Colectivo Desde el 12

Colectivo Desde el 12

Thursday, 06 December 2018 00:00

Colombia, 2018

Mamá, estos últimos cuatro meses he aprendido lo que es luchar por la universidad, por los derechos, por la vida. Sabes que la educación superior está en crisis, pero millones de manos de maestros y estudiantes se han unido para construir una fuerza inquebrantable ante el Gobierno, somos una misma causa reflejada en un clamor que profiere que nuestras justas exigencias sean cumplidas. El Estado, con sus directrices mercantiles, ha hecho que nuestras universidades agonicen; nosotros, abrigados con resistencia, queremos evitar que esto continúe sucediendo. El desgaste físico empieza a notarse, pero mi mente está más inquieta que nunca. Sí, mamá, ya sé qué es la frustración, la impotencia, sé qué es levantarme agotada para ir nuevamente a la universidad, sé qué es una discusión de más de diez horas donde nos pensamos un país mejor. Ya sé lo que es resistir y todo lo que ello implica, sé lo que es trabajar en conjunto, salir de la universidad con una sonrisa en el rostro y una determinación inefable, lo que es saberse acompañada y actuar de la misma manera. Estos últimos cuatro meses no he visto ni una sola clase. Todo, mamá, lo he aprendido fuera del aula.

Me rehúso a la quietud, a la indiferencia. No soy la misma después de estos meses, siento que en mí habitan todos, que mis pasos son los pasos de un niño, que la voz con la que grito en las calles en cada marcha es el designio de un futuro. Cada día constato más aquella frase de Rimbaud, el poeta francés que te gusta: “yo es otro”, que esta lucha se traduce en todos y es para cada uno el anhelo de un porvenir con justicia. Mamá, la educación lo es todo, es donde construimos y deconstruimos, donde nos pensamos, dudamos y cuestionamos las grandes verdades, es la posibilitadora de sueños, de vida, de horizontes. Mientras grito las arengas y veo las personas que me rondan aspiro que cada una de ellas tenga una educación con calidad, que el dinero no sea limitación para hacer realidad sus sueños, que tenga la oportunidad de habitar y ser en un lugar como lo es la universidad. ¿Cuándo podremos ver sonrisas genuinas, verdadera felicidad en este país de huesos arrumados? La educación que pedimos es el único camino para ello, ¿no lo crees, mamá? Nos hemos caminado un lugar donde nuestro futuro tiene cabida, no imaginas el ahínco de todas las ciudades, bajo diferentes acentos en diferentes paisajes de nuestro país se están gestando las ganas del cambio profundo y real, el eco de estas voces hace retumbar la tierra.

Hemos triplicado las fuerzas internas que anhelan el cambio, intentamos crear y creer en medio de la turbulencia. Pero a pesar de esto, nos señalan por querer cambiar nuestro país, por ser estudiantes, por tener la esperanza como bandera. No sé si alguna vez se llegó a ver al Estado como protector de nuestros derechos, sabes que nunca he confiado en él, pero hoy –más que nunca– lo siento como mi enemigo; desconfío y temo profundamente de sus fórmulas enmascaradas. En este país se asesinan las ilusiones, el ESMAD es un escuadrón que representa la muerte, sus armas han acallado voces de quienes buscan justicia, hieren las pieles que están repletas de sueños, atentan la mirada, la respiración, la voz de quien se pronuncia ante las formas déspotas; en los mismos corazones en los que se cosecha esperanza ellos siembran terror.

El Estado ha desbordado su fuerza represiva, ¿es posible que nos maten por querer justicia, por querer reivindicar nuestros derechos, por querer darle un poco de luz a un país en sombras? Sí, mamá, nuestra geografía está cubierta de sangre, las grandes ideas reposan bajo tierra, la historia de Colombia se ha escrito con muertos, con ideologías atrasadas e inhumanas. Por eso temo por mi seguridad y la de mis compañeros. Intentando no retroceder, recuerdo las tantas detenciones arbitrarias que en esta coyuntura ha habido, los cientos de abusos y violaciones de derechos de la fuerza pública e incluso las agresiones por parte del mismo pueblo que defendemos. Vi en Popayán cómo niños se veían afectados por los gases lacrimógenos del ESMAD, vi cómo se reprimieron manifestaciones en menos de diez minutos, vi cómo en Bogotá golpeaban brutalmente a un estudiante, vi su cara cubierta de sangre, vi cómo cuando una marcha llegaba era atacada indiscriminadamente, vi a estudiantes resguardados en un establecimiento público temiendo por la violencia de las fuerzas estatales y cómo los medios de comunicación le hicieron creer al pueblo colombiano que los estudiantes eran criminales, estos mismos medios que hacen ver nuestras movilizaciones como actos vandálicos y deslegitiman nuestra causa.

He visto tantos abusos, mamá, la fuerza pública le rinde culto a la violencia y temo cuando el mismo pueblo colombiano la avala. Pero persistimos, sobreponemos nuestras fuerzas ante la podredumbre de un Gobierno que convierte nuestros derechos en servicios, que nos vulnera, que nos ataca. Y a pesar de que hay días donde flaquean las fuerzas, donde el cansancio se apodera de nuestros cuerpos y entra una debilidad que parece ponderar, aparece poco a poco una insospechada esperanza que nos cubre y nos dice que cada gota de sudor que dejamos en la calle vale la pena, que cada discurso emancipa una mente y que cada día que nos hallamos enfrentando a un gobierno represivo es un día más en el que podemos emprender vuelo, en el que moldeamos nuestras exigencias por la educación que por derecho debemos tener.

Estoy segura de que estos meses, y los que vienen, quedarán inscritos en la historia. Hoy siento que tengo mi esperanza intacta y que iré hasta donde sea necesario en esta lucha por nuestros derechos. Por eso, mamá, quiero que sepas que si algún día no vuelvo el culpable fue Estado; el único que por mantener sus intereses infectos podría agotar una vida.

Aquí sigo y aquí estaré siempre resistiendo.

Con amor,
Tu hija.

Imaginémonos que la educación pública es un reloj, un gran reloj de cuerda, de esos que parecen escaparates y están llenos de polvo en la casa de nuestros abuelos, o expuestos como grandes obras en los museos. Nuestro reloj es un derecho público administrado por un Gobierno que lo ha comercializado, que incluso pretende venderlo y privatizarlo. Actualmente está agrietado, corroído y a punto de paralizarse. Ha logrado sobrevivir dándose cuerda él solo, tensionando sus manijas, a punto de romperse, haciendo mil maromas para seguir funcionando. Su caja está llena de abolladuras, está rayada y resquebrajada. Además, sus tres grandes engranajes: profesores, estudiantes y rectores, debido a la falta de mantenimiento, están oxidados y rajados. Es posible que se derrumbe a pedazos antes de finalizar el año.

El maestro luchando, también está enseñando
El 23 de agosto, una fisura prendió las alarmas del inminente derrumbe. Los profesores de la Universidad de Antioquia se pronunciaron ante las consecuencias de la reforma tributaria del 2016. Al profesorado le fue vulnerada su dignidad con la derogación de la exención tributaria del 50% de su salario por gastos de representación, pasando a un aumento de sus impuestos de por lo menos el 500%.

Igualmente, denunciaron la inviabilidad de la planta docente, que cuenta con alrededor del 75% como profesores de cátedra, y el restante 15% de planta. En palabras de Carlos Duque, profesor de la Universidad de Antioquia: “No es lo mismo para un profesor de tiempo completo de una universidad pública que, independiente de si está en Asamblea Permanente o está dando clase, cada 15 días está recibiendo su salario, a un profesor de cátedra que si mañana no va a clase tiene el temor –y bien fundado– de que posiblemente cuando llegue el momento del pago no tenga sus ingresos”.

A partir de este pronunciamiento se comenzaron a develar una serie de hechos estructurales que dejaron en evidencia cómo nuestro reloj, abandonado por el Estado, sufre un atraso de 16 billones, o de 16 horas de funcionamiento.

Luego de esta señal de alarma se despertó una profunda certeza de que en la unión de diferentes sectores y estamentos está la clave de los grandes procesos de reivindicación, por esto los estudiantes comenzaron a incrementar sus mecanismos de presión y movilización. Así, dos engranajes empezaron a entrar en sincronía en favor de la lucha por la educación.

Se activa la maquinaria
Este ha sido el camino: primero en cada una de las Asambleas de las Instituciones de Educación Superior (IES) se generó un análisis y una postura ante la crisis que vive la educación y su impacto en cada institución. Después todos los estudiantes recorrieron la geografía del país hasta una misma universidad y se articularon en Encuentros de Estudiantes de Educación Superior (ENEES), donde se juntaron las propuestas de cada una de las regiones. Se generó una declaración política y un pliego de exigencias general que nutrió las consignas en cada una de las movilizaciones.
Y así, a partir del ENEES 2.0 que se realizó en la Universidad de la Amazonía del 13 al 16 de septiembre, se creó la UNEES (Unión Nacional de Estudiantes de Educación Superior), plataforma amplia donde se recogieron los procesos asamblearios de cada una de las IES privadas y públicas del país.

La UNEES, lápiz en mano y pies en la calle, se consolidó como el espacio que alberga al movimiento estudiantil y que sueña con que el reloj siga marchando. ¿Hay un mejor escenario que las calles para mover a toda la opinión pública? Precisamente ese es el fuerte de la UNEES, la capacidad de movilizar a todo el país para exigir una educación del tamaño de sus exigencias. Por ejemplo, el 10 de octubre, en una marcha sin precedente histórico en el movimiento estudiantil, cerca de 100.000 personas en la ciudad de Medellín gritaban: “¡Ser pilo no paga si lo público se acaba!”, y en Bogotá más de 300.000 arengaban: “La educación es un derecho, para el gobierno un privilegio”.



El engranaje que ha hecho falta
Si bien la educación superior está desfinanciada, no solo el dinero resuelve el problema. El lío fundamental radica en los artículos 86 y 87 de la Ley 30 de 1992, los cuales congelan los recursos de las instituciones, obligándolas a autofinanciarse vendiendo servicios, limitando los servicios de bienestar estudiantil y alzando indiscriminadamente las matrículas. De esta manera, el Gobierno se deshace de la responsabilidad y le deja la problemática a cada una de las instituciones.

Por estos motivos, los rectores de todas las universidades públicas, recogidos en el Sistema Universitario Estatal (SUE), enfrentándose a la institucionalidad, acrecentaron sus denuncias en el Senado y ante el Ministerio de Educación sobre la situación de desfinanciamiento que vive la educación superior pública. Desde entonces, los tres engranajes comenzaron a virar conjuntamente; con sus dinámicas particulares se articularon en un frente amplio por la educación y persiguen el mismo objetivo: construir una Ley Nacional de Educación Superior que trascienda a los gobiernos de turno.

Así como los estudiantes han velado por un mejor futuro para el país en diferentes momentos, como cuando se movilizaron en contra de la dictadura de Rojas Pinilla, frente a la creación del SENA, ante la posibilidad de las residencias estudiantiles de la Universidad Nacional, hacia la reestructuración de los Consejos Superiores Universitarios, en pro de la séptima papeleta, en la oposición a la reforma de la Ley 30, en el apoyo a los Paros Nacionales Agrarios y tantos otros hitos históricos nacionales e internacionales, esta vez buscan darle el impulso necesario que creará un futuro al tamaño de sus sueños.

Este reloj que tanto defendemos por todo lo que nos aporta, nos abrió los ojos, la mente, nos permitió convivir y amar a la diversidad, nos dio el privilegio de ver todas las caras de Colombia. Por él luchamos y lucharemos, buscando su reivindicación por lo que es y deberá ser: un derecho fundamental para todos los colombianos.

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