Oscar Javier Forero

Oscar Javier Forero

Desde la llegada de la Revolución Bolivariana al poder en 1998 los Estados Unidos han tenido como prioridad, en América Latina, la dominación de Venezuela. En los primeros años de gobierno del comandante Hugo Chávez, este intento de dominación fue por la vía diplomática y política, cosa que hasta 2001 lograron. En esos años, Chávez fue incluso recibido en la Casa Blanca por Bill Clinton, y el acoso por parte de los medios de comunicación fue casi nulo. En el 2001 ocurrió el primer gran quiebre, cuando desde el Gobierno venezolano se decidieron promulgar 49 leyes habilitantes, pues muchas de ellas amenazaban el statu quo de poderosos grupos económicos que dominaban, y aún dominan, la tenencia de la tierra.

A partir de dicho momento Chávez y la revolución bolivariana comenzaron a ser satanizados. Esta satanización se incrementaba conforme el Gobierno bolivariano incluía a los históricamente excluidos, entre ellos millones de colombianos que habían huido de la guerra y la violencia. Chávez era un mal ejemplo, se acercaba a las masas empobrecidas de una forma casi religiosa mientras se alejaba de las élites nacionales y transnacionales.

Aunque no hay pruebas que lo demuestren, es muy factible que Estados Unidos haya asesinado a Hugo Chávez. La inusual intensidad y rapidez del cáncer que lo atacó y la importancia estratégica que tenía para el imperialismo sacar del juego una ficha esencial en el ajedrez, para recomponer fuerzas en una región que amenazaba con salírsele de las manos, da para pensar que el aparato tecnológico-militar actuó de manera letal.

Las relaciones entre Colombia y Venezuela con los gobiernos de Pastrana, Uribe y Santos habían tenido una actitud con muchos altibajos que se podría generalizar como distanciada de Venezuela, donde tal vez el punto más álgido o cercano a la situación actual fue aquella declaración, en agosto de 2012, donde Uribe, a pocos días de haber entregado el poder, dijo ante un nutrido grupo de periodistas que “le había faltado tiempo” para bombardear Venezuela. Chávez, como siempre muy inteligente en su manejo ante las tendenciosas preguntas de los medios y ante las crisis, le respondió al saliente Uribe que lo que le había hecho falta era cojones.

En realidad Uribe no bombardeó territorio venezolano porque las condiciones no estaban dadas: la Revolución Bolivariana contaba con pleno apoyo del grueso de países latinoamericanos; a nivel interno, Chávez tenía un respaldo gigantesco que parecía no desgastarse; y los Estados Unidos, en manos de la administración Obama, aun queriendo derrocarle, no dieron el beneplácito para tal locura, pues sabían de primera mano la convalecencia del líder bolivariano y que, por ello, no era el momento de atacar, y menos por la vía militar.

Para 2019 el escenario geopolítico es totalmente diferente al de hace escasos siete años. La situación económica en Venezuela es muy compleja, las otrora abultadas arcas del tesoro nacional son insuficientes para cubrir las demandas del país, y el apoyo popular a la revolución no es el mismo, pues el desgaste de los años de gobierno, los indiscutibles errores cometidos y la desconexión entre lo que opinan en los medios muchos de los dirigentes y lo que realmente siente el pueblo, ha terminado por desmovilizar a amplios sectores que a pesar de todo continúan siendo revolucionarios o por lo menos no apoyan ni apoyarán un plan de intervención militar.

En el plano internacional, la revolución se encuentra acorralada, la correlación de fuerzas en el continente ha cambiado, el grueso de países que lo apoyaban ya no lo hacen, en unos por golpes de Estado, auspiciados por Estados Unidos, y en otros por errores tácticos como los de Argentina o Ecuador. Los gobiernos que lo apoyan se encuentran de igual forma acosados por Donald Trump y su grupo de halcones (Marco Rubio, Mike Pence, Mike Pompeo), el Grupo de Lima y el Secretario general de la OEA. Mientras todo esto ocurre, la UNASUR (acéfala sin presidente), la CELAC y hasta el ALBA están prácticamente acabados.

Las sanciones económicas de Estados Unidos y otros países, el permanente desangre a la economía a través del contrabando, la dependencia casi total a la inestable renta petrolera, y la violencia auspiciada por las autoridades venezolanas, tienen en jaque no solo las finanzas sino el futuro del país. No obstante, aún con todas estas variables en contra, el término “ayuda humanitaria” resulta ridículo para Venezuela.

La guinda en el pastel la puso la llegada al poder del presidente, para algunos sub-presidente, Iván Duque, quien desde el primer momento ha manifestado querer seguir la agenda guerrerista que traía Uribe, esta vez con el beneplácito y la dirección de los Estados Unidos, quien le está dando el triste papel a Colombia de ser el centro de operaciones de una ofensiva que de seguro le podría convertir en escenario principal del conflicto.

La escalada violenta contra Venezuela ha llegado a un punto en el que, contra toda lógica constitucional, han reconocido a un gobierno imaginario y de facto, con un presidente autoproclamado que se basa en unos artículos de la Constitución venezolana que fijan para este 23 de febrero el plazo para convocar a elecciones (suponiendo que en realidad hubiese un “vacío de poder” como él lo asegura). Pero además de eso, desde la Casa de Nariño se está a un paso de, no solo apoyar, sino iniciar una invasión militar a Venezuela.

Pero fue precisamente el 23 de febrero el día en que se pretendió violar la soberanía territorial de Venezuela. Para ello se prestaron los medios de comunicación, que pretendieron justificar la intervención militar. Las redes sociales de personajes macabros como Mike Pence o Marco Rubio dan cuenta de ello, y el usurpador Juan Guaidó decía un par de días antes, sin siquiera inmutarse, que los muertos que podrían haber “no eran un costo sino una inversión”.

La “ayuda humanitaria”, no reconocida como tal por la propia Cruz Roja Internacional y la ONU, se pretendía ingresar por Curacao, Brasil y Colombia. Los dos primeros fueron, dentro de lo que cabe, respetuosos. Curacao manifestó que no permitiría el envío de la “ayuda” sin la autorización expresa del Gobierno legítimamente electo. Brasil evitó tratar de traspasar la frontera con Venezuela. Pero Colombia no solo se dio al atrevimiento de traspasar la frontera, sino que se prestó para que desde Estados Unidos se movilizaran tropas que se apostaron, de manera amenazante, en plena línea territorial. Duque no se conformó con esto, sino que de manera descarada promovió, con el apoyo de los medios, la deserción de militares venezolanos.

A pesar de todo ese grosero y penoso papel, de perro de la guerra, que viene jugando la administración Duque, el Gobierno venezolano fue lo suficiente inteligente como para no caer en el juego. Venezuela tiene a esta hora más que motivos suficientes para haber respondido militarmente a Colombia. ¿Se imaginan a Francia haciendo semejante provocación contra España en apoyo a Cataluña, o a Egipto azuzando a los Palestinos en contra de Israel? ¿Cuál habría sido la respuesta de estos dos países?

Sin embargo, los revolucionarios sabemos que un conflicto bélico entre Colombia y Venezuela sería catastrófico, el subpresidente Duque envalentonado por el apoyo de Trump no ha medido las consecuencias de ello. Poblaciones como Cúcuta, Bucaramanga y Arauca serían lugares de combate. La Fuerza Armada Bolivariana tiene equipos y armamento que el Ejército de Colombia no tiene, la aviación venezolana supera, en por lo menos 10 veces, la aviación colombiana. Diosdado Cabello ha mencionado que una fuerza invasora entrará fácilmente a territorio venezolano, pero muy difícilmente podrá salir. Los muertos se contarían en miles sin importar la nacionalidad. Ambos pueblos quedaríamos arrasados, desolados y con heridas muy profundas que costaría muchos años sanar. Latinoamérica se convertiría en un hervidero.

A pesar del rotundo fracaso del desolado concierto Venezuela Aid Live y de no haber podido sacar del poder al presidente Maduro, los halcones de la guerra de Trump seguirán buscando la ruta que le garantice apropiarse de las enormes riquezas minerales y acuíferas, (solo en petróleo, diamantes, oro, gas y coltán Venezuela posee reservas valoradas en 58,8 billones de dólares, es decir, tres veces el PIB de los Estados Unidos), y sentar un precedente para todo aquel que en la región ose “portarse mal”. Duque continuará siguiendo las órdenes de Washington, y para ello permitirá la instalación, adiestramiento y preparación del ejército mercenario que creen que invadirá Venezuela.

Guaidó, ahora radicado en Colombia, manifestó la misma tarde del 23 de febrero, en un papel radicalmente rastrero pocas veces visto en el mundo, que pedirá la intervención militar para su propio país, porque sabe que ha venido perdiendo apoyo popular, lo que amenaza con desinflarlo en unas pocas semanas. No es casual que la Cancillería rusa haya denunciado el envío de armamento de combate, proveniente de Polonia, de parte de EEUU para Colombia.

Los medios de comunicación, los dirigentes políticos y hasta los jefes de Estado, están fomentando la división dentro de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. El 23 de febrero se observó por los medios el recibimiento como “héroes” de los militares desertores, sin embargo, los resultados fueron escasos: se cree que no más de 25 efectivos, aunque en Colombia hablan de 60, entre policías y militares, la mayoría jóvenes soldados que cayeron en la trampa y se asustaron de lo que parecía una inminente invasión. Es tal el desespero que el propio Trump ha manifestado que deportará a los familiares de miembros de la Fuerza Armada Venezolana que vivan en los Estados Unidos.

Nos corresponde a los pueblos hermanos de Colombia y Venezuela mantenernos alertas, movilizados en las calles. La urgencia de la situación reclama la participación activa y la solidaridad de los movimientos populares colombianos, para evitar que desde allí se siga labrando el camino que convierta la frontera entre Norte de Santander y Táchira en un nuevo Alepo sirio o un nuevo Bengasí libio.

Quienes habitamos la República Bolivariana de Venezuela entendemos de primera mano que “la paz de Colombia es la paz de Venezuela”, por eso, desde estas tierras se han hecho innumerables gestiones para dar inicio a diversos procesos de paz, o a conversaciones que conlleven bien sea a reducir el conflicto o a liberar secuestrados por parte de grupos al margen de la ley.

La postura venezolana de coadyuvar en el fin del conflicto interno colombiano ha sido histórica, sin embargo, es perentorio destacar que fue durante los años de gobierno del presidente Hugo Chávez cuando más avances y esfuerzos hubo al respecto; las gestiones llevadas a cabo en el Gobierno bolivariano fueron el punto de partida del proceso de paz con las FARC, así se quiera ignorar esta realidad por el ahora hostil gobierno de Juan Manuel Santos y por la propia oligarquía colombiana.

Esta postura pacifista se debe a que Venezuela ha sido receptora de buena parte de los problemas que han aquejado a la sociedad colombiana producto del conflicto armado. De acuerdo a datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística venezolano (censo 2011), el número de extranjeros en el país era de 1,03 millones, de ellos el 70% provienen de Colombia, es decir 721.791 personas. Dicha cifra podría ser superior producto del ingreso continuo de desplazados sin ningún tipo de registro migratorio. Reportes de la ACNUR dan fe de por lo menos 173.529 colombianos con necesidad de protección en Venezuela para 2014.

El auge del éxodo de neogranadinos a tierras venezolanas concuerda a plenitud con el incremento del conflicto armado colombiano: de acuerdo a un artículo publicado por Alcides Gómez Jiménez en El Espectador, “el gran salto de la emigración de colombianos a Venezuela se dio en la década del setenta del siglo pasado, cuando de 180.100 en el censo de 1971, se pasó a 508.200 en el censo de 1981, para en adelante estabilizarse: 529.900 en 1990, 608.700 en 2001 y 721.800 en el censo de 2011”.

El ingreso desmedido de personas huyendo de la violencia generó un sinfín de inconvenientes a lo interno de la sociedad venezolana: crecimiento de los cinturones de miseria alrededor de las grandes ciudades, aparición de actividades delictivas desconocidas hasta finales de la década del 70 como extorsión, secuestro y sicariato, pérdida de soberanía por parte de grupos al margen de la ley e incremento en los niveles de pobreza.

Contrario a lo que se cree, la ola de inmigrantes colombianos continúa. Recientemente municipios fronterizos como García Hevia en el estado Táchira y Jesus Maria Semprum en el estado Zulia han recibido de manera permanente refugiados producto de la agudización del conflicto en la zona del Catatumbo colombiano. Dada la violación de los acuerdos firmados en La Habana entre el gobierno y las FARC, muy seguramente el ingreso de campesinos y activistas políticos huyendo continúe, aún con la compleja situación venezolana. No es para menos, es preferible resistir los embates de la economía venezolana que perecer a manos del terrorismo de Estado colombiano.

Actualmente Venezuela vive la peor crisis económica, política y social de su historia, que amenaza con profundizarse a niveles, hasta ahora inimaginables. Si bien la crisis tiene un carácter estructural, dado el petro Estado instalado desde finales de la década de los 30 del siglo pasado, la República de Colombia ha jugado un importantísimo papel en la profundización de la misma.

Pocas veces del lado colombiano se reconoce que existe una permanente y nociva violación de la soberanía económica venezolana producto de la creación de un Banco Central paralelo que, con la complicidad del Estado, determina de manera arbitraria el valor del bolívar venezolano. Tampoco que la estatal Petróleos de Venezuela pierde por lo menos 12 mil millones de dólares anuales por concepto de subsidios al combustible, que en buena parte engrosan las cuentas de robustos grupos de poder que surten de combustible no sólo el parque automotor de departamentos como Norte de Santander, Guajira y Arauca, sino que también proporcionan la gasolina para el procesamiento de la hoja de coca en el Catatumbo, la segunda mayor zona productora de cocaína en el mundo, de acuerdo a la Oficina de las Naciones Unidos Contra la Droga y el Delito.

Ante todo esto, hay algo que no se quiere ver: la llegada desmedida de productos venezolanos está generando una especie de reflujo que, de no controlarse, generará un shock en el aparato económico colombiano volviéndolo estéril y malicioso. A la fecha ya son varios los sectores económicos golpeados por el contrabando, veamos:

La Federación de Ganaderos (Fedegan) ha denunciado las pérdidas del sector producto del contrabando de queso, leche y carne venezolana; ciudades como Cúcuta que requieren de 400 animales por día para alimentar a su población, están sacrificando no más de 70 reses. Semejante situación padece el gremio ganadero de departamentos como Cesar, Guajira, Atlántico, Magdalena, Santander y Bolívar. El gremio cafetero ha alertado de la presencia de café de contrabando “hasta en departamentos como Antioquia”, lo cual perjudica no sólo la producción sino la calidad de la misma debido a la falta de controles fitosanitarios.

El sector calzado, textil y marroquinero reporta el ingreso de más de un billón de pesos en prendas traídas de contrabando. La Asociación Colombiana de Gas Licuado no se queda atrás, denuncia pérdidas superiores a los 100.000 millones de pesos producto de llenaderos clandestinos cercanos a la frontera con Venezuela. En general, sectores estratégicos y que emplean buena parte de la mano de obra del país como construcción y producción agrícola, entre otros, dejan de recibir por lo menos 6 mil millones de dólares.

De continuar este panorama de violación de la soberanía venezolana, habrá un colapso no sólo económico sino social con implicaciones muy complejas que desde ya se comienzan a percibir. Es más que evidente que el Estado colombiano no cuenta con la capacidad de atender a la totalidad de sus conciudadanos en temas como salud, educación, trabajo digno o vivienda. No en vano es el octavo país más desigual del mundo y el segundo en número de refugiados internos, solo superado por Siria.

Tal panorama exige el desechar las posturas intervencionistas y profundizadoras de los conflictos que padecen cada uno de los países. Las posturas patrioteras y de vernos como enemigos están de más. Si en Colombia la violencia y la guerra continúan, Venezuela se verá impactada; si en Venezuela se profundiza la crisis económica, Colombia también sufrirá alteraciones. En pocas palabras “La paz de Colombia es la paz de Venezuela, y la estabilidad económica de Venezuela es la estabilidad económica de Colombia”.

No tenemos opción alterna a la unión, pareciera que la providencia se encargó de enraizar nuestros caminos. Por algo el Libertador Simón Bolívar vislumbró que “La unión de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres sino inexorable decreto del destino”.

*Economista

Tuesday, 08 May 2018 00:00

Venezuela y el extractivismo petrolero

Si hay un país latinoamericano que conozca de cerca lo que es petróleo, falso desarrollo y extractivismo, es Venezuela. Desde 1922 con la concesión dada a la Royal Dutch-Shell sobre el pozo Barroso II, y hasta el día de hoy, la República Bolivariana de Venezuela ha padecido los avatares de poseer una inmensa riqueza bajo el subsuelo que ha estado lejos de materializarse en beneficios reales para la población más desfavorecida y que bien pudo haber servido de inspiración para que Gabriel García Márquez, con su realismo mágico, hiciera una extensa novela.

Los números de la historia petrolera venezolana son más que asombrosos. A la fecha se han extraído por lo menos 63 mil millones de barriles de crudo, equivalentes a 3,8 billones de dólares a precios actuales, y aún queda por extraer la astronómica cifra de 297.500 millones de barriles certificados. No obstante los números podrían ir más allá. De acuerdo al Servicio Geológico de los Estados Unidos, Venezuela posee en realidad 513.000 millones de barriles extraíbles, mientras que estimaciones propias de Petróleos de Venezuela (PDVSA) sitúan el total de crudo depositado bajo el subsuelo en 1,3 billones, suficientes para abastecer al planeta entero por 37 años de forma ininterrumpida.

Tomando en cuenta solo las reservas plenamente certificadas, Venezuela se convierte en el primer depósito de crudo del planeta. Estados como Anzoátegui, que tiene poco más de 40 mil kilómetros cuadrados, poseen tres veces más petróleo que todos los demás países de Latinoamérica juntos. A su vez cuencas como la del Lago de Maracaibo superan por más de diez las reservas petroleras de Colombia.

Esto da pie para que en el imaginario general se haya formado la falsa idea del desarrollo a través de la explotación petrolera, lo que ha conducido desde finales de la década de los años 30, a la instauración del Petro Estado como estructura política y económica que mueve, pero también vuelve estéril cualquier iniciativa que no vaya en torno a este. Es importante destacar que la figura del Petro Estado no nació de manera natural, sino que fue impuesta por factores hegemónicos mundiales que, por medio de lo que se conoce como la división internacional del trabajo, dieron a cada uno de los países suplidores de materia prima un papel por jugar dentro del entramado capitalista mundial. Así Colombia se especializó en producir café, Centroamérica frutas y Venezuela petróleo, por sólo poner unos ejemplos.

Políticos, empresarios y medios de comunicación repiten al unísono, y generación tras generación, una frase atribuida a Arturo Uslar Pietri hace más de 80 años, la cual llama a “sembrar el petróleo”, es decir, a invertir los ingresos de la renta petrolera en desarrollo y diversificación económica. Contrario a lo que se piensa, la dependencia petrolera ha dejado más distorsiones que beneficios, a su vez genera inequidad, parasitismo industrial, paternalismo, daños ecológicos irreversibles y mucha corrupción.

El ascenso en el precio internacional del barril de crudo avizora el nacimiento de una nueva etapa de derroche con divisas por doquier, pero también el advenimiento de una posterior etapa de escasez, endeudamiento y crisis como la que se vive en estos momentos. Se presenta entonces un reflujo de divisas, que se mezcla con distorsiones y que genera lo que se conoce como la infaltable “enfermedad holandesa”.

Desde la guerra árabe-israelí de Yon Kippur en 1973, el PIB venezolano se ha comportado de manera muy semejante al precio del petróleo: si este asciende, el PIB se expande, y si este decrece, el PIB retrocede. Debido a esta dependencia, cerca del 92% de las divisas que produce el país las origina la exportación petrolera, y tan solo el 2%, es decir, poco menos de 2 mil millones de dólares, las produce el sector privado, mientras que al momento de hacer uso de las divisas, el sector privado consume hasta 40 mil millones de dólares en un solo año. Ello ha dado pie para que una clase elitista, con la anuencia de altos funcionarios, prefiera mantener la economía de puertos que producir.

La inmensa cantidad de dólares que ingresan a la economía, aún con los precios del petróleo bajos, encandila a la totalidad de la sociedad y da pie para que se ignore por completo el llamado pasivo ambiental. Esto ha llevado a que el Lago de Maracaibo sea considerado una inmensa cloaca, producto de infinidad de derrames petroleros ocurridos, tanto en territorio venezolano como en territorio colombiano, siendo importante acotar que buena parte del oleoducto Caño Limón-Coveñas circula por la cuenca del Lago.

Más recientemente, y a pesar de algunos avances en materia ambiental tales como la Constitución Bolivariana o la Ley de Aguas, el ejecutivo nacional se ha puesto como meta la explotación de la Faja Petrolífera del Orinoco, espacio geográfico que contiene el 90% del total de reservas de crudo del país y que se caracteriza por ser del tipo extrapesado altamente viscoso. De llevarse a cabo este proceso de explotación tal como está planteado, el río Orinoco, el quinto más largo del mundo y el segundo en cuanto a volumen de agua, estaría gravemente afectado, pues producir un barril de petróleo implicaría el uso de entre 460 y 700 litros de agua, un verdadero ecocidio si tomamos en cuenta que la meta para 2019 es la producción de cuatro millones de barriles/día.

Los procesos extractivistas en general afectan de manera especial a las poblaciones más vulnerables, que no figuran para las estadísticas del desarrollo centro periférico. La contaminación de las aguas, la desaparición de los bosques y su inmensa riqueza en flora y fauna, la desertificación de los suelos, el amenazante cambio climático y la aparición de posteriores enfermedades, castigan con especial inclemencia a los pobres de Latinoamérica y de los llamados “países en vía de desarrollo”. La respuesta que ofrece el capital es cada vez más depredadora y violenta; el capitalismo tradicional que conocíamos hasta hace unos años, de explotación de recursos con la anuencia de los gobiernos de turno, se ha venido transformando, de acuerdo a los más recientes conflictos bélicos, en capitalismo por despojo.

Venezuela no escapa de la codicia del capital. La constante preocupación que manifiestan los Estados Unidos y la Unión Europea por lo que ocurre en el país es, en realidad, la necesidad del capitalismo corporativo de apropiarse, por la vía del despojo, de las inmensas riquezas de petróleo, oro, diamantes, coltán, gas y torio (metal radioactivo) que por cosas de la providencia posee la República Bolivariana. Dichas reservas, valoradas en más de 58 billones de dólares, garantizarían la supremacía militar, económica y tecnológica de los Estados Unidos, frente al amenazante ascenso de potencias como China, India y Rusia.
*Economista.

Monday, 09 April 2018 00:00

Hugo Chávez y un pueblo visible

Hablar de Hugo Chávez es hablar de polémica, de discurso encendido, de antiimperialismo y de excelente capacidad oratoria. Desde aquel cuatro de febrero de 1992, cuando siendo un desconocido pronuncia el “por ahora”, hasta su siembra el cinco de marzo de 2013, captó la atención de buena parte del mundo, incluyendo a quienes abiertamente le odiaban. Es ampliamente difundida en Venezuela la experiencia de enconados opositores, antichavistas “hasta la médula”, que no dejaban de sintonizar todos los domingos Aló Presidente, programa de radio y televisión en el que el Jefe de Estado abordaba diversos temas hasta por ocho horas continuas.

¿Qué hizo que casi la totalidad de un país se volcara bien sea a apoyar o a rechazar a Chávez? ¿Qué hizo que poderosos medios de comunicación, corporaciones y líderes mundiales pusieran los ojos en Venezuela? ¿Por qué durante 14 procesos electorales tan sólo perdió uno? La retórica simplista nos dice que era un líder populista, que manipulaba a su pueblo a través de dádivas y que tenía en su mente un proyecto autócrata, otros más imaginativos lo acusaban de loco y hasta miembro de una especie de culto casi satánico.

Sin embargo, la realidad es otra. Si bien Chávez no fue un dios, aun cuando lo han querido endiosar, sí es importante destacar que significó para la revolución bolivariana e incluso para el movimiento popular latinoamericano y mundial, el catalizador que contuvo, por lo menos por dos décadas, los procesos entreguistas y neoliberales que amenazaban al continente.

Es importante mencionar que Hugo Chávez llega al poder no por méritos de la izquierda, la cual estaba en franco retroceso tanto político como ideológico, sino por la precaria situación que vivía la población venezolana, pudiéndose resumir en una sola palabra: exclusión. Esto resulta clave para entender por qué un militar de rango medio, con tinte nacionalista, sin estar apoyado por los partidos tradicionales y que no pertenecía a la élite, logra quedarse con el poder.

Es la exclusión el detonante que derrumba la denominada cuarta república y el esplendor que vivía una pequeña pero opulenta clase social que disfrutaba de las mieles del petroestado. Para 1993, FUNDACREDESA, una institución gubernamental, estimaba, entre otras cosas que “El 1,07% de la población vive en la opulencia (cuatro mil familias). El 7,09% vive en relativo confort (15 mil familias). La clase media se ha reducido al 13,6%. El 37,6% conforma la clase obrera del país, unos 7 millones y el 40,34% son marginales, desclasados (cerca de 8 millones)”.

Una vez Chávez asume la presidencia, comienza a realizar una serie de transformaciones que cobraron su mayor éxito luego del fallido golpe de Estado proyanqui de 2002. Dicho éxito se debió a que, para superar las trabas y la burocracia típica del Estado burgués, creó una especie de instituciones paraestatales a las que llamó misiones sociales, que ofrecieron soluciones inmediatas a la población en temas sensibles como alimentación, salud, educación e identidad.

De esta forma se daba inicio a una etapa en la cual los índices de pobreza comienzan a retroceder por primera vez en años, con resultados excepcionales, lo que prendió las alarmas de poderosos intereses políticos transnacionales que temían la propagación por la región de la experiencia venezolana, más cuando la dialéctica de la propia revolución había transformado al Chávez, soldado nacionalista, en un comandante cada vez más radical y socialista.

En el plano meramente económico es importante destacar algunos datos y cifras de organismos multilaterales, que ofrecen luces y desmontan mitos. Antes que nada es perentorio acotar que si bien Chávez fue un militante del socialismo, la economía venezolana nunca trascendió el capitalismo, la vieja estructura del Estado burgués permaneció casi intacta. Ello no le quita méritos al enorme trabajo realizado por su gobierno, no olvidemos el estado y las condiciones en que se encontraba la República antes de 1998.


Indicadores como el PIB crecieron a un ritmo acelerado, el coeficiente de Gini que mide la desigualdad se redujo 20% en tan solo una década, siendo el más bajo de toda América Latina. Además no en vano, de acuerdo a la CEPAL, la pobreza pasó de 75,5% en 1997 a 25% en 2012. Por medio de las misiones sociales la patria se volvió una escuela, más de tres millones de mujeres, obreros y personas de la tercera edad volvieron al aula, lo que generó procesos no sólo de educación sino de empoderamiento. La matrícula universitaria creció como nunca, lo que antes era un privilegio pasó a ser parte de la cotidianidad. A través de convenios con Cuba se logró brindar atención gratuita y de calidad a sectores populares y zonas apartadas en las que nunca había llegado un médico. En fin, fue una época dorada, en la que negar el enorme crecimiento cuantitativo que tuvo el pueblo venezolano no es más que un signo de profundo sesgo e ignorancia.

Aunque parezca paradójico, el mayor logro de Chávez no se puede medir ni en dólares, ni en cifras o porcentajes, pues trasciende lo economicista. Haber revivido el sentido de patria; haber sacado a Bolívar de las academias; empoderar al pueblo no sólo a través de las leyes sino del despertar de una masa que se encontraba acéfala e inerte; sembrar en la mente de millones de venezolanos la semilla de la independencia, el antiimperialismo y la lucha por el socialismo; contagiar a jóvenes y niños por la defensa de lo nuestro y visibilizar a los históricamente excluidos, a los nadies, a los explotados, a los que sólo aparecían en las páginas de sucesos, a las amas de casa que no contaban para las estadísticas oficiales, a los abuelos que permanecían casi inmóviles por ya no ser útiles al sistema, a los millones de jóvenes que por no tener recursos económicos estábamos destinados al hampa o en el mejor de los casos a servir de fuente de enriquecimiento de unos pocos. Ese fue su más grande éxito.

Aun cuando las condiciones materiales en Venezuela no son las mejores, aun cuando EEUU arrecia las sanciones para ahorcar la economía y aun cuando se han perdido muchos de los logros alcanzados, la figura, el liderazgo y la tenacidad del comandante Chávez siguen presentes. En cualquier barrio o aldea se percibe el inmenso sustrato bolivariano que brota por las venas de millones de venezolanos y que no se borrará pese a las adversidades. ¿Lo habrá tomado en cuenta el imperialismo?

Contó Galeano que le preguntó a un humilde venezolano durante un proceso electoral “¿Y usted por qué vota a Chávez?” y este le respondió: “Porque no quiero volverme invisible nunca más”.

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