Milton Giraldo

Milton Giraldo

Friday, 22 February 2019 00:00

La Cristalina

A la orilla del camino, a tabaquito y medio de la casa de don Tulio, está La Cristalina: el charco más bonito de la vereda. No hay nada más reconfortante que bajar de la molienda a las dos de la tarde y sumergirse en sus aguas, no sin antes dar una vuelta canela en el aire tirándose desde arriba del puente. Son dos metros de caída, pero realmente uno puede ver toda su vida mientras cae, desde el nacimiento hasta la tumba, lo recuerdo todo. La Cristalina es eje de la vida en mi vereda.

Un sancocho con la familia al lado del río, mis primas con sus encantos al viento, los tíos tomando tapetusa, el sabor amargo y dulce, fuerte y amable del primer aguardiente que me llenaba el pecho del valor suficiente para decir: ¡uy, prima!, usted como está de grande, le cambio esta flor de cámbulo por un besito. Y salía corriendo a refrescar mi cara enrojecida en las aguas del río, que era como mi mejor amigo.

Recuerdo que nos íbamos con las amistades después de las cinco de la tarde, cuando ya estaba oscurito, a montar la comitiva. Pedro traía una libra de panela, Gabriel llevaba el cacao que tostaba su papá con canela, María llevaba las ollas y las tazas de aluminio de la mamá, yo le robaba a mi abuelita unas arepas y un quesito envuelto en hojas de vihao, y Robeiro camuflaba una totumada de tapetusa que le sacaba al papá. Con el paso de la noche se prendía la fogata y con ella la fiesta.

Sin temor a equivocarme puedo decir que no existe cosa más hermosa en este mundo que La Cristalina iluminada por el color amarillento de la candela, reflejando las estrellas, y el destello de las siluetas de los míos, jugando a ser felices, cómplices del tiempo, altaneros, solapados, pero alegres y dispuestos a darlo todo por sus amigos.

Cuando íbamos a trabajar a la molienda de mi papá, desde las tres de la mañana sin parar hasta las tres de la tarde, nos daban dos horas para descansar a nosotros y a los caballos que estaban tan mareados que no podían ni caminar. Con el calor del horno en la sangre, empegotado de miel hasta la nuca, oliendo a caña vinagre y corriendo como locos, desembocábamos todos en el río para zambullirnos como si se fuera a acabar el mundo. Aun estando calorosos la vida nos sabía a buenos momentos, a trabajo con diversión y a migas de papa con huevo frito, carne, arepa y tajadas, envueltos en una hoja de plátano ahumada. Sinceramente no sé qué más le podía pedir a la vida.

Pero ahora resulta que vinieron a la vereda unos señores vestidos de corbata, sin sombrero, sin machete, sin poncho y sin un callo en la mano, a decirnos que lo mejor para la comunidad era “desviar el río”. Lo dijeron así, sin saberse el nombre del río, sin haberse bañado nunca en él, sin conocer a mis primas, sin probar la tapetusa del papá de Robeiro.

Nos dijeron: “Les vamos a hacer una placa deportiva, y les vamos a pavimentar la carretera hasta el pueblo”, sin saber que al pueblo bajamos una vez al mes, pero a La Cristalina vamos todos los días. Nos ofrecieron un carrielado de plata por la finca pintando pajaritos en el cielo, los mismos que iban a morir cuando desviaran el río. “Todo es por el progreso”, dijeron.

Le dijeron a mi papá que lo mejor era que yo me fuera a estudiar al pueblo, que tuviera un futuro mejor, que por allá estaba todo lo que yo necesitaba.

Pero qué van a saber ellos de necesidad, si llegan ofreciéndoles a los campesinos esta vida y la otra inventándose comodidades que no necesitamos, y creyendo que no sabemos todo lo que vale el río para nuestra vida, para nuestros hijos, para nuestros nietos. Sin saber que todo lo que necesitamos está siempre frente a nosotros: a la orilla del camino, a tabaquito y medio de la casa de don Tulio

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