ó Loingsigh hizo una reflexión sobre las causas de las masacres.

Al caer la noche se compartió una velada que reivindicó a las víctimas desde la unión y el regocijo. “¡No callaremos, cantaremos la verdad!”, fue la consigna de la noche. El grupo Pasajeros de Medellín le cantó a la educación, a la utopía y a la esperanza, Bucaramanga alegró con malabares y violines, y el Catatumbo, una vez más, resistió: a través del canto Barí, de las coplas, las letras inéditas de campesinos y campesinas de varios municipios de la región, el rap, la carranga y el teatro de la juventud catatumbera.

Memoria y paz para las víctimas
“Qué bueno que no la olviden”, dijo una madre entristecida, al recordar a su hija desaparecida. Se llenó de orgullo al darse cuenta que ese 18 de agosto las personas que se encontraban en el pueblo habían llegado en honor a las víctimas, y entonces supo que su hija, como las demás personas masacradas, nunca serán olvidadas.

“Fue el deseo de vivir, de salvaguardar la vida de los otros”, responde uno de los líderes del Catatumbo cuando se le pregunta por aquello que impulsó el encuentro comunitario que daría origen al Comité de Integración Social del Catatumbo (Cisca).

En medio de temores colectivos, de la sensación permanente de zozobra, de las dificultades para transitar por trochas y caminos bifurcados que aún recorrían los paramilitares, el 9 de septiembre de 2004, más de 400 campesinos y campesinas de la región del Catatumbo dieron inicio al encuentro que abrió las puertas a un espacio cuya principal apuesta era la reconstrucción del tejido social con carácter regional.

Este encuentro, convocado en la iglesia católica del corregimiento de San Pablo, en el municipio de Teorama, marcó el inicio de una nueva época de lucha y resistencia en la que campesinos e indígenas –pese a los infortunios a los que se enfrentan los bienes naturales y las verdes serranías de la casa del trueno– asumieron el desafío de permanecer en el territorio y defender la vida.

La convocatoria no fue fácil, sin embargo el reto se enfrentó, y con diferentes estrategias de comunicación se pasó la voz de pueblo en pueblo. A San Pablo llegaron jóvenes, niños y niñas, mujeres y hombres con amor al Catatumbo, con la esperanza de cesar los ruidos de los fusiles, con la ilusión de reconstruir lo que el paramilitarismo debilitó. Se reunieron las Juntas de Acción Comunal, las Asociaciones de Juntas, el Movimiento Cooperativo y organizaciones de Derechos Humanos, con un mensaje claro: “pese a esta barbarie, todavía estamos vivos”.

Todas estas personas deseaban dar una respuesta colectiva al terror sembrado por la mano paramilitar que, entre otras cosas, quebró el tejido social, desarticuló los liderazgos y desarrolló estrategias para eliminar toda expresión comunitaria en la región. A este propósito no fue fácil ponerle nombre, llamarle federación o asociación generaba discusiones entre quienes construían la propuesta, y cómo no, si era muy importante que aquello que estaba naciendo obedeciera a intereses comunitarios, a una apuesta conjunta. Tampoco fue fácil definir estructura, organización, horizonte político, responsabilidades, etcétera. No obstante, a pesar de lo difícil que es llegar a acuerdos, hace quince años nació con claras banderas de lucha el Comité de Integración Social del Catatumbo (Cisca).
Con la ilusión de reconstruir sueños colectivos, se empeñaron en defender la región basados en tres elementos: integración, vida y territorio, articulados en el Plan de Vida. Al respecto una lideresa comenta que: “Veíamos en el surgimiento de luchas indígenas y campesinas […] una apuesta por la permanencia, no por el desarrollo. El Plan de Vida es la apuesta de la comunidad para la supervivencia en los territorios, se constituye en una utopía que todo el tiempo nos hace caminar hacia un horizonte. Para el Cisca, es una apuesta política que se va concretando en posturas […] contra el extractivismo, contra la corrupción y en defensa de la naturaleza”.

Inspirado en procesos latinoamericanos, el Cisca se pensó en una estructura organizativa horizontal que posibilitara la participación activa en los distintos escenarios constituidos en el territorio. La creatividad y la innovación fueron dos características fundamentales para lograr horizontalidad en el relacionamiento, en la toma de decisiones, en la construcción de propuestas de región, tal como lo asegura una de las lideresas del CISCA. Al cabo de dos años se veían materializados sueños de integración y de fortalecimiento comunal.

En estos caminos fueron compañeros y compañeras quienes dieron vida y fuerza a la construcción y fortalecimiento de dicha apuesta regional. Como esta lucha iba en contra de intereses económicos sobre la región, líderes como Trino Torres y Daniel Guerra fueron asesinados en los primeros años de vida del Cisca, en el marco de un plan que buscaba desarticular el proceso.

Sobreponiéndose a estos duros golpes, la convicción y el compromiso llevaron a continuar la labor, y fueron surgiendo así, con los años, los caminos de lucha: la organización, la disputa institucional y la movilización.
Hoy el Cisca se estructura a partir de colectivos de base que le dan vida a los ejes de trabajo y constituyen el entramado de sueños, esperanzas y visiones diversas para construir colectivamente en medio del debate permanente.

Hacia el 2010, en la III Asamblea, el Cisca se transformó en un sujeto social y político y asumió como un camino de lucha la disputa institucional, planteando así su vocación de poder y la búsqueda de nuevas formas de ser y hacer gobierno, en las que se piense una relación de igualdad entre los seres humanos, el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y la lucha contra la corrupción. También, en los años 2014 y 2016, el Cisca retomó las experiencias heredadas de la década de los 80 y se movilizó en medio de las jornadas de Paro Nacional, para gritar que el Catatumbo existe.

Son 15 años de trabajo que se materializan en logros significativos. Hoy el Cisca cuenta con diversas voces que hacen eco de sus luchas en los Concejos municipales de la región, y con Alberto Castilla, dirigente surgido de sus bases, defendiendo en el Senado de la República al campesinado del Catatumbo y de Colombia.

Además, hoy son múltiples los casos de catatumberos que encuentran una esperanza en los planes de vida y la apuesta productiva del Cisca. Marina Prieto, quien desde el 2008 pertenece al Cisca, es un ejemplo de ello. Antes de conocer el proceso, Marina se dedicaba a las labores domésticas, ahora hace jabones y cremas artesanales: “Vivía como estresada, como triste porque no tenía economía. El Cisca es como si hubiera bajado mi Dios de los cielos porque me ha enseñado, me ha protegido, me ha ayudado muchísimo. Para mí el Cisca es el mejor regalo que yo tengo. Cuando me llama el Cisca soy feliz, estoy triste pero en ese momento yo me vuelvo feliz”, asegura Marina.

Las transformaciones son individuales y también colectivas. Gracias la tienda comunitaria impulsada por la comunidad de Cartagenita y el Cisca, los habitantes de este corregimiento de Convención encuentran una alternativa productiva diferente a la coca: “La coca que es un problema económico que aparte de que genera muchos recursos, genera muchos problemas, y uno de ellos es el tema de la especulación de precios. Las tiendas comunitarias son una propuesta para darle una solución al tema de los precios. Es también una iniciativa para que la producción del campo tenga un valor, decirles a los campesinos que produzcan para llevarlo hasta las tiendas comunitarias para que lo vendan a un valor justo sin hacer ninguna especulación”, cuenta uno de los líderes comunitarios de Cartagenita.

Tras 15 años de trabajo, el Cisca no deja de plantearse retos aún más grandes. Su mejor lema en este cumpleaños ha sido reiterar que la lucha por vida digna apenas comienza.

Wednesday, 08 August 2018 00:00

Las comunidades del Catatumbo

Para las comunidades del Catatumbo, Norte de Santander, el 2018 llegó con el incremento de la confrontación militar y política entre actores armados en distintos municipios de la región, que trae como consecuencia la incertidumbre y zozobra en las comunidades. La situación, sin embargo, se ha estado gestando desde hace varios años a raíz del abandono estatal, causa principal de la violencia en el Catatumbo. En el marco de este escenario, se encuentran la guerra entre insurgencias, el silencio del Estado y una comunidad que ha generado propuestas sociales que buscan, entre tanto, una paz estable y duradera, y un territorio en el que se respeten sus derechos y en el que se viva dignamente.

Para quienes la guerra ha cambiado sus prácticas cotidianas, las razones del conflicto no han sido del todo claras. El desconocimiento acerca de los orígenes de la confrontación armada entre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Liberación (EPL), deja a la población a la expectativa de un cese armado. “Las gentes del Catatumbo no vivimos como se vivía anteriormente; hemos vivido entre pobreza, hemos vivido entre abandono estatal, pero vivíamos tranquilos”, dice un líder social del municipio de San Calixto.

En correspondencia con lo anterior, las mismas comunidades han sido partícipes activas en la construcción de la paz, creando escenarios de participación social e institucional, como lo son el gran Encuentro de El Tarra, que hizo un llamado a no involucrar a la población civil en la confrontación armada, y que tuvo como resultado la creación de la Comisión por la vida, la reconciliación y la paz del Catatumbo. Dicho escenario está conformado por el Comité de Integración Social del Catatumbo-CISCA, la Asociación Campesina del Catatumbo-ASCAMCAT, El Movimiento por la Constituyente Popular-MCP y el Movimiento Comunal de la región.

La Comisión por la vida, la reconciliación y la paz del Catatumbo desarrolló desde su creación la Misión de verificación, acompañada por el Gobierno nacional, organizaciones defensoras de Derechos Humanos nacionales e internacionales y medios de comunicación, quienes reconocieron la crisis humanitaria ocasionada por el conflicto. Igualmente, se conformó la Comisión mediadora para generar una interlocución, respaldada institucionalmente, con los actores del conflicto. Esto dio paso a la instalación de la Mesa Humanitaria, que tiene el propósito de articular un trabajo con la institucionalidad, además de generar un escenario de seguimiento a los acuerdos pactados con el Gobierno y las comunidades en las movilizaciones campesinas.

La Mesa Humanitaria y su apuesta por la paz
La Mesa Humanitaria, originada por la preocupación social frente al conflicto armado, busca realizar un balance de las situaciones que han ocurrido en la región como resultado de la confrontación entre el ELN y el EPL. Del mismo modo, tiene como prioridad atender asuntos de orden estructural con la institucionalidad, detonante de la crisis social de la región, y a su vez, ratificar el compromiso de esta con las comunidades del Catatumbo.

Para la Mesa Humanitaria, la salida a la crisis actual se materializa con el diálogo entre las partes, por lo que es prioritario exigir a las entidades gubernamentales una intervención social, no militar, a través de la creación de una Comisión Mediadora, garante, para resolver problemáticas netamente humanitarias. “La salida de este conflicto no son las armas. La confrontación la resuelve el diálogo”, afirma el presidente de una Junta de Acción Comunal, quien tiene la confianza puesta en la Comisión.

Exigencias para el cese de la guerra en el Catatumbo
Parar la guerra representa la máxima tarea de la Mesa Humanitaria. Para ello, las comunidades exigen a los principales actores –Gobierno nacional y grupos armados– ser escuchadas a través del escenario validado por la población civil del Catatumbo: la Comisión por la vida, la reconciliación y la paz del Catatumbo.

El Catatumbo ha exigido, por muchos años, salud, educación y vida digna. La garantía de los derechos básicos posibilita a las comunidades el crecimiento social, económico y cultural; sin embargo, la escasa inversión social ha obstaculizado el desarrollo comunitario en el territorio catatumbero. El levantamiento armado en el territorio colombiano es, según la historia y las voces de quienes han tenido que hacerle frente, la consecuencia de estos hechos. Por esta razón, las comunidades de base, representadas por las Juntas de Acción Comunal y las organizaciones sociales, exigen al Gobierno nacional detener las agresiones al territorio, consecuencia de la deuda histórica reflejada en la falta de garantía de los derechos y en los problemas de orden estructural.

Pese a que “la región tiene su plan de vida, su plan de desarrollo y su gobierno local construido, el Gobierno ha hecho oídos sordos a la región y ha demostrado poco interés en escuchar”, manifiesta un líder social. La población, que conoce la situación porque la está viviendo, sabe que las declaraciones del Ministerio de Defensa representan la negación de la crisis humanitaria que envuelve al Catatumbo.

La guerra ha implicado graves violaciones al Derecho Internacional Humanitario (DIH), manifestadas en las afectaciones a la población civil, como el sembradío de minas antipersona, confrontaciones en viviendas, desplazamientos y amenazas a los líderes y lideresas sociales y comunales. La población civil hace un llamado urgente a los grupos armados en cuestión, a resolver, con voluntad, sus diferencias a través del diálogo y a excluir de la guerra a las comunidades, respetando los Derechos Humanos.

Las comunidades en medio del conflicto
La gente del Catatumbo se ha caracterizado por su resistencia, por la capacidad de organizarse, social y comunitariamente, para buscar salida a los problemas y recomponer el tejido social que las diferentes olas de violencia han querido eliminar. Hoy, mientas hay un silenciamiento selectivo de quienes se atreven a defender la vida de las comunidades, convirtiéndose en un estorbo para los enemigos de la paz, la posición del Estado se acentúa en la indiferencia.

La guerra en el Catatumbo ha puesto de manifiesto la crisis social, mostrando un panorama desalentador en un territorio de riqueza. La crisis se está reflejando en la salud, en los caminos y vías ahora poco transitadas, en la cotidianidad de la población, lo que genera desesperanza en un territorio que ve lejos la paz. En la Mesa Humanitaria se recalca que “no hay médicos, se necesita un plan de contingencia de salud, […] hay atentados, hay amenazados, no hay tranquilidad”.

En consecuencia, se hace un importante llamado a la protección y garantía del derecho a la vida y a la integridad de las y los habitantes de la región de Catatumbo.

“La comunidad sabe que la presencia institucional ha sido siempre de carácter militar, reflejando una mayor vulneración de los DDHH”, cuentan las comunidades que están sumergidas en la confrontación y afectadas en términos económicos, políticos y sociales.

Thursday, 06 July 2017 19:00

Un legado lleno de esperanza

Trascurrían las décadas de los 80 y los 90, un periodo histórico y convulso para la dirigencia social en el Catatumbo, región donde líderes populares de la talla de José Trinidad Torres brotan día a día de la mano de las comunidades. Trino como le llamaban quienes lo conocian, desde su corregimiento natal San Juancito, en Teorama, emprendió una carrera social, popular y campesina; carrera que era motivada por la esperanza de encontrar soluciones a las necesidades que historicamenete han azotado la región. Así, su lucha por el derecho a la educación, la salud, la recreación, la soberanía alimentaria, la comercialización de doble vía, se convirtió en la apuesta máxima de este dirigente.

Trino Torres fue un dirigente sui géneris, de esos que nacen para dejar huellas de mucho valor para su comunidad; fue cofundador de tiendas comunales y de cooperativas, e impulsor del deporte, a través del cual fomentaba la unión, la integración de las comunidades y sobre todo la tolerancia y la convivencia pacífica. Estaba profundamente convencido que era con la lucha social y popular que se lograba el cambio, las transformaciones y el desarrollo para su pueblo.
Siempre batalló por superarse académica, política y socialmente, pues entendía la importancia, seriedad y exigencia que demanda el desarrollo del trabajo comunitario.

Fue muy solidario, gran hijo, gran esposo, gran padre, y gran compañero, caracterizado por su buen sentido del humor. Así, él es un referente obligado para el momento actual que vive la región y las futuras generaciones que se están formando. Con su ejemplo nos dejó un gran legado donde nos resalta la importancia de ser constantes y perseverantes con el trabajo comunal y social, poniendo como principal sujeto al campesinado y su lucha por el territorio, las transformaciones sociales y el buen vivir.

Sus profecías se hicieron realidad
Desde aquella época hasta nuestros días, la guerra fratricida en contra de los campesinos, campesinas e indígenas del Catatumbo no ha parado. Conociendo la historia y lo nocivas que habían sido para la región la explotación minera, y la profundización de monocultivos, Trino con mucha sabiduría y en compañía de otros dirigentes buscó el fortalecimiento del territorio, para resistir al contexto de agudización del conflicto armado, de la violencia y la barbarie inclemente de los grupos paramilitares, que querían desplazar a toda la población y apoderarse de su territorio. Dicha acción con el propósito de obtener nuevos títulos mineros para otorgarse a multinacionales, mediante el plan minero energético y extractivo planteado por el Gobierno nacional.

Es de anotar que Trino no se equivocó en sus predicciones y lecturas de lo que se avecinaba para la región; a pesar de tan violenta arremetida y el desprecio del establecimiento hacia la población, estas aguerridas comunidades resistieron, y hoy el Catatumbo continúa sembrando las semillas de la esperanza que él emprendió, y ha sido a través de la resistencia, la organización, las movilizaciones, los paros, etc., que han logrado frenar tan oscuros propósitos dirigidos por el Estado para favorecer intereses foráneos, de multinacionales, terratenientes y empresarios de las agroindustrias.

Con su ejemplo mostró que la solidaridad no tiene fronteras ni límites. Él seguirá siendo idea

 

 

 

 

 


de cambio y superación en cada uno de los campesinos y campesinas que siguen su legendaria lucha de transformación; demostrando que los sueños se hacen realidad cuando hay esfuerzo y dedicación.

La dirigencia social y popular se hace al fragor de las luchas, el trabajo colectivo y productivo. Trino fue una de esas personas que se destacó por su particular forma de liderar los procesos organizativos. Así, dejó su legado a la región, a su Catatumbo que tanto amó y protegió, a su gente para que tuviera una vida digna llena de progreso.

La mejor manera de honrar la memoria de José Trinidad es continuar la lucha social, popular y campesina iniciada por él, en compañía de las comunidades organizadas en el Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA) que siempre fueron su respaldo y apoyo real en todas sus gestiones y manifestaciones. Es decir, seguir emulando con su pensamiento, y construyendo paz y progreso auto-sostenible, donde el medio ambiente y la soberanía alimentaria en el marco de la protección del territorio sea el eje fundamental.

Saturday, 29 April 2017 19:00

Un guerrero de corazón

La jovencita salió a casa de la tía por un helado. Su padre, Eliecer Guerrero, hacía días tenía el antojo de comer algunos, pero por no tener nevera los preparó donde su cuñada. Él la esperó en una esquina del andén de la vieja casa, y muy silencioso, como era inusual, tomó el helado, la abrazó cariñoso, luego dio la espalda y a paso firme caminó por la vereda. La niña, con mirada inocente observaba mientras desaparecía en la esquina de la calle de tierra. Eliecer se dirigió al hospital a atender su afección de corazón.


“Cachucha”, como le decían por cariño sus compañeros y amigos, fue un guerrero incansable, de corazón gigante, altruista y filántropo. Con la sencillez, honestidad y su fuerza en el hablar, inspiraba confianza y autoridad, características propias de un líder catatumbero. “En eso coincidimos todos los que lo conocimos”, expresó su hija Yesica, quien continúa con su legado.

El Tarra se erige como municipio
“Yo era líder comunal pero me tuve que desplazar”, esas fueron palabras de Eliecer en el libro Memoria: puerta a la esperanza. Hacia los años ochenta empezó a interesarse e integrar el movimiento comunal que surgía en esa época en diferentes lugares del Catatumbo, incluido El Tarra, lugar donde vivía. En ese entonces, el campesinado con mucho esfuerzo lograba arrebatarle al Estado pequeños proyectos que beneficiaban a las comunidades, así se fueron interesando por la organización y la articulación en la Junta de Acción Comunal.

Eliecer históricamente integró junto con otros líderes y lideresas la  constitución de El Tarra como municipio, donde su principal propósito era mejorar la calidad de vida de sus habitantes, con programas reivindicativos que se habían logrado en el paro del Nororiente, como la electrificación, la construcción de escuelas, de puestos de salud, de vías y de alcantarillado; además fue pionero en la organización de cooperativas campesinas que contribuían a consolidar una propuesta económica para la región.

Como líder innato luchó incansablemente para que su voz se escuchara. Entonces, comenta su hija, no tenía problemas para hacer las cosas, para protestar y para exigir los derechos de las comunidades. Nada era suficiente para detener el espíritu guerrero de este líder de machete y azadón.

Empieza el exterminio
La violencia paramilitar comenzó hacia el año 1997, cuando empezaron los rumores de la entrada de este grupo al Catatumbo. En ese momento la coca se expandía por algunos pueblos, como El Martillo, Filo Gringo y El Tarra. Poco a poco la violencia se fortaleció y empezaron las amenazas contra el proceso organizativo del cual las campesinas y campesinos eran protagonistas. Con la violencia se rompió el tejido social y apareció la descomposición social y el narcotráfico.
 
“El Diciembre Negro” fue anunciado para el año 1998, pero nunca llegó, lo hizo para el Día de la Madre. Contaba Eliecer que fueron crueles las noticias que llegaban sobre las masacres en La Gabarra. El miedo se vertía como una penumbra oscura sobre la gente de la región, se temía que llegaran los “paracos” en la noche y mataran a todos, por lo que se optó por dormir en el monte. Eliecer estuvo en Filo Gringo, o lo que quedó del pueblito, puesto que los paramilitares al llegar y no encontrar a nadie, saquearon y luego quemaron las casas. En el camino dejaron desolación, 36 muertos se recogieron y enterraron en El Tarra. “Algo que solo puede hacer la gente así de violenta, más que violenta, enferma, psicópata, drogados o no sé cómo se podrá definir eso”, atestiguaba.


Nos persiguen donde vayamos
Inició la odisea. La gente vivía atemorizada, aseguraba el líder. Nadie aguantó la situación y comenzaron a desplazarse. Él lo hizo junto a su familia, inicialmente hacía Convención, donde solo pudieron estar seis meses porque allí también llegaron los paras, el horror, las amenazas y las muertes. Luego se dirigieron a Cúcuta donde trataron de instalarse y reconstruir su hogar, pero las condiciones no fueron buenas, el hambre y el abandono del Estado fue el plato fuerte para las personas que sufrían la barbarie del desplazamiento forzado. Eliecer con su espíritu luchador lideraba el movimiento que articulaba desplazados que provenían de los diferentes municipios del Catatumbo. “Él hablaba y lo escuchaban, porque él inspiraba autoridad y no temía hablar con quien fuese para denunciar y exigir garantías”, dice su hija.

En ese momento, decidieron tomar la Catedral de Cúcuta como refugio para los desplazados. Fue un 16 de septiembre del 2002. Alcira, su esposa, recibió a las siete de la mañana la llamada de su marido, quien le pidió presuroso que se dirigiera junto con los niños a la Catedral. Cuando llegaron allí, ya había varias familias. La condición de desplazados hizo que mucha gente en Cúcuta fuese indiferente, por lo que tuvieron que padecer hambre, aguantar el calor capitalino y soportar las incomodidades en la ostentosa construcción. La curia, por su parte, no se solidarizó, solo quería desalojar a las personas que día a día llegaban a la capital norte santandereana a refugiarse del terrorismo paramilitar. Finalmente, en acuerdo con los sacerdotes, la Defensoría y Acción Social, se hicieron acciones para el retorno de las familias a sus respectivos lugares de origen.


El plan retorno
Eliecer regresó a su tierra, mientras que su familia se instaló en Ocaña y continuó siendo como siempre el hombre luchador. La experiencia paramilitar lo motivó más a establecer varios procesos organizativos del movimiento social, lideró el retorno a pesar de que el Gobierno no cumpliera con lo pactado. Siempre tuvo un plato de comida para llevárselo a quien no tenía, y siempre puso a su familia como el centro de su vida, a pesar de las múltiples dificultades por las que atravesaron.

Pero el destino no quería que viera realizado su sueño, y en el 2009 su corazón no aguantó más, no cupo en su cuerpo, fue tan grande que decidió parar. Su hija lo vería en casa por última vez ese día que fue por el helado.

Desde el 2014 se está impulsando en la región del Catatumbo la propuesta de los Territorios Campesinos Agroalimentarios -TCA-  como una figura territorial, sujeta a los planes de vida digna del campesinado. Esta iniciativa es una de las apuestas políticas del Comité de Integración Social del Catatumbo –Cisca-, y junto con los colectivos que lo integran, trabajan para desarrollarla.

Algunos logros obtenidos en la fase inicial de la propuesta, son la socialización con los colectivos, el entendimiento por parte de las comunidades de las diferentes figuras territoriales propuestas para la región, su apuesta por la defensa del territorio y su contribución a la conformación del territorio intercultural del Catatumbo, a través del cual se busca contrarrestar las políticas neoliberales y de extractivismo que tiene el modelo económico, como la agroindustria y la minería y sus efectos nocivos sobre la poblacion y la naturaleza.

Según la cartilla de Territorios Campesinos Agroalimentarios publicada en el año 2015 por el Coordinador Nacional Agrario –CNA- dicha figura surge en el marco de la IV Asamblea de esta organización agraria, con el propósito de reafirmar la defensa de la tierra y el territorio, y fortalecer los planes de vida digna para continuar en la lucha por la reforma agraria, la permanencia en el territorio, la defensa de los bienes comunes naturales, la identidad, la cultura, la economía campesina, la soberanía alimentaria y popular.

“Los TCA son el espacio concebido, habitado y organizado por nuestras familias, comunidades y organizaciones campesinas, donde como campesinas y campesinos establecemos lazos sociocomunitarios para mejorar nuestras condiciones de vida digna en el campo, teniendo principal interés en la conservación, uso adecuado y protección de la tierra, el agua y sus bienes naturales”, por lo que se pueden desarrollar actividades de producción agrícola, pecuaria, pesquera, forestal y mineria en pequeña escala combinada con la agricultura.

Según Yamid Contreras, integrante del equipo político del Cisca “los TCA van más allá de la producción; son una forma de ordenamiento territorial popular, una propuesta de vida y de permanencia en el territorio para el campesinado, son nuestra casa”.

Por su parte Candelario Torres, campesino y Concejal del municipio de Hacarí, nos cuenta cómo se ha venido construyendo la propuesta: “la hemos venido  socializando con los diferentes comités de mujeres, jóvenes, niños y niñas, y se ha construido un conocimiento colectivo de la noción que se tiene de territorio, lo que pensamos de él, cómo queremos vivir, y cómo en la cotidianidad lo construimos”. Además menciona que se ha avanzado en su implementación con el desarrollo de propuestas de soberanía alimentaria y economía campesina, así como el rescate de semillas criollas.


Para Ediver Suarez del equipo político del Cisca “Los TCA buscan el reconocimiento de la territorialidad campesina, la protección de la cultura, la identidad, y la vida de los campesinos y campesinas. Es decir, que sean reconocidos  como sujeto de derecho político, económico, social y cultural, para así desarrollar procesos de ordenamiento territorial popular y gobierno propio”.

En ese sentido manifiesta que en algunas regiones del país existen avances significativos comparados con otros. Por ejemplo Centro-Oriente y Nariño donde han declarado TCA de hecho.  “En la práctica el avance ha sido mayor, el campesinado históricamente  ha construido Territorios Agroalimentarios, entendidos desde la cosmovisión del espacio geográfico, la cultura, la convivencia, el respeto por la naturaleza y la vida. Incluso, en coexistencia con otras figuras territoriales”.

Uno de los retos que tiene esta propuesta, es la de lograr un reconocimiento por parte del Estado al “campesinado como sujeto de derechos, el acceso a la tierra y a la territorialidad con identidad campesina”, a través de un proyecto de ley que pretende adecuar la Constitucion Política a las realidades sociales y a las exigencias del campesinado colombiano mediante la reforma del artículo 64 de la constitución. Esta lucha, plantea el Cisca, debe darse de manera colectiva, y a partir de la organización y la movilización.

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