Jose Miguel Echeverry

Jose Miguel Echeverry

La consecuencia y la causa, el antídoto y el veneno, el “pharmacko” que en griego se entiende como eso que enferma y cura. Esta es la dualidad en la que se suspende el tema de las sustancias psicoactivas (SPA), un paradigma que, en vez de esclarecerse, se dispersa a voluntad de algunos gobiernos para seguir alimentando la “cruzada contra las drogas”, un negocio oficial multimillonario justificado por los estados prohibicionistas.

La droga es toda sustancia que, al ser ingerida en el cuerpo, genera una reacción en el sistema nervioso central que afecta el “ánimo” del que la consume, potenciando momentáneamente la serenidad, la energía y la percepción, permitiendo reducir del mismo modo la aflicción, la apatía y la rutina psíquica.

Esta definición no es tan antigua como la relación del ser humano con las sustancias, que usando los sentidos y transformando las aportaciones externas por medio del cuerpo se “consume” el mundo y reacciona ante él.

Ahora bien, los fines de consumo varían dependiendo de la sustancia. El alimento, por ejemplo, se ha venido estudiando desde la nutrición para llegar a estandarizar una tasa óptima de vitaminas y minerales que necesita una persona para un desarrollo adecuado de sus funciones biológicas. Esto desde el punto de vista alimenticio.

De otro lado están las sustancias que al metabolizarse no aportan tasas proteínicas, sino que sus propiedades estimulan el sistema nervioso central y sirven de antibiótico para algún dolor o para estabilizar alguna inconsistencia psíquica que padezca el ser. En este punto es donde el usuario accede a alguna sustancia ya sea por prescripción médica o por automedicación. En cualquiera de los casos, habrá una ingesta de algún compuesto sintético o en ocasiones orgánico.

¿Cuál es la diferencia? Evidentemente el tipo de sustancia y la forma genética (orgánica o transgénica) en la que se puede transformar, es una marcada divergencia, pero en realidad las diferencias son más morales, políticas y hasta económicas. Basta pensar en el tratamiento común y normalizado de la Trazodona, medicamento de venta libre que usan las personas que padecen insomnio para poder conciliar el sueño, comparado con el mismo tratamiento para el sueño que se hace con las gotas de cannabis vía oral.

El tabú hacia la planta ha acrecentado un imaginario de peligro por cualquier contacto con ella, pero en cambio las pastillas, que son recetadas o vendidas libremente, por el hecho de acceder a ellas formal e institucionalmente, las consideramos como eficaces y confiables. A las gotas de cannabis, por ser esta una planta señalada como nociva por el Estado, se les mira con desconfianza y recelo.

¿Quiénes son los encargados de crear el sistema de valores que determina precisamente la sanidad o el peligro de las sustancias? Desafortunadamente cae la responsabilidad, no de forma casual, en los individuos que controlan y financian la industria farmacéutica, y son ellos los que deciden qué ingieren las personas en el mundo. Aquí se relaciona esto con el tema de la alimentación con una dualidad similar en cuanto a la elección de consumir alimento orgánico o comida intervenida genéticamente en laboratorios, como los llamados transgénicos.

Se enfrenta el conocimiento ancestral, tanto de la medicina como de la agricultura, a la industria. Un ejemplo escabroso de esta última, es la alianza que hicieron Bayer (farmacéutica) y Monsanto (multinacional transgenética) para controlar todo el mercado de sustancias y así ampliar su laboratorio y las pruebas a toda la población mundial, quedando en sus manos la salud y la alimentación de la especie.

Somos los chivos expiatorios de la industria que estudia nuestras reacciones a las enfermedades biológicas y psicológicas que el mismo ente de control crea para luego ofrecer una cura parcial. Así se asegura este círculo vicioso. Es como si el dueño de un montallantas pusiera varios clavos regados por el pavimento unas cuadras atrás de su establecimiento, para después solo esperar de manera segura que llegue el trabajo que él mismo propició.

Resistirse al consumo de productos con agrotóxicos y sintéticos es un gran reto, teniendo en cuenta que las mismas multinacionales han impuesto en la cultura de nuestros pueblos la costumbre de consumir su veneno. Aun así, hay una lucha alterna que también hizo alianza: el conocimiento ancestral recuperado de la medicina y la agricultura adaptado a las prácticas de la modernidad, que se convierte en una alternativa frente a la amenaza de los grandes monopolios.

Otro elemento a tener en cuenta es que la adicción a las drogas es una enfermedad social tratada por el Ministerio de Salud en diferentes niveles. El primero es la prevención que hace gestión de riesgo, anticipándose a la posibilidad del consumo de la población que no ha consumido, para evitar que llegue a suceder un contacto de la sociedad con las SPA. Luego está la mitigación que busca reducir los efectos negativos de los riesgos, tanto antes de que se manifiesten como cuando ya lo han hecho y se han convertido en daños. Si el impacto del consumo crea dependencia y degradación social ya se trata desde la superación, que es otro eje del Gobierno para combatir el consumo de drogas en el país. Por último, está el eje de Capacidad de Respuesta que se enfoca en reducir la incidencia, la prevalencia y el impacto del consumo, a través de estrategias de respuesta técnica, institucional, financiera y de integración.

El anterior es el camino institucional impuesto para un consumidor que cae en manos del Estado. Se le denomina también el modelo transteórico del cambio, proceso por el cual se da la trasformación del individuo a su normalidad, según los estándares de las instituciones encargadas del bienestar social.

En esta perspectiva ni siquiera se tiene en cuenta la sustancia y el conocimiento de la misma, sino el efecto que crea cuando ya la persona ha accedido a consumirla. De esta manera, el usuario ya no es solo dependiente de la sustancia, sino del Estado que ejerce un control de esa relación.

Bajo esta cruzada gubernamental maquillada de iniciativa terapéutica se esconde la eterna dicotomía entre autocontrol y coacción estatal que, en definitiva, pone en peligro la supervivencia de una sociedad que tiende a delegar sus responsabilidades. Una estrategia para olvidarse del derecho a disponer de sí mismo, el derecho a la propiedad y el libre desarrollo.

Todas estas son políticas públicas impuestas y supervisadas por Estados Unidos, un país que nos recomienda, sin opción de respuesta, que se prohíba el consumo en nuestro país, mientras ellos mismos son los que reciben y legalizan de nuestra tierra muchas de las sustancias que consumen; hablan de estándares de salubridad cuando gran parte de su población es adicta a la cocaína o tiene problemas de obesidad severos. Nuestros jueces son pecadores que alzan el martillo con la bata ensangrentada.

En definitiva, la independencia y el autocontrol fundamentados en información sobre las Sustancias Psicoactivas son derechos que nos permitirán salir del círculo vicioso de las adicciones, las superaciones y las recaídas.

En este especial sobre agroecología hemos reseñado algunos hitos históricos de esta manifestación (Edición 148), luego repasamos el contexto latinoamericano y sus luchas populares por defender sus tradiciones y costumbres (Edición 149). Para finalizar, la protagonista es nuestra querida Colombia.

Aunque la historia de la agroecología en Colombia no es lineal y se ha desarrollado de manera particular en varias zonas del país, se puede señalar que entre 1970 y 1980, la conciencia ambiental se consolidó como un hecho social que permeó a Latinoamérica y permitió conformar numerosas organizaciones en Colombia. Algunas de ellas se orientaron a la producción agrícola, manejando prácticas campesinas tradicionales y conceptos y métodos de la ecología, un objeto de estudio que para la época apenas iniciaba su propagación desde la academia.

La degradación ambiental y los efectos de la agricultura industrializada (Revolución Verde) fueron las razones por las que se empezó a gestar un pensamiento alternativo que se nutría de tradiciones ancestrales para proteger las costumbres arraigadas en nuestra memoria agraria. La situación que nos arrastró hacia el desequilibrio ambiental fue la que parió el antídoto para esta enfermedad verde.

Una nueva ola de conciencia social que está reconciliando al humano con el territorio y de la que germinó la semilla de las agriculturas alternativas, llevó el debate del movimiento ambiental a las esferas políticas, económicas, individuales, biofísicas, culturales, mejor dicho, unió todo un movimiento en una amalgama de disciplinas que enfrentaron las ideologías dominantes sobre el aprovechamiento del recurso, ideas de afuera que eran impuestas y adaptadas por hijos que no querían su patria.

Los agroecólogos, médicos veterinarios y antropólogos, entre otros, hacen parte de los profesionales que se encargaron de evidenciar los movimientos agroecológicos de Colombia, asesorando y trabajando de la mano de los campesinos, aquellos que no se sometieron al modelo general de la Revolución Verde, ya sea porque no tenían los recursos para adquirir los paquetes tecnológicos, o porque las propuestas chocaban con sus intereses y las formas de manejo de la tierra.

Considerado como el padre de la agroecología colombiana, Mario Mejía ha sacado la cara por generar una propuesta agroecológica de respeto al patrimonio ambiental y cultural, el rescate de semillas y las formas pacíficas de relacionarnos unos con otros. Lo más noble de su ejemplo es que expone la sensibilidad que necesita el tema, pues no solo es cuidar la tierra por las repercusiones que puedan darse, sino por una consciencia de amor y de vida innata.

Al haber tantas agriculturas como agricultores, las nociones de agroecología en Colombia se fueron consolidando con el análisis de las características de las agriculturas alternativas que se gestaron en el momento, puesto que algunas de ellas no estaban siendo coherentes con el pensamiento ecológico y solo usaban como escudo el término, mientras eran flexibles al uso de químicos sintéticos, justificando sus prácticas con el argumento de contaminar pero de una forma “sostenible”.

Estas inconsistencias llevaron a que el Ministerio de Agricultura diseñara la Resolución 544 de 1955, la cual reconoce como ecológicos todos los productos “orgánicos”, “biológicos” y “ecológicos”, caracterizados por ser productos agrícolas primarios o elaborados sin utilizar sustancias químicas. También especifica que el agua con la que se tratan no debe estar contaminada con residuos químicos, ni debe contener metales pesados. La agricultura ecológica es tratada como tema exclusivo de exportaciones, a la vez que el poder se le entrega a los certificadores. Es decir que se busca privilegiar una agricultura apta para un mercado “verde” internacional. No una agricultura que repare lo cultural y tampoco lo ecosistémico.

La agroecología y sus diferentes acepciones –agricultura biológica, ecológica, orgánica, biodinámica, sostenible, conservacionista y/o agroecológica– involucran al campesinado como una categoría activa, pero encubren un interés que es más económico que social, ya que todas esas precauciones y cuidados tomadas en cuenta en los cultivos, son impulsadas para alcanzar estándares de exportación, no porque se piense en la salud y la nutrición interna del país.

A esta hipocresía se someten muchos productores que al no tener asistencia técnica de un agroecólogo brindado por el Estado, se asocian con un comercializador independiente, que en la mayoría de los casos es extranjero, para que este financie los estudios de suelo y haga las proyecciones del cultivo, transporte su cosecha y la comercialice fuera del continente. La certificación como instrumento de dominación.

El tratado de libre comercio ha promovido estas rutas de exportación e importación que a fin de cuentas resultan encareciendo nuestro producto interno bruto y acumulando productos que nosotros mismos podríamos producir y usar si no fuera por el compromiso “diplomático” que nos impusieron como camino de desarrollo para nuestro país.

Los programas de desarrollo rural del Estado deben brindar la asistencia profesional técnica para que todos los campesinos productores se vean como un sistema articulado que depende uno del otro, y no compitan por seducir a empresas extranjeras. El desarrollo endógeno, desde lo propio, evitaría en gran medida que adquiriéramos problemas ambientales ajenos a nuestra cultura. Sembrar para la Vida y no para los bancos.

Esta lucha que traspasa todas las dimensiones humanas no es solo un estilo de vida, una tendencia o una ideología política, entendamos que es cuestión de supervivencia humana, es la armonía del territorio que va más allá de las fronteras imaginarias del mapamundi, es un entramado de raíces que nos abraza a todo el mundo por igual.

La esperanza la alimentan los campesinos a diario con la Agricultura Familiar, con la pala y el azadón, la forma más digna de la revolución, labrando con amor el útero que nos da de comer: la tierra. Los mercados agroecológicos son el escenario en donde todos esos héroes se reúnen a proporcionarnos alimentos producidos con la intención digna del corazón campesino y es un derecho y un deber de todos los ciudadanos participar de estos entramados sociales.

¿Cómo vamos a decir todas estas verdades y participar en las decisiones que siempre terminan tomándose a puerta cerrada en los fríos estrados del congreso? La movilización social es la respuesta. El papel no es la ley, la ley está inscrita en la ética de la vida por la vida. Esto no traduce violencia, es la celebración de nuestra diversidad y la protección de la Madre tierra, es un grito por nuestros indígenas amedrentados, por los líderes sociales caídos, por los que ignoran el sentido. Es la reunión en un mismo corazón, el corazón de la Tierra.

 

Luego de haber dado un recorrido por la historia global de los mercados agroecológicos, pasando por el Tianguis de México, con el que asentamientos indígenas conservaron los saberes ancestrales del cultivo de la tierra (Edición 148), hablaremos del transcurso histórico que ha tenido la agroecología en el contexto latinoamericano con al
La invasión española que se propagó por Centroamérica y parte de Suramérica generó cambios en las culturas, y utilizó la fuerza para someter a los habitantes de estas tierras a los sistemas de producción que traían desde Europa, ignorando completamente la cosmovisión de las comunidades indígenas de Mesoamérica, los Andes y el trópico húmedo que constituyen las raíces de la agroecología en América Latina.

A la par que los invasores españoles instauraban su régimen, los nativos americanos resistían a su exterminio realizando mercados-tianguis en distintos lugares, con lo que hicieron posible mantener viva la tradición, las costumbres y la forma de comercio de una comunidad indígena que representaba toda una legión americana. Varios siglos pasaron para que se empezara a consolidar una forma de protejer el territorio de la explotación, teniendo para ello bases ideológicas y en ocasiones hasta usando la fuerza.

En 1940, los mexicanos fueron los primeros abanderados de la causa frente a la Revolución Verde y la industrialización que la Fundación Rockefeller intentó instaurar en ese momento, y con la cual quería postularse como la mejor alternativa de “progreso”, como supuesto desarrollo del país. Todos estos acontecimientos generaron una revolución social y se empezó a marcar el camino de resistencia a la homogenización tecnológica, es decir, a volvernos todos iguales sin importar las condiciones geográficas, ni climáticas, ni culturales. Apareció la imposición de intereses privados y corporativos del exterior del continente con planes de números y cifras frías, sin tener en cuenta la sociedad, pero aun así existieron movimientos que se fortalecieron con el ejemplo de México y su empeño por consevar y rescatar las prácticas de la agroecología en su totalidad.

A pesar de eso, desde esos tiempos los sistemas hegemónicos han querido inculcar el mito de que la agroecología puede convivir con la agricultura convencional que utiliza agroquímicos. Sin embargo, la agroecología está basada en un conjunto de conocimientos y técnicas que tienen su origen en las comunidades campesinas y en sus modos de experimentación, dichos conocimientos son tan ricos y diversos como lo son los paisajes, los grupos étnicos y culturales de América Latina y poco o nada tienen que ver con los sistemas modernos de producción.

En Venezuela, por ejemplo, a finales de los años 40 incrementaron los índices de abandono del campo por parte de los campesinos, a causa de las políticas gubernamentales de modernización y centralización que provocaron el desplazamiento inminente de estos a las ciudades. La influencia de la renta petrolera distorsionó la política agraria del país, y puso en peligro la seguridad alimentaria de los venezolanos a cambio de las regalías que dejaba el petróleo.

Afortunadamente la agroecología en Venezuela tiene mucha fuerza académica e institucional y es ampliamente aceptada por los movimientos sociales urbanos y rurales. No obstante, las tensiones con el fantasma de la renta petrolera y las ideas de desarrollo tecnológico importado aún siguen siendo parte de las políticas públicas del modelo agroalimentario nacional, algo que significa un reto todavía vivo para los grupos que luchan por una agricultura sustentable y una soberanía alimentaria.

En el caso de Bolivia, la agroecología tuvo su origen con la práctica ancestral indígena de tierras altas y bajas, la cual se basa en el aprovechamiento de las relaciones ecológicas en armonía con la estructura socio-cultural comunitaria, que es el ideario de las tribus nativas de América.

Lo que más tiempo lleva en estos procesos es la legalización y legitimación social que en Bolivia, por ejemplo, inició en la década de los 80s, experimentando la técnica, abriendo el debate en las universidades, perfeccionando el discurso para que al fin en el 2006 se crearan asociaciones de interés social que abrieron las posibilidades de incluir en las políticas nacionales el tema de la agroecología y su importancia en el desarrollo inteligente y sustentable del país.

La situación de Venezuela y la de Bolivia, aunque diferente en las problemáticas internas, se ve afectada por el mismo foco de destrucción y explotación indiscriminada que trajo la Revolución Verde, y se han tomado como ejemplo para evidenciar una problemática que afecta además al resto de países de Latinoamérica; esa idea de “desarrollo” por encima de la vida.


Y ¿qué es esa tal “Revolución Verde” de la que tanto hemos hablado y qué tiene que ver con la agroecología?
Esta estrategia señala un crecimiento exagerado de la producción agrícola que se dio entre 1960 y 1980 en Estados Unidos por la experimentación de científicos de la época, en donde aseguraban que todo el mundo tendría comida en menos tiempo utilizando para ello un aparato tecnológico y una serie de fertilizantes, plaguicidas y riegos.

El costo: una pobre calidad nutricional de los alimentos, nuevas plagas desconocidas, dependencia tecnológica y un alto costo de lo que antes les pertenecía a los campesinos, las sagradas semillas. El sembrador debe adaptarse según esta idea a que su semilla ya no le dará otra semilla para seguir sembrando, sino que debe, cada año como mínimo, ir a comprarle las semillas a una industria que se impuso bajo el disfraz del “desarrollo”. Los Mercados Agroecológicos nacen precisamente de esa tensión y protesta ante el sistema económico consumista que nos han implantado.

Ahora, ¿qué hay de nuestra querida y sufrida Colombia? Este exuberante país que a pesar de ser explotado tan intensamente, no para de dar.
Colombia ha tenido un nacimiento múltiple de la agroecología, un despertar colectivo entre muchas ONGs, activistas ambientales, agricultores, campesinos y académicos que han alimentado con la observación, la investigación y la práctica una consciencia del momento histórico y la responsabilidad existencial que tenemos como individuos del planeta que habitamos.

En la región del altiplano cundiboyacence, en la zona central cafetera, en el valle del Occidente, y en todas las regiones del país ya hay escuelas de educación formal y no formal en agroecología, que más que ser una profesión, es una visión coherente y lógica de relacionarse con la vida que es la tierra, como muchas manifestaciones sociales que lo expresan de la manera más natural y sincera, que ya tendremos la oportunidad de hablar con más atención en la próxima entrega de este especial.

Saturday, 27 April 2019 00:00

Tianguis: origen del mercado agroecológico

La humanidad y la agricultura han sido grandes aliados para crear lo que hoy conocemos como sociedad. Esta relación ha reforzado los lazos y ha creado redes de trabajo que han tenido ocupados a los humanos por varios siglos. Ha sido un camino que se remonta a una época muy lejana, donde las antiguas civilizaciones generaron diversas formas de comercio.

La Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología en su “Historia de la agroecología en América Latina y España” nos cuenta que los primeros indicios de mercado fueron en el Antiguo Egipto, en la Civilización Griega y en el Imperio Romano, en donde los comerciantes ambulantes se reunían con productores locales en bazares y mercados. Eran personas que iban de arriba a abajo en distintos lugares, llevando y trayendo objetos para comerciar, haciendo intercambios culturales y hasta científicos.

En el norte de África se construyó un puerto comercial muy importante para la zona del mediterráneo, manejado por los fenicios y los griegos. Estos últimos manejaban el comercio oriental, vendiendo, comprando y cambiando productos con la India y China. Estos hechos permitieron que las civilizaciones de aquel momento compartieran y mezclaran sus culturas y costumbres.

Cuando llegó el siglo VII, el Emperador romano-germánico Carlomagno fundó otro tipo de comercio que prefería generar actividades comerciales en un lugar específico y permanente a diferencia del mercado móvil e inestable que se utilizaba hasta el momento, además incluyó un nuevo concepto que cambiaría bastante el camino del mercado: la moneda.

En Europa se expandió esta nueva idea y evolucionó rápidamente por varios siglos. Todos los países importantes como Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España, entre otros, adoptaron la idea de Feria, que, diferente al concepto de “mercado”, tenía una cobertura y proyección comercial más amplia. Mientras todo esto pasaba en Europa, al otro lado del planeta los pueblos ancestrales, aún sin colonizar, se congregaban para dar y recibir lo que las tierras de América les proporcionaban.

La antropóloga española Beatriz Rubio habla en uno de sus trabajos de investigación sobre cómo los colonos tuvieron que ver con el cambio drástico del desarrollo económico y social de las comunidades indígenas del antiguo México, y cómo antes de invadir esas tierras, ya habían hecho bastos inventarios de las características sociales de las comunidades con las que se encontraron en América.

La historia del mercado en América da cuenta del antiguo imperio Azteca, en el gran valle de México, como la manifestación comercial que más sobresalió en esta parte del mundo. Lo más especial era la forma en que crearon un sistema especial para abastecer a toda la comunidad de los recursos necesarios para su desarrollo colectivo. Los mercados que se desarrollaban en esta parte de América central, eran los lugares donde los comerciantes, los compradores y los productos convergían.

El invasor español Hernán Cortez rendía informe a la corona de Castilla sobre cómo se desarrollaban los mercados más grandes que se celebraban en plazas, generalmente cerca de donde vivían los gobernantes de la región determinada; esto unía de alguna manera lo económico y lo político manteniendo la “autoridad superior” que tenían los gobernantes para esas comunidades.

El mercado se hacía al aire libre, era dividido por calles en donde se distribuían los productos de cada género de mercaduría, sin que se entrometieran uno con otro. Era así como los vendedores o comerciantes organizaban la exposición de sus productos en los puntos ya señalados y situados en la plaza. Se ordenaban en un lugar los mercaderes de oro, plata y piedras ricas, otros traían mantas y cosas labradas. Los boticarios con sus variadas plantas, convertidas en ungüentos y medicina, tenían una muy importante presencia también y las especias aromáticas y el cacao tenían su sitio en la misma calle.

En otro callejón se organizaban los que vendían gallinas, conejos, liebres, venados entre otros botines de cacería. Cerca de estos estaban los que vendían frutas como cerezas, aguacates, ciruelas, guayabas, batatas entre otras raíces. Había otros puestos que feriaban peces y ranas para alimentar las trampas de pesca, inclusive podía encontrarse tablas, leña, cal, corteza de árboles para hacer papel, remos y otras herramientas para labrar. Quienes se encargaban de producir los artículos manualmente se les denominaba chiuhqui, 'el que hace', y a los que se encargaban de comercializar los productos se les nombraba como los namaca, 'el que vende'. Estas funciones de hacer o vender se heredaban o se practicaban por la tradición de la familia a la que perteneciera.

Esta forma de comercio era muy diferente a lo que se estaba haciendo en el viejo continente, ya que el indígena no pretendía expandir su mercado hacia la exportación extranjera, sino que alimentaban su comunidad local, haciendo continuadamente el mercado. Esto permitía la integración económica de una región, ya que los pequeños centros de población podían intercambiar los productos exclusivos de su zona con los de otras; de esta manera se conseguía una mayor variedad de bienes que no podrían producir, generando así un sistema de distribución de los artículos de ida y vuelta a los mercados de mayor tamaño.

La manera de administrar los recursos naturales de los indígenas permitía un flujo entre los compradores y vendedores en un periodo corto de tiempo, y se lograba así que ambos grupos supieran cuándo se celebra el mercado y en qué lugares concretos del territorio. Además, si estas fechas coincidían con el calendario propio, para que así fueran más fáciles de recordar.

Todo este sistema natural cambió cuando en el siglo XV arribaron los españoles a América. Las necesidades y requerimientos de una comunidad tuvieron que ponerse al servicio y rendir pleitesía a los opresores de su propia historia, algo que marcaría un camino de oscuridad para las comunidades nativas de América. Esto generó muchos cambios a nivel comercial en los habitantes de esta parte de Centroamérica, obligándolos a transformar los espacios de comercio después de la llegada de los españoles.

Todo esto hizo que naciera el Tianguis, una nueva forma de comercio que mantenía la tradición indígena, haciéndole frente a las tiendas y tabernas importadas por los españoles. Aún con esa resistencia, muchos elementos cambiaron, por ejemplo la procedencia de los compradores y los productos, además de su ubicación en algunos casos y la apariencia de los puestos.

Hoy en día los mercados agroecológicos que conservan la tradición indígena y mantienen encendida la memoria de los protectores de la historia indígena, intentan evocar lo que se denominó como Tianguis. Aunque el panorama para las comunidades que resuelven custodiar el conocimiento ancestral parece estar en peligro y desapareciendo para las estadísticas oficiales, todavía se mantiene viva la ardua labor por la preservación natural, sembrada en la conciencia de muchos jóvenes que entienden la importancia de proteger la tierra.

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.