Pau Vendrell

Pau Vendrell

Wednesday, 14 August 2019 00:00

Un fantasma vuelve a recorrer Europa

Un fantasma vuelve a recorrer Europa –si es que alguna vez dejó de hacerlo–. Los lamentos de buena parte de la sociedad civil, consciente de la deriva autoritaria que en el pasado reciente originaron los movimientos de extrema derecha en Europa, son cada día más reales. Afloran paulatinamente los recelos que una parte de la ciudadanía europea, que no se considera xenófoba, ni racista, ni clasista, ni especialmente machista, tiene precisamente sobre aquellos venidos de otros países, personas de diferentes etnias, juzgadas en razón de su estatus y despreciados especialmente si se trata de mujeres o población LGTBI. Llámenle recelos, llámenle miedos, llámenle odio, el caso es que estos prejuicios son incontrolados y se focalizan sobre grupos de población con los que inevitablemente se comparte la cotidianidad y a los que es más fácil deshumanizar y señalar de moros, sudacas, negratas, guarras, feminazis, maricas o travelos.

Y mientras parte de la sociedad civil agita las banderas del odio de la extrema derecha, otro pedazo del pastel sociológico, en este caso de la derecha, trata de normalizar la situación, mientras una izquierda en declive queda atónita, frustrada o cansada, y otra izquierda en continua reinvención trata de hacerle frente antes de que sea demasiado tarde.

La derecha es hoy el fantasma que recorre Europa. Vimos cómo el Frente Nacional francés se envalentonaba y conseguía llegar a una segunda vuelta en las elecciones presidenciales, desplazando a los gobiernos de conciencia obrera de muchas ciudades galas. Observamos con preocupación cómo el UKIP británico (Partido de la Independencia del Reino Unido) conseguía hacerse hueco entre las masas trabajadoras del país y tomaba protagonismo en el Brexit. Quedamos horrorizados cuando Viktor Orban tomó el poder en Hungría con un gobierno filofascista de relato abiertamente racista, cuando la derecha austriaca decidió normalizar a los ultras dándoles cabida en su Gobierno nacional y cuando el agua y el aceite decidieron dejar de ser oxímoron en Italia, al unirse el Movimiento Cinco Estrellas con la derecha ultra del actual ministro del Interior, Matteo Salvini.

Una ola que no ha dejado atrás a los civilizados países del centro y norte de Europa, que también han visto surgir movimientos ultras como Alternativa por Alemania, justamente en el país que ha tratado durante más de 70 años de desligarse formalmente del discurso del odio. También España, con la incursión de Vox y el recibimiento de los partidos de derecha con los brazos abiertos, parece al borde del abismo ultra.

¿Qué une a todos estos movimientos de extrema derecha? ¿Cuál es el corpus que liga a este fantasma que no deja de recorrer Europa? Los discursos ultra no son nuevos, ni tampoco sus formas, con las banderas izadas del nacionalismo de Estado, o el apoyo en determinadas jerarquías religiosas. El mayor cambio experimentado entre la Europa del primer tercio del siglo XX, con un fascismo galopante, y la Europa de este primer tramo de siglo XXI, amenazada de nuevo, es precisamente la creación de una estructura supranacional que debía haber servido como punta de lanza del hermanamiento entre pueblos, pero que no ha generado sino disputas, agravios y la consolidación de los Estados-nación que surgieron con la Edad Moderna. Sin duda, la Unión Europea no puede ser la única diana sobre la que disparemos la culpabilidad del ascenso de la ultraderecha en el viejo continente, pero cierto es que no ha sido la Europa de los Pueblos capaz de aglutinar, motivar la confraternidad y evitar los nuevos fascismos o parafascismos.

Desde su constitución la Unión Europea ha vivido atrapada por el economicismo, el acero y el carbón. Los lobbies y cruces de intereses empresariales de las transnacionales han llevado a los dirigentes europeos a despreciar por completo cualquier atisbo de humanidad. Alguien, quizás, tache de hiperbólico esto último. Pero ¿cómo se explican los 2262 migrantes muertos el pasado año en el mar Mediterráneo? Los desheredados se echan al mar con lo que llevan puesto, huyendo de la guerra en sus países, del hambre, del terrorismo, impregnados por la desesperación de quien solo es capaz de ver muerte y miseria a su alrededor. Y la respuesta de Europa en tierra firme es alzar vallas, construir muros, instalar alambres de púas, y negar la asistencia a los náufragos de las maltrechas pateras y barcazas que se lanzan al agua después de soportar kilómetros y kilómetros de dura travesía que incluye chantajes o violaciones inhumanas.

Y de pronto, el Aquarius
Con un ejecutivo comunitario europeo paralizado y unos gobiernos nacionales impávidos ante este escenario, las ciudades de Europa parece que han tomado el relevo de la conciencia social. En el verano de 2018, mientras los gobiernos de Italia y Malta se negaban a auxiliar al Aquarius, un barco de rescate con alrededor de 106 refugiados a bordo, a la deriva, sin alimentos, ni agua, una ciudad de menos de un millón de habitantes alzó su pequeña voz. En el extremo este de la península ibérica, Valencia dijo que quería asistir a esos refugiados, y que prestaba su puerto para que el Aquarius atracase antes de que sus ocupantes murieran de hambre, sed y desesperación. No era algo nuevo: meses antes, decenas de municipios de toda Europa se habían unido para declararse Ciudad Refugio, y mostrar con orgullo pancartas y emblemas con un Welcome Refugees (Bienvenidos refugiados) que instaban a despertar muchas consciencias ciudadanas.

El municipalismo ha tomado el relevo. Las ciudades en Europa se han erigido como canalizadoras de un malestar social que no se deja atemorizar ante el auge de la extrema derecha, ni su banalización por parte de las derechas tradicionales, liberales y conservadoras. Es muy probable que aquel viejo fantasma nunca abandonara del todo Europa, pero hoy el municipalismo político y social es el que le hace frente.

Alejado de Colombia, en 1995, Agustín Díaz Yanes dirigió esta película: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. La historia de las invisibles, de las sin nombre, de las mujeres que han sacado adelante a sus familias y sus propias vidas frente a todas las dificultades imaginables, pero sobre todo, frente a todas aquellas grandes dificultades sobre las que nadie parece prestar atención. Es, en definitiva, el síntoma perfecto de la máxima feminista, según el cual “todo lo personal es político”.

De la misma manera, nadie habló (casi) nunca de nosotras, el colectivo de lesbianas, gays, bisexuales, personas trans e intersexuales. Nuestras muertes, en cualquier parte del mundo, pasaban desapercibidas, cuando no celebradas en comunión con las instituciones represoras encargadas de liquidarnos o al menos de colaborar en ello. También en Colombia. Pero como en cualquier revolución humana, la toma de conciencia llegó, la emergencia de liderazgos y, poco a poco, la capacidad de organizarnos. Una revolución lenta, pero que avanza con paso firme. Y, de nuevo, también en Colombia.

“Si no puedo bailar, no es mi revolución”
“Aquí nunca se vio que pudieran bailar dos mujeres en una discoteca. Hoy yo lo hago con mi pareja. No puedo todavía hacerlo en cualquier lugar, pero los espacios se han de conquistar”. Con esta contundencia se expresa Laura Gutiérrez, cofundadora de la Asociación LGTBI Saravena Diversa, organización que defiende el derecho a la diversidad sexual en Saravena, una población de 43.000 habitantes del departamento de Arauca.

Su proyecto político inició hace tres años, cuando muchos de sus actuales integrantes formaban ya parte de otras asociaciones y plataformas ciudadanas: “Se empezó a hablar entonces de política, de los derechos y necesidades de la población, y entendimos que era el momento de visibilizarnos y de estar organizados para reivindicar. Así nos consolidamos como proyecto político”. Hoy en día conforman la asociación unas 25 personas que se reúnen mensualmente y tienen su espacio propio ofrecido por el Gobierno municipal, aunque siempre bajo el temor de ser cualquier día despojadas. Incluso han conseguido un altavoz en la radio comunitaria de Saravena, Sarare Stereo (en el 88.3 FM del dial sarareño), “desde el que muchos oyentes nos admiran, a pesar del ambiente a veces tan perraco”.

El ambiente al que se refiere Laura es el de los Llanos orientales. Una sociedad profundamente marcada por el machismo heredado, el conservadurismo de muchas de las iglesias allí asentadas, las heridas abiertas del conflicto y la represión latente del paramilitarismo en la zona, así como la precariedad laboral. Un cóctel que dificulta la libre expresión de la sexualidad propia. Y Laura, que ya rumbea con su novia en algunos locales, quiere poder hacerlo en cualquier sitio. Sueña con que sus compañeros hombres también lo hagan: “Las mujeres lesbianas en zonas como Saravena estamos más empoderadas que los hombres. Somos las que más salimos a las marchas, y las que vamos a rumbear juntas y bailamos. Los hombres tienen un mayor déficit de visibilidad”. Quizá porque la forzada asexualización de las mujeres en el imaginario machista las ha hecho, a medio plazo, invisibles, carentes de sexo.

Ese imaginario machista y, por ende LGTBIfóbico, es el que, desde un inicio, hay que trocar por respeto. Por eso la Asociación LGTBI Saravena Diversa tiene muy claro que el reto más inminente se halla en las aulas. La formación de las nuevas generaciones es esencial en la lucha por los derechos humanos de lesbianas, gays, bi, trans e intersexuales, y por ello realizan jornadas de formación y “capacitación para profesorado”, a veces más reacio a la diversidad frente a “actitudes más abiertas” del mismo estudiantado. Y el objetivo es doble porque, por supuesto, como en cualquier ámbito de la vida, entre los jóvenes a los que esta asociación forma, también hay personas LGTBI. Sus vidas dependen de encontrar un camino en el que puedan ser ellas mismas y desarrollar plenamente su identidad.

La situación se complica con la irrupción del paramilitarismo en la zona. Panfletos con amenazas se han observado periódicamente en la población. Y en la lista, más de una vez, han estado las personas LGTBI de Saravena: “Cada vez que pueden nos amenazan con que van a venir a hacer limpieza y nos van a matar”, relata Gutiérrez, quien recuerda que en un pasado bien cercano ha habido hombres gays asesinados en medio del conflicto a causa de su orientación sexual, así como mujeres en el punto de mira por querer amar a otras mujeres.

Y de ahí, también, la razón de organizarse. “Porque si ser lesbiana, gay, bi, trans o intersexual en Bogotá es difícil, ¿cómo va a ser en departamentos como Arauca?”. Y nosotras nos preguntamos, ¿cómo es, pues, en ciudades como Bogotá? ¿Se puede bailar en medio de esta revolución?

Con furia, en las calles, desde la resistencia
Bogotá, Medellín, Cali… son las grandes ciudades donde se supone que se pueden vivir con mayor libertad las sexualidades minorizadas. Simplemente eso: una suposición. Es en Bogotá donde encontramos a las integrantes de dos organizaciones llenas de ímpetu y coraje: Furia Diversa y Callejera, de un lado, y Cuerpos en Resistencia de otro.

En 2016 nace Furia Diversa y Callejera, integrada por mujeres hartas de oír que hay que “construir el país para la vida digna” sin que ello incluyera a todo el país, “porque nadie nunca pensó en las que están más debajo de lo abajo posible: areperas, machorras, maricas, trans, travestis, putas, personas cuya diversidad funcional las margina…”. Palabras llenas de realismo que expresa Edith desde la organización, en un ejercicio de reapropiación del insulto que sirve como catarsis para la autoidentificación y empoderamiento colectivo.

Las trabajadoras sexuales trans también han constituido un verdadero lugar de resistencia en esta ciudad. De ello nos habla Amaranta, la activista trans que forma parte de la organización Cuerpos en Resistencia. Lucha por un trabajo sexual digno y expande su mensaje allá donde puede, como sus compañeras de Furia Diversa y Callejera: ya sea en programas de radio, o en la escuela de formación La Coqueta. También en el seno del Congreso de los Pueblos.

Todos estos grupos, asociaciones, y activistas están dando forma a un movimiento LGTBI diverso, que lucha por el empoderamiento colectivo para frenar la nueva ola de LGTBIfobia que se espera con el ejecutivo de Iván Duque. Pretenden ser, al mismo tiempo, una voz de la conciencia en las organizaciones de clase, y tejer red con ellas, tal y como se proyecta el Congreso de los Pueblos. Porque si tal y como dice Edith “matar a una líder trans o a una trabajadora sexual parece que no importe”, la estrategia va a ser rotunda: “no queremos ser buenas y tener que demostrar que no somos peligrosas”. Así, al menos, se hablará de nosotras cuando hayamos muerto.

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